Life is waiting.
Spielberg y Bergson(1)
Axel Cherniavsky


Todos esperamos en los aeropuertos. Esperamos para hacer el check-in, para pasar por migraciones, esperamos para embarcar. Esperamos cuando vamos, cuando volvemos y esperamos, sobre todo, cuando estamos en tránsito.

Tal es el caso de Viktor the goat Navorski (2), el protagonista de la película que Steven Spielberg realizó en el 2004, The Terminal. Mientras Viktor volaba desde su tierra natal y país de residencia, la fantástica República de Krakozhia, un golpe militar cierra las fronteras, invalida los pasaportes y suspende los privilegios de los viajeros. Viktor no puede ingresar a los Estados Unidos, porque el gobierno americano no reconoce al nuevo gobierno de Krakozhia, ni puede volver porque las fronteras están cerradas. Es confinado a la Sala de Tránsito Internacional del aeropuerto de Nueva York indeterminadamente, aunque se le asegura que el Tío Sam resolverá todo esto para mañana. “Bienvenido a los Estados Unidos, bueno, casi” le dice jocosamente Frank Dixon el Director de Aduanas y Protección de Fronteras del aeropuerto.

Frank también espera: su jefe está a punto de jubilarse y, cuando lo apruebe Washington, podrá por fin ocupar su puesto, Comisario de Zona, la máxima autoridad aeroportuaria. “Llevás años esperando que me jubilara o me muriera”, le dice Richard, a lo que Frank responde, con el humor que lo caracteriza, “No esperaba que te jubilaras”, y le aclara que sí, que lleva 17 años. A su vez, también Richard esperaba. Esperaba jubilarse y comprar finalmente el barco para 12 personas que tanto anhelaba.

También esperan los amigos que Viktor irá haciendo a lo largo de su estadía en el aeropuerto. Enrique Cruz espera que la oficial Dolores Torres se enamore y case con él. Y Gupta, el hombre de la limpieza, que tuvo que escaparse de Madrás por apuñalar a un policía, sabe que no puede volver, pero tampoco puede dejar de desearlo.

Finalmente, espera Amelia Warren, la mujer de quien Viktor se enamora. ¿Qué espera? Según sus propias palabras, Amelia espera que su actual pareja deje a su mujer. 7 años lleva esperando. Pero lo que la película también nos muestra, es que espera que un nuevo amor la saque de esa espera.

En síntesis, todos esperan en La Terminal. 17 años lleva esperando Frank; 7, Amelia; Gupta, 23. Cada personaje tiene un número. Son como relojes ambulantes, relojes atrasados que van dando vueltas por la terminal, una inmensa relojería, o bien un reloj maestro, del que cada personaje es un engranaje. ¿Qué es un aeropuerto sino una relojería en la que los monitores exhiben todos los tiempos del mundo, todos los ritmos del tiempo? Incluso los muertos esperan. El padre de Viktor tenía una misión: juntar las firmas de los más grandes músicos de jazz americanos. Murió antes de poder realizarla. Ese es el motivo del viaje de Viktor, que prometió conseguir la de Benny Golson, la última que faltaba. Lleva todas las demás en una lata de maníes, que Amelia confunde con la urna en la que estarían sus cenizas. Lo cierto es que el padre de Viktor es esa lata y espera, desde el más allá, que su hijo cumpla su promesa.

Es cierto, todos esperan cosas distintas. Pero hay un vértice común en el que convergen todas las esperas. Todos esperan dejar de esperar. Algunos lo van a lograr. Otros no. Es que la terminal es como el purgatorio: una sala de espera con dos destinos posibles. ¿Quiénes podrán salir de la terminal? ¿Y para quiénes se va a convertir en un infierno? Más importante aun: ¿cómo y por qué es posible dejar de esperar?

