Guardar el secreto
Cristian Godoy


Los apartados, de Juan Manuel Porta
(Editorial Conejos, 2012)


Los apartados es el primer libro de cuentos de Juan Manuel Porta. Obtuvo el tercer lugar en la edición 2010 del Premio Fondo Nacional de las Artes, cuyo jurado estuvo integrado por las escritoras Alejandra Laurencich, Inés Fernández Moreno y Ana María Shua. Fue publicado por la Editorial Conejos en 2012.

El libro abre con “Clara” y su falta de valentía para animarse a dejar la casa familiar en el pueblo, mudarse a Buenos Aires y probar suerte con el teatro. Ella es el actual sostén de la economía doméstica y de su padre, un ex maquinista retirado por invalidez que no busca, ni le consiguen, trabajo. Las únicas visitas que recibe el hombre son las de suicidas sin nombre, aunque con apodo, que en alguna oportunidad se arrojaron bajo las ruedas de su ferrocarril. O tal vez incautos que no respetaron una barrera baja, o que eligieron un mal momento para cruzar las vías. La estación de trenes del pueblo está abandonada, su esposa por más de veinte años está muerta y los amigos hace tiempo que dejaron de ir a verlo.

En el primer párrafo encontramos al padre y a la hija abocándose a la búsqueda nocturna de un reloj en el jardín, iluminando la tierra con una linterna. Ese reloj es un regalo de aniversario de casados que, junto con un par de revistas, pertenecen a los escasos objetos que remiten a la mujer y madre fallecida, y que todavía se conservan en el hogar; Clara admite haber tirado o regalado el resto. A partir de esta primera escena el autor consigue adelantarnos el tono que le imprimirá a su relato y en un punto, al libro entero: personajes que andan con la cabeza gacha, adentrándose en una oscuridad que es al mismo tiempo refugio y trampa sin salida, emprendiendo búsquedas infructuosas, imposibilitados de ver más allá de las puntas de sus pies.

Porta acierta en el laconismo que le otorga a la voz narradora. Su Clara pasa lista de la rutina doméstica y pueblerina, dando cuenta de las acciones más simples e insignificantes, aquellas que son ejecutadas de manera casi automática, sin requerir demasiada atención; como servirse un vaso de vino, leer una revista o buscar un reloj perdido. Sin embargo cada oración es un especie de ladrillo que Clara utiliza para levantar una pared de sonido e impedir que se filtren otras acciones también cotidianas, incluso naturalizadas a través de su discurso (“no era la primera vez que se le ocurrían cosas extrañas”, también “nadie tenía la culpa de nada”), pero que no obstante se siente obligada a callar desde chica. Única pared que no se desmorona en una casa que se viene abajo. Obediente ella de las indicaciones de un antiguo profesor cuando le señalaba que el teatro “se trataba de fingir”, como si en realidad estuviera aconsejándola sobre su propia vida.

“Los frustrados” ya nos aclara desde el título mismo su intención de continuar trabajando sobre uno de los ejes temáticos que atraviesan la obra: los sueños truncos. Pero a diferencia de los cuentos restantes, el autor se permite una mayor cuota de humor e ironía. Estos personajes no se recluyen, ni atraviesan tiempos muertos; será porque esta vez el narrador no es testigo de su propio fracaso sino del ajeno: un club amateur de rugby que no exhibe ningún trofeo en la vitrina, un entrenador que podría haber sido un crack en Europa hasta que sufrió las primeras conmociones cerebrales, un chico de ascendencia boliviana que es tomado de punto por el entrenador y el equipo entero y que tiene que agradecer si termina solamente con el labio hinchado.

No faltan los clásicos enunciados homofóbicos y xenófobos que suelen asociarse a los deportes competitivos y de equipo: el “bautismo” del chico nuevo, el amor incondicional hacia el club, el culo roto de los rivales, el culo propio e igualmente vulnerable, las menciones en femenino (“tu amiga no quiere entrenar”), los rubios que parecen putitos, los bolitas a los que hay que repetirles todo quinientas veces. Sin embargo el texto logra resignificar estos estereotipos una vez afuera de la cancha, cuando los personajes más débiles deben enfrentarse a un peligro mucho más concreto e inmediato.

Porta va desplegando una serie de afinidades entre sus personajes, que pueden interpretarse como transversales a los distintos cuentos: varios sufren notables cambios de peso, le escapan al baño, al peine, tragan el humo de los cigarrillos, se emborrachan, duermen mal, ven fantasmas o manchas negras que chorrean o manchas blancas en lugar de pelotitas de ping-pong, salen a caminar de noche sin saber hacia dónde, accidentalmente se cortan con vidrio, no quieren saber nada con los médicos y las pastillas, no aceptan ayuda ni dinero prestado, no dan explicaciones, no les gusta que se las pidan, no buscan redimirse. El abandono los persigue y se refleja en cada lugar que ellos transitan; no digo “habitan” porque ninguno consigue adueñarse de un solo sitio. Las persianas están rotas, los vidrios manchados con bichos muertos, las habitaciones llenas de mugre, el pasto crecido hasta los tobillos, los autos herrumbrados, los almanaques sin cambiar de fecha.

“La casa había perdido todo. En esto nos parecíamos.” sostiene el narrador de “Un lugar habitable”, otro de los cuentos.

Los diálogos se construyen a la manera de soliloquios superpuestos. Nadie escucha o responde a las preguntas del otro; tampoco aquellas que pudiera formularse el propio lector. Una cena compartida transcurre en completo silencio. “De paso” es el último de los cuentos pero el primero que está narrado en la tercera persona. Su protagonista: un tal Cribelli de oficio escritor, que no encuentra fuente alguna de entusiasmo para terminar de escribir una novela, mientras apunta citas en un anotador y deambula por la ciudad vacía de madrugada. Un solitario al que no le gusta estar solo. Y si bien es el único que lo admite de su propia boca, al resto de los personajes les ocurre cosa similar en cada uno de los cuatro relatos que conforman el libro. La escritura se impone entonces como ejercicio necesario y vital: estos apartados no escriben por placer, sino porque no pueden dejar de hacerlo. Porque la escritura sobrevive como el único espacio donde no ser desterrados.

Abundan los escenarios lluviosos y en penumbras. La luz asume formas débiles e intermitentes: una linterna apuntada a la cara, la pantalla de un celular que se prende y apaga, la llama de un cigarrillo, los focos de un auto filtrándose a través de las persianas, un rayo de tormenta que de repente alumbra una enredadera en el jardín. “Por lo que hay…” (para ver) responde Clara ante el consejo de una amiga. “¿Quién me ve?” responde también su padre, algunas páginas más adelante. De manera análoga, los cuentos de “Los apartados” arrojan luz únicamente en círculos traslúcidos, pequeños y efímeros. Citando a Andrés Neuman y su dodecálogo de un cuentista: “contar un cuento es saber guardar un secreto”.
*Reseñador
Cristian Godoy nació en Buenos Aires, año 1983. Publicó el libro de cuentos Galletitas importadas, editorial Pánico el pánico (2011). Sus cuentos también han sido publicados en la revista literaria La mujer de mi vida (2008), la antología Trece del Grupo Alejandría (2011), y las antologías II y III de Ediciones Outsider (2011 y 2012 respectivamente). Su primera novela Campeón ganó el Premio Municipalidad de San Salvador de Jujuy (2011). En 2013 publicará un nuevo libro de cuentos “Bala perdida”, editorial Textos Intrusos.