The doors
Diego Singer


“De todo ello se deduce lo que, sin duda, constituye la verdad última del puzzle: a pesar de las apariencias, no se trata de un juego solitario: cada gesto que hace el jugador de puzzle ha sido hecho antes por el creador del mismo; cada pieza que coge y vuelve a coger, que examina, que acaricia, cada combinación que prueba y vuelve a probar de nuevo, cada tanteo, cada intuición, cada esperanza, cada desilusión han sido decididos, calculados, estudiados por el otro.” Georges Perec

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La organización de la información se ha transformado en una demanda tan importante en nuestro mundo, que ha enriquecido rápidamente a las empresas que, de una u otra manera, supieron poner en funcionamiento soluciones masivamente utilizables. Los llamados “motores de búsqueda” como Yahoo o Google son casos paradigmáticos. Pero no debemos creer, sin embargo, que la tarea principal de los “buscadores” sea simplemente la de encontrar rápidamente una pieza de información en el Babel contemporáneo. La búsqueda implica siempre una selección de criterios mediante los cuales se realiza, en este sentido forma parte de un entramado organizacional a la vez que puede ayudar a modificar su estructura y sus límites. Esto es así porque la búsqueda es, tenga o no un resultado “exitoso”, un particular proceso de conexión múltiple entre elementos diversos, una forma de asociación singular. Conocemos las reflexiones de Michel Foucault sobre estos juegos de reglas y clasificaciones y sobre la posibilidad de profundizar en las rupturas que comportan. “De hecho, no existe, ni aun para la más ingenua de las experiencias, ninguna semejanza, ninguna distinción que no sea resultado de una operación precisa y de la aplicación de un criterio previo”, sostiene en el prefacio de Las palabras y las cosas.

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Por su parte, Irvine Welsh afirma en Trainspotting: “La heroína es una droga honesta, porque te arranca todas esas ilusiones de las que llenas tu vida, para convencerte de que todo carece de sentido.” Y el protagonista de la película dirigida por Danny Boyle, un Ewan McGregor desgarbado y ojeroso, hace explícita la otra cara de la causa del consumo de heroína, no simplemente la despreocupación de las obligaciones cotidianas, sino el placer, la desnuda crudeza del placer. Pero se equivoca al afirmar que nadie tiene en cuenta la variable del placer, que las almas bienpensantes sólo atinan a vislumbrar las raíces socioeconómicas de marginación o abandono familiar, o el afán de transgresión. Sigmund Freud había identificado claramente la relación entre la economía libidinal y el uso de drogas en El malestar en la cultura: “el hecho es que existen sustancias extrañas al cuerpo cuya presencia en la sangre y los tejidos nos procura sensaciones directamente placenteras, pero a la vez alteran de tal modo las condiciones de nuestra vida sensitiva que nos vuelven incapaces de recibir mociones de displacer”.

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Comencemos con un escritor norteamericano fracasado, con todo lo que el estereotipo del fracaso conlleva: contrato editorial que no logra cumplir porque no puede escribir ni una página; departamento pequeño, sucio y desordenado del que lo están por desalojar por no pagar el alquiler; escena de ruptura con la novia exitosa en su trabajo; aspecto personal desprolijo, ropa gastada, progresivo alcoholismo. Este personaje se cruza con un antiguo conocido, un dealer que le da una pequeña pastilla transparente para ayudarlo a solucionar sus problemas. Esta droga, la NZT-48, multiplica las sinapsis neuronales de tal manera que aumenta vertiginosamente las capacidades asociadas a la utilización, proceso y análisis de información. Particularmente el acceso instantáneo a todos los recovecos de la memoria, que permite utilizar todo lo que alguna vez se ha oído, leído o visto. Por otra parte, al ampliar la velocidad de procesamiento de datos, las reacciones a los estímulos ambientales y los procesos de aprendizaje sufren una aceleración impensada. El resultado: nuestro personaje (el looser bohemio y alcohólico) termina su primer libro en pocos días, logra llevar a la cama muy rápidamente a una chica atractiva que lo odiaba momentos atrás, ordena y limpia su departamento (hasta dobla su ropa y la acomoda por color), se compra ropa a la moda, empieza el gimnasio, aprende idiomas de un día para el otro y conquista a las mujeres que quiere, por supuesto también a su ex. Vemos ahora todos los estereotipos del winner norteamericano: estilo de vida sofisticado, hedonismo chic, amigos con mansiones frente a la playa, rubias en autos veloces emulando la estética de Rápido y furioso.

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Quienes hayan visto la película, ya sabrán que se trata de Limitless (Sin límites), un film dirigido por Neil Burger en 2011 y protagonizado por el galancito de moda Bradley Cooper. Quienes no la hayan visto, no tienen que perder el tiempo en hacerlo, pero sí aconsejamos que visiten www.theclearpill.com en la que se ofrece el NZT-48 como si fuera un producto real. La estrategia de marketing está apuntada, por supuesto, a destrabar el potencial de cada persona, tal como pregonan la mayoría de los libros de autoayuda. El argumento de venta no podría ser más eficaz: “¿Qué pasaría si una píldora te pudiera hacer rico y poderoso?” No se trata de vender una píldora que contenga una determinada cantidad de conocimientos que podríamos adquirir de forma casi instantánea, o que automáticamente aumenta nuestra cuenta bancaria, sino de esa utopía que estaría dentro nuestro, el “potencial” tan esquivo al que todos podríamos explotar utilizando el 100% del cerebro. Se trata de poder hacerlo por uno mismo, con una pequeña ayuda de la técnica multiplicando las vías y velocidades de acceso a ese “sí mismo”. Como dice el dealer al protagonista: “funciona mejor si ya eres inteligente desde antes”. Y una vez que lo logramos ¿qué sucede? El protagonista de la película no lo utiliza para convertirse en el nuevo Joyce o en el nuevo Faulkner, abandona la escritura para convertirse en un agente de bolsa, quiere ser un empresario exitoso, quiere ganar mucho dinero en poco tiempo. El NZT-48, nos cuenta, es “una droga para gente que quiere estar más atenta. […] No estaba volando, ni confuso, solo aclarado. Sabía qué debía hacer y cómo hacerlo.” No es casual que la píldora sea transparente, que aclare con una nitidez impensable una inmensa cantidad de datos y empuje a la producción. Por eso se trata de una prima lejana de las clásicas drogas estimulantes (cafeína, teína, guaraná, mate, coca, cacao). Antonio Escohotado, en su obra Las drogas. De los orígenes a la prohibición define sus efectos como “una inyección de energía, que faculta para comer menos y trabajar más. Nunca sirvieron para producir trances de posesión o viaje, y son desde los comienzos fármacos profanos, que el acomodado usa por gusto y el pobre por necesidad. En la naturaleza del efecto está también que su usuario sea un usuario regular, y recurra a ellas varias veces al día.” Por supuesto, el NZT-48 no es simplemente cafeína más potente, pero sí funciona potenciando las capacidades productivas en el nuevo ámbito laboral del emprendedor-empresario, a quien no se le exige mantenerse despierto en la línea de producción fabril, sino tomar decisiones arriesgadas, saber analizar rápidamente las oportunidades, tener capacidad de gestión y seducción, así como cierto nivel de creatividad necesario para abrir brechas de negocios más jugosos. También escuchamos decir al protagonista: “Todo mi miedo y mi timidez, desaparecidos”, la irreemplazable habilidad del emprendedor para estar seguro de sí y no temer dar los pasos adecuados en un mercado en el que el valor se crea con la capacidad de convencer a los demás de nuestros proyectos.

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Johnny Depp poniendo en ridículo el trabajo de reporteros y policías en Pánico y locura en Las Vegas. Las viejas excesivamente bronceadas y excitadas por los concursos de TV de Réquiem por un sueño. El monólogo que abre Trainspotting con su inolvidable enumeración de las mediocres costumbres de nuestra sociedad, que nos recuerdan al “último hombre” nietzscheano. En todos los casos hay una feroz crítica hacia la sociedad que se articula en torno a los que no consumen drogas (al menos, no el tipo de drogas como la heroína, el crack o el infinito cóctel que Benicio del Toro y Johnny Depp transportan en su famoso maletín). Y no se trata de una crítica simplista, que contrapone el mal y la mediocridad de la sociedad “careta” al paraíso de los psicoactivos, no. Los protagonistas de Réquiem por un sueño no terminan nada bien, no asistimos a la afirmación de su individualidad libre de las presiones sociales ni mucho menos, sino a un complejo proceso en el que vemos a estos personajes perderse y dejar de ser dueños de sí. Poco tienen que ver con el protagonista de Limitless, quien en lugar de romper con los mandatos sociales, no hace más que obedecerlos hasta en sus clichés más nauseabundos. Toda su capacidad para utilizar cantidades inmensas de información, analizar y generar nuevas conexiones entre los elementos, jamás hace que reflexione sobre los valores con los que hasta ese momento ha vivido. De esta forma, la prótesis que utiliza para multiplicar su rendimiento, parece ser análoga a la de un cambio de procesador y de resolución de pantalla en una nueva generación de computadoras, el sentido más chato en el que podemos entender el progreso técnico.