El tiempo nunca se percibe en estado puro. De ahí que sea tan desconcertante preguntar qué es el tiempo, sin más. Como la luz o la temperatura, lo que se percibe es su exceso o defecto. Cuando falta, nos sentimos apurados. Cuando sobra, es que es esperamos. Esperamos, ante todo, que pase. Inversamente, son estas sensaciones, la espera, el apuro, también el retraso, la urgencia, lo que nos muestra en qué consiste el tiempo. Siempre se compone de dos series o de dos ritmos y, en general, es cuando estas dos series o ritmos no coinciden que lo percibimos. Hay muchas maneras de pensarlo: podemos decir que una serie es la del reloj y, la otra, la de mi tiempo interno. Espero cuando el reloj atrasa respecto de mí. Podemos decir que una serie es la de mi cuerpo, y la otra, la de mi alma. Me impaciento cuando mi alma se adelanta a mi cuerpo. Podemos decir también que una serie es la de mi imaginación y, la otra, la de mi percepción: detecto una urgencia cuando mi imaginación se anticipa a mi percepción. Poco importa, en todos los casos una serie se desfasa respecto de la otra. Es cierto, existen fenómenos de coincidencia también, pero son raros. La madurez, por ejemplo, es uno de ellos. El ponerse al día es otro. Quizá la puntualidad sea el más cotidiano. Todos representan una forma de timing, de coincidencia, de sincronización, más o menos larga, de dos o más series temporales. Pero no nos confundamos: no se percibe la coincidencia como tal, sino su aparición, la sincronización propiamente dicha. Es que el tiempo siempre corre a una determinada velocidad y una vez que la agarramos y nos acostumbramos a ella, dejamos de percibirla. Como cuando un tren ya terminó de arrancar y todavía no comenzó a frenar. De la misma manera, del tiempo, no percibimos más que su aceleración o desaceleración, sus cambios de ritmo. Constante o no, el tiempo siempre posee una velocidad, y esa velocidad siempre debe ser explicada a partir de dos otras variables. Es por eso que Bergson afirma que le temps est retardement (3). No significa que siempre atrase. Significa que, en el atraso, se adivina su estructura.

¿En qué consiste entonces dejar de esperar? Deja de esperar quien consigue sincronizar sus tiempos, quien alcanza la coincidencia entre los tiempos que lo constituyen. Deja de esperar el que consigue ajustar sus relojes. ¿Y quién lo logra, en la terminal? Richard, el jefe de Frank, es el primero de ellos. Se jubila y compra su barco. Frank lo felicita: congratulations, le dice. Pero en esos raros casos en los que el subtitulado supera al original, leemos: ¡enhorabuena! Toda sincronización ocurre, por definición, enhorabuena. También Enrique logra dejar de esperar, dado que la oficial Torres acepta casarse con él. Y Gupta, aunque signifique ir a prisión. Hacia el final de la película, en un gesto suicida, Gupta detiene un avión. Lo hace para comprarle algo de tiempo a Viktor, para que se escape a Nueva York y consiga la firma que busca. Él sabe que su gesto implica la deportación inmediata, el retorno a Madrás y el encarcelamiento. Pero, en algún lugar, es lo que esperaba. I’m going home! (4), grita, tranquilo y sonriente. No podemos decir que un preso no espera pero, en su celda, Gupta habrá al menos reemplazado una espera por otra.

Mucha menos suerte tiene Amelia. Amelia está atrasada desde el momento mismo de su aparición en escena. Llega tarde a un encuentro con su amante. Pero su retraso es mucho más profundo. Atrasa todo el tiempo que duró su relación, puesto que desde el comienzo espera que él deje a su mujer. La llegada de Viktor a su vida es su gran oportunidad, su ventana de tiempo. Y durante un rato la película nos hace creer que la sabe aprovechar. “He roto con él”, le dice a Viktor, y un beso parece sellar la alianza. Pero poco tiempo después, y para desilusión de éste, se despide recordándole que le había dicho que se apartara de ella y escudándose en lo que elije llamar “destino”.

Podría parecer que Frank salda su espera. En efecto, con la jubilación de su jefe, es nombrado Comisario de Zona y realiza su máxima ambición profesional. Pero la espera que signa la vida de Frank es otra. Espera, primero, deshacerse del raro caso, del caso imposible que constituye Viktor, legalmente o no. Pero, al principio, Viktor sólo quiere entrar a Nueva York legalmente. A medida que la película avanza, Viktor se transforma en una obsesión y Frank ya no quiere simplemente deshacerse de él. Quiere impedir su entrada a Nueva York, legal o ilegalmente. Pero para entonces Viktor ya sólo quiere entrar, no importa de qué modo. Así, entre ambos personajes se traba un combate que Frank perderá, visto que al final, Viktor consigue escaparse y entrar a Nueva York. Frank deberá abandonar su espera, pero no por haberla saldado.

