La literatura es el arte del detalle
Manuel Eiras


Me cita en Las Violetas. Es un viernes de todos los nublados que hay en Buenos Aires. Llego y la veo sentada en una mesa, está leyendo el diario y en ese momento me acuerdo de un artículo de Pedro Mairal titulado “El subrayador”, en el que habla de un tipo que iba todos los días a no sé qué bar y escribía y rayaba los diarios antes de que nadie los haya leído. Nos saludamos. Me termino de sentar y me dice: “vayamos a otro lado, acá no se puede hablar”. Cruzamos Rivadavia en diagonal. De Medrano a Castro Barros. Nos sentamos en las mesas de la vereda. Para que ella fume. Pero, después de un cigarrillo y algunas palabras, cuando caen las primeras gotas, entramos al bar. Una vez acomodados, retomamos lo que veníamos diciendo y sin que nos demos cuenta la charla se convierte en entrevista y luego pasa a ser de nuevo charla. Hay que ser muy pícaro para no hablar con Hebe Uhart si lo que se quiere es, precisamente, entrevistarla. Yo no quiero que me cuente lo que siempre cuenta. Quiero hablar de sus primeras obras, del contexto en que las escribió, de con quiénes se frecuentaba en esos años. En internet se encuentran decenas de entrevistas con ella. Todas son de los últimos diez años y en la mayoría se repiten las mismas cosas. La popularidad de Hebe Uhart adquirió cierta relevancia en el ámbito literario con la publicación de Del cielo a casa en el 2003, pero lo cierto es que la autora comenzó a publicar hace medio siglo.
Actualmente, continuando la línea de su último libro (Viajera crónica, 2011), Uhart está preparando otra compilación de crónicas. Ya firmó con Adriana Hidalgo y el libro, que sale este año, seguro tendrá una repercusión no menor al resto de las obras que la autora publicó en la última década. En ese contexto, antes de que aparezcan reseñas y entrevistas por todos los medios, me parece interesante volver a sus primeros pasos, a los primeros libros que publicó y al clima de esos años: las décadas del sesenta y setenta. Preguntarle sobre los temas menos tratados de su obra y figura, sobre las relaciones entre la política y la literatura, sobre el papel de la mujer dentro del ámbito literario, sobre esos terrenos que no están muy explorados, entre otras cosas porque, por ejemplo, sus primeros dos libros son inhallables (Dios, San Pedro y las almas publicado en 1962 y Epi, Epi, Pamma Sabhactani, en 1963), y el tercero es casi imposible de conseguir, ya que nunca se reeditó (La gente de la casa rosa, 1970).
El cuento que quizás sea el más antiguo que se conoce de su obra es “Angelina y Pipotto”, publicado en 1962 y aparecido recientemente en Relatos reunidos (Alfaguara, 2009). Y este relato ya marca una tendencia, que se va a continuar, de por dónde van a ir muchos de los temas y personajes que aparecen en su literatura. Dice Uhart: “Se va a continuar en toda la temática de migración. Pipotto es un nombre italiano. Y Angelina también. Yo he seguido la tradición de la rama italiana de mi familia, por vía materna soy descendiente de italianos: genoveses y toscanos. Entonces tengo mucha referencia por parte de mi mamá y de mis abuelos”.
En los relatos que integran estos libros publicados en las primeras dos décadas de su carrera, también aparece la vida cotidiana en los pueblos de la provincia de Buenos Aires, urbanizaciones que están creciendo de a poco, otro tema recurrente en su obra. Y en la mayoría, además, se puede encontrar referencias a la religión. La autora explica que “lo que pasa es que he tenido una educación católica. Tuve una familia católica pero no era una persona que de chica yo me planteara las creencias ni nada. Un chico entra a la rutina de la familia, te llevan a la misa y vas a la misa. Y te parece tan natural como ir a comer un asado o a jugar. No examinaba nada. Solamente me aburría en el sermón. Pero sí, vengo de una familia católica. Que no es raro porque en los pueblos hay mucha creencia religiosa. Sobre todo en la provincia de Buenos Aires”. Pero lo que más me interesa indagar es sobre qué había alrededor de estas escrituras y publicaciones.

