Sasha Grey. Deseo y cuerpo libertario en su obra pornográfica
Luis Diego Fernández

“La pornografía es una máquina; sus objetivos son claros, utilitarios, instrumentales y predeterminados, y si su medio es el cine no es porque aspire al arte, sino porque sólo el cine le posibilita la inmediatez de su asalto a los sentidos”.
Claudio Uriarte, Elogio de la pornografía


Sasha XXX (2006-2011). No tiene siliconas. Es flaca, es morocha, no tiene bótox, no tiene tatuajes ni piercing alguno. No son rasgos propios, propicios o propiciatorios para fabricarse como una estrella porno. Y si hablamos de Marina Ann Hantzis (California, 1988) decimos Sasha Grey: nombre artístico producto del encuentro de uno de los miembros del grupo de rock industrial alemán KMFDM, y Grey, en alusión a El retrato de Dorian Gray, novela esteticista de Oscar Wilde.

No es oportuno ni tampoco la intención aquí es hacer una analítica biográfica de Sasha (suerte de genealogía indirecta), pero sí dar cuenta de ciertos datos que nos serán útiles a la hora de pensar su lugar y construcción a través de más doscientos films para adultos. Vale aclarar que no pensaremos sus actuaciones en películas mainstream o independientes no condicionadas ni tampoco sus presencias en videoclips, producciones fotográficas (eróticas o de moda), ni sus textos, artículos o libros publicados (aunque se tengan en cuenta como disparador de su presencia fílmica) ni su producción musical. El objeto (palabra poco simpática pero que se impone) serán sus films pornográficos en sus solo seis años en actividad. Claro: el corpus es el cuerpo de Sasha Grey (como actriz, ni productora ni directora) en esas realizaciones XXX, que van desde 2006 hasta 2011 (su retiro).

El interés en pensar la producción fímica condicionada de Sasha Grey viene de tres ejes pivotes: en primer lugar, su rol escénico (las connotaciones éticas en referencia al género, la sumisión, el dominio, etc.), en segundo término, su cuerpo exhibido y construido (en relación al canónico “formato de pornstar”) y, por último, su estética personal (la comunicación de una visión de mundo ética y erótica).

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Sasha, un cuerpo anómalo: del gonzo al POV. Es evidente: la pornografía ya ha adquirido largamente status y asimilación en estos años de principios de siglo XXI a través de ciertos guiños antes de gueto y hoy habituales en diferentes estamentos de legitimación (desde académicos a integración mainstream, en canales de aire y series exitosas como ingrediente de color). En ese sentido, la figura de Sasha Grey vino a irrumpir en el porno, con un debut de impacto en Fashionistas Safado: The Challenge (2006), film dirigido por John Stagliano y protagonizado por el actor porno y falópedo italiano Rocco Siffredi, junto a Belladonna. Allí vemos a la starlet engamada en un ropaje violáceo y azulino de látex donde incorpora, en el marco de un film claramente fetichista, elementos y actitudes sadomasoquistas (no requeridos previamente) en escena. ¿Quién era esa chica?

Claro: el cuerpo de Sasha rompía con el diagrama standard de la rubia neumática prototípico de la industria XXX (algunas de ellas: Gina Lynn, Jenna Jameson, Briana Banks, Houston, Velicity Von o Julia Ann, por citar emblemas del porno de fines de los años noventa). Grey parecería pertenecer a la tradición que marcó Belladonna: flaca, sin cirujías y con performances extremas. Esa filiación Belladonna – Sasha Grey responde a un linaje dentro del estrellato hardcore que se puede rastrear incluso en las bombas célebres del porno de los iniciáticos, “semilegales” y marginales años setenta (Linda Lovelace) y de los ochenta glam (Traci Lords). En algún sentido, Belladonna (en los años noventa) y luego Sasha, en la primera década del 2000, actualizaron esa tradición de actriz porno muy joven y radical. La “ruptura” con respecto a la barbie plástica y su “objetualidad” cliché, fue un elemento preeminente para repensar el feminismo que argumenta la actriz, así como su visión “izquierdista” declarada de la pornografía: Sasha Grey es fálica en todas sus performances, incluso uno podría pensar que se mueve a “a lo macho”, es un hombre más que comparte la lógica episódica del gangbang.

Dentro de las peculiaridades en su obra, está el haber reiterado en numerosas escenas el denominado POV (Point of View), esto es, la toma subjetiva que responde a una mirada directa al actor/espectador. También llamada “gonzo”, vertiente pornográfica que tuvo su explosión en los años noventa de la mano de realizadores como el mencionado John Stagliano (aka Buttman) y Jules Jordan, su discípulo, que vino a renovar, criticar y oponerse al estilo “clip”, excesivamente estetizante, de realizadores como Andrew Blake y Michael Ninn, y, sobre todo, de la productora Vivid, que llevó la pornografía a un preciocismo que le restaba la animalidad, la clandestinidad, lo lumpen, el exceso y lo marginal de los comienzos.