El caso de Viktor es el más complejo de todos. Para evaluarlo, no debemos dejarnos engañar por su protagonismo y por la simpatía que nos inspira. Viktor espera muchas cosas. Ni bien llega a la oficina de migraciones le piden que espere. Deberá esperar incluso al final, en el bar del Ramada Inn, donde toca Benny Golson, hasta que éste termine el set. Y tiene que esperar a Gupta que, con un uso dudoso de su razón, le da cita para devolverle los vales de comida, que Viktor arrojó accidentalmente, para el martes. Pero Viktor, ante todo, espera dos cosas: amor y paz. Paz, evidentemente, puesto que sólo cuando Krakozhia resuelva su estatus jurídico, Viktor va a poder completar su misión. Pero amor también, porque cuando Amelia le pregunta “y vos, Viktor, ¿que esperás?”, Viktor, como olvidándose de su saga, le responde: “te espero a vos”. El beso que se dan en seguida parece cancelar ambas esperas, puesto que inmediatamente después, la pantalla se oscurece, Viktor despierta, y todos sus amigos, con una luz dorada de fondo, le dicen the war is over (5), como recibiéndolo en el paraíso. Incluso la espera de Amelia se cancelaría con ese beso, constituyéndose así en el epicentro de toda la película, allí donde se resuelven las esperas más importantes. Pero, si como Gupta – como E.T. también – Viktor puede celebrar gritando I’m going home – el hogar es lo que siempre parece oponerse a la espera en el cine de Spielberg –, ya sabemos que Amelia no estará a la altura de las circunstancias, será incapaz de soportar el vértigo en el que consiste dejar de esperar y volverá a su amante. El destino, como dice ella, bloquea su espera, pero también la de Viktor, puesto que, en este caso, son la misma. Pese a las apariencias, entonces, pese al sentido de su nombre también – victoria –, el éxito de Viktor es parcial. Quizá sea así porque corre en su sangre: su padre tampoco completó una espera que fue interrumpida por la muerte. Deberá hacerlo a través de su hijo, y de una promesa que prolonga su espera, pero, con ella, también su vida.

No todas las esperas tienen el mismo destino en la terminal. Algunas se saldan, otras se interrumpen y otras se estancan. ¿Pero es una cuestión del destino? Viktor no es una víctima. Viktor elige esperar. Al principio de la película, lo único que pretende Frank es deshacerse del problema. Por eso le dice a Viktor, como guiñándole el ojo, que, en el cambio de turno de los guardias de seguridad, los nuevos guardias van a llegar 5 minutos más tarde, luego de que salgan los viejos. Viktor, no obstante, a esa altura de la película, sólo quiere ingresar legalmente. Más tarde, Frank encuentra una solución legal. Viktor sólo tiene que confesar que tiene miedo de volver a Krakozhia. En ese caso, obtendría asilo político. Pero cuando Frank le pregunta si teme volver a Krakozhia, Viktor, firme y confundido, le contesta: “No. Es casa. No tengo miedo de casa”, y agrega que a lo único que le tiene un poco de miedo, es a esa habitación donde lo están interrogando. Viktor ama la ley y la verdad. Incluso cuando Gupta le asigna cita para devolverle la basura, Viktor no se rebela contra esa regla profundamente irracional. La acepta, y vuelve a buscar su basura el martes. Con lo cual, no podemos considerarlo como una víctima, sino como un hombre que elige esperar. Como Job. En algún sentido, Frank ha sido puesto en el aeropuerto sólo para él, y es el personaje que es sólo por cómo funciona en relación a Viktor. “Nadie más podría entrar por aquí, porque esta entrada estaba destinada a ti solamente”, le dice el guardián al campesino en el famoso cuento de Kafka, “Ante la ley”. También las puertas del JFK, de algún modo están allí sólo para Viktor. Cuando dice y repite I wait (6), Viktor hace mucho más que contestar a la pregunta ¿qué hacés? Está, en realidad, contestando a la pregunta por quién es, por su identidad. I wait se transforma en el cogito personal de Viktor. Viktor espera, luego existe, existe porque espera.

