Entrevista a Laiseca
por Javier Garat y Adela Salzmann


Nos abre la puerta un sujeto tan grande y encorvado como una Torre de Babel cediendo al peso de sus lenguas. Mirando hacia arriba lo escuchamos decir: “Buenas tardes mis pequeños” y le damos un beso. Lo seguimos lentamente a través del pasillo hasta el fondo donde, pasando la puerta, nos sentamos en su cama. Los pies no nos tocan el piso y las rodillas rozan el escritorio de este monumental hombre de letras. Parecemos dos niños dispuestos a indagar en la vida de un abuelo que no por temible deja de ser misterioso. El escritorio de madera está repleto, mejor dicho abarrotado de una manera casi imposible, de libros –suyos y de otros–, botellas de cerveza y Terma, papeles, algunas cosas que escapan a la memoria y un atado de Marlboro sin caja, cubierto solo por el papel de aluminio, listos para ser llevados a la boca.

A nuestras espaldas, detrás de un arco, se ve una pared cubierta por cientos de VHS –algunos comprados, otros grabados de la televisión como sabremos luego–. Chop, un gato beige que merodea pero no distrae, se acuesta en la cama. Sobre las paredes del cuarto-estudio se dejan ver un dibujo en tinta china, regalo de un amigo japonés, una serpiente tallada en madera, un retrato en primer plano de un joven y buen mozo Laiseca y una foto de la plaza de Camilo Aldao.

Laiseca dice: “si no lo toman a mal voy a comer”. Le ofrecemos cerveza fría y la rechaza, sólo la toma tibia. Le ofrecemos papas fritas y, en principio, las rechaza para luego decir: “Me puedo comer una papafrita, así al menos en el mundo de los símbolos hemos compartido”.

Su voz estentórea, atronadora pero sin embargo calma, se mueve y por momentos se detiene. Pausa para pensar, para olvidar. Pausa para tomar un trago o para acercarse un bocado. Pausa, una vez más, para insertar un cigarrillo debajo de ese bigote que lo cubre todo y fumarlo lentamente, como si la realidad no existiera y nosotros dos solo fuéramos una imagen residual de un tiempo que pasó.

Ése es el pueblo donde paso su infancia ¿verdad?

Camilo Aldao, sí.

¿Guarda lindos recuerdos?

Sí. No del presente. No he logrado volver a Camilo Aldao porque la mayoría de mis amigos han muerto. En cambio soy rico en enemigos.

¿Quedaron los enemigos nada más? Son fuertes.

Ah, no. Los enemigos nunca se mueren hasta que hayan cumplido con su…el demonio los protege. El anti-ser. Los protege hasta que hayan hecho toda su tarea. Después que han cumplido con su tarea los mata a ellos también.

¿Cuál es su tarea?

Joder a las personas como yo.

¿Le sacan la libertad de acción? ¿Cómo lo perjudican?

Mirá tesorito, no quiero entrar en detalles. Podría pero no quiero.

¿El anti-ser es el anti-mozart?

Bueno, el anti-mozart sería la expresión humana del anti-ser. Es lo que los cristianos suelen llamar el príncipe de las tinieblas. Yo, llevándolo a un nivel metafísico…o sea, si existe el ser y la nada porqué no va a existir el anti-ser. Y el anti-mozart sería…bueno, lo opuesto a Mozart. Una derivada parcial del anti-ser pero a nivel humano.

Entonces tendría que ver con una disputa por el poder...

Sí, el poder siempre fue algo muy importante en mí. Como dijo Lao Tse, que se pronuncia “Lao Tzu”, el gran pensador chino, “quien desee perder poder primero deberá tener poder”. Puede que ya no tenga ganas de usarlo pero para eso hay que tenerlo primero.

¿Y cómo se tiene el poder?

Ay, a mí me lo preguntás. Si yo supiera tendría a todos mis enemigos a raya.

El poder sería poder dormir bien durante la noche entonces.

Por ejemplo. Sería un muy buen comienzo. Después durante el día me arreglo. Pero si puedo dormir bien de noche...

Donde uno esta indefenso.

