Los Malaquías
Ana Claudia Díaz

Los Malaquias, de Andréa del Fuego
(Edhasa, 2012)


“pasajera en trance
pasajera en tránsito perpetuo”
Charly García


“Volvería sola, como se había ido, aunque el destino no fuera Sierra Morena. El origen de todo no había sido el paisaje; había sido el estruendo en la casa de sus padres. Le habían dicho que en el mar caían más rayos; si la alcanzaba uno, podría volver a casa”.

Los Malaquias narra la historia de tres hermanos que quedan huérfanos cuando una noche de tormenta un rayo cae en la casa y mata a sus padres. La novela está situada en el interior de Brasil, en una pequeña aldea rural, a comienzos del siglo XX, cuando llegan la modernidad y los watts. Antonio y Julia, los dos hermanos más chicos, son llevados a un hogar de monjas francesas, y a Nico, el mayor, lo adopta el dueño de la fazenda Río Claro. Así empieza la historia, llena de dificultades y desencuentros, y continúa, intercalando al relato en los distintos capítulos, por un lado la historia de Julia una vez que se va del hogar y sigue su vida en distintos escenarios, y por el otro la de Nicolás y Antonio, que se reencuentran cuando son más grandes, y siguen juntos.

Andrea del Fuego retrata el cotidiano que se quebró, el pasado inalcanzable y pesado, el segundo en que cambian las cosas para siempre. Fragmenta ese instante y lo retoma desde todos los ángulos, tramando y destramando la vida de los Malaquias, mutando los sentimientos y las afinidades. La autora abre un juego donde el imaginario y lo real trazan ambigüedades. Una vez que estamos dentro, rolamos en su transcurso. Desde el inicio pacta con el lector cierta realidad fantástica: se acepta el correlato, poblado de hierbas y plantas, de remedios caseros, de los efectos de la naturaleza que se vuelven especiales acompañando cada suceso. No hay límites entre la vida y la muerte, los pasajes son mágicos y alquímicos. Los muertos son presencias que mutan y se convierten en distintas sustancias, acompañando cada uno de los estados, hasta los sueños. Del Fuego traza paralelismos que nos provocan confusión: aparecen dos mundos distintos, encontinuados, dos partes (incluso hay personas que aparecen repetidas o dobles). Pero, paradójicamente, los límites físicos y económicos sí están marcados, exponiendo las distancias sociales.

En Los Malaquias siempre se vuelve al punto de partida, al trueno, a los padres tendidos en la cama esa mañana: “El brillo del auto bajo el sol la perforó como una lanza, que la dejó clavada en mitad de la escalera”. Hay un efecto bumerán, siempre se retoma el principio; incluso cuando Nico se casa y va a buscar a Antonio, ambos regresan a vivir a la casa de la infancia. El detalle nos acerca, nos deja sentir lo rústico y su ambiente a través de las descripciones minuciosas. Ciertos mecanismos se mantienen instalados a lo largo de la novela: lo repartido, la división que se repite constantemente, la constitución de la familia, esa idea desvaneciéndose y construyéndose una y otra vez, dejando hilos, rastros, migas en el camino. Hay un movimiento que une y desune, que traslada y muda, como las corrientes de agua que atraviesan la prosa en todas sus posibilidades, o como las propiedades de las sustancias que lo pueblan de texturas. Y luego, lo que se cristaliza en la memoria se vuelve fugaz en cada sensación que trae un recuerdo. El texto entra en la frecuencia eléctrica del rayo, en el tránsito de las cosas que quedan atrás volviéndose más pequeñas con la distancia, las secuelas que deambulan en múltiples formas y dinámicas. Los personajes peregrinan por zonas impensadas, incluso Nico desaparece al irse por el colador de una cafetera, provocando un quiebre en el estilo de narración que venimos percibiendo. Julia permanentemente está viajando de un lugar a otro, cambiando de vivienda, y con ella lleva su equipaje, su valijita desde que era niña, todas sus pertenencias caben ahí. Su recorrido está lleno de complicaciones, de pausas que entorpecen el encuentro con sus hermanos y la dejan trasladándose, girando en un lugar sin nombre, en una terminal de ómnibus, “entre ella y el entorno siempre había un intervalo”. Del Fuego genera una curiosidad geográfica y de a ratos paraliza el tiempo, lo hace transcurrir en otros parámetros: “las horas escurriéndose del tiempo como el almíbar del flan”. Entre estas páginas la religión es otro paradigma que acompaña a los personajes, cuestionada todo el tiempo de fondo, haciéndose presente indirectamente.

De pronto el futuro avanza; instalan una represa hidroeléctrica en la aldea y llega el cambio, se traspasan las fronteras, las casas se mudan y con ellas sus habitantes, desalojados; algunos resistieron pero el agua llegó arrasando, arrastrando todo; “a aquella casa se la llevó el agua, la memoria es una cosa de la cabeza”. Las divisiones físicas desaparecen, todo se convierte en un “espejo liquido”, se apagan las velas, “la ciudad nueva era un ramillete de luciérnagas”, el texto se puebla de vibraciones que trae la electricidad. Al final, el sonido de un barco se presiente, “un chirrido como una radio encendida a lo lejos”. El mar se abre sólo para los que están abordo; los Malaquias suben al barco esperando encontrar a su hermana perdida, porque “todos los que esperan van al puerto”. Cuando arriban, entre la multitud de personas esta Julia; se cruzan, todos están en la misma escena, pero un tercero, un pasajero en el medio, se interpone y ellos no se encuentran: “las miradas trazaron dos rectas paralelas, la de él por arriba y la de ella por abajo”. Hay una posibilidad, pero cuando Nico da un paso adelante se esfuma esa oportunidad.

La autora se aloja en un tono nostálgico que se conjuga con un discurso rígido que combina el humor y la intriga, una ecuación perfecta para esta novela. En Los Malaquias, si bien hay respuestas que se acercan, perseverantes, concretando una realidad, nada se termina de dilucidar; el final es abierto, los valores se tamizan, se ponen en juego en ese tránsito entre el agua dulce y salada, “camuflándose en el estado anterior de las cosas”.

Nota
Andréa del Fuego obtuvo el premio José Saramago 2011 con Los Malaquias.
*Reseñadora
Ana Claudia Díaz (Santa Teresita, 1983). Publicó la plaqueta de poesía plegable Vuelto Vudú (2009) y el libro Limbo (2010) por Pájarosló editora –editado también en 2012 por La One Hit Wonder Cartonera (Ecuador)-, y Al antojo de las anémonas por Color Pastel (2011), textos suyos integraron las antologías Pájaros en la frente (2011), La Juntada (2012) y Zorzalita (2012). Participa de diferentes encuentros de poesía. Vive en Buenos Aires. + info: www.anaclaudiadiaz.blogspot.com.