Otro tanto ocurre con Frank. Frank también podría deshacerse de Viktor si quisiese. Su mano derecha, Mr. Thurman, le pregunta por qué no dicen que intentó salir, lo detienen y listo. Pero Frank le responde que no va a mentir, y menos por Viktor. Del mismo modo, también podría decir luego que, efectivamente, Viktor confesó que tenía miedo de regresar a su tierra natal. Pero si Frank es el enemigo de Viktor, es porque son más parecidos de lo que ellos creen. Como Viktor, Frank tampoco quiere mentir. Como Viktor, él también ama a la ley. La única diferencia es que uno sabe cuando doblarla y el otro no. Es lo que prueba “el episodio Milodragovich” y el mismísimo final de la película. Milodragovich es un pasajero de un país vecino al de Viktor que voló a Canadá para comprar medicamentos para su padre enfermo y que, accidentalmente, hizo escala en Estados Unidos. El problema es que no puede llevarse los medicamentos con él porque necesita un formulario especial para sacarlos del país. Viktor va a oficiar de traductor y salvará a su vecino inventando que son medicamentos para su cabra, y no para su padre, ya que los medicamentos para animales no requieren del formulario. Así Viktor se gana su apodo en el aeropuerto: Viktor the goat Navorski. Por el prójimo, Viktor estuvo dispuesto a mentir. Frank, sólo supo decir “lo siento, los medicamentos se quedan aquí”. Lo mismo ocurre al final. ¿Cómo sale Viktor de la terminal? Finalmente, no lo hace legalmente. Amelia le consiguió un pase que, desgraciadamente, debe ser firmado por la máxima autoridad aeroportuaria. Pero Frank, para quien Viktor ya se transformó en una obsesión, se niega a firmar el documento. No obstante, Viktor, gracias a la ayuda de sus amigos, escapa, pues comprende que han cambiado las reglas del juego. Frank lo persigue, no lo alcanza, Viktor se sube a un taxi que se pierde en el tráfico, y cuando el ayudante de Frank le pregunta a éste si quiere que detengan y registren todos los vehículos, Frank mira su reloj y contesta:

5:30 from Tokyo just landed. Got two planes on the tarmac, Barcelona on approach. The night is young And people are headed our way. Everybody inside. (7)

Con estos versos signa su “destino”. Este es su cogito. “Sigo las reglas, luego existo”. Viktor ama la ley, el reloj, sus números y la puntualidad. Pero en el momento crítico, elije la vida, su propio tiempo y torcer las agujas. Frank, en cambio, cuando mira el reloj, es un reloj que no es el suyo. Es el reloj de la física y las matemáticas, de la ley y su pureza. Cuando a la pregunta de su ayudante contesta con ese estilo telegráfico, bautizando “5:30” a un avión lleno de gente, es la muestra de que hasta su lenguaje perdió. Ahora sólo promulga leyes. Se volvió por entero un engranaje de la terminal. Pero cuando dice “todos adentro”, la terminal ya no es la terminal. No va a entrar al lugar de donde salió. Se vuelve en el espacio, pero no en el tiempo, en donde siempre se avanza. Salió del purgatorio, pero con todos esos vuelos llegando, todo ese caos, ahora la terminal es un infierno y Frank, su máxima autoridad.

Amelia es el personaje que quizá mejor muestre que el propio destino se elige, y que no cancela la espera sino quien está dispuesto a hacerlo. Es ella quien introduce la cuestión del destino en la película, cuando debe justificar su ruptura con Viktor, la ruptura de algo que nunca dejó que comience. Pero lo hace con profunda mala fe. Y ella, en el fondo, lo sabe. En efecto, cuando Viktor le dice que se deshaga del pager mediante el cual la localiza su amante, ella le contesta “me encantaría”. Y cuando, recién conociéndose con Viktor, le cuenta su historia, ella misma se asombra de que, en vez de pedirle a su amante que deje a su esposa, le aconseja ir a terapia de pareja. Amelia, por lo tanto, podrá invocar al destino todo lo que quiera. Pero su verdad no aparece entonces, sino en todos los indicios de que su espera es su decisión.