Sí. Uno duerme de noche para juntar energías y si no te dejan dormir, bueno ¡Pues que te jodes tío!

¿A qué edad vino a Buenos Aires?

Puede que a los 25 años.

¿Vino buscando algo?

Sí, editoriales, otros escritores, intercambiar, esa vaina.

¿Con quiénes compartía su escritura cuando empezó a escribir?

Yo escribía muy mal. Empecé a escribir cuando estudiaba ingeniería. Un buen día de esos descubrí que mientras siguiera haciendo lo que querían mis padres no iba a poder escribir bien. Entonces, bueno, largué todo. Pero no me vine directamente a Buenos Aires. Estuve dos años trabajando en las provincias argentinas como cosechador, como peón de campo.

¿Qué lo llevó a estar trabajando dos años como peón de campo?

Tenía que hacer una catarsis, sacarme de encima todo el pasado. Como dijo alguien: “el camino duro es el mas fácil”. No es mía esa frase. Quizás no se sepa de quién pero no es mía. El camino duro es el mas fácil.

¿En qué tipo de tareas trabajó en esos dos años?

Cosechando uvas, papa, en plantaciones. Carpiendo tierra. Un trabajo muy duro, la espalda me quedaba hecha mierda.

En un momento decidió que ya era hora de llegar a la ciudad.

A la ciudad, sí. Donde tampoco me fue mejor al principio. Estuve como cuatro años y medio trabajando de peón de limpieza hasta que conseguí algo mejor, después algo mejor.

¿Cuál fue su impresión al llegar a Buenos Aires desde Córdoba?

Llegué a Plaza Once y buscaba una pensión para alquilar, una pieza, aunque fuera compartida. No sabía que iba a empezar la odisea de piezas compartidas con enemigos de pieza. Un hombre me dijo: “tome el subte, bájese en la estación tal que hay una zona de muchas pensiones”. Nunca había tomado el subte. Y yo creía que desde un comando remotísimo se ponía en marcha ¡Ha llegado a la tecnocracia! Gran desilusión cuando se abrió una puertita y salió el conductor. Dejame de joder. Así no vale la pena.

¿Cuál fue el trabajo que más le gustó?

Llegué a ser subgerente de una editorial llamada Letra Buena que no sé si existe todavía. Me gustaba mucho ese trabajo.

Mientras iba avanzando con los trabajos ¿seguía escribiendo?

Ah, claro. Eso siempre.

Leer más y escribir más.

Y vivir más.

¿Quiénes fueron los primeros contactos que tuvo en el mundo de la literatura?

Fue una cosa casi ingenua y absolutamente romántica de mi parte. Buscaba un barbudo porque imaginaba que los barbudos son intelectuales. Una boludez porque pueden no serlo. Dio la casualidad que sí. Un desconocido, lo abordé en la calle: “Mire, yo busco un bar donde vayan artistas”. El tipo me miró y me dijo, bueno, tendría que irse al bar Moderno que queda en Maipú al 700, no me acuerdo. Maipú y Paraguay, una cosa así. Y ahí caí, busqué gente y bueno, eso fue. Así que mi romanticismo anduvo bien. ¡Buscaba un barbudo! Y lo más notable es que tenía razón.

¿Qué relación tuvo con la política a lo largo de su vida?

Ninguna. Muchas veces me preguntaron cuál fue mi vida durante el proceso. Yo siempre les contesto lo mismo. Durante el proceso, fui absolutamente peronista. De casa al trabajo, y del trabajo a casa. Estuve guardadísimo. Vivía en Escobar. Fue la única vez que tuve casa propia, después la tuve que vender. (Justo donde da Tapia del cruz con Carnicería la Esperanza. Por Almafuerte, unas tres cuadras y media, a mano izquierda, ahí estaba mi casita).Vino el ejército Soviético y me echó a patadas.

¿Cuándo publica Su turno?

Su turno, marzo del 76, que le cambiaron el nombre. Ahora en la segunda edición le pusieron el original.

¿Cómo fue esa entrada?

