Las armonías de Werckmeister o una mirada sin párpados sobre el tiempo del desastre
Natalia Lorio


En construcción todo parece a medio hacer.
En ruinas toda construcción parece completa.

Bèla Tarr

La pérdida de las ilusiones ya no dice gran cosa sobre nuestro mundo. La proximidad entre el desorden normal del orden de cosas “desilusionado” y el extremo de la destrucción o de la locura dice mucho más. Y esa proximidad está en el núcleo de Las armonías Werckmeister.
Jacques Rancière


Ya Nietzsche asentó, acaso de una vez y para siempre, la muesca en el pensamiento que imposibilita la confortación en límites claros. Una llaga en la certeza que hace todo el trabajo posible por cerrarse y en ese mismo impulso se sigue rasgando, abriendo, ahondando. La superficie del pensamiento no es homogénea y allí donde está la llaga se puede adivinar que no se trata más que de una película delicada y frágil, que así como se rasga, se cauteriza según ciertas medidas y procedimientos, pero siempre marcada por su propia inmunidad.
Salvar y perder. Cortar y sanar. Minuciosa tarea de la violencia. ¿Límites entre la locura y la cordura? Aquel hombre (1) – lúcido insensato- que llega a pleno día agitando sus palabras y un farol buscando a Dios y tejiendo una telaraña de preguntas sobre los límites ya es la imagen que revela de ansiedad y el desasosiego de lo que vendrá. A esa imagen, sumamos otra: aquella con la que el húngaro Béla Tarr inicia Las armonías de Werckmeister (2000). Si bien en ella encontramos resonancias nietzscheanas (2), la escena se ha modificado, virando su reverberancia, ya no es el sol el que no permite ver claramente, sino que es la lumbre, fuego entre los hombres, (el hogar tan presente en otros filmes de Tarr) la que se extingue. El des-astre no es astral, el desastre es catástrofe, es desde ya caída sin retorno, sin elevación. Caída en la caída. Una taberna a punto de cerrar, hombres disgregándose, volviendo a su nocturno descanso mitad adormecidos, mitad embrutecidos por el alcohol, dispuestos a representar una escena dirigida por János Valuska (¿loco, idiota, vidente?): el sol, la luna y los planetas son personificados por algunos de los parroquianos en una danza acompasada. El ciclo en su ciclo se frena, una sombra oscura hace frente al sol. Eclipse. ”El aire se vuelve frío, los ciervos corren con pánico. Anochecer terrible e incomprensible, luego silencio total. ¿Caerá el cielo sobre nosotros? Un eclipse total ha caído sobre nosotros” . La escena se paraliza, la mirada pierde foco y el sol está tan detenido como la luna y la tierra. Pero luego todo vuelve a moverse, vuelven los planetas a sus órbitas, el sol a calentar, los ciclos a reandar su recorrido otra vez. Sin embargo mientras las palabras de János Valuska dicen que el calor vuelve a inundar la tierra, algo en sus ojos no nos permiten creerlo completamente.

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Espiral de la visión que ya no ve. Visión obnubilada. El tiempo atravesado por el sentido. El sentido flechado por un tiempo opaco, sentido del desastre. Tiempo herido.

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Pensar nuestro tiempo, complejidad de un ahora que no cesa de darse sin descubrirse por completo, que no deja de presentarse como el último instante pero distendido en un pasado que se repite espejándose en imágenes que adivinamos del futuro. Nihilismo consumado. Posmodernidad. Post-capitalismo. Post-historia. Era técnica. Cada una de estas nociones quisieran indicar, señalar, nombrar esa modulación de nuestro tiempo en la que se replica la cuestión del sentido. No sólo como contestación o impugnación de un sentido dado, que se pone en cuestión en una refutación que no deja de dar cuentas de las contradicciones de hablar de un sentido, sino también como copia, representación de ese sentido en cuestión. Sentido como cuestión. Sentido como conmoción.