Viktor, Frank y Amelia no son víctimas ni de un golpe militar, ni de un puesto ni de un mujeriego. Ellos eligen esperar. Sin duda necesitan esperar. Unos más que otros y por distintas razones. Unos, en determinado momento, querrán y podrán dejar de hacerlo. Otros no. Pero en cualquier caso, todos son dueños de su espera.

No quiere decir que las esperas no comuniquen entre sí, que no sean parte de un reloj común, que la espera no tenga una dimensión colectiva y conflictiva. Decíamos que Viktor espera fundamentalmente dos cosas: amor y paz. Una espera la comparte con Amelia, la otra, la batalla con Frank. En el amor, la espera de uno es la espera del otro. Viktor no puede dejar de esperar si no deja de hacerlo Amelia, y viceversa. Su beso es un instante de sincronía compartida en el que el ritmo de uno se superpone con el ritmo del otro. Por un momento, son dos amantes perfectos, como en la instalación del cubano Félix Torres, en la que dos relojes pegados marcan la misma hora. No obstante, sólo Viktor está listo para dejar de esperar. Amelia, lo sabemos, volverá con su amante y, con él, a su espera. Pero como las esperas están entrelazadas, indefectiblemente, por más listo que esté Viktor, deberá volver a la suya. La última escena que comparten se desarrolla en la puerta de la terminal. Uno está saliendo – el que canceló su espera – el otro está entrando – el que no lo logró. Se miran como desde andenes distintos, como desde trenes alejándose en sentido opuesto, luego de haber pasado en el mismo segundo por el mismo lugar y de haber inmortalizado ese encuentro con un beso.

La paz también, necesariamente, concierne a dos líneas de eventos, las líneas enemigas, dos líneas de tiempo. Viktor no quiere ni mentir ni faltar a la ley. Pero para que Viktor pueda salir legalmente de la terminal, Frank debe permitirlo. A su vez, para que Frank lo permita, Viktor debe afirmar que le teme a su país de origen, debe mentir. Sus esperas están trabadas entre sí. Esta es la enmienda de Spielberg al cuento de Kafka: el guardián también espera. A primera vista, el protagonista es el campesino. Es él quien quiere acceder a la ley, es a él a quien esa entrada está destinada, es él quien pasa su vida esperando, es él quien esperando la pierde. Pero no podemos olvidar que el guardián estuvo allí todo el tiempo, todo ese mismo tiempo. Esperando, también, que el campesino junte coraje y entre, o bien se rinda y se vaya. Frank, que lleva el nombre y la inicial del apellido del autor de “Ante la ley”, también espera, y su espera está supeditada a la de Viktor, como la de Viktor a la de él.

Deja de esperar, en principio, quien puede hacerlo, quien está listo para hacerlo, quien posee ese genuino deseo. Pero esta primera condición no es más que necesaria. Por fortuna y por desgracia, nuestras esperas siempre dependen de otras, más o menos íntimas, más o menos ajenas.

La terminal no es un término. Es un estado. Es el estado de quienes están entre la vida y la muerte, como Mehran Karimi Nasseri, el refugiado iraní que vivió en el aeropuerto de París Charles de Gaulle entre 1988 y 2006, en quien se basa la película. Luego de 18 años de tránsito, hubo que hospitalizarlo y sólo así salió del aeropuerto, en camilla. También el campesino de “Ante la ley”, luego de haber pasado su vida esperando, al final del cuento, “está a punto de expirar”. La terminal no es un término y tampoco un principio. Es el tránsito de uno a otro. De hecho, con el nombre En tránsito se popularizó la antecesora de The Terminal, la película de Philippe Lioret basada en el mismo hecho. En la terminal no se está, la terminal se transita, en la terminal se espera. Y sólo el que puede dejar de hacerlo, puede salir de la terminal.