Llevaba manuscritos a editoriales y me fue muy mal, como a todo el mundo, hasta que una conocida que se llama Tamara Kamenszain, poeta, dijo: Mirá Lai, vamos a hacer las cosas bien. Yo te voy a presentar a Tomas Eloy Martínez. El era jefe de redacción en la Primera Plana de Timerman. Me presentó y el me mandó con uno de los redactores que era nadie más ni nadie menos que el gordo Soriano.

Qué lindo tipo.

Sí, yo lo admiro mucho. Nos hicimos muy amigos. El leyó mis cosas y en el acto se entusiasmó. Osvaldo Soriano me dio muchas manos.

Hablando de Su turno ¿tiene algo que ver con el “realismo delirante”?

¿Cómo no? Es el comienzo del realismo delirante. El delirio sirve para agrandar algunas cosas de la realidad y achicar otras. Esa cosa distorsionada te permite, a vos como escritor, que el lector vea magnificado lo que más te interesa que vea.

Lo vi en las descripciones de Su turno o en Aventuras de un novelista atonal, en las puntuaciones. Por ejemplo en la descripción del personaje que le cortaría las jorobas a los camellos por una cuestión estética sin tener en cuenta que ahí almacenan el agua.

Ese personaje ya sabía eso pero parece que no le importó ¡Por razones estéticas! En realidad son mentiras porque, bueno, por supuesto no haría jamás semejante barbaridad, pero me gustan las jorobas de los camellos. Es mi personaje loco que dice eso.

¿Habla usted a través de sus personajes?

A veces sí pero no ahí, por supuesto.

¿Cómo elige darles voz a ciertos personajes?

Son más bien ellos lo que lo eligen. Mira, cuando vos tenés todo arreglado, perfecto y dirigís tu cuento o tu novela, sale mal. La novela y el cuento te tienen que dirigir a vos. Sí, es al revés.

¿Nunca sabe que va a pasar?

No es que no sepa que va a pasar. Eso solamente me pasó con una cosa que estoy escribiendo ahora. Con la novela de Vietnam. Porque es tan quilombo como lo era Vietnam.

¿Qué cosas descubrió hasta el momento sobre Vietnam al bajar a las cuencas oceánicas?

En primer lugar que era una guerra que no se podía ganar pero que era necesario hacer la guerra para averiguar que no se podía ganar. EEUU lo averiguó y muy cabeza dura siguió quedándose. La estrategia del Vietcong y de Vietnam del Norte era muy superior a la norteamericana. Ellos conocían al país y los yanquis no. Siempre hacían lo mismo los Vietcong, y les daba un resultado bárbaro. Eran los primeros en atacar, y después se replegaban. Los norteamericanos, furiosos, iban a atacarte, vos ya no estabas ahí. Te habías perdido por la selva. Y así te iban sumando bajas. Sabían muy bien que Estados Unidos no era un país que aguante guerras largas. Son las características de los norteamericanos. Sabían perfectamente eso. Incluso tenían unos morteros, proporcionados por la Unión Soviética (ellos no podían fabricarlos) que podían tirar desde una distancia muy grande, algo así como mil metros. Entonces apuntaban, seguros de que el tiro iba a llegar a la base, y en sucesión largaban tres disparos. Pum, pum, pum. Después rajaban. Cuando el primero de los tres tiros caía en la base ya se habían ido. Es imposible ganar así. Además no se metían en cualquier lado. Se metían en la selva que era como su casa. “Nos dispersamos y nos reagrupamos en tal lado”, les decía el oficial y sabían perfectamente dónde era. Ningún norteamericano puede hacer eso. Mandá a tus chicos a que se dispersen por la selva, no duran dos días.

¿Su novela trata estos temas?

Sí, claro.

¿Siempre en el registro del realismo delirante?

No, esto es muy poco delirante. Es el realismo de Vietnam. Ni falta hace. Con esta novela por primera vez no pude construir un plan de obra. Ahora sí ya tengo pensado más o menos lo que va a pasar pero porque estoy en el cuarto capítulo. Empecé en bolas. No había manera. Me propuse a decir todo lo que no se dijo sobre Vietnam.

En el caso de Poemas chinos. ¿Fue un trabajo de investigación?

