Canción de la desconfianza
Lucas Adur


Canción de la desconfianza, de Damián Selci.
(Eterna Cadencia, 2012)


Memorablemente, Giselle Lazaroff definió la publicación de un libro como un anti-acontecimiento: tras el intenso trabajo que supone la escritura y muchas veces un extenso período de expectativas y trajines, finalmente el objeto existe y entonces, en general… no pasa nada. Debe transcurrir un tiempo, un tiempo imposible de medir a priori, para descubrir si la lectura convertirá ese texto en un acontecimiento o sus palabras se perderán, como el agua en el agua.

En este sentido, que una primera novela de un autor joven suscite una notable cantidad de lecturas diversas y genere debates en distintos medios, puede celebrarse como un pequeño acontecimiento en el marco de la literatura argentina actual. Me refiero a Canción de la desconfianza de Damián Selci (Eterna Cadencia, 2012) que ha sido festejada como una de las obras más interesantes y originales de los últimos años, pero también acusada de estalinismo y hasta de tener errores de ortografía.

La novela de Selci es ambiciosa, casi ostentosamente ambiciosa: despliega una notable cantidad de recursos retóricos, trabaja con un lenguaje muy singular y propone una lectura de nuestro presente. Además, quiere ser una vuelta de tuerca al siempre vigente problema de la articulación entre literatura y política. En esta búsqueda está la mayor riqueza de la novela pero también, quizás, sus puntos más cuestionables.

Noticia de un secuestro

La trama de Canción… podría sintetizarse brutalmente del siguiente modo. Styrax, un profesor de bajo algo excéntrico y muy reflexivo decide “secuestrar” a un “esclarecido”, categoría que la novela se encargará de definir a lo largo de una serie de “Análisis de conciencia” que se intercalan en la narración y tienen por supuesto como autor al mismo Styrax. Su plan es realizar con el Esclarecido una especie de experimento pedagógico para “reeducarlo” y ganarlo para el bando de los “empecinados”. Para ello contará con la ayuda de su amigo Labiosuelto, su novia Susana y un personaje al que se conoce como “el dentista histórico”. La primera parte nos muestra la deriva urbana de estos personajes por una Buenos Aires que se nos presenta extrañada desde el lenguaje, pero reconocible y contemporánea. Luego de algunas vacilaciones, Styrax decide que el candidato adecuado es Lucio Ech, uno de sus alumnos, y todo el grupo viaja a Necochea donde, en la última secuencia de la novela, llevan a cabo el peculiar proyecto pedagógico.

¿Cómo interpretar este texto? ¿Quiénes son los “empecinados” y los “esclarecidos”? ¿A qué remite ese secuestro? Por su trabajo con el lenguaje y su compleja estructura narrativa la novela no permite, en ningún caso, una lectura “panfletaria”. No es una bajada de línea. Sin embargo, y quizás el posicionamiento del autor y algunas declaraciones suyas han contribuido a esto; por momentos uno se siente tentado a leerla como una suerte de extraña alegoría peronista. Hay varias alusiones a la historia y el “mito” de los Montoneros (Walsh, la guerrilla, la “izquierda nacional”, los doce fundadores) y parece inevitable pensar en el secuestro de Aramburu. Styrax recuerda un viejo chiste de Labiosuelto: “era casi igual a un general, así que casi lo secuestramos, casi lo interrogamos, casi lo enjuiciamos y casi lo fusilamos.” (pág. 80). Pero la clave, me parece, está en ese “casi” y en la idea de “viejo chiste”. Quiero decir: conviene no perder de vista que, pese a las referencias precisas y hasta coyunturales (la soja, Obama, los radicales) la novela se plantea, desde la misma elección de su lenguaje, con una distancia: el mundo representado no es el nuestro, es “casi” el nuestro. Del mismo modo, sin negar su voluntad crítica y proyecto político, hay en el texto de Selci algo de “chiste”: Canción de la desconfianza como un nuevo tipo de humor político, uno que busca esquivar el cinismo.

Restos diurnos de la historia nacional

En la lectura que propongo, entonces, la potencia crítica, poética y política de la novela no radica en su fábula, en el discutible proyecto pedagógico que propone, ni en la caracterización de los “esclarecidos”, sino en la invención de una lengua. Y digo invención en el sentido de la inventio retórica: no creación ex nihilo de un dialecto original sino el descubrimiento de un fértil reservorio lingüístico en ciertos discursos cristalizados de la historia (política) nacional. Martín Gambarotta, a quien Selci menciona repetidamente entre los autores que más le interesan, dijo alguna vez que “Cinco por uno, no va a quedar ninguno” era un verso perfecto. Quizás no sea errado buscar en esa dirección la poética de Canción. Una lengua construida con “restos diurnos de la historia nacional” (pág. 18), con lo que queda de esos discursos que nos atraviesan aunque no hayamos escuchado, aquellos de los que quizás no podemos fijar con precisión un origen pero que resuenan vagamente en nuestra memoria. El autor trabaja esos restos con una precisión alucinatoria y obtiene pasajes que llegan a lo cómico desde un muy singular lirismo, como en los alfabetos pedagógicos que Styrax construye o en algunas de las enumeraciones desbordadas que proliferan en la novela:

“El sueño pedagógico empieza a cantar… la A de antifaz, la B de bisectriz secreta, la D de Doctrina Social, la E de extremistas por qué no, la F de fusil apuntando a la foto de un militar, la G de gorro para tapar el pelo, la H de hombrera para esconder la cabeza, la I de ismo para seguir una tradición, la J de juicio y castigo, la K de kilómetros de una ruta cuyo cielo se cargó de estrellas, la L de liberación no por el momento, la M de misterio que se desvanece como una llamarada débil, la N de no pasarán, la Ñ de ñoqui, la O de oculto, la P de pueblo, la R de ranura, la S de secta, la T de tiempo, la U de urgencia, la V de vencer, la W de victoria violenta, la X de incógnito, la Y coordinando la llegada de la Z…” (pág. 27)

“Hijo de profesionales encumbrados, vagamente ateos, vagamente judíos, vagamente comprometidos con el alfonsinismo, vagamente defensores del comportamiento ético en la función pública, vagamente preparados para mantener tres hijos, tres coches y tres departamentos, vagamente estrellados con el fracaso político de su generación y vagamente readaptados a las verdades también vagas de la Reforma.” (pág. 35-36)

“Luz López tiene una conversación más que interesante, ya que estuvo con los troskistas, los radicales, los frepasistas, los peronistas de izquierda y derecha, los socialistas de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, los liberales porteños, los policías porteños, los movimientos sociales, […] los teólogos paraguayos de la liberación, los paramilitares colombianos, los narcotraficantes colombianos, los guerrilleros colombianos, los líderes derechistas colombianos, los débiles opositores colombianos de izquierda, los neoxmarxistas venezolanos, […] los poetas románticos, los filósofos idealistas enamorados de Napoleón, los oficiales de Robespierre, los asesinos de Mirabeau, los espías de Luis XV, los científicos de Luis XIV, los primeros artesanos y mercaderes, los universitarios escolásticos, los señores feudales, los doce apóstoles y finalmente, los asambleístas de Atenas, con los que Luz López comprendió por fin la Palabra mágica, la Palabra invencible, la Palabra que termina para siempre con todos nuestros temores, angustias, alucinaciones y deyecciones: Democracia Calificada.” (pág. 84-85).

Esta pulsión poética de la novela se manifiesta también en aquellos lugares donde el autor no trabaja ya con restos discursivos sino con otro tipo de “restos”: la basura, la suciedad, los deshechos de la gran ciudad, materiales con los que Selci construye el paisaje de buena parte de su relato:

“Todavía llueve; la mugre paciente espera las tormentas para ir a navegar por los canales que se forman en las fallas de la calle; el aliento a podrido de las cunetas disminuye en los días empapados porque la basura también se baña cada cierta cantidad de tiempo.” (pág. 18)

“Una rajadura cruza la pared como la terminación nerviosa de una columna expuesta. La potencia de los tubos queda corta o pestañea. Se aspira un aire pringado de añosas fritangas. Afuera, un charco alargado, con pedazos de pan de pancho, recorre la vereda, no toca la alcantarilla.” (pág. 55)

Es en este tipo de pasajes donde la novela hace honor a la (paradójica) indicación genérica que postula su título. Hay algo de “canción” en la obra de Selci, una voluntad lírica que por momentos entra en tensión con cierta voluntad pedagógica. En esos momentos, la novela parece trastabillar. Sin embargo, nunca cae en el panfleto ni en la mera novela “de lenguaje”. Es en la apuesta por este difícil equilibrio donde se encuentra lo más interesante del texto. Selci sitúa su obra en el filo donde se unen ficción y política o, para decirlo con Goethe, poesía y verdad.

No siempre la novela resulta plenamente satisfactoria. Hay momentos donde es más interesante que buena. Hay momentos donde el barroquismo del lenguaje llega a obstaculizar el fluir de la narración. Pero la sensación que deja (o, para ser más precisos, la que le dejó a este lector) es la de estar frente a un autor con una notable destreza verbal y, lo que quizás es más importante, con un proyecto creador ambicioso y singular. Se han señalado, es cierto, las “influencias” (aunque debe haber otra palabra más precisa) de Selci: Cohen, Arlt, Pynchon, los Lamborghini, los poetas de los noventa… A la lista podría sumarse el nombre de Carlos Gamerro, autor que también trabaja con enunciados cristalizados del discurso de la militancia setentista y aborda el tópico del secuestro-reclutamiento. Sin embargo, lo importante es que la mezcla es, al menos por momentos, original y potente.

La novela termina con el hallazgo de una palabra (largamente buscada) y con la perspectiva del mar que avanza, retrocede y vuelve a avanzar. Este puede ser un buen augurio para su autor. Selci parece haber encontrado un tono, para decirlo borgeanamente, “ha dado con su voz”. Sólo le queda seguir avanzando.
*Reseñador
Lucas Adur es licenciado en Letras (FFyL-UBA). Docente de Ideologías lingüísticas (FFyL-UBA) y Literatura Argentina y Latinoamericana contemporáneas (UNNOBA) y moderador del Taller de Poesía “Paco Urondo” (UNSAM). Actualmente está finalizando su tesis doctoral sobre el discurso cristiano en la obra de Borges con una beca de posgrado otorgada por Conicet. Ha publicado artículos en diversos medios