En efecto, el mismo análisis que planteamos desde el punto de vista del tiempo y sus ritmos, podría plantearse desde el punto de vista del espacio y sus movimientos. La terminal, estrictamente, no es un lugar, sino el límite entre dos lugares, una puerta. Los que están allí son propiamente desubicados, gente que no ha encontrado su lugar. Por supuesto, el caso paradigmático es el de Viktor que, en las palabras de Frank, está en una grieta – crack, en inglés. Viene de Krakozhia, el lugar de los que no tienen un lugar. Todo país en revolución, de algún modo, es una Krakozhia, pues otra cosa no son las revoluciones: un crack, lo que se halla después del final pero antes del nuevo principio. No por otro motivo, al salir de ellas, los países a menudo cambian de nombre e inician un nuevo calendario. Ellas parten su historia en dos. Pero mientras tanto, en el medio, Viktor es un “ciudadano de ningún lado”, se halla en the twilight zone (8) – todas palabras de Frank para decir que no es ni de aquí ni de allí, ni de la luz ni de la oscuridad, sino de la sombra, de la terminal, de un aeropuerto, y ni siquiera de cualquier lugar del aeropuerto, sino de la Sala de Tránsito Internacional. Desesperado, Frank pregunta por qué Viktor no se fuga de una vez. “¡¿Quién espera en una grieta?!”, grita. Todos, es la respuesta, porque en una grieta no se puede sino esperar. Los que dejan de esperar, son los que vuelven a casa – home: Gupta y Viktor, el padre de Viktor incluso, en la lata; o bien los que consiguen hacer del aeropuerto su casa: Enrique y la oficial Torres. El resto se autocondenó a la terminal y no puede salir más que a la vereda, como Frank que, persiguiendo a Viktor, cuando sale del aeropuerto, debe detenerse como ante un precipicio, como un vampiro ante la luz del sol.

De todos modos, fuera de la terminal no hay términos más seguros que dentro de ella y, de algún modo, el mundo entero es una terminal. Es cierto, el amor, la paz, el crimen castigado, la promesa cumplida, son fenómenos en los que nuestros relojes se sincronizan, nuestros espacios se superponen y que, a primera vista, parecen acercarnos a la felicidad. Pero lo cierto es que a toda espera sigue otra espera. Y no porque hay cosas que nunca llegan. Este es un nuevo punto en el que Spielberg se separa de Kafka. A lo largo de la película, hay numerosos signos de aplazamientos. “Estoy seguro de que el Tío Sam tendrá todo resuelto para mañana” le dice Frank a Viktor, y luego, la película, se ocupa de que el mañana se repita una y otra vez. “Bienvenido a los Estados Unidos, bueno, casi”, bromea, pero con verdad, puesto que será casi bienvenido por tiempo indefinido. No obstante, no debemos interpretar estos aplazamientos como un atributo esencial de la espera. Hay esperas que sí terminan. Sólo que a ellas les siguen otras. Tal parece ser el desafío de la vida: siempre inventar nuevas esperas. Después de todo, Life is waiting.
(1) “La vida es esperar”. Spielberg y Bergson.
(2) Viktor “la cabra” Navorski.
(3) "El tiempo es atraso"
(4) “¡Vuelvo a casa!”
(5) “La guerra terminó.”
(6) “Espero.”
(7) “El 5:30 de Tokyo acaba de aterrizar. / Tenemos dos aviones en la pista, / Barcelona se acerca. / La noche es joven / y la gente viene hacia nosotros. / Todos adentro.”
(8) “La zona del crepúsculo.”
*Autor
Axel Cherniavsky es Doctor en Filosofía por la Universidad de París 1 Panthéon-Sorbonne y la Universidad de Buenos Aires. Es becario postdoctoral del CONICET y se desempeña como docente en las cátedras de Filosofía contemporánea y Metafísica de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Escribió Exprimer l’esprit. Temps et langage chez Bergson [Expresar el espíritu. Tiempo y lenguaje en Bergson] (L’Harmattan, 2009) y Concept et méthode. La conception de la philosophie de Gilles Deleuze [Concepto y método. La concepción de la filosofía de Deleuze] (Publications de la Sorbonne, 2012).