Queridísimo amigo, yo estudio a los chinos desde los veinte años. La mayor parte de la poesía que escribí es según el estilo chino. Resulta que yo estaba escribiendo una novela, La mujer en la muralla, y ahí tenía que salir poesía. Tenía dos caminos. Uno, citar poesías ya existentes ¿Pero por_ qué no las escribo yo directamente? No sólo escribí las poesías para la novela sino que escribí todo un libro.

¿Cómo decide si va a escribir un cuento, una poesía o una novela?

Eso depende de las cosas que tengas para decir. Si la cosa es compleja, como la guerra de Vietnam, tenés que escribir una novela. Podría escribir un cuento, pero ¿para qué sirve eso? No vas a decir de ninguna manera todas las cosas que tenés que decir.

Noté que en las primeras novelas hay una visión cómica y hasta cínica del amor, sin embargo en Poemas Chinos tiene una visión romántica.

Sí, trato de disimularlo lo más que puedo pero ya ves que cada tanto escribo poemas chinos.

¿Qué es esa fascinación que tiene por China?

No lo sé. Son tan raros, tan distintos a uno que uno no puede menos que encariñarse e interesarse. Además la filosofía china. Hay varias filosofías. La de Lao Tse no es la misma que la de Kǒng Fūzǐ, Confucio para los diablos extranjeros, bárbaros occidentales, gente que carece totalmente de “Ni”, atributo del caballero (se ríe). Las palabras son textuales, son del propio Confucio.

De todos modos no es sólo una fascinación por China sino también por Egipto.

Ah, no. Un momento. Egipto fue mi primera fascinación, la más antigua, y lo sigue siendo. A los 9 años estaba fascinado con Egipto.

¿También porque son tan diferentes a nosotros?

Pero claro, y tan raros. El culto de los muertos pero de los muertos en vida, las tumbas. Quería saber muchísimo de la mentalidad egipcia.

Una vez dijo que los egipcios habían inventado la cerveza.

No es que la hayan inventado. Fue inventada por varios pueblos, lo mismo que el vino y también la hidromiel que no sé bien qué es pero también es de varios pueblos. Creo que pueblos del norte. Lo que sí dije yo es que los egipcios, el faraón, les daba cerveza a los trabajadores de la gran pirámide por lo cual fui muy criticado por la prensa. La prensa amarilla. Me pegaron con un caño. Qué les va a dar cerveza si los hacia trabajar a latigazos. Yo sostenía que no, que eran todos trabajadores libres. Dos años después de publicada mi novelita se encontró cerca de Gizeh, del otro lado del Nilo, una gigantesca fabrica de cerveza que usaba el faraón para darle a los trabajadores ¿Cómo lo supe yo? Un escritor, cuando es un buen escritor, y yo lo soy, baja a las cuencas oceánicas de la creación y ve cosas. El escritor tiene que ser como un médium, tiene que ver el pasado. Sí, yo sabía.

Sobre el proceso creativo en su propia literatura, Fogwill dijo: “me son más importantes las palabras en relación a la historia que la historia misma, los sonidos las resonancias…”

Fogwill era muy amigo mío, él fue otro que me ayudó muchísimo, como Soriano. Respeto el lenguaje de Fogwill y las historias. Pero quizás mi diferencia sea que yo le pongo un poco más de énfasis a las historias, me interesan muchísimo. Son las dos cosas.

¿Cómo lo conoció?

De una manera muy extraña, como todo lo que pasaba alrededor de Fogwill. Estábamos en una reunión de no sé qué carajo, se me presentó un desconocido y me dijo “soy Rodolfo Fogwill” como quién dice soy el papa Francisco I, vos ya tenés que conocerme a mí. Y no, no lo conocía. “Hola mucho gusto”, le dije.

¿Lo ayudó en el mundo editorial?