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El problema principal, sin embargo, excede a la cuestión cultural sobre la utilización de las drogas. Más allá de winners & loosers y de los usos legitimadores o transgresores del orden social establecido, estamos inmersos en un problema que involucra poner en cuestión los conceptos de inteligencia, de percepción y de experiencia. Si seguimos las breves anotaciones sobre las drogas que realizara Gilles Deleuze en 1978, podemos adentrarnos aún más en esta nueva perspectiva. “Todas las drogas conciernen a las velocidades, a los cambios de velocidad, a los umbrales perceptivos, las formas y los movimientos, las micropercepciones, el convertirse la percepción en molecular, los tiempos sobrehumanos e infrahumanos, etcétera.” Este es el primer gozne para tratar de pensar lo que hay en común en experiencias que parecen ser tan disímiles. La extremada claridad o la confusión respecto al mundo de los fenómenos, dan cuenta de que se modifica la percepción tanto interna como externa. Lo que no debemos hacer es confundir las “micropercepciones” simplemente con las percepciones de objetos más pequeños o detalles y los cambios de velocidad, con la aceleración del procesamiento de datos. No hay ningún tipo de devenir minoritario en el protagonista de nuestra película. Todo lo contario, lo que le faltaba para ser un hombre (varón, adulto, racional, blanco) con todas las letras, era un cambio de percepción que suturara todas las falencias que anteriormente lo separaban de ese modelo de hombre. Hay un movimiento que se acentúa, el de la territorialización, el que puede fijar con un simple golpe de vista todos los puntos del territorio y reticularlo para establecer jerarquías claras, órdenes de prioridad y trayectorias de recorrido. No hemos salido de la imagen dogmática del pensamiento.

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“La experimentación vital tiene lugar cuando una tentativa cualquiera que emprendemos se apodera de nosotros e instaura cada vez más conexiones, nos abre a otras conexiones”, continúa Deleuze. ¿Entre qué y qué se instauran esas conexiones? Mejor aún, ¿cómo transcurren las dinámicas que vehiculizan esos encuentros? La experimentación no puede darse si la organización de la percepción realiza una puesta en disponibilidad de todos los elementos para la consecución de una tarea por parte de un individuo. Simplemente estaríamos recorriendo, a mayor velocidad y con mejor eficacia, los caminos propuestos por el aparato de territorialización. Nuevamente los desarrollos de Google nos permiten pensar este tipo de conexiones, mediante los productos de “realidad ampliada” como sus nuevos anteojos. Estamos, sin dudas, frente a un cambio en el modo de percepción. Pero en todos estos casos (anteojos o pastillas) la ventaja técnica descubre, conecta un elemento que ya estaba allí y no podíamos ver, quedaba por fuera de nuestro campo perceptivo. En ningún momento se pone en duda el valor de verdad de esa percepción, de hecho estaríamos profundizando el campo de la verdad, lo que constituye el sueño de la ciencia de cuño positivista: llegar a tener los instrumentos para medir los aspectos más esquivos de lo real. Claro está que cuando hablamos de verdad, estamos haciendo referencia a una verdad compartida por el conjunto de la sociedad. Se trata de una verdad que funciona con un esquema tal, que puede ser reconocida y eficiente en el mundo del capital y la mercancía. Si hay algo que se reprocha al “drogadicto” (ese es el término que se utiliza para denostar al que no es dueño de sí), es que las nuevas percepciones no pueden ser compartidas por el conjunto ni sumar al campo productivo, aunque sea en el orden de lo simbólico, salvo en contadísimas ocasiones en las que se utilizan drogas para producir determinadas obras de arte. Por este mismo motivo, la posibilidad de lograr experimentar por otras vías, que no utilicen drogas como suplemento técnico, son igualmente censuradas. El protagonista de nuestra película, explicita al final la cifra de su ventaja sobre los demás cuando afirma que él está “siempre un paso adelante, anticipando cada movimiento y cada jugada”. Adelantado a los trazados existentes, armando con rapidez inaudita las piezas de un rompecabezas en el que se podrá reconocer, punto por punto, la misma figura que estábamos aguardando.
*Autor
Diego Singer es Profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, se desempeña como Profesor Titular de Filosofía y Sociología en enseñanza media y coordina grupos de estudio de Filosofía para personas fuera del ámbito profesional de la disciplina. Ha dictado cursos sobre Michel Foucault para profesionales de la salud mental en diversas instituciones hospitalarias de la Ciudad de Buenos Aires. Participa regularmente en distintas publicaciones, como la revista digital www.estonoesunarevista.com.ar y la revista de psicoanálisis La docta ignorancia, escribe artículos de filosofía en su blog www.aquiestalarosa.blogspot.com