En esos años, aproximadamente entre el 62 y el 76, ¿cómo era contexto de Buenos Aires en el que escribía?

Bueno, el contexto en Buenos Aires, para mí, era la Facultad de Filosofía y mis amigos. Y las largas discusiones en los cafés, que ahora ya no existen más. Uno se pasaba horas y horas ahí. El tiempo era más largo. Después la vida se hizo más apremiante para la gente. Es decir, la vida se llenó de más actividades para la gente. La gente hace muchas cosas ahora. Yo trabajaba, estudiaba y tenía tiempo para ir a los cafés. Me vinculaba con la gente de la Facultad de Filosofía. Igual yo ya estaba acostumbrada a venir a Buenos Aires, porque de chica venía a visitar a una tía que vivía acá. Pero después, de más grande, yo quería vivir en Buenos Aires, no quería quedarme en el pueblo (Paso del Rey). Mis amigos estaban acá. Además es la edad de la adolescencia, la familia no te interesa tanto. Entonces yo me movía por acá. Viajando siempre hasta que después de unos años me vine a vivir. Aunque conservo relaciones con el pueblo.

Pienso en el relato “El hombre está radicalmente solo”, la juventud de los setenta.

Y eso es la vida en el café La Paz. Íbamos al café La Paz y en cada mesa había un jefe de mesa, que era el único estático. Los demás iban, venían, saludaban. Pero en cada mesa había un jefe de mesa. Hay una cosa curiosa en Buenos Aires, en esos años, en el café: que vos podías vivir años yendo al café, cuatro o cinco años, y a veces no te saludabas con el tipo que estaba ahí, pero si te lo encontrabas afuera, en Villa Gesell, o en algún lugar lejano, te saludabas con mucho afecto. Algo rarísimo.

Y ahí, ¿cómo era el contacto con los escritores, con los intelectuales de la época?

No, yo no tenía contacto con escritores. Yo tuve pocos amigos escritores, y tengo pocos amigos escritores. No sé por qué. Escritores amigos tengo: Irene Gruss, la poeta que vive acá a dos cuadras, y la he tenido a Alicia Steimberg, y después casi no tengo más. Y ahora soy amiga de Eduardo Muslip, que fue alumno mío de taller y después quedó amigo.

¿En esa época tampoco?

No.

¿Y el contacto con Haroldo Conti, por ejemplo, que le prologó el libro La gente de la casa rosa (1970)?

Haroldo Conti era muy amigo de un amigo mío. Yo no era amiga de Haroldo Conti. Era un conocido, eso sí. Pero para prologarme esos cuentos me hizo corregir un montón de cuentos, de jurado o más bien de pre jurado. Le tuve que elegir entre trecientos libros. Ochocientos cuentos. “Yo te hago el prólogo si me hacés esto”, eso era así. Pero no, no he tenido muchos amigos escritores. Lo que sí tuve, impagable, que murió, era un maestro de taller, sin cobrar, porque no había talleres como ahora. En los primeros tiempos me señalaba qué estaba bien y qué cosas no, más bien lo que está vivo y lo que está muerto. Y al no estar más él, después se volvió grande y medio enfermo, yo perdí la mirada del otro en la cual confío plenamente. Eso es impagable.

¿No pudo confiar en otros?

No, lo que pasa es que el efecto es muy relativo. De repente a los otros les gustan cuentos que a vos no te gustan tanto. Uno te dice una cosa, el otro te dice otra cosa, y a mí no me resuena. En cambio, con este muchacho, que se llamaba Rubén Macera, todo lo que decía me resonaba, entonces un poco me enseñó a escribir. Era egresado de filosofía, pero sabía tanto de filosofía como de literatura. Y era una persona rarísima. Era homosexual y tenía amigos de todas las clases sociales y las trataba a todas con un respeto tan grande…Tenía un respeto por el ser humano, era como el Sócrates de la calle. Después se volvió más borracho, en el tiempo del proceso se lo llevaba la policía siempre, después se fue a España. La fiesta despedida de él, cuando se fue a España, es algo inenarrable, porque estaban desde los lúmpenes amigos suyos hasta profesionales, muy burguesitos. Pero era una persona que tenía mucha confianza en el ser humano y una inmensa preocupación por el otro. Entonces, para una chica joven eso es una cosa maravillosa. Y eso te afirma mucho.