De manera indirecta. Creo que lo único que me habían publicado a mí era Su turno. Yo tenía Los Sorias inédito y empecé a pasárselo a gente: a Fogwill, a Piglia y a César Aira. Recibí comentarios muy elogiosos de ellos y eso me dio mucha fuerza porque era una novela muy gorda y yo sabía que tenía dificultades para que los editores se animaran. Se inició así una especie de boom underground. Todos hablaban de Los Sorias y nadie lo había leído, salvo tres. Y finalmente conseguí un editor: Gastón Gallo. Ahora tiene que salir la tercera edición de Los Sorias, también de Gastón Gallo.

¿Ilustrada?

No, en principio Los Sorias ha salido con unas pocas ilustraciones que son dibujos míos. Vos te confundís con otra edición que se llama Ilusorias. Son nada más los títulos de los capítulos con dibujos de distintos autores.

Su escritura muchas veces parece una película ¿Lo encuentra así?

Sí, incluso lo he hecho deliberadamente. Hay un libro que me marcó muchísimo, me ha enseñado muchísimo. Me lo pasó mi padre. Es El Fantasma de la Ópera de Gastón de Luc. Desde que me lo pasó mi papá cuando yo era preadolescente, hasta hoy, creo que lo he leído veinte veces. Y le hice un homenaje porque resulta que yo creo haber visto todas las películas que se hicieron basadas en El Fantasma de la Ópera. Ninguna me ha gustado. Pienso que todas desaprovecharon el gran material cinematográfico del libro de de Luc. Yo le voy a probar al público que se puede hacer una película taquillera, entonces en Sí soy mala poeta pero… (que es una de mis novelas) yo hago las partes más difíciles del libro de de Luc. Las pongo directamente como si fuera para cine. Como un guión literario. ¡Y no cambio nada eh! Incluso alguien que me conoce me dijo: “bueno, esto es tuyo”. “No, es de de Luc”. La película que me hubiera gustado hacer si hubiera sido director de cine es El Fantasma de la Ópera. La ironía del fantasma, el horror que vive. La que cumple más con el argumento y con todo es la primera, la muda. Que lamentablemente tiene las limitaciones del cine mudo.

¿Qué director te gustaría que filme el libro?

Stanley Kubrick, Francis Ford Coppolla, incluso Werner Herzog pero no sé si él se interesaría en filmar eso.

¿Le gusta Stephen king?

Sí, mucho.

¿Qué es lo que le gusta?

Su imaginación, su dominio del terror. Yo leí los consejos de escritura de Stephen King.

Ese libro es muy bueno. Mientras escribo. Tuvo un accidente feroz durante el cual no murió por puro pedo. Estando convaleciente en la cama escribió ese libro.

Es una manera de transmitir todo su oficio de una forma muy sincera ¿Usted escribió consejos para escribir?

Yo consejos doy solamente tres. Cuando leí Mientras escribo me llamó la atención que dos son iguales que los que da King. Él dice: escribir más y leer más. Yo siempre se lo dije a mis alumnos. Lo único que falta es el tercer consejo que es el más importante: vivir más.

¿Usted vivió mucho?

Si no hubiese vivido estaría muerto.

(Llegado este punto de la charla las posiciones se invierten y es él quien pregunta: ¿a que hora cierran las tiendas que venden zapatos? Al comentarle nosotros el horario al que probablemente casi cualquier tienda cierra, nos expresa su deseo de dormir la siesta antes de que lo hagan. No queda más que detener el grabador, dejar las tazas para cerveza en la pileta de la cocina, despedirse de Chop y seguir su acompasado caminar hasta la puerta que nos devuelve una vez más a la inverosímil realidad de la ciudad de Buenos Aires.)
Entrevistadores
Javier Garat nació en San Antonio de Padua, mítica localidad de la aún más mítica zona Oeste del Conurbano Bonaerense, conocida por proveer al mundo con seres tan inenarrables y disímiles como Galimberti, Carlín Calvo y el primo de Máximo Disfrute. Para disgusto de su madre jugó al rugby y eligió una carrera universitaria que difícilmente reditúe lo mismo que un oscuro puesto gerencial. De chico fue punk pero ahora, arrepentido, desearía haber sido rolinga. Cree que Viejas Locas es el Oasis de este país.

Adela Salzmann tiene 24 años. Estudia artes visuales y vive en una casa rodoflotante boyita.