La estética “gonzo”, símil amateur, de cámara en mano y vocación casera, luego fue “degenerándose” y produciendo mayores escenas (carentes de hilo argumental adrede) con énfasis en las locaciones saturadas de iluminación, grandes ambientes de departamentos blancos y minimalistas, arrobados de luz solar vital del pacífico americano y grandes vistas al horizonte californiano (San Fernando Valley, también conocido como Porn Valley). Geografía y mapa de sofisticaciones en relación al deseo polimorfo (perverso) que allí se implementa: desde enemas a fetichismo sádico, desde fist fucking a orgías masivas y demás depravaciones. Esa implantación perversa, al decir de Michel Foucault en el I volumen de la Historia de la Sexualidad, permite abrir el paradigma hardcore en el que mueve la estética de Sasha Grey al introducir una reflexión sobre el poder, la crítica a la hipótesis represiva y la relativa sumisión femenina: “La implantación de perversiones múltiples no es una burla de la sexualidad que así se venga de un poder que le impone una ley represiva en exceso. Tampoco se trata de formas paradójicas de placer que se vuelven hacia el poder para invadirlo en la forma de un “placer a soportar”. La implantación de perversiones es un efecto-instrumento. Poder y placer no se anulan; no se vuelven el uno contra el otro; se persgiuen, se encabalgan y reactivan”. En efecto, la obra pornográfica de Grey cuenta de esta tensión bipolar placer/poder, ambos son simultáneos y se alimentan.

El POV en la filomografía de Sasha Grey, como dijimos, parece ser el recurso central: su constitución se hace de cara (la “rostridad”, término deleuziano) al espectador y onanista acentuando dos variantes: la posibilidad de ser “girl next door” (la chica común), y, al mismo tiempo, lo ominoso, lo fálico y perverso, en el sentido de reversión de roles, vale decir, Sasha despliega su masculinidad (en términos de agresión y dominancia en el cuadro escénico que lleva a cabo). En su célebre escena de gangbang con más de diez hombres a la vez, vemos su espíritu rector y, en gran medida, su lugar totémico en el centro, siempre, sin modificarse, inmaculado.

Como señalamos, el cuerpo de Sasha es extraño al canon pornográfico. La pornostar modélica (la “superputa”) es su antítesis: rubia, siliconada, artificial, excesiva, neotravesti, muchas veces tatuada, con piercing y rapes de cabello (en la actualidad, los casos de brunettes como Eva Angelina o Christy Mack). Vale decir, el cuerpo “actualizado”, al estilo de un upgrade pasa ser lo prototípico. Sin embargo, Grey, carece de suplementos. Esa falta, esa eliminación de los elementos que construyen cierto canon de la pornostar, revelan la perturbación que produce su figura. En efecto, Grey podría ser una modelo de los desfiles de Victoria’s Secret –de hecho, fue mannequin- que se dedica al mundo XXX. Es remanido: Sasha siempre manifestó su elección voluntaria, conciente y racional de hacer pornografía. En ese sentido, la pornografía que protagoniza Grey expresa de modo radical la necesidad de incorporar lo diferente, lo otro, haciendo carne (literal) al deseo en su máxima expresión. Dice Judith Butler en Sujetos de deseo: “El deseo humano expresa la relación del sujeto con aquello que él no es, con lo diferente, lo extraño, lo nuevo, lo esperado, lo ausente, lo perdido. Y la satisfacción del deseo es la transformación de la diferencia en identidad: el descubrimiento de que lo extraño y lo nuevo es conocido”. La starlet plantea la pornografía como viaje experimental, como ejercicio de su autonomía, voluntad libertaria de disponer de la propiedad de su cuerpo en su vínculo con lo ausente. Las escenas de Sasha, en gran medida, siempre nos ponen frente a lo nuevo (¿qué hará?), materializando en ello lo específico de la máquina libidinal que incorpora lo ajeno y lo torna, ahora, conocido para todos.

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Sasha “degenerada”: pulsión y cuerpo libertario. La imagen – pulsión, al decir de Gilles Deleuze, vale decir, la imagen perversa, que no logra ser “afección” o afecto, es el enclave desde el cual se constituye la obra de Sasha: su belleza requiere del fetiche, de la repetición (recurso elemental para reconocer la imagen – pulsión). En este sentido, nos recuerda esa lógica de la profanación agambeniana en el marco de la pornostar: cierta imperturbabilidad estoica en el cumshot (plano detalle de eyaculaciones faciales y orales) que generan el desvío de lo previsible. Esa cualidad es la que señala Agamben como la lógica improfanable de la pornografía: ni gesto descarado (obviedad de la pornostar plástica y blonda) ni puro ascetismo de la modelo anoréxica: en Sasha Grey el descaro es ascético y perturbador.

