Borrachera estructural
C. Castagna


Un publicista en apuros, de Natalia Moret
(Buenos Aires, Mondadori, 2012)


Reconocí inmediatamente a Natalia Moret (Buenos Aires, 1978) cuando pasó por delante mío en la barra del bar San Bernardo. Sólo había visto su imagen en la solapa de la novela Un publicista en apuros (Mondadori, 2012), y a diferencia de esa foto en blanco y negro, en la que parece suspendida en un momento de exhalación, la vi con el pelo suelto, un poco más claro y despeinado. Iba apurada, parecía estar buscando algo, o a alguien; pasó directo hacia el fondo y así la perdí de vista. Eso fue todo. "¿Vieron quién acaba de pasar?" dije a los que estaban conmigo en la barra, como si la conociera de siempre, mientras pensaba que esa aparición fugaz podría ser una buena síntesis de esta trama: urgente, acelerada, en un estado de alerta permanente.

Después de la primera línea uno se convierte en adicto. Ni bien el lector tome entre sus manos esta novela, leerla se volverá tan esencial como lo es la cocaína para su protagonista, Javier Franco. Él mismo narra en primera persona el inicio de una debacle personal que, conforme avanza la trama, parece no tener fin. Javier es el publicista del título, y a partir de su vínculo con un empresario de fuertes aspiraciones políticas, con el que cierra un negocio que se presenta como salvador, empiezan los apuros. Aquí también, como en todo buen relato, el pasado dice presente. La historia podría definirse como un thriller escrito con elegancia; una pluma que fluye, ágil, divertida y maligna, minuciosa para describir la sordidez, que no descansa en la búsqueda de crear momentos del lenguaje realmente hermosos.. En la puesta en escena se despliegan varios elementos del orden de lo palermitano. Novias insatisfechas con poder de destrucción masiva, señoras que apechugan la indiferencia de sus maridos ostentando unos globos impactantes, empresarios aburridos de esas señoras, atados a un amor del pasado, desencantados con lo fácil que les sale hacer dinero mientras buscan emociones cada vez más fuertes. Un imaginario de pilchas, drogas, regalos caros, sexo, tecnología, tragos, buenos autos, más drogas, restaurantes, violencia y almuerzos en el Malba. Siempre a través de ese prodigio que es la percepción afiebrada de Javier, que en apariencia se mantiene cool. Una mente al borde del abismo que gracias a las drogas naturalizó un estado de "borrachera estructural", según reflexiona él mismo en un momento de lucidez.

Recuerdo un libro de Esteban Schmidt, un especie de ficción/ensayo periodístico que se llama "The Palermo Manifesto". Ahí, Schmidt ironiza acerca de cómo en la última década (el libro es de 2008), los negocios de la política se abrocharon "en el barrio salvado del país destruido". En ese sentido, esta novela también podría leerse como un Manifiesto Palermitano. Porque observa con precisión los usos y costumbres de una clase social en ascenso, beneficiada por la exclusión de la mayoría. Pienso en la palabra "invitante". Es una palabra que aparece bastante al principio del libro para hablar del confort, de superficies perfectamente pulidas a partir de las cuales se estructura el relato, que lentamente va hundiendo sus pies en el barro, una vez que sale al conurbano. Pero aquí no se intenta bajar línea, al menos no de una forma evidente. Cuando un personaje (pichón de dirigente), whisky de por medio en ronda de amigos, habla de "las dos Argentinas", otro aprendiz como él le responde con eso de "política o gestión". A ese personaje sólo le falta agregar "es Ella o vos"; no lo dice, aunque seguro lo está pensando.

Pero lo que sorprende de este libro no es nada de todo esto. Lo obvio sería preguntarse cómo hizo Moret para escribir como un hombre. Bueno, en principio lo hace parecer muy simple: se trata de tener mano, talento, inteligencia, compromiso con la escritura y una aguda capacidad de observación. Todo autor busca pegar un narrador del sexo opuesto. ¿Habrá usado como inspiración a algún varón amigo, hermano, conocido, ex-jefe o pareja? En realidad eso no debería importarnos.

Javier tiene serios problemas de identificación con el padre, que nunca confió en él y todo el tiempo se le presenta en sueños para recordarle que es un inútil. Por eso padece la autoexigencia de quien está obsesionado con el éxito. Ese miedo tan típico del hombre a sentir la pérdida del control, de verse disminuido, vulnerable. Las obsesiones, el sufrimiento, las fantasías, las apariencias: la subjetividad masculina perfectamente delineada. La voz de Javier Franco es sólida, coherente, con un cinismo que resiste a los embates de las circunstancias. Hasta que finalmente aparece la sensación de estar a punto de perderlo todo y la corteza externa empieza a colapsar, dejando aparecer fisuras por donde escapa su humanidad. Sorprende la forma en que Javier simplemente es, como si no mediara el esfuerzo o una intención demasiado marcada de la autora. Se me ocurre una pregunta, sobre todo en la primera mitad del libro, acaso por la mirada que Javier tiene de sí mismo, por ese flujo de conciencia a veces arrogante, o maliciosa, pero siempre lúcida: ¿Será que Fogwill reencarnó mujer?

Moret le pasa el trapo al lenguaje y lo deja lustroso, lo vuelve una superficie invitante. Escribe con el desparpajo a veces sutil y a veces más evidente de quien no tiene prejuicios y sabe que puede hacer lo que quiera con la palabra. Lo hace con buen pulso, ritmo, planteando siempre escenas complejas: varias acciones suceden al mismo tiempo, mientras la cámara elige posarse sobre alguna de ellas, pero el registro las abarca todas, logrando combinar muy bien las reflexiones del protagonista y los diálogos. La acción, lo obvio de la acción, corre por un lado, y paralelamente está la acción del lenguaje. El lenguaje tiene una trama propia, oculta, y en el trayecto a través de la novela acompañamos a Moret a descubrir esos tesoros secretos. Ideas alrededor de una palabra o juego de palabras que desembocan en la trama propiamente dicha, resignificándola, planteando otras posibilidades, como afluentes delicados de un río torrentoso.
*Reseñador
C. Castagna (Diego Fernández) nació en abril de 1975, en Buenos Aires. Sus cuentos fueron publicados en las antologías El amor y otros cuentos (Random House Mondadori, 2011), Karaoke (Textos Intrusos, 2012) y Escribir Después (Ed. Outsider, 2012). También en 2012, Pánico el Pánico editó Alta Gracia, su primer libro.