La música es de todos
Verónica Pérez Arango


el pueblo le canta a sus familias disfuncionales, de Cristian De Nápoli
(añosluz, Buenos Aires, 2012)

El año pasado salieron al ruedo muchísimos libros de poesía, y justo cuando el 2012 estaba por apagarse, el nuevo sello añosluz editó el pueblo le canta a sus familias disfuncionales de Cristian De Nápoli (1972). El libro recorre buena parte de los poemas que De Nápoli escribió antes del 2006 y que, por diversas razones, habían quedado afuera de sus otras publicaciones (Límite bailable, 1999; El ring, 2004; La sensación de trabajo, 2005; Los animales, 2007).
Ahora empecemos por el principio, la tapa. La elección de la foto de el pueblo le canta a sus familias disfuncionales es muy significativa; de entrada nos habla del libro. Congelada por la cámara de Manu Ureste en la estación de trenes de Veracruz, la imagen es una perspectiva de las vías del ferrocarril, donde el lector que mira la portada queda contenido en la fotografía, entre los dos rieles –ya no importa si es Veracruz o Buenos Aires–, y detrás de un nene que está de espaldas. La estación semidesierta se ve a lo lejos; desde allí, casi como un punto, viene caminando paralelo a las vías un hombre gordo con muletas. El próximo tren todavía no pasó; el chico espera quién sabe qué, sosteniendo el clip de un durmiente en su mano derecha.
Si bien los poemas de Cristian no hablan de México y sus trenes, sí hablan de otras vías: los cruces entre lenguas (“tengo que hablar en no entiendo”; “tu papá no entiende cuando hablás / supercastellano”), de los enganches entre cosas, de los trenes –sí, también habla de trenes– que unen o desunen una sociedad (“el tren te lleva adonde querés ir”; “fuimos a sacar boletos de un tren que no andaba”).
Dividido en cuatro partes, el pueblo le canta a sus familias disfuncionales es un poemario breve que hace flashback y viaja al pasado, un pasado repleto de objetos que hablan de los hijos de la clase trabajadora de la década del 70.
La propuesta del autor, que al iniciarse el libro uno creería que es meramente formal ya que el juego con la forma del poema se vuelve literal en la serie titulada “Maná grasa [anagramas]” –y que busca un lector que lea, relea y se asombre con el aspecto lúdico del lenguaje, un lector que se anime al jugueteo de descubrir nuevos anagramas–, condensa un material que va a mil por hora, mezclando vida privada con política, intimidad con hechos históricos, oralidad con escritura. La sensación corporal inmediata a la lectura del libro es la de haber hecho pogo en el recital de nuestra banda de rock favorita; hay ritmos agitados, mucha sonoridad, mucha música. Incluso hay zonas del poemario que piden ser leídas en voz alta de la misma manera que cantamos a los gritos esa canción tan conocida: “cada tarde la escuela / comercial / y a la noche, delincuente, / la noche frecuente / modulada / una mujer / un soldado / un fugitivo se entrega / pero no, / de esa aventura los muertos / ni se enteran.” O bien, leemos la apuesta de entrecruzar el juego verbal con la política en la genialidad de los últimos poemas de la primera parte: dos textos brevísimos: titulares de fragmentos de la historia latinoamericana: “ERNESTO CHE GHEVARA / VE GUERRA ESTA NOCHE” hace espejo con el anagrama de la otra página: “SARMIENTO Y ALBERDI / SABER, MITO Y DINERAL”.
Jóvenes educados por la cultura de masas, instruídos y convertidos en puro deseo a través de la tele, la música y las historietas de superhéroes vagan por la calle o sueñan en sus casas. Como en “Rubena” que tiene tres hijos varones (“los rubendaritos / temibles chocadores de autitos: / secuestraban todo lo que salía en la tele”) y una hija mujer (“Rubenita, fugitiva / ayer de la mamá, hoy de los medios / es la autora de nuevos episodios / de robo de autos en la capital.”).
El hit del libro es el inolvidable último poema, que es poema y también tren que corre por vías infinitas. “Flash en Floridita” pasa y se detiene en muchos lugares y los conecta entre sí. Narra la anécdota pública de la visita del Papa en 1982 y su viaje en el “Papamóvil” desde la Nunciatura hasta Morón y de ahí en tren a Luján, pero también cuenta simultáneamente el cruce entre vida pública y privada; fragmentos en subjetiva de la historia nacional desde los ’70 hasta Malvinas; la infancia del niño-adolescente en el oeste atravesada por las historietas de superhéroes; Perón y los ferrocarriles; la violenta desaparición a principios de 1977 de la militante Claudia Calcagno; los dictados de la moda desde el punto inglés hasta el pantalón nevado, pasando por Virus y Sumo; los mundiales de fútbol…
Con buena puntería, Cristian De Nápoli tira una bomba y desolemniza el género, eliminando todo lirismo. Los versos se tornan pegadizos, recurrentes, hasta coloquiales a través de la introducción de diálogos, conversaciones oídas al pasar y expresiones populares como “esquizo”, “kelper”, “supervillano”, “a mil”, “culo”, “anda rayado”, “garca”…, o en versos que directamente remiten a la musiquita de la palabra oral, lo que sucede con los ágiles endecasílabos de “Reparto”: “yo fui el calculador vos la certera / vos sos la que rompió yo el que deshizo”.
“La música es de todos” declara el Albatros en el poema homónimo antes de detonar la dinamita, y es como si pudiésemos trocar “música” por “poesía”. “La poesía es de todos”, no sólo de quienes saben. La poesía puede ser dicha por todos, como la canción que el pueblo le canta a sus familias.
*Reseñadora
Verónica Pérez Arango (Bs. As., 1976): Profesora en Letras (UBA). Publicó la plaqueta la desdentada (Casa de la Poesía de Buenos Aires, 2002) y Camping (Vox, 2010). Poemas suyos fueron antologados en el libro Quedar en lo cantado (El fin de la noche, 2009). Obtuvo dos menciones en la convocatoria Poeta Revelación 2011 organizada por Plebella. Actualmente prepara la edición de su próximo libro, Un dibujo del mundo. Dicta clases y talleres de literatura.