El presente de la pornografía lleva eso a su límite a través de nuevas actrices como Princess Donna: performer que cuestiona el género y motoriza escenas de estilo bondage y violencia estetizada (que incluyen mujeres transexuales, artefactos mecánicos variados) en la factoría Kink, productora afincada en la que supo ser la armería del ejército estadounidense, cita en San Francisco. Un paso más en esa dirección, donde todo parecería estar atravesado por una pulsión pansexual que no es otra que la reversión del libertinismo clásico del Marqués de Sade y su “crimen” generalizado, su sodomía del mundo, su prostitución universal.

Lo de Sasha no fue “postpornografía”, como plantean las realizadoras feministas y libertarias del género (Wendy McElroy, Erika Lust o María Llopis), sino una pornografía profanada, desde el corazón de la industria hardcore, su meca (Los Angeles). Ahí donde su rol de puta es reivindicado como emblema de un cuerpo libertario, del deseo anormal, de la no matrix. Gesto de inteligencia y lascivia, Grey, quizá sin pensarlo, armó un programa inédito: construyó una operación fascinante. En este aspecto, hay algo oportuno que señala el crítico de cultura pop alemán Diedrich Diederichsen: “La diferencia decisiva entre pornografía y música pop es, justamente, que la pornografía cosifica sus objetos por completo. De este modo, surge en los receptores la posibilidad de disponer de las cosas. La música pop, en cambio, en todo caso presenta (por parte de los productores o estrellas), una subjetivación de personas. En la pornografía, la persona es humillada, disminuida, exhibida. La música pop trata del amor a los hombres; la pornografía, de la disposición sobre las mujeres”. Esa diferencia y analogía entre el porno y el pop es capital. Lo interesante del trabajo de Sasha Grey es que insufla de cierto dominio o “subjetividad” a esa cosificación y humillación buscada, y que marca el teórico alemán respecto del género. Cuestión ética y estética que será pensada en el marco del derecho por parte de filósofos como Ronald Dworkin y Ogien Ruwen. En gran medida, la obra de Sasha Grey está legitimando y habilitando las miradas de la tradición liberal progresista, como la de Dworkin, a favor de la pornografía, donde no se considera que la humillación de la mujer sea un síntoma de sometimiento. Es la propia Grey la que siempre adujo que la sumisión y el rol masoquista de sus films era requerido, incluso desde un lugar de feminismo y dominio de la mujer sobre el hombre. El falo termina siendo Sasha. En ese aspecto, la obra porno de Grey invierte lo que plantea Diederichsen: la subjetivación se produce y reivindica desde un rol cosificado y humillado. Sobre este punto filósofas como Judith Butler y Beatriz Preciado dirán que el género es performático, por lo tanto, el deseo y el cuerpo libertario de Grey tiene mucho de fálico: allí lo pasivo es una forma de actividad.

Lo libertario de la pornografía, y en especial de la obra XXX de Grey, tiene filiaciones diversas que pueden entenderse con esa afirmación del cuerpo como propiedad. Uno de los máximos referentes del anarcocapitalismo en los Estados Unidos, el economista y pensador Murray N. Rothbard, señalaba la inconveniencia de bajar línea en cuestiones morales y el respeto irrestricto de lo que daba en llamar “crímenes sin víctimas”, esto es, acciones consensuadas entre partners o la decisión de disposición sobre el cuerpo propio con total libertad (alcohol, drogas, sexualidad, prostitución, pornografía, juego, aborto, etc.). El cine de Sasha Grey pone en el eje y en el ojo del espectador/onanista su pulsión libertaria e incomoda desde cuestiones no menores: género, violencia, placer, poder, roles, derechos, feminidad y masculinidad. Su retiro de los sets, dejó un vacío no completamente cubierto, su inteligencia y belleza están a salvo.
Bibliografía
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*Autor
Luis Diego Fernández (Buenos Aires, 1976). Ensayista. Licenciado en Filosofía con Diploma de Honor (Universidad de Buenos Aires). Dictó seminarios y conferencias en diversas Universidades e Instituciones. Es autor de los ensayos: ‘Furia & Clase’ (Paradoxia, 2009) y ‘Hedonismo libertario’ (Innisfree, 2013). Ideó, editó, prologó y coordinó la ‘Antología del ensayo filosófico joven en Argentina’ (Fondo de Cultura Económica, 2012). Prologó la primera edición al español de ‘Las antinomias entre el individuo y la sociedad’ de Georges Palante (Innisfree, 2013). Colabora regularmente con medios periodísticos y académicos. En 2010 fundó EF Escuela de Filosofía, dónde dicta cursos mensuales, y en 2008 creó el evento Cata de Ideas, con la finalidad de combinar la filosofía y el vino.