Problema filosófico por antonomasia, la centralidad de la cuestión del sentido hace resonar ciertos pensamientos más que por la cercanía temporal de ciertos autores con nuestro tiempo, por un tono intempestivo que, como expresa Agamben, desde Nietzsche permite ajustar cuentas con nuestro tiempo y, a la vez, estar en condiciones de transformarlo y de ponerlo en relación con otros tiempos (3). La cuestión del sentido, la conmoción del sentido como un problema contemporáneo convoca a la situación incómoda en la que el pensamiento se escenifica como tragedia: fuera de quicio, sin un registro único, el tiempo y su darse no se presentan de manera articulada, un desfasaje atraviesa la existencia humana. The time is out of joint. Aquello que supo Hamlet, también lo vio Nietzsche (4) y una constelación de miradas siguen señalando ese desquiciamiento en torno al desastre de nuestro tiempo estableciendo tensiones con sus impensados. La constatación del nihilismo y su consumación en nuestra época (Nietzsche), impone atender diagnósticos disímiles en tanto todos auscultan partes del mismo cuerpo problemático: el nihilismo no sólo impone afrontar el fin de toda mediación racional para fundar los valores, la política y el sentido de lo humano (Schmitt), sino también mirar de frente ese rostro humano que no ha quedado indemne luego del avance y la centralidad de la técnica privada en sí misma de dirección. El desencanto de lo humano tras los acontecimientos nefastos del siglo XX hace patente el opacamiento de la posibilidad de dotarse de un sentido (Heidegger, Bataille) y señala hacia otras maneras de pensar el tiempo y la historia. El nihilismo singulariza ese rostro de la violencia en la que ella deja de ser, como lo afirmaba Marx, la partera de la historia. No hay linealidad en la historia que la violencia venga a surcar. La violencia en y del nihilismo nos enfrentan a la historia como sin sentido. Catástrofe del sentido, pero sorteando la trampa de volverlo todo pensable: el tablero de las valoraciones ya está desbaratado. Solo resta mirar de frente nuestro tiempo desde una astrología negativa. Caída y declinación.

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Mirar el ojo de la tormenta, dejarse envolver por ese ciclón (ojo), saberse en sus márgenes siempre móviles, circulares, envolventes. Márgenes sin afuera.

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El abismo ha llegado de noche. En el filme de Béla Tarr Las armonías de Werckmeister se ha introducido no muy sigilosamente mientras gran parte de los cuerpos descansaban preparándose para la sucesión de los días. Ha avanzado en la noche mientras Valuska –mensajero, cartero, asistente o ayudante kafkiano, cómo saberlo- camina por la ciudad: llega la ballena. Ballena. Símbolo, moneda partida: abismo en el mundo y sostén del mundo. Los rumores empiezan a correr: algo va a suceder. ¿Apocalipsis? ¿Desastre? La ballena – fuerza de la naturaleza pero regenteada por hombres– es instalada en la plaza principal. János (¿o Jonás?) está fascinado por ese ser fuera de toda medida. Lo enorme. Quiere verla, espera su mostración y, tan llevado por su idea está que es el primero en verla: los ojos desorbitados por esa gigantesca e inverosímil criatura. Qué misterioso es el Señor que se divierte creando seres tan extraños. Ya nada queda en la órbita usual. El tiempo está fuera de quicio. La fascinación unida al goce. ¿Qué ley podría interponerse entre ese haz poderoso y el cuerpo deseante? Fascinación de ese otro umbral, acceso tembloroso de una violencia que ingresa sin que se sepa muy bien por dónde ha llegado, quién o quienes le han abierto la puerta, hasta cuándo permanecerá o si llegará a irse alguna vez. No sólo la desproporción ha llegado: la violencia también lo ha hecho y la destrucción va cobrando sus víctimas. Eszter –el músico, la única autoridad aún en pie– busca la verdadera armonía, busca, en la expresión de Rancière (5), recobrar los sonidos puros y los acordes naturales, destruidos por el artificio del sistema armónico occidental, desarrollados por Andreas Werckmeister. Rastrea con su oído sonidos de otros tiempos, otros tonos, tonos puros. Va tras las armonías de los dioses. János lo asiste, con esa impropia disposición de los ayudantes que Kafka supo describir. Y sin embargo… el caos, el fin del mundo o la catástrofe están cada vez más cerca. Eszter es llamado a sacrificarse a la acción (Para restaurar el orden debemos actuar) . Pero si el tiempo está fuera de quicio, ¿qué podría garantizar que la acción lo restablecerá? ¿qué pulsión, qué arrastre, qué fuerza, qué ritmo podría volver los astros a sus órbitas, el ciclo a su trayecto, el tiempo desfasado a su fase?

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Tiempo que resta (Agamben), posthistoria y fondo de los mundos (Bataille), desastre (Blanchot), sentido del sin-sentido (Nancy), tiempo por-venir (Derrida). Categorías, dimensiones que acusan la complejidad de este tiempo. Tensiones del sentido.

