Sobre la idea de una destrucción de la familia
Alejandro Boverio


I

Una idea insiste en la escena contemporánea. No es la primera vez que se presenta pero, seguramente, vuelve cada vez con mayor fuerza. Se refiere, en principio, al comportamiento de cada individuo y sus más íntimos vínculos con los otros. En última instancia: su forma de vida nuclear en el seno ampliado de la comunidad. Esa forma de vida nuclear, que nos sobredetermina, está siendo puesta en cuestión. Y ello sucede a nivel global y en diversos estratos. Valgan entonces estas notas como el despunte de un posible desarrollo mayor.

Hemos escuchado hablar, a partir del debate en torno a la sanción del matrimonio igualitario, sobre una cierta idea de destrucción de la familia por parte del espectro conservador de la sociedad argentina (que es, sin lugar a dudas, amplio). Pero, ¿qué quiere significarse en general con esa idea de “destrucción de la familia”? No hay, por supuesto, un único sentido cuando se pone sobre la mesa esa idea de destrucción. Como toda ruptura o quiebre, tiene sus partidarios y sus contendientes. Ahora, en el marco del debate sobre el matrimonio igualitario, lo que un sector retrógrado de la sociedad señalaba cuando se manifestaba en contra del proyecto de ley, aduciendo la idea de una destrucción de la familia, era el quiebre de una tradición que fundaba a la familia en el matrimonio heterosexual. Esa tradición, no está de más recordarlo, tiene un claro clivaje católico y cristiano.

El reconocimiento jurídico del matrimonio de personas del mismo sexo, por el contrario, creo que no sólo no destruye a la familia, sino que la refuerza a los ojos del Estado. El contrato monogámico se hace extensivo a personas del mismo sexo y, con ello, se desarrolla uno de los pilares de la familia y de la sociedad capitalista: la monogamia como el vínculo sexual dominante. Ello, por supuesto, no implica que estuviéramos en contra de su sanción, dado que en términos relativos es una medida progresiva e igualitaria. Pero, en términos absolutos, solidifica institucionalmente el vínculo monógamo y, con ello, su función represiva.

II

La definición kantiana de matrimonio (“el contrato entre dos adultos de sexo opuesto sobre el uso mutuo de sus órganos sexuales”) es una definición sorprendentemente realista de parte de quien, en general, se mantuvo en un régimen de pensamiento más bien idealista. Ilustra una concepción valorativa que rige el vértice subjetivo de la institución del matrimonio tal como se ha desarrollado efectivamente: se reduce al otro a un objeto parcial, e incluso genital, destinado a satisfacer el goce de manera exclusiva. Ese vínculo subjetivo viene acompañado de una necesidad, que podemos llamar objetiva, que reclama la organización capitalista de la sociedad, tal como con rigor lo ha desarrollado Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado: “Preponderancia del hombre en la familia y procreación de hijos que sólo pudieran ser de él y destinados a heredarle: tales fueron los únicos objetivos de la monogamia”. Ahora bien, si la forma familiar monogámica surge en circunstancias en las que la propiedad privada domina las condiciones jurídicas y económicas de la sociedad, la pregunta que se hace Engels es qué sucedería con la familia en un contexto comunista, esto es, cuando los medios de producción pasaran a ser de propiedad común. ¿Ello traería aparejado relaciones sexuales más libres? Enorme pregunta que Engels deja abierta. Años después será Freud, en El malestar en la cultura, quien retome este problema, pero no para dar una respuesta definitiva sino para señalar que una cosa no depende necesariamente de la otra: “Si se eliminara el derecho personal a poseer bienes materiales, aún subsistirían los privilegios derivados de las relaciones sexuales, que necesariamente deben convertirse en fuente de la más intensa envidia y de la más violenta hostilidad entre los seres humanos, equiparados en todo lo restante. Si también se aboliera este privilegio, decretando la completa libertad de la vida sexual, suprimiendo, pues, la familia, célula germinal de la cultura, entonces, es verdad, sería imposible predecir qué nuevos caminos seguiría la evolución de ésta”. Ahora bien, Freud no era precisamente optimista en El malestar con respecto a este punto. Pero, sin lugar a dudas, lo que indica es que las relaciones económicas, por sí mismas, no producirían un cambio radical en el carácter espiritual y moral de un pueblo. En todo caso, una verdadera incertidumbre se produciría con un cambio en los modos de la conformación familiar.

III

La idea de una destrucción de la familia no es, por supuesto, nueva: hace tiempo que la forma-familia ha sido puesta en cuestión. Experimentamos un cambio de ciclo, en el que la familia entra en su ocaso. Pero como el ciclo que comienza a cerrarse duró cientos de años, el tiempo mismo de la transición no puede ser breve. Sin dudas, el momento emancipatorio frente al matrimonio religioso, civil y jurídico surge en el seno de la tradición anarquista. Bakunin, por ejemplo, en “La mujer, el matrimonio y la familia” apunta contra el matrimonio afirmando que “al reconocer la libertad de ambos cónyuges a separarse cuando lo deseen, sin necesidad de pedir el permiso de nadie para ello -y al negar de la misma forma la necesidad de cualquier permiso para unirse en matrimonio, y rechazar en general la interferencia de cualquier autoridad en esta unión- los unimos más el uno al otro”. Ahora bien, es en la década del ´60 que la idea de destrucción del matrimonio y de la familia tradicional adquiere una dimensión social y política hasta ese momento desconocida.