Y un poco siguiendo esas costumbres usted también procuró relacionarse con gente de diferentes sectores.

En realidad yo pienso que es bueno para un escritor. Es malo que se vincule con escritores solamente. En la época de formación sí, es bueno que los jóvenes se junten con escritores, para pulir todas las herramientas, etcétera. Pero cuando ya son más grandes los escritores ya no se hace más control de calidad. Se empiezan a preguntar por los premios, los viajes, las becas. Empieza la cosa instrumental. Que fulano, que mengano. Son chismes. Entonces, los que son afines a vos son muy parecidos a vos. Por ejemplo yo siento como línea de afinidad en el país a Alicia Steinberg y a Isidoro Blainstein. Yo me siento como de la misma línea.

Los dos del interior.

Claro, Isidoro de origen era de Entre Ríos. Pero los dos se fueron porteñando, no volvieron en la perra vida para sus tierras. No tienen nada de provincianos. Ellos dos son totalmente porteños. Alicia, que escribía muy bien, cuenta de cuando fue al campo, cuando era chica, el aburrimiento que tuvo. Claro, no, son muy porteños los dos. Un poco como me pasó a mí.

También en sus relatos se ven como reflejados esos distintos sectores sociales. En primera persona. Es decir, encarnados en ellos mismos, no hablando desde otro u opinando de otros.

Claro, como la migrante última, la paraguaya. Trabajé mucho para hacer la paraguaya, también para hacer el alemán.

Los personajes son muy variados, en su ficción no se habla siempre de la clase media o desde la burbuja intelectual…

Y si vos te tratás con un sector vas a conocer lo que pasa en ese sector. Los viajes, en ese sentido, te abren. Te enseñan lenguajes de otros lugares. Vos en Chile, por ejemplo, en Santiago, estaba escuchando a uno que decía cosas muy profundas y dijo “porque yo ahora estoy buscando mi identidad, cachai?” (ambos reímos, Uhart repite “cachai” haciendo énfasis en el acento). En vez de decir “entendés” ellos dicen “cachai”, es un modismo. Pero a nosotros nos pega como cosa nueva. O en Lima: no te dicen “comé lo que quieras”, te dicen “come lo que te provoca”. Entonces vemos cómo el lenguaje es muy interesante. Yo atiendo mucho al lenguaje. O los diminutivos en Quito, en Ecuador, son divinos.

También es interesante el cambio de lenguaje en el mismo lugar.

Es tan interesante el lenguaje que la gente, por ejemplo, acá habla mal de (Hugo) Chávez o piensa mal, un poco por ignorancia, porque no saben que en el caribe son todos así. Viste cuando le dice a Cristina (Fernández), “mi reina”, “mi princesa”. Él le cuenta a la gente que no tiene novia, que si la tiene les va a comunicar, cuenta que no come empanada de carne sino empanada de choclo…Acá eso no se usa. Digamos, es otra forma de ser y, como la gente no lo sabe, piensa que es un guarango. Pero allá todos son así. Entonces un poco es por ideología y otro poco porque no se sabe. Por resistencia a ver una forma de hablar distinta o de procesar distinta.

¿Se podría pensar que si hay algo de política en sus relatos, los primeros y los últimos, estaría encarnado en el lenguaje?