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Pero el orden no se restaura. El tiempo no se ajusta. Volvemos a la realidad retratada por Tarr: Un príncipe (de circo) que nunca se ve, que no sabe nada de nada se deja adivinar por su sombra. Es János, una vez más, quien lo escucha –y escucha a quien lo traduce, pues sus palabras no pueden ser entendidas por los ciudadanos, sólo su cómplice lo interpreta-. János ve su sombra y percibe el terror de su poder: tras un tiempo no habrá lugar adonde ir. No quedará nada. La furia lo superará todo. El terror está aquí. Poder, hechizo, fascinación: fuerza que se obra sobre quien acontece, que se potencia en su mismo dispendio, con toda la gala de ese impersonal, que se muestra ab-soluto, no ligado, no atado. Fuerza sobre un quien, a quien ha tomado para llevarlo, idiota, casi a pesar de sí mismo, a la cercanía más próxima posible con aquello que la despierta. Mirar de cerca el ojo del mal, el ciclo de la violencia: János mirando a la ballena, los hombres vueltos autómatas en las calles, también poseídos por un pulso impersonal. János desfasado. Los hombres enfilados se dirigen hacia el hospital –¿psiquiátrico? cómo saberlo– y apalean a los internados. Sólo polemos. Ninguna armonía surge de este desastre. Los tonos desafinados no consiguen más que ruido. Sólo detiene la destrucción el enrostramiento de la desnudez humana en la fragilidad de un cuerpo viejo, cansado, tan disminuido en sus fuerzas que parece imposibilitado de albergar más daño. Pero János ha visto. János Valuska sigue viendo y si bien no tiene la ballena frente a sus ojos, sus ojos siguen mirando, desorbitados, esa criatura monstruosa que ya no “habla” de un misterioso orden divino, enorme y armónico. Solo hay desproporción desafinada y violenta. Aquello que podía danzar en sus visiones se convierte en la estática ruina de lo abandonado. Destrucción sin creación. Orden de la violencia de los hombres. De un salto, esos ojos nos sitúan en la conjunción entre alucinar y saber, en la conjunción de la visión y el dolor. El testigo del desastre es el quien de esa mirada desorbitada: superficie marcada, superficie sensible que se vuelve muda. Si, como dice Rancière, el idiota transforma lo que percibe en una sola cosa: otro mundo sensible, la posibilidad de ese otro mundo sensible está ahora paralizada. Ante la imposibilidad de la visión de un orden armonioso que fuera distinto del simple orden de la policía, la idiotez no puede más que volverse locura. En la última imagen de Las armonías de Werckmeister vemos a János internado y a su fragilidad convertida en debilidad. Su visión sensible y alucinada, otrora danzante al compás del orden cósmico, paralizada en ese momento en la visión de un orden sin movimientos, sin compases armónicos ni disonancias. Ahora es Eszter quien asiste a János. El ayudante, como dice Agamben, es la figura de la relación con lo perdido: Reino de lo incumplido que permanece (6). Insistencia de sensibilidad. Obstinación en la amistad.

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Una ontología del desastre inicia una sensibilidad alucinada de la mirada sobre el tiempo de la catástrofe. Mirar sin párpados el des-astre, el tiempo de la caída.
Notas
(1) Hacemos referencia aquí al parágrafo 125 de La gaya scienza de Friedrich Nietzsche.
(2) Otra referencia ineludible a Nietzsche se encuentra en las palabras que introducen al filme de Béla Tarr El caballo de Turín (2011) que relatan el abrazo de Nietzsche al caballo, la infantil repetición Madre, soy un tonto soy un tonto y que asesta al final una flecha hacia post-humano: [de lo que fue] del caballo no sabemos nada.
(3) Giorgio Agamben, “¿Qué es lo contemporáneo?” en Desnudez.
(4) En El nacimiento de la tragedia Nietzsche establece cierta correspondencia entre Dioniso y Hamlet respecto al conocimiento trágico.
(5) Jacques Rancière, “Béla Tarr, le temps d´après” .
(6) Giorgio Agamben, “Los ayudantes” en Profanaciones.
*Autor
Natalia Lorio (Río Cuarto, 1979). Profesora y Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Río Cuarto. Actualmente realiza su tesis doctoral en Filosofía sobre la obra de Georges Bataille (Universidad Nacional de Córdoba - Conicet). Colaboró en revistas nacionales e internacionales (Nombres, El Banquete, Pléyade, Areté) con textos sobre el cruce entre Filosofía de las religiones y Filosofía política en el pensamiento de Bataille. Ha publicado en colaboración los libros La escritura y lo sagrado (junto a Emmanuel Biset, Gabriela Milone, Juan Manuel Conforte, Adriana Canseco. Alción, Córdoba, 2009) e Inhumanidad, Erotismo y Suerte en Georges Bataille (Junto a Gabriela Milone, Adriana Canseco. Alción. Córdoba, 2008).