Nos interesa determinar el carácter del arco que desarrolla esa idea de destrucción, que va desde los sesenta hasta la actualidad, porque si bien hay una idea de destrucción, ella no puede ser idéntica en tanto el espacio del que procede su fuerza crítica no lo es. Detengámonos, entonces, en un film de esa década que, a nuestro juicio, expresa in nuce la crítica a la familia desde una posición comunista. Porque, en efecto, creemos que el movimiento que produce la idea de destrucción de la familia en los últimos cincuenta años va desde una crítica comunista hasta, en la actualidad, una crítica cínica-individualista.

El momento comunista, creemos, está expresado magistralmente por Teorema de Pasolini. La escena es conocida. Una familia burguesa de Milán recibe a un huésped inesperado, que irrumpe sin pedir permiso y trastoca fundamentalmente la lógica familiar. ¿Qué es lo que sucede? Todos sienten una irresistible atracción sexual hacia el huésped que permanece, siempre, sin nombre. Al huésped no puede nombrárselo ni puede clasificárselo, como tampoco a su sexualidad, o mejor dicho, a la sexualidad que él viene a ofrecer y que no es suya. Justamente, como no se trata de una sexualidad apropiable, tampoco puede enmarcarse en ninguna codificación. El huésped entonces escapa tanto al intercambio sexual como al intercambio amoroso: y, en ese movimiento, destruye los límites de toda instancia contractual. La libertad de la experiencia amorosa que se presenta a través de él, seduciendo individualmente a cada uno de los integrantes de la familia (desde la hija al mismo padre), abre una dimensión ideal de lo común que, en tanto tal, no es apropiable. Es así que la utopía de una destrucción comunista de la familia se anuncia con un grito, el del pater familias que ve cuestionada la ley en su propia interioridad.

IV

¿Qué ha sucedido desde ese momento hasta hoy con la posición crítica desde lo común frente a la forma de familia tradicional? Ella ha mostrado su potencialidad utópica, pero también sus límites prácticos. El lugar y la posición desde la que pretendía establecerse esa idea de destrucción (¿y en qué medida esa idea de destrucción desde lo común no encontraba su sustento en una idea de destruktion de la metafísica de la subjetividad?) han mutado. Hoy en día la idea de destrucción de la familia se expresa, por todos lados, desde la voz de un cinismo narcisista e individualista que, lamentablemente, parece mostrarse como el único espacio alternativo frente a la vieja forma de familia (¿cuánto de ello hay en el cuidado de sí que Foucault propone, en sus últimos trabajos, como vía emancipatoria frente al biopoder?)

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Tal posición individualista ha llegado a expresarse en formas ciertamente extremas en el cine contemporáneo, cuyo exponente más acabado probablemente sea Funny Games de Haneke, en el polo exactamente opuesto a Teorema. Allí vemos cómo la individualidad cínica de dos jóvenes va destruyendo psíquica y físicamente a una familia austríaca acomodada, mediante una especial forma de tortura que consiste en los llamados juegos divertidos con los que terminan destruyéndola literalmente, es decir, matándolos. Juegos divertidos. En Buenos Aires escuchamos seguido el término “divertido”, adjetivo anodino para prácticas también anodinas, no poco utilizado por aquellos que se preocupan lo suficiente por su imagen. El culto de la imagen que llevan adelante los cínicos jóvenes del film de Haneke parece una expresión acabada del actual esteticismo superficial que ejerce el metrosexual: individualista, cínico y narcisista. Son estas lógicas individuales las que van directamente de frente, y con una violencia extrema, contra las lógicas de la familia tradicional. ¿Por qué? En una serie evidente con A Clockwork Orange, en Funny games la violencia no tiene fin en un doble sentido: no parece terminar nunca, al tiempo que no tiene una finalidad clara.

V

En este arco que va de una crítica comunista a una crítica ultra individualista de la familia, una verdad parece evidente: la forma tradicional de la familia parece caduca. No se ha encontrado todavía, sin embargo, una forma superior que veamos realizable prácticamente. Sin embargo, la complejidad de las relaciones amorosas parece reclamar para sí un sensible equilibrio entre las instituciones realmente existentes y las formas de libertad que el amor venidero reclama para nosotros. En la actualidad, una expresión acabada de este movimiento lo ocupa de manera privilegiada el cine de Christophe Honoré, especialmente con Les chansons d'amour, que narra la complejidad amorosa de una serie de subjetividades en fuga que adquieren, en ese trance, una libertad que, lejos de ser individualista, preserva la trama de la sensibilidad común en diversas y nuevas formas de familia. La pregunta, para la que no tenemos todavía respuesta, es si esas formas de familia podrán estabilizarse sin atentar, en ese movimiento, contra la libertad amorosa que puja, desde siempre, en nuestra sensibilidad.
*Autor
Alejandro Boverio es filósofo, sociólogo y editor de la revista El Ojo Mocho.