Yo no meto la política como elemento directo. Y a veces ni como elemento de contexto, porque hay que conocer bien el contexto, sino queda como una disociación. Si no se pone bien el contexto mejor no pongas lo que pasaba alrededor, aunque lo sepas. Pero no se pone todo lo que uno sabe, nunca. La política es muy difícil de poner, por lo menos para mí. Y es muy difícil de poner por un problema personal: porque tenés que manejar muchos personajes y yo no sé manejar muchos personajes, yo manejo poquitos. Pero para hacer una buena crónica política, suponete de una manifestación, tenés que tener en cuenta lo que hace mucha gente, lo que piensa. Es como que choco contra ese obstáculo. Pero no solamente contra ese obstáculo choco para plantear la política, choco también contra algo que es tal vez más constitucional o escritural que es que yo no soy fácilmente persuadible de una fe. Yo fui a las manifestaciones de Perón, en los setenta, a su regreso y cuando todos cantaban “el que no salta es un holandés” yo pensaba “pobre holandés”. Eso es lo que me pasa. Esas cosas compactas, de masa, de que estén todos ahí, por un lado sí, se puede hacer algo común, pero si después vos vas hilando fino encontrás paradojas, encontrás limitaciones. Cuando fuimos a recibir a Perón estaban todos los actores, estaban en vaquero y en ojotas, pero eran otros tiempos, la gente se vestía así, la gente no puede medirse por cómo va vestida, la gente se mide por las pieles, por los pelos, por la cara. Cuando decían “vienen los compañeros de Formosa”, los compañeros de Formosa tienen cuatrocientos años sin comer, no podés fijarte si tiene la bombacha deshilachada…no tiene nada que ver lo que tenés puesto. Entonces, hay cosas que son interesantes, hay cosas que se me pierden, porque pensándolo es interesante pero hilando fino es difícil, hay que saber ponerlo. A veces, por ejemplo, por hacer redundante algo, eso cansa o aburre y te hace pensar lo contrario u otra cosa.

Hay una frase que se repite en más de un relato, que es “cuando alguien se vuelve muy peronista me vienen argumentos antiperonistas, y viceversa”.

Y es verdad. Yo todavía sigo siendo así. Porque si buscas argumentos antiperonistas, aunque seas peronista, si los buscás los tenés. Si vos te ponés a pensar a la mañana, “pero por qué a Perón se le ocurrió poner a mujer como Isabel, ¿cómo se le pudo ocurrir? Y es la misma persona…”

¿En su casa eran peronistas?

No se hablaba mucho de política. Era distinto a como es ahora o como era en las ciudades. Había otras preocupaciones. Pero mi papá era radical y cuando me hablaba de política yo tenía quince años y me decía que el vicepresidente de Yrigoyen era tan pobre que era un ejemplo y vendía anilinas y a mí me aburría, no me interesaba ese tipo, y mi papá lo tomaba como un ejemplo de decencia, algo que demostraba que no era corrupto, pero a esa edad qué te mueve, no te mueve nada.

En ese sentido, un tema interesante es cómo aparece en su obra la relación de los niños con los adultos.

Estoy escribiendo crónicas de infancia. Tratando de captar esa otra óptica. Me interesa lo que procesás cuando tenés nueve o diez años y, por ejemplo, tus padres te hablan de las personas que te circulan alrededor. Y los tenés que ver con las palabras que ellos te dicen. Y ahí hay una transición, llevás el lenguaje de los adultos a tu mundo. O lo que te queda de las canciones que escuchás, por ejemplo, una de Antonio Tormo que se llama “El linyera soy”, dice: “lo que tengo lo gasto o lo doy”, y yo pensaba “qué dice este viejo tarado, éste no le da nada nadie, ni tiene ni sabe darle nada a nadie”, entonces era como un linyera libertario, decía “no tengo nombre, no tengo norte, no tengo guía, todo da igual”. ¿Todo es igual? Los chicos piensan mucho en esas cosas. Lo toman literalmente.

Y ahí, en la preocupación por los niños, entra otro tema, que también aparece mucho en su obra, el de la docencia.

Claro, porque yo he estado toda la vida vinculada a la docencia. No es raro que yo haya sido docente. Vengo de una familia de muchos docentes. Entonces conozco mucho el medio, porque he tratado con muchos. Además lo he vivido. Uno hace un poco lo que conoce.

Una vez le preguntaron: “¿qué cosas le gustan de la docencia?”

Yo te digo. Inmediatamente te digo: las cosas que me gustan de la docencia es que es todo bien inmediato. Preparás bien una clase y te sale bien, preparás regular y te sale regular, no la preparás y te sale mal.

¿Tan así es?

Si preparás bien una clase, después todos los alumnos vienen a verte, a preguntarte, a pedirte, se interesan. Eso es señal de que está bien. Si no preparás nada están todos dispersos, no recibís una buena devolución. En cambio con la literatura es distinto, es más mediata. No depende tanto de vos, depende del editor, de la imprenta, la edición, los lectores. Es largo el asunto. Si uno es impaciente es más recomendable la docencia.

Cuando le habían hecho esa misma pregunta usted respondió: “ascendí a vicedirectora porque quería ayudar al proceso de liberación, andaba con eso, había leído libros de Abelardo Ramos, de Arturo Jauretche”… Es interesante esta respuesta porque siempre que aparece la docencia en sus relatos aparece desde el lado formal de la educación, con las directoras que van a hacer inspecciones, con las maestras que gozan de su autoridad sobre los estudiantes, que no los terminan de entender, los estudiantes desganados que se sienten ajenos o rechazan ese sistema educativo…

Es que en ese tiempo todos queríamos contribuir a la liberación. Lo que pasa es que te das cuenta de que no podés sola: ser un héroe solitario en una escuela es una cosa insensata. Tal vez lo que yo quería hacer era una cosa insensata. Pero la experiencia en colegios me sirvió para aprender muchas cosas de la gente, de sus sufrimientos: la vida real. Yo estuve mucho tiempo lidiando con tres personas, cuando estudiaba hablaba solamente con tres personas, entonces con la docencia se me abre el mundo: las otras chicas, las maestras, los alumnos, los padres, las familias. Ahí percibo cosas, vidas y búsquedas diferentes. Por ejemplo, es muy distinto entender a los pobres yendo a los pobres que sólo pensando en ellos. Mirá: cuando yo llegué a dar clases al campo los vi con los zapatos en la mano, caminando por el barro, con piedras y vidrios. No entendía nada. Ahora, cuando estuve un tiempo supe que si esos días usaban los zapatos se les destrozaban y ya no se podían comprar otros. Conviviendo entendés muchas cosas. Por ejemplo, Mansilla, con los Ranqueles. En la misma época que Sarmiento y Alberdi, sin embargo él duda, dice “digo yo, hasta dónde llegará una civilización si se la deja”. Duda. En cambio no duda Sarmiento que nunca vio un indio, o Alberdi. Mansilla los vio, los visitó. Vio cómo comían, habló, trató con ellos. Los fue a buscar, de alguna manera, para retratarlos. Entonces el escritor sabe los detalles. Si no sabés los detalles de un ser, tenés una mirada reducida. Pasa con los monos también, con los chimpancés, que a mí me gusta tanto estudiar. Hay un etólogo holandés que dice “saben mucho más de los monos los cuidadores que los etólogos”. ¿Por qué? Y, porque el cuidador sabe las particularidades de cada uno, las conductas, le está al lado, la vida cotidiana. El otro, en cambio, va querer subsumir lo otro en una estructura general del pensamiento…

Va a querer aplicar lo que estudió previamente a esa experiencia.

Sabés que recién hace treinta años que se sabe que el mono fabrica instrumentos. Nada más que treinta años. Quiere decir que no se los miró como debía. Lo interesante es cómo no se supo antes. Cómo a veces el mismo conocimiento nos limita. Cómo nos limita la falta de detalles sobre la vida de estos animales. Cuando los han visto con más detalle, han visto otras cosas. Y así es cómo debe mirar uno cuando va a escribir. Lo que importa son los detalles. Las grandes ideologías, salvo que vos tengas un pensamiento político fino, se pueden resumir en la gente que lee Página 12 y la que lee La Nación. Yo no me siento capaz de agregar algo nuevo en materia política. Una vez vi a un pensador político fino en una reunión y era una maravilla, pero uno, el resto dice cosas que uno ya sabe. Yo pienso que es eso, que la literatura es el arte del detalle. Lo que importa son las particularidades, porque es a través de las particularidades que alguien se puede identificar. Si yo lo presento todo ideologizado, aparece como algo homogéneo que no le va a llegar a nadie. En cambio si yo presento un humano con vacilaciones, con sentimientos, con cosas, entonces sí le va a llegar a alguien.

Una pregunta medio colgada pero que está entre las poco frecuentes y que me intriga: sobre los epígrafes y dedicatorias.

¿Qué pasa? ¿Por qué no dedico a nadie?

Sólo un cuento dedicado a su madre…

Pasa que si no mis amigos se ponen celosos. Lo que pasa es que no tengo el arte del epígrafe ni la dedicatoria. Me cuesta mucho escribir una dedicatoria para alguien, no salgo del “con mucha simpatía” o “con mucho cariño” o “cordialmente”. Tengo un escaso repertorio. Es que es un arte la dedicatoria, es un don social.

Otra cosa que me gustaría preguntarle antes de terminar es sobre las mujeres en la literatura. ¿Para usted cumplen un papel particular, existe una literatura femenina?

No sé. Es muy difícil eso de saber. Porque, por ejemplo, si vos leés algo sin saber si el autor es hombre o mujer, cómo te enterás. No tenés cómo enterarte. Salvo que por lo general las mujeres no se dedican a los automóviles o algún otro tema así. En algunas sí te podés dar cuenta…

¿Y qué pasa con la persona, no tanto con lo que escribe, con la literatura femenina, sino más bien con la mujer escritora?

( Piensa un rato en silencio) No sé. Me pongo a pensar y no se me ocurre, no encuentro un rol de la mujer escritora en la literatura…

¿Y la relación feminismo/machismo en el ámbito de escritores y en la literatura?

No tengo muy claro el tema del feminismo. No soy activista en el caso del feminismo. Yo nunca me sentí perseguida por los varones. Al contrario, siempre la crítica fue muy buena, los periodistas, los colegas, siempre fui muy reconocida por los colegas varones. Pero hay una cosa: a mi me interesa pensar estos temas en situaciones reales concretas, por ejemplo el caso de la mujer boliviana, que tiene dos manos para llevar y criar a sus hijos, cosechar, cuidar a los animales e hilar. Y la plata se la da al marido. Claro que estoy en contra de esos casos. Ahora, la situación de la mujer urbana, en Buenos Aires por ejemplo, es buena. Estoy, por supuesto, en contra de todos los crímenes esos o la violencia doméstica. Pero no creo que la mujer tenga vedado el camino para escribir, ni para publicar. En Buenos Aires por lo menos. Acá la mujer de clase media goza de una amplia libertad: podés estar sola en un café que no pasa nada, no te molesta nadie. Pero en el interior es muy distinto. Si estás sola en un café te miran, a ver quién sos, qué hacés ahí sola. Y la mujer de menos recursos o que tiene tres o cuatro hijos está más jodida. Y la mujer rica, en la medida que depende del marido, está jodida también. Pero en general no creo que la mujer carezca de libertades. Creo que la libertad es algo que se conquista, la libertad es un ejercicio de valentía, hay que atreverse. También es un problema individual, hay mujeres más valientes que otras. Es decir, no la veo tanto como género, sí como clase, que es más visible. Hay algo interesante: la mujer quiere ser igual al hombre, pero también quiere que la consideren y que le cedan el asiento. O el hecho de que la mujer, a grandes rasgos, necesite estar linda, que se arregle todo el tiempo para agradar. Así la mujer siempre va a ser ciudadana de segunda categoría porque va a depender de agradar o no. Vos fijate que hace poco en la historia que la mujer es sujeto moral, y eso se nota. Porque, por ejemplo, la mujer, cuando insulta, insulta más que el hombre, insulta mal, jodido. El hombre es más medido en el insulto porque es más dueño de sí mismo. Son muchos años de desigualdad. La mujer puede tener una memoria de caballo y acordarse “el 5 de agosto de 1994 a las tres de la tarde me dijiste gorda”, mientras tenga esa memoria, mientras eso, que le diga gorda o chueca, pegue más que lo moral, ahí estamos en que todavía somos ciudadanos de segunda categoría.
*Autor
Manuel Eiras, nacido accidentalmente en el barrio de La Boca (en 1987), estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de Quilmes. En los últimos años se dedicó a la investigación de féminas escribas, trabajando especialmente con las obras de Ana María Shua, Tununa Mercado, Griselda Gambaro y Hebe Uhart. Es miembro fundador de la Revista Literaria Vulva. Actualmente vive en Barcelona, aunque en breve lo podremos cruzar paseando en kombi como un bon vivant por las calles de Buenos Aires. Tiene un blog: http:// laterrazadearthur.blogspot.com.ar/