Latitud 34, una zona de frontera
Guillermo Korn *


a Javier Fernández Miguez, amigo fraternal

“Quiero conversar con los otros, con los muchachos querencieros y nuestros que no le achican la realidá a este país. Mi argumento de hoy es la patria”.
Jorge Luis Borges, “El tamaño de mi esperanza”

Latitud 34 fue una revista de transición. Partamos de esa premisa. Sus páginas se desplazan por una delgada franja en la que confluyen ciertos postulados del nacionalismo y en la que se hacen visibles algunos escarceos de la vida cultural del primer peronismo. Eso fue, parece ser, uno de los límites para su continuidad.

Algunos equívocos

“Si no tienen donde publicar que escriban en las paredes de las letrinas, en la calle, pero que no vengan a hacer bandera”.
Jorge Perrone, Se dice hombre


Pese a su corta existencia, un total de tres números –que suman no más de dieciocho páginas de gran tamaño– el paso del tiempo sigue suscitando imprecisiones sobre Latitud 34. Cuando el sociólogo católico José Luis De Imaz da cuenta de una serie de publicaciones de la Liga por los derechos del trabajador (1) dice:
“La Liga auspició un proyecto –que no pasó del segundo número– de publicar una revista estrictamente literaria y de pretendido vuelo intelectual y filosófico, ‘Latitud 34’, que combinó esas preocupaciones con un telurismo cultural que, al momento de aparecer, generó un buen revuelo entre las revistas especializadas que circulaban en Buenos Aires. El director, Martínez Astrada, era un sobrino del filósofo, y con él se trenzó en una discusión sin par el padre Menvielle, que suponía tras aquellas páginas el retorno a un Ameghino cultural. Es cierto, el ‘homus pampeanus’ dotado de toda y más calidades aún de las que le asignó Scalabrini Ortiz, y liberado de las taras de Ezequiel Martínez Estrada, campeaba en las páginas de la revista” (2).
Más allá de la valoración, nos interesa detenernos en dos elementos no menores al momento de reconstruir la historia de esta publicación: la cuestión del director y la cantidad de números publicados. El director de los tres números, publicados cada quince días, entre noviembre de 1949 a enero de 1950 fue Jorge Perrone, y no Marcelo López Astrada, quien formaba parte de su consejo editor y es renombrado como Martínez Astrada. Aclarado este error, pasemos al otro, el “del segundo número”. Los números publicados, ya se dijo, fueron tres. El tiempo transcurrido acentúa los equívocos de sus contemporáneos, partícipes o no de la experiencia (3).
Su carácter polémico y su entonación juvenilista, son datos que sirven para entender porqué con una existencia tan efímera esta publicación perdura por encima de otras de mayor continuidad.
Latitud 34 tuvo un antecedente y una coetánea: Nombre, definida como una “hoja de poesía”. Los cuatro números de esta plaqueta, se publicaron entre mayo y diciembre de 1949. Era dirigido por el triunvirato integrado por Fermín Chávez, Marcelo López Astrada y Ramiro Tamayo. Los poemas son de Paulina Ponsowy, Alberto Vanasco, Libertad Demitrópulos, Leónidas Lamborghini, Nicolás Cócaro, Jorge Perrone, Jorge Vocos Lascano, Félix Della Paollera (h), y sus directores. En la portada, Rilke y Antonio Machado. Las ilustraciones eran de Alfredo Bettanín y Edgar Koetz, dos artistas presentes también en Latitud 34. No son los únicos nombres que se reiteran en una y otra experiencia. (4) Desde la poesía, Nombre puede pensarse como una de las piedras de toque que gestó al periódico literario titulado Latitud 34: la despedida de Nombre se hizo con un recital poético en el Teatro de la Comedia. Jorge Perrone y los tres directores de “la hoja de poesía” leyeron poemas propios y de cuatro poetas precursores. (5)


