El nacimiento de El Ojo Mocho (1991-1994): Entre la potencia textual y la resistencia cultural. Un tábano en la época del Menemato.
Gerardo Oviedo *


Allá por la primavera de 1990, se anunciaba entre los chamuscos dramatúrgicamente libertarios de un aula de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, un colectivo de publicación destinado a producir una activa trama de efectos e incidencias en el menguado Pólemos de la cultura argentina finisecular. Ese fuego lúdico y teatral portaba una buena nueva. Pues bajo el cielo plomizo de la década neoliberal que se consolidaba en el país, El Ojo Mocho –nacida como la conocemos, por fin en el verano de 1991- hizo gozar la lumbre revitalizadora de su combustión estival de textos, azuzando un chisporreteo de reflexiones estéticas, políticas, éticas y aun filosóficas. Con su épica de escritura y su moral crítica supieron iluminar –también en la intemperie helada que campeaba en la universidad- la larga noche polar del mundo de ideas de los años noventa, encendiendo sus “lenguajes fuertes” entre ardores de pasiones intelectuales y abrigos de calores militantes.
¿Acaso ese resplandor podrá reavivarse con el soplo enérgico aunque incierto que trae el nuevo siglo? Todavía crepitante –incluso en algún recodo de aquella misma Facultad-, el estilo de crítica cultural y reflexión política de la “primera época” de la Revista, también ingresa en la hora de los balances y relevos generacionales. Habría que decir, claro, que esta delicada faena nos puede mostrar demasiado incautos ante la complejidad humana del grupo fundador –tan esquivo a las simplificaciones descriptivas de sus afinidades, como renuente al testimonio auto-consagratorio de su experiencia-, o fácilmente expuestos a los extremos al cabo equívocos de la celebración calculada o el ajuste parricida. Rememorar, al trasluz de su espacio de aparición, los hilos de sentido más densamente tramados de una lengua crítica y una estética politicista de las que al parecer no se han consumido aún sus brasas y rescoldos, podría sin embargo servir de “pretexto” –la consigna pertenece a Ezequiel Martínez Estrada- para seguir debatiendo los modos de enunciación de la voz pública del intelectual crítico en la Argentina.
La alusión sarcástica, de humorismo macedoniano, que permuta jocosamente el “punto de vista” por un “ojo mocho” –más allá de la ocurrencia atribuida a Federico Galende- introducía un deslizamiento metonímico que no sólo auguraba una nueva estilística de pensamiento, sino también una forma de lectura posicional del “campo letrado” argentino, hecha no ya en clave de teoría literaria ni de historiografía intelectual –programas destinados a la hegemonía académica-, sino a través de fulguraciones interpretativas y análisis situados que constelaban –aun como cifra benjamiana- su interpelación del presente en la Ciudad neoliberal. También en ese retorno deliberativo a la Polis simbólica de la patria, había una reconfiguración de género y un desplazamiento sísmico de placa discursiva. Pues la retórica de emancipación de El Ojo Mocho supo restituir, en actos elocutivos militantes y como praxis de intervención textual, los fueros del ensayismo en el debate argentino contemporáneo.
Desde luego que ello produjo consecuencias –perplejidad, distanciamiento, también exclusión- entre los dispositivos académicos cada vez más retraídos de la esfera pública, indiferentes ya a los grandes dilemas culturales de la Argentina. Por lo demás, “normalizados” y “sistémicos”, autorreferencialmente centrados -entregados- a un proceso colonizador de racionalización científico-burocrático-financiera. También esa ensayística de intervención atacaba el frente de academización tecnocrática que angostaba la vida universitaria en un cada vez más delgado y cuadriculado conocimiento cuantificable, gobernado por un protocolo de investigación unicista, vertical, homogenizador, formalizante, despersonalizado, nivelador y abstractivo. En ese páramo glacial, los articulistas ojomocheanos prendieron sus teas de voces repuestas, tradiciones recuperadas y palabras recobradas. Así y todo, avanzaban a tientas en la oscuridad de la caverna.
El pathos denuncialista y la retórica carismática, revulsiva, incitante, movilizadora de muchos tramos de la escritura ensayística de El Ojo Mocho, no se hace presente a través de los falsos polos persuasivos que finalmente sedujeron a otras publicaciones periódicas. Oscilantes, por caso, entre quienes intrincaban la sintaxis, o barroquizaban la metaforicidad, o afectaban una jerga hiperespecializada, o usufructuaban el nimbo de un autor europeo, o saturaban las referencias de una bibliografía internacional y un lexicón políglota, de un lado, y del otro, quienes se tentaban, menos por el artificio aristocratizante que por una proximidad coloquial concesiva, sobre todo, con el panfleto de militancia y los tópicos de la doxa politizada y hasta de un presunto sentido común “progresista”. No es cosa de dar nombres, sino de comprender posturas. ¿Ni elitismo esotérico ni populismo exotérico? ¿Ni jerigonza excluyente ni sencillismo banal? ¿Ni erudicionismo pedante ni divulgacionismo pedestre? ¿Ni cultismo exhibicionista ni didactismo ramplón? ¿Ni vanguardismo minoritario ni plebeyismo fingido? ¿Ni europeísmo vicario ni argentinismo fundamentalista? ¿Ni biblioteca babélica ni archivología nacionalista? ¿Más bien cosmopolitismo contextual, localismo ecuménico, universalismo situado, patriotismo universalista, singularidad inclusiva, perspectivismo abierto, occidentalismo orillero, latinoamericanismo crítico, o todo eso junto? Tal vez, aunque tampoco se trata de exaltar las aporías y reducir las dificultades que reviste la praxis cultural.
En todo caso la lírica social de El Ojo Mocho se vehiculiza, antes que en una dispositio comunicativa, mejor, en su encarnadura moral. Dispuesta a asumir el riesgo vital de encarar los problemas de la actualidad cultural y público-política desde una determinada poética de pensamiento. Inspirada, acaso, en un humanismo radical que ya resistía largamente los embates nihilistas “postmodernos” que hacían buen juego con el nuevo cientificismo rampante.
Aquellos textos ojomocheanos que apelaban sutilmente al fervor mitológico del “idioma de los argentinos” en una Buenos Aires tanto más mítica, también activaban el drama cognoscente de una “energía homilética(1) y catártica de conmoción de la conciencia y agitación de la opinión. Cultivaban una “ética de la forma” –si se acepta un momento más esta conjetura- por cierto ya neutralizada y expurgada de la “teoría”. Pero esa prosa nunca conjurada –menos en su elocutio trágica- no venía a decir, apenas, que disponía de una fuerza expresiva insumisa, polemista, ironista, paródica, indignada, exasperante, desestabilizadora, y que ejercía desde la subjetividad meditativa y sus tribulaciones –en lugar de la institución y la cita legitimante-, una vida intelectual independiente, todavía no disciplinada por el régimen de control epistemológico y los programas de lectura de la alta academia. No se trataba sólo de una gramática de liberación cultural, y menos de una “política del discurso” entre otras.
No, lo que ese tipo de ensayo anarco-creador y ese modo de habla no-regulada pronuncian más allá de sus tropos y representaciones, es que en el Geist romántico de la Revista son asumidos como una forma de vida. En sus páginas el ensayo libre es conato, anhelo y aun anticipación de una existencia liberada. Y aquí el vocablo “existencia” también evoca -con sus flecos sartreanos-, antes que la marca epocal, el espesor ontológico que procede de sus tributos al “proyecto cultural” de Contorno. En El Ojo Mocho el ensayo se hace, más que “voluntad de estilo” –incluso en una remota estría que también toca a Sur-, constitución de un espacio epistémico- retórico de pensamiento y así deviene –si se nos permite un spinocismo igualmente convocado por la Revista- perseverancia de un ser textual. Y de su lengua.
El Ojo Mocho pudo pensar, con Borges, que si la tradición nacional se lee infinitamente como un libro de arena, ningún texto que la nombre o la vele es el decisivo, pues brota ya siempre de sus páginas. Se decidió, empero, por ponerse en su contorno. En este registro, la flexión “contornista” de la Revista no concernía tanto a un modelo formal declarado o a una inscripción genealógica en el linaje crítico del siglo XX, cuanto a una estrategia textual de localización político-intelectual en el contexto historizado de la cultura argentina contemporánea. (2)
Mucho antes que referencia canónica, fundación literaria o paradigma estético-ideológico, la presencia de Contorno es posición existencial y actitud cultural -colocar el en-torno de los márgenes y confines argentinos en el centro- (3), además de transfiguración de voces y reescritura inmanente en El Ojo Mocho. Y por si fuera poco, David Viñas y León Rozitchner son miembros de la oleada contornista que acompañan –se diría, en horizontal magisterio- bien de cerca el proyecto cultural de El Ojo Mocho, corporizando el alma de su “comunidad moral” (según la autocomprensión del propio Horacio González) hasta en los pliegues más íntimos de amicitia y fraternitas que ciertamente donaba la volición ética de la Revista en su próvida alquimia intergeneracional.
Mientras tanto, la tradición ensayística argentina del siglo XX, tan escasamente desmentida en un canon intenso que se arqueaba entre Ezequiel Martínez Estrada y David Viñas, aunaba aquellos torrentes sanguíneos de escrituras vitalistas y comprometidas, como un despliegue arbóreo de interrogaciones y exhortaciones lanzadas al mundo cultural circundante. Como aquél viejo maestro, también El Ojo Mocho venía a “cantar las 40” en el campo intelectual de la época del Menemato. Mirando de frente al desfigurado rostro de la nación deseada, y a su aura envuelta en brumas. Aunque no lo hubieran dicho así.
Acaso por ello no sea del todo inadecuado referir que el modo de incidencia textual que El Ojo Mocho escenificaba sobre múltiples “manchas temáticas” –para decirlo también con David Viñas- y entre contaminaciones y préstamos de zonas heterogéneas y diferenciales de discurso (ciencias sociales, filosofía política, crítica literaria, teoría estética, historia, psicoanálisis, lingüística, etc.), estaba prefigurado como escorzo polémico en un número de la Revista Babel de 1990 dedicado precisamente al ensayo. Al borde de un cambio de década que abismaba la cesura epocal abierta por la tectónica neoliberal fin-de-siècle, cuya próxima falla de dislocación vendría dada por las revueltas decembristas del 2001.
Quisiera evocar muy rápido las intervenciones de Nicolás Casullo, Horacio González, Oscar Landi, Ricardo Forster, Federico Galende, Christian Ferrer y Eduardo Rinesi en el Dossier titulado “Últimas funciones del Ensayo”, aparecido en el Nº 18 de Babel, pues permiten comprender cierto núcleo conceptivo profundo, más como pulsión común –dicho a la manera de León Rozitchner- que como plan premeditado, y que poco después El Ojo Mocho estilizará y radicalizará, gozosamente, en su potencia enunciativa. Ante quienes se empeñan en rebajar su ensayismo a táctica de provocación, pose antiacademicista o “arte de injuriar”, la discusión de Babel arroja luz sobre el debate epistemológico y estilístico profundo que estaba en la raíz de la operación cultural que articulará el colectivo intelectual de El Ojo Mocho desde inicios de los años noventa.
Nicolás Casullo (coordinador del Dossier y presumible Alma Mater de la convocatoria a reconsiderar el género ensayo), invoca entre otros próceres a Hölderling, Trakl, Krauss, Proust y Benjamin, en un llamamiento a rehabilitar la poética interdicta del pensar, capaz de hacer estallar lo que la “palabra racionalizante aplaca, tapia, cementa, exorciza”, en el “dato o la teoría”, y en la que el “cruce de ilusionismo científico como única interlocución de verdad”, el “despliegue de lo tecno-operativo como servicio”, el “interés estadístico abstracto” y “el contrato entre mercado y disciplina académica, es el modelo desnarrativo que homogeneiza los planos audibles”. Habiendo desaparecido el “espesor del lenguaje, el olvido de su ser comarca de imágenes, esperas, iluminaciones y encuentros de historias, sobrevive el gesto ínfimo del escribir”. Pero el lenguaje ha sido “exiliado de su travesía como conocimiento, palabra expulsada a una misión sin atributos, voz/imagen secularizada de su tragedia, desespiritualizada, carente de todo asombro, desconcierto o viaje esperanzado, para volverse lógica referencial”. Al cabo Nicolás Casullo sugiere –anuncia- la “posibilidad de otro ensayar con la palabra en las afueras del magno texto de la utopía tecnocientífica cumplida”. “Liberar el ensayo, desde un itinerario del saber de lo poético, en tanto se lo alucine como tensión irredimible”, conminaba al fin Nicolás Casullo (4). Será El Ojo Mocho quien asuma el envite.
Horacio González recoge el guante –desdoblado desde dentro- de una idea presente en Michel Foucault, acerca de que “el ensayo es necesario entenderlo como experiencia modificadora de sí”. No es que tomara como problema este concepto “focaultiano” del ensayo. Pues Horacio González acepta “no escribir sobre ningún problema, si ese escribir no se constituye también en problema”. Más bien, y porque “ha triunfado la escisión entre conocimiento y escritura”, se requiere “un modo de escribir que debe dejar el resuello del pensamiento sobre el lenguaje”. Lo que no significa “festejar el skotéinos, el texto oscuro a la espera de su dorado cabalista”, ya que “es necesario siempre distinguir la frontera entre lo oscuro y lo mal resuelto”. En cambio se trataría de capturar “el hilo de sentido que une la imposible omisión de quién escribe, con un sistema de lecturas públicamente disponibles”, dado que “ni el placer del texto ni la ansiedad por la comunicación son estaciones atractivas para un posible nuevo recorrido del ensayo, de entonación socialmente crítica” (5). Por ello en la nueva estación –temporalizada en la periodicidad de los climas del ciclo anual: verano-otoño-invierno-primavera- dará El Ojo Mocho la atmósfera ensayística comunalmente convocada a practicar un modo de escribir donde resuelle el pensamiento socialmente crítico.
Apelando a dos autores clásicos en la reflexión sobre el género ensayo, Theodor Adorno y Alfonso Reyes, Oscar Landi rescata su proceder “metódicamente antimetódico”, y su condición de centauro: “mitad lírico, mitad científico”. Tampoco rehúsa servirse del canon argentino, cuando recuerda que el ensayo posee una prosa “de no ficción que se acerca a menudo a las técnicas poéticas, que toma prestados recursos narrativos de diverso origen: las metáforas del ‘Hombre que está solo y espera’ se combinan en la obra de Scalabrini Ortiz con la estrategia de la evidencia de los números que certificaban el saqueo y la colonización británica del país”. Entusiasta y sugerente, Oscar Landi cree –siguiendo la huella romántica y neorromántica del ensayismo argentino, que va de Esteban Echeverría a Martínez Estrada- que “también en la escritura social estamos ahora ante la posibilidad de una ‘nueva alianza’ entre conocer y pensar, entre demostrar y argumentar, entre el número y los trucos narrativos que predisponen favorablemente por el placer de la lectura”. Por último Oscar Landi dice “tírese el lance”, y así lo hará pronto El Ojo Mocho, consumando en sus textos aquella propuesta de inaugurar una “nueva alianza” entre conocer, pensar y escribir. (6)
El artículo de Ricardo Forster nos hace testigos de un llamado a la resistencia cultural, por cierto poderosa y perseverante en la futura familia ojomocheana. Forster señala que un “nuevo y feroz pragmatismo ha transformado no solamente la vida social y productiva, sino que se ha atrincherado en el lenguaje para despotenciar sus aspectos críticos y ficcionantes en función de su manipulación serial y abstractiva”. En tanto se hace extensible “al mundo académico” la “sospecha de una barbarización de la lengua y de la cultura”, es preciso “reconstituir los hilos perdidos de la memoria del lenguaje”, lo que “supone la necesidad imperiosa de cruzar los caminos, de mezclar los distintos lenguajes en la perspectiva de un nuevo ecumenismo de las palabras que sea capaz de entrelazar, en el interior experimental del ensayo, las diferentes escrituras”. Quizá por “eso sea hoy el ensayo un campo de resistencia apropiado”, aduce Forster, porque “el ensayo es un territorio donde el conflicto no es eliminado, donde es posible atravesar la espesura del mundo echando mano al lenguaje de un poeta o la escritura de un filósofo” (7). Pues será El Ojo Mocho quien concretizará ese territorio de una escritura de resistencia en su propia manera de retomar ensayísticamente los hilos extraviados de la lengua del pensar.
Los más jóvenes libran su combate por la cultura en el frente sociológico académico. Federico Galende se solaza en celebrar el ritmo “incesante de la lengua, el inexacto fluir de sus variaciones”, aquél que “viene a coronar, en dimensiones simétricamente alejadas, el turbio juego de las representaciones”, pues siempre “estamos hablando en la academia o en la poesía, en el horizonte incómodo de una palabra disociada, repartida entre el orden del discurso y el proliferar de las alegorías”. Por ello, dice, la “sociología se apropia de algunos de los usos alegóricos de la poesía, pero acribilla el marco ornamental del relato”, y si “se deja inundar por ciertas metáforas”, en verdad a “los deshechos los recorre y los descuartiza”, y luego “clasifica sus diseminaciones en la lengua instituida” (8). Será El Ojo Mocho, entonces, aquél ámbito propicio donde restituir y habitar una escritura social no matrizada por la máquina cultural académica.
Christian Ferrer declara que todo “podría haber sido de otra manera si las ciencias sociales originarias hubieran preferido, como modelo prototípico de legitimación, al arte”, porque entonces se podría “sospechar que los primeros sociólogos habrían tamizado los datos a través de la romántica angst, la tensa, tersa luminosidad de los impresionistas, la wagneriana tempestad o la estéril y lúcida gestualidad dada”. Advierte por ello que para “acercarse al referente empírico con absoluta libertad, hay que hacerlo mediante la curiosidad alerta tamizada por la indisciplina estética”, pues “la creatividad en las ciencias humanas depende, al decir de Breton, de pasear por el decorado urbano con el ojo en estado salvaje”. (9) Ese ojo salvaje será pues también un ojo mocho.
Eduardo Rinesi se hace eco de las acusaciones de “Ensayismo”, “Literatura”, “Filosofía”, que pesan sobre las escrituras “rebeldes”, y recuerda que si el “poeta es al discurso de la ciencia lo que el pecador al de la religión”, la “Ley ha previsto su sitio: la excomunión o la insania”, pero “también el camino de su redención: la sumisión amorosa al saber magistral y a sus formas” (10). Pero esa rebeldía irredenta de la escritura poéticamente pensante hará ignición precisamente en las páginas de El Ojo Mocho.
El gesto alumbrador de la renovación del arte del ensayo como vía de reapertura a un pensar no-administrado –dicho de la manera adorniana que tampoco desasistía estas tribulaciones culturales-, y particularmente el hecho de que sobre todo los más jóvenes daban su batalla intelectual en el restricto perímetro de la ciencia social académica –donde muchos eran profesores disidentes-, torna nítida, ya en sus trazos programáticos espontáneos, la temática que aborda el primer número de El Ojo Mocho (“¿Fracasaron las Ciencias Sociales?”), calibrada en la elección de los entrevistados (Oscar Landi, Emilio de Ípola, Juan Carlos Portantiero y Alcira Argumedo). La presencia otorgada a la sección de entrevistas, como a ningún lector escapaba, sería una moldura central de la Revista ya desde el primer número. El Ojo Mocho principia pues por entablar una Streit epistemológica, que cala mucho más hondo que una mera disputa por el método sociológico, ya que afecta nervaduras morales y hasta penetra en las raíces del problema del ser. La editorial inaugural insiste en la pregunta acerca de si pueden “las ciencias sociales seguir siendo un síntoma de lo moderno y no perder al mismo tiempo su rebeldía intelectual”, pues juzgan “posible darle otra textura ética” (11).
El segundo número (“¿Se acabó la crítica cultural?”), tiene a David Viñas como protagonista clave de la sección entrevistas (titulada “El riesgo de escribir”). En una nota de Horacio González que apostilla la obra de Viñas, el reconocimiento a la actualidad de su forma crítica no contiene un ademán canónico, sino la respuesta de fondo a la interrogación conductora de la Revista, tallada sobre el cuño de la “dialectización” social –corporal- de la literatura. (12) Remisión contornista que se corona en el tercer número (“¿Qué significa discutir?”), abierto con la entrevista a León Rozitchner, presentada justamente bajo el lema “Contornos de un pensamiento”. En la editorial se responde a la pregunta por la discusión –sutil voluta borgeana- desde la vindicación no ya de las maneras polemistas de la crítica, sino del núcleo ético de la “condición intelectual” que la articula, también tensado en la secuencia temporal y arquetípica de las conversaciones con Viñas y Rozitchner. (13)
La discusión con la epistemología hegemónica de la ciencia social académica tendría una nueva escarpadura en el cuarto número (“¿Se puede salvar la Teoría?”). La reflexión editorial asimismo retoma el tema del drama cultural de la universidad tecnocratizada, donde se llama al “intento de repolitizar el mundo de la cultura, y de reculturizar el mundo de la política”, pues en tal “desafío tiene la Universidad una tarea que cumplir: contribuir a esa expansión de los espacios críticos de creación de consensos y disensos, de discusiones, apoyos o protesta, de crítica –en fin- y elaboración de proyectos alternativos”. Entonces sí se “pueden salvar las teorías”, pero a cuenta de “situar un acontecimiento inesperado en la disposición preexistente del lenguaje”. Si ello enuncia, más que una tesis, un proyecto de praxis intelectual, la Universidad, entretanto, exhibe su “desconocimiento frente a los grandes textos de Macedonio Fernández, Martínez Estrada, Carlos Astrada, al mismo tiempo que hay una autoinhibición para entresacar del halo de repetición que albergó la filosofía social y el ensayismo argentino, aquello que pueda hoy suscitar nuevas inspiraciones a la teoría crítica, releyendo –por ejemplo- a José Ingenieros, Raúl Sclabrini Ortiz, Julio Cortázar, Oscar Massota o John William Cooke”, y “revisando las revistas, desde Contorno a Babel, en las que se desempeñó la crítica renovadora”. (14)
El número quinto de la Revista (“¿A qué llamamos política? ”), explicita hasta qué punto las preguntas sobre la prosecución de la crítica cultural y su moral deliberativa y social atañe a una más radical y profunda interrogación sobre la ontología política de la modernidad, y de la condición misma de la democracia en la historia fácticamente vivida. (15) Esa filosofía de la situación del intelectual como descifrador analítico de la actualidad e intérprete crítico del tiempo presente se corona, más o menos espectacularmente, con la entrevista a Jacques Derrida. En una glosa de Horacio González al reportaje, se manifiesta el “trazo” mismo que recorría el grafo territorial de El Ojo Mocho, cuando al reparar que “hay una familiaridad argentina con las artes deconstructivistas” –en alusión a Macedonio Fernández-, dice al pasar que nombra “argentina como algo que es una toponimia desvaída”. (16)
Es verdad que nuestro propio contorno epocal ha variado mucho las trazas de aquel en que viera la luz la publicación. Algunas se ahondaron y otras pudieron reconducirse. ¿Pero han mutado también los desafíos de la crítica cultural y su ética de discusión?
Se diría que las embocaduras del contexto intelectual de posibilidad en que surgió El Ojo Mocho se ven hoy mucho más estrechas y taponadas. (17) Acumulan sedimentos de secularización depositados junto a escombros y ruinas –y aun restos- de formaciones discursivas pretéritas y estratos calcificados del espíritu. En cuanto a las máquinas culturales en funcionamiento, actualmente los remaches del chasis de la hegemonía neopositivista del campo académico son mucho más fuertes y están mejor ajustados que hace veinte años, cuando la Gestell o armazón epistemológica que amenazaba colonizar la vida universitaria estaba aún en vísperas de emplazar sin miramientos la férrea carrocería de la racionalidad instrumental de su “sistema científico”. Entonces es más que un problema de traducción –retomando la querella del primer número de El Ojo Mocho- invocar aquí las célebres e inquietantes expresiones de Max Weber acerca del entzauberte Welt: del mundo des-encantado, y sobre todo de la Gehäuse von Hörigkeit: “jaula de hierro” o mejor, “estuche”, caja, cápsula o “carcasa de servidumbre”. (18) Pues si a fines del siglo XX la cultura argentina todavía podía registrar esas voces casi como un ademán erudito entre otros, entrados en la segunda década del siglo XXI, la condición del “desencatamiento del mundo” y de la carcasa de su racionalización técnico-administrativo-monetaria en las “agencias” del saber, se diría que se nos huele en la piel. Ya se nos ha hecho carne –ni llaga del alma dañada- de tanto asediar y asaltar la soberanía epistémica del territorio autónomo de las escrituras libres, que apenas llegan hoy hasta los suburbios de la ciudadela académica. Ocupando algún que otro terreno baldío.
Por de pronto, la ultra-secularización de la vida universitaria no es el mayor de los problemas de la escena contemporánea nacional, es cierto. Acaso ni siquiera es un problema, ya. ¿Pero podríamos omitir que una Revista como El Ojo Mocho nació –en la mayéutica alumbradora de un aula argentina- precisamente como respuesta ante una experiencia semejante de la patogénesis postburguesa de la modernidad capitalista tardía, desbarrada en sus anillos coloniales sudamericanos y rioplatenses? A esa cosificación trágica de la cultura -perdida en los arrabales occidentales de una urbe periférica pampeana-, El Ojo Mocho le dedicó la estimulante y poderosa reflexión de sus primeros y consecutivos cuatro años de vida, que en los siguientes potenciaría cada vez más. Con una jovialidad juvenil acaso irrepetible. Fraternalmente rodeada de ciertas comuniones folletinezcas puestas a circular en “fotocopias anilladas” (y en aventuras como los Cuadernos Erdosain, La Grieta, etc.).
Tampoco desoiremos el turbulento rumor que lleva el Pampero en las arenas de la coyuntura histórica. Donde muchas veces la Revista quedara clavada como una pica –pero era la planta de un hito-, abriendo espacios de virtualidades de sentido y ensanchando callejuelas de posibilidades desde una vivencia directa e implicada de la política del presente. Llamada por su origen mismo a la misión nada descargada de templar una autorreflexión crítica y activa en torno de la actualidad cultural y pública de la Argentina. Si la autonomía plural y convival de su voz -que no sería sólo estilística- profiriera acentos más débiles o más fuertes en la narrativa de la voluntad de un proyecto de poder nacional, no sería a expensas de una retórica de emancipación utópicamente intencionada, que se halla en el nudo crucial de su ética intelectual libertaria. Ni siquiera este presente más venturoso estaría en condiciones de desdeñar semejante herencia, ni distraer su puesto en la Ciudad futura.
Aclaración
Este texto fue publicado en El Ojo Mocho (otra vez) , año 1, n° 1, 2011.
Notas
(1) Es Norberto Wilner quien ha explorado en su ensayo filosófico sobre las “energías retóricas del Logos” lo que llama “una energía lógica” no deductiva “que, mediante la dramatización de aporías, logra instalar persuasivamente conceptos nuevos”. Wilner, Norberto, Las energías retóricas del Logos. La homilética, Buenos Aires, Ediciones Hechos e Ideas, 1999, p. 7.
(2) “Primero –responde Horacio González-, aceptemos que la política es lo que se hace en un lugar historizado, con más políticas heredadas, ideologías, partidos, instituciones y textos. Digo esto para diferenciarlo de la idea de políticas de la cultura, políticas de la memoria, políticas de no sé qué, algo tardío y mal ejecutado en la Argentina. Hay revistas que se llaman así: ‘Políticas de …’. Ahora, la política trasciende eso. Me parece que yo no sé si se puede decir que El Ojo Mocho piensa esto. Esto es lo que pienso yo y no sé si es algo interesante. No hicimos el manifiesto del Martín Fierro donde escribían, no sé si Girondo o quién, ‘Martín Fierro piensa’, con el equívoco de que hay un Martín Fierro real, literario que piensa. Yo creo que El Ojo Mocho no piensa, pero lo político sería, primero, un anclaje argentino. La idea de que todo lo que hay que pensar ocurre aquí. Ésa es la influencia de Contorno. Contorno era algo netamente vinculado a los temas argentinos, el balance de la literatura y la vida política argentinas”. González, Horacio, “De pugilismo y largavistas. Entrevista a Horacio González (Rocco Carbone y Jorge Quiroga)”, en Literatura argentina Siglo XX. De Alfonsín al menemato (1983-2001), David Viñas director, Gabriela García Cedro vicedirectora, Rocco Carbone y Ana Ojeda compiladores, Tomo VII, Buenos Aires, Paradiso-Fundación Crónica General, 2010, p. 203.
(3) “Campo de ensayo de una nueva actitud cultural –considera Horacio González-, Contorno, en el breve ciclo de sus apariciones, habló con una nueva lengua y esa lengua silba su aquí y ahora argentino. Bastaba leer el fino estilo de León Rozitchner, con ensayos críticos que podían mostrar desde la originalidad de su título, como Comunicación y servidumbre, hasta la grácil resolución de su fina urdimbre argumentativa, para percibir los alcances de esta renovación que tenía la cuestión literario-política del país en su centro”. González, Horacio, “Contorno en el centro”, en Contorno. Edición facsimilar, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2007, p. I.
(4) Casullo, Nicolás, “Entre las débiles estridencias del lenguaje”, en Babel, Buenos Aires, Nº 18, 1990, p. 22, col. 2-4.
(5) González, Horacio, “Elogio del ensayo”, en Babel, p. 29, col. 1-4.
(6) Landi, Oscar, “Cuestiones de género”, en Babel, pp. 28-29, col. 1-2. (7) Forster, Ricardo, “El encogimiento de las palabras”, en Babel, pp. 27-28, col. 4 y 6.
(8) Galende, Federico, “La Academia y la máquina de hacer suspiros”, en Babel p. 26, col. 1-2.
(9) Ferrer, Christian, “Melodías, sonetos, papers”, en Babel, pp. 22-23, col- 1-2.
(10) Rinesi, Eduardo, “¡Vade Retro, Satanás!”, en Babel, p. 23, col. 3.
(11) El Ojo Mocho, “Palabras del Espacio 310”, en El Ojo Mocho, Buenos Aires, Año 1, Nº 1 [Nº 4 en tapa], Verano de 1991, p. 3.
(12) “No parece inadecuado observar que la crítica literaria que aquí mejor se hace, siempre parece ser una tentativa de ‘desdialectizar’ lo que Viñas ya tiene dicho. Es cierto que muchos vacilarían antes de reconocerlo, pero eso es inevitable y hasta deseable. Mientras la memoria y los homenajes suelen ser conservadores, la dialectización de las cosas –y también el impulso contrario a éste- exponen la identidad de una verdadera tragedia de la dispersión. La hacen inhallable, imposible de soportar. La obra crítica de Viñas es una enseñanza abierta y provocante sobre la tragedia del ensayo, la narración y la vida intelectual. La tragedia es el confín de la obra. He allí su ‘cuerpo’. He allí la vigencia de David Viñas en la crítica argentina”. Horacio González, “La tragedia de la cultura”, en El Ojo Mocho, Buenos Aires, Año 2, Nº 2, Invierno de 1992, p. 7.
(13) “Se trata de discutir al mismo tiempo los déficits de las prácticas comunicativas y el deterioro de la actitud crítica en el tipo de actividad intelectual que se practica entre nosotros. Porque, en efecto, el tono que ha adquirido la ideología comunicacional en la definición de las prácticas que habitan los ámbitos anteriormente caracterizados por el compromiso intelectual, nos obliga a evocar nuevamente –y evocar quiere decir proponer, insistir, activar- el viejo fantasma de la crítica. Percudido y desacreditado, pues ninguna época en el fondo le es propicia, y ésta menos que ninguna, el aludido fantasma quiere ser recuperado, pues sin él ni es fácil ni es atractivo empeñarse en ese vía de las máscaras que denominamos condición intelectual. Más: el asunto intelectual es asunto de la crítica”. Horacio González y Eduardo Rinesi, “Palabras del espacio 310. ¿Qué significa discutir?”, en El Ojo Mocho, Buenos Aires, Año 3, Nº 3, Otoño de 1993, p. 4.
(14) Horacio González, Eduardo Rinesi y Christian Ferrer, “Palabras del espacio 310. ¿Se puede salvar la teoría?”, en El Ojo Mocho, Buenos Aires, Año IV, Nº 4 [Nº5 en tapa], Otoño de 1994, pp. 3-6.
(15) “La historia es también una red de actos violentos y brutales. Las formas políticas que incluyen en su costo imperativo el sacrificio de contingentes humanos, caracterizan esa época pero también todas las épocas. Y así como para las masacres no hay épocas, así no debe haberlas para la promesa de fundar un nuevo humanismo crítico y a la vez constructivo. Lo que no podemos concebir es que la política, en vez de lanzarse a la reflexión de estos abismos de la humano, recuperando su tensión primigenia hacia la preservación de valores de verdad y de vida, se dedique a elaborar tactiquillas y tecnicismos propios del saber profesional del operador de época. Frente a ello, si queremos que nuevamente la política se resuelva en la interrogación sobre lo humano radical –lo que también supone potenciar socialmente las raíces de la democracia- no podemos dejar de pasar la oportunidad de señalar que lo humano es una memoria de palabras en la cual repentinamente percibimos un vacío. Hacia tal vacío son convocadas nuevas palabras, y con ellas somos también atraídos como sujetos, biografías abiertas e irresueltas. Palabra, memoria y ausencia son asimismo los instrumentos de esta revista. Es también la herencia en la que nos reconfortaría imaginar que se inscribe toda nueva reflexión destinada a recomponer los vínculos entre la política y las potencias críticas del lenguaje”. El Ojo Mocho, “Palabras del espacio 310. 0ficialismos de época”, en El Ojo Mocho, Buenos Aires, Año IV, Nº 5, Primavera de 1994, pp. 9-10.
(16) Horacio González, “Derrida, el pensamiento del trazo”, en El Ojo Mocho, Nº 5, p. 16.
(17) Agradezco a Guillermo Korn y a María Pía López la donación que generosamente me hicieron en 2009 de siete números de la revista que me faltaban para completar mi colección, pues me permitieron formarme una imagen mucho más precisa de la contribución de El Ojo Mocho a la cultura argentina contemporánea, que la que pude sospechar como atesorador distraído –callado lector discipular- y ocasional articulista invitado por Horacio González.
(18) Que es como acertadamente traduce Cecilia Abdo Férez el sintagma weberiano en un crucial texto de Karl Löwith (Max Weber y Karl Marx, Barcelona, Gedisa, 2007, p. 122) precisamente editado en castellano gracias a la relevante iniciativa filosófico-cultural de uno de los miembros del grupo editor fundador de El Ojo Mocho: Esteban Vernik. Propiciar una relectura löwithiana –existencial, göetheana- de Weber es también un efecto de sentido ojomocheano, al menos en la Argentina.
Autor
Gerardo Oviedo