En constelación

“–Mirá, el título es una cosa que al nombrarlo uno dice automáticamente sí. Le das la cana en seguida”.
Jorge Perrone, Se dice hombre


Paralelos y meridianos se entrelazan en el diseño de su logo, bajo un color de fondo que resalta su nombre y distingue cada número. Latitud 34 permite asociar su nombre al de otras publicaciones contemporáneas que tenían –más allá de notorias diferencias– cierta afinidad en lo ideológico y en su concepción de lo cultural. Los ejemplos abundan: la revista Argentina, editada desde las filas del gobierno y destinada a un público masivo y no especializado; Sexto Continente, para los que afirmaban su posición al sur del río Bravo, o Continente donde confluían firmas destacadas junto a exponentes de la pinacoteca nativa. Cerrando el conjunto, Mundo Peronista, apela al universo del ideario justicialista. (6) Pero si en el posicionamiento ideológico hubo cercanía a estas revistas, lo distintivo será su ánimo polémico y su intento, aún bajo el marco de un ideario nacionalista, de cubrir un amplio espectro cultural. Para ser gráficos, el espectro va de Salvador Dalí a Tita Merello, de Paul Cezanne a Carlos Gorostiza, de Vocos Lescano a Juan Ramón Jiménez.
La portada de su primer número se abre con tres títulos: “Papini cree en América”, “34 la latitud de Martín Fierro” y “¿Ha fracasado esta generación?” En la rectificación de los dichos del escritor italiano, como en los otros dos artículos confluye un doble interés: la relación Europa-América y la cuestión generacional. (7) El desinterés, o el desencanto frente a Europa y la idea de lo nuevo asociado al pensamiento nacional, son un modo sumario de resumir las preocupaciones del grupo editor.
En la pregunta que aparece casi como un manifiesto de la revista el interés es otro. El de interrogarse por el éxito o el fracaso de una generación previa que formuló oportunamente ese interrogante. En los años veinte, los jóvenes martinfierristas ponían en continuidad su experiencia con alguno de sus mayores, Lugones por ejemplo, para en el mismo movimiento, tomar distancia de aquella referencia y proclamarse como grupo renovador. Por entonces, la revista peruana Amauta decía iniciar un cambio en la historia cultural del país andino. En la Argentina de 1949, un grupo de jóvenes comienza una publicación con un postulado semejante. Pero no se proponían como renovadores de lo que la generación precedente había hecho mal. Se implicaban en la pregunta: “¿Ha fracasado esta generación?” Quienes la enunciaban tenían en promedio veinticinco años. Entre ellos estaban Jorge Perrone, Enrique Pavón Pereyra, Fermín Chávez, Marcelo López Astrada, Luis Soler Cañas, Vicente Trípoli, Ramiro Tamayo y Juan Sol. Salvo Perrone –que aparece como director–, el resto constituyó el consejo editor de la revista. (8) El supuesto fracaso lo relacionan al lugar de enunciación. Eligen la idea de latitud privilegiando una posición geográfica en relación a la cultura americana. Se trata de encontrar un camino frente a la asimilación acrítica de la producción y las usinas intelectuales del viejo continente. Y ese camino suponía privilegiar lo escrito en esta ciudad: ni snobismos, ni el “manoseado recurso de la peña”. Buscaban como otros grupos juveniles de distintas épocas, un lenguaje propio para problemas artísticos e intelectuales nacionales. Esa es la idea que sintetiza los tres números de este periódico. “Esta generación con deberes y responsabilidades imprescriptibles debe asumir una posición clara y consubstancial con el entorno. El único camino cierto”.
Bajo esa inquietud arranca Latitud 34 y con ese reclamo culminará a través de la palabra de uno de los pocos martinfierristas que salvaban del rescate: “En Europa estornudaban y aquí nos limpiábamos las narices”. (9) Sobre los demás martinfierristas –cabe otra excepción: Brandan Caraffa– efectuarán un descarte tan irónico y desenfadado, como injusto e irreverente.


Un parricidio burlón

“Lo que buscamos con la revista es reflejar la realidad literaria, poética, artística de la Argentina de hoy. Sobre todo la nueva generación. Más que nada, es decir, la nueva generación.”
Jorge Perrone, Se dice hombre


En ese primer número ironizan sobre los festejos, por los veinticinco años que habían transcurrido de la publicación, de la revista Martín Fierro: “Aplaudamos la alegría de los muchachos de antes con Evar Méndez a la cabeza. Son buenos, en el fondo (y en el frente). Algunos usan barbas y otros creen que han sido útiles al país. Nosotros sabemos hasta dónde y hasta no dónde”. Unos párrafos más abajo la ironía se tornará humor negro: “Ahora a bailar muchachos, que es tarde, y pronto va a llamar la parca con su nudillo suave e inevitable”.
A pesar de las reiteradas alusiones críticas a la revista Sur, puede hallarse más de una coincidencia entre ambas publicaciones sobre este tópico. En una de las dos notas que la revista de Victoria Ocampo hace sobre el aniversario de Martín Fierro, se rescatan las producciones individuales de los ex integrantes de la publicación clave de los años veinte, pero se insiste con que la revolución vanguardista no fue lo suficiente profunda. Influyente para la posteridad, la revista habría tenido un espíritu turista: “una mirada exterior y un poco ajena que falsea la realidad”. Murena concluye atenuando su juicio: fueron turistas argentinos, pero de los pocos a los que “se les ocurrió viajar a la Argentina en lugar de hacerlo al extranjero”. (10) Alfredo J. Weiss, dos números antes sugería que Martín Fierro “fue el producto de una habilísima conspiración urdida por dos o tres autores maduros, o viejos, muy talentosos (Lugones entre ellos, o quizás Lugones solo), con el propósito de mostrar a esos muchachos” que el tiempo se detuvo en ellos y “con entera buena fe habrían de seguir creyéndose revolucionarios del arte a la vez que aceptaban celebraciones académicas”. Opiniones maliciosamente sugerentes.
Latitud 34 y Sur coinciden en cuestionar la mitificación de aquella temprana experiencia, que impulsaban sus maduros creadores. La excepción, provocadora, es Borges cuando escribía en Nueva Gaceta que Martín Fierro no había existido. Latitud 34 subía la apuesta al decir que no sabían si alguna influencia los había alcanzado, dado que ellos no habían leído la revista dirigida por Evar Méndez. El objeto de su burla era –obviamente– Martín Fierro; pero la mira parecía estar puesta en Oliverio Girondo (que escribió la memoria del grupo a veinticinco años de su creación): “Invoquen a Don Segundo Sombra y Güiraldes proveerá. Bailen muchachos queridos de antes, que es tarde y quizás haya tiempo para otro viajecito a Europa. Siempre es lindo volver con un libro escrito a orillas del Sena, o del Ebro, o del Tíber. ‘Martín Fierro ha muerto’. ¡Vivan los martinfierristas!”


Contra el existencialismo

“Toda esa literatura retorcida, sucia, que no da salidas, que encima de no crear nada todavía pretende destruir la condición humana, no corre aquí. Se escribe bien, de acuerdo, se escribe bien pero eso no es más que la herramienta.”
Jorge Perrone, Se dice hombre


Los integrantes de Latitud 34 formaron parte de “la generación neohumanista”: (11) aquella que rechazaba las formas –que consideraban– perimidas del pensamiento europeo, el agonismo y el tono desvitalizante que encontraban en el pensamiento del existencialismo francés, a partir de la posguerra.
Es precisamente sobre el existencialismo francés que la revista forjará una trinchera de triple fuego: el análisis, la hostilidad y la burla. Buscaban confrontar con esta corriente filosófica –a la cual sintetizaban en los nombres de Sartre y Camus– que había impregnado a otras publicaciones. En tres notas insisten en refutar el existencialismo literario. En el primer número los fuegos se cruzan: Fermín Chávez esboza sus “Apuntes sobre el existencialismo”, y Enrique Pavón Pereyra ¿le da voz? a Albert Camus. (12) El extranjero será reseñado, en el siguiente número, por Luis Soler Cañas.
Dos décadas después de su artículo, Fermín Chávez admitiría que ellos eran “conscientes, en esa etapa, de que el peronismo tenía falencias en el terreno cultural e intelectual, y frente a toda esa exacerbación del negativismo y del absurdo que predicaba el existencialismo en boga teníamos que oponerle algo, demostrar que esas teorías y esa literatura no tenían valor para nosotros, argentinos de 1950”. (13) En sus “Apuntes…” cuestionaba al existencialismo sartreano por negar la posibilidad de encontrar una salvación a la crisis del hombre. La nota parte de Parménides, pasa por Kierkegaard y se detiene en Heidegger. Tal secuencia se interrumpe y muestra el hartazgo del autor por el sartrismo. Contra lo que considera revisión de las miserias de la humanidad, el artículo afirma la creencia en un mundo nuevo y en la lucha por él. “El mundo se salvará solamente por el heroísmo”. No muy distante de lo que unos meses antes, en abril de 1949, se escuchaba en la apertura del Congreso de Filosofía. Allí Perón sostenía: “Del desastre brota el heroísmo, pero brota también la desesperación, cuando se han perdido dos cosas: la finalidad y la norma. Lo que produce la náusea es el desencanto, y lo que puede devolver al hombre la actitud combativa es la fe en su misión, en lo individual, en lo familiar y en lo colectivo.”
Pavón Pereyra prefiere el desdén como arma. Su humor es de grueso calibre y escasa gracia. Titula: “La Peste de Camus y otras naúseas”. Dice sentir náuseas cada vez que lee a Sartre o temer la peste cuando anuncian la visita de Albert Camus. (14) Su nota transcribe el encuentro que habría tenido con el escritor argelino, a través de la mediación de Ernesto Sabato. En la reseña sobre El extranjero, Soler Cañas enjuicia todo tipo de expresión existencialista, no sólo las novelas, también El malentendido interpretado por Margarita Xirgu. El dedo acusador apunta a la responsable de tamaña felonía: “La señora Victoria Ocampo, con esa entrañable solicitud suya por lo ajeno que rara vez usa para lo nacional, se apresuró a darnos ‘La peste’, y otra editorial acaba de presentar ‘El extranjero’. Creo que en este caso, estamos autorizados y estamos excusados si perdemos un poco de nuestro precioso tiempo en decir lo que opinamos o lo que sentimos acerca del señor Camus”. Si el trabajo de Chávez buscaba adentrarse en los recodos de la filosofía, los otros dos autores se distancian livianamente de Sastre y Camus. Para contextualizar, sus textos estaban más próximos a Sartre: el existencialismo absurdo, de Ismael Quiles, que al libro de Robert Campbell, Jean Paul Sartre o una literatura filosófica. Camus y Sartre aparecen como un todo, una expresión indiferenciada de lo francés, extranjero y desalentador. Y una excepción en la sección “El Mundo, las letras y el hombre”, donde aparece un recuadro: “Lugares comunes” –sucesión de pequeños epigramas, irónicos y críticos, que apuntaban al mundo intelectual. (15) En uno de ellos se lee: “Leyendo a Camus uno empieza a darse cuenta de que Sartre tiene algún talento”.


Versión novelada

“…es la primera novela que describe con verismo el 17 de octubre.”
Ernesto Goldar, “La literatura peronista”


Es curioso, pero Latitud 34 dejó tras de sí dos tipos de registro bien distintos. La propia revista y –no existen muchos casos similares– una novela sobre la experiencia del grupo que la conformó. Escrita por Jorge Perrone, poeta e historiador, Se dice hombre ganó el primer premio de un concurso del Ministerio de Educación de la provincia de Buenos Aires para autores noveles, en el cual se presentaron ciento cincuenta obras para los distintos géneros. El jurado estaba formado por Julio César Avanza, ministro de educación de la provincia, el Director General de Bibliotecas, Miguel Ángel Torres Fernández, y Germán Quiroga, por la Sociedad de Escri¬tores de la provincia. El premio consistió en la edición del libro, que llegó en 1952.
En uno de los análisis sobre la literatura de aquellos años, Goldar sostiene que: “Se dice hombre de Jorge Perrone, será la historia de la revista Latitud 34, que aparece en la década del 50 cum¬pliendo tres números y reflejando la vulnerabilidad ideoló¬gica de los intelectuales peronistas. Las reuniones prepara¬torias más las desordenadas discusiones, objetivan la debili¬dad conceptual, el ajetreo en la búsqueda de una salida que funcione como soporte direccional de la realidad que vivían. Hay un común denominador, larvado, ingenuo. Es el nacio¬nalismo empírico, de tranco corto, lábil, pero obsesionado por arraigarse, sobreponerse y enfrentar a la inteligencia colonizada. Esta novela es un testimonio de buenos propó¬sitos, que vacilan y decaen al no inscribirse en una continuidad global de ideas. Los intelectuales pro peronistas de esta novela son emotivos, charlatanes, inconsecuentes, y si cabe, suburbanos, al no centrar la crítica en la coherencia interna y en una afirmación que golpeara el centro del control oligárquico de la cultura”. (16)
Se dice hombre resulta una novela de tesis. Los vaivenes ideológicos, los debates cotidianos y las ganas de hacer –empantanados en dudas y vacilaciones– asoman por sus páginas. Los personajes son fácilmente identificables. Así Alfredo Bettanín –ilustrador de la revista, y hacedor de los dibujos que ilustran la novela– pasa a ser Nimbetta, Buzeta-Tabuce, Ramiro Tamayo-Matayo, Vicente Trípoli-Politri, o Jorge Román-Manro. Los mayores, cercanos a la experiencia, mantienen sus nombres. Es el caso del personaje llamado Brandán Caraffa, que les insiste a esos jóvenes que deben sacar una revista como fue Martín Fierro “para noticiar esta generación macanuda de ustedes”. (17)
Rodolfo Borello, desde otra perspectiva, considera que la novela es uno de los “poquísimos testimonios narrativos escrito por un nacionalista de apoyo al peronismo”. (18) Reconoce que la narración del 17 de octubre tiene una honda calidad humana y literaria, y una “inmediatez fáctica”. Pero no es lo literario lo que destaca Borello, sino su carácter documental, aunque un párrafo después le atribuye una “visión fascista del poder y de su representante, cargada de irracionalismo político.” Como otros, parece conocer la revista por referencias. Tanto que afirma que la revista se editó entre 1952 y 1953.

Su nacionalismo

“–Hay que hablar en argentino– dijo.
–Pero tampoco es cuestión de encerrarse en un nacionalismo exagerado, reaccionario, desconociendo valores enormes y universales.”
Jorge Perrone, Se dice hombre


De la lectura de Latitud 34 surge una pregunta: ¿en qué tipo de nacionalismo cree el grupo que la hace? No es fácil definirlo. Distintas conclusiones podrían sacarse, de acuerdo al artículo que se destaque por sobre el conjunto de los textos. Por ejemplo, uno firmado por Raúl de Ezeiza Monasterio: “Esta generación”. (19) Especie de catecismo, reza la creencia en “Santa Teresa, en Fray Luis, en San Juan de la Cruz” y abomina “del Reader Digest y de Pablo Neruda”. Critica a Héctor Gagliardi y sostiene que “Los hombres, jóvenes por fuera y por dentro, tenemos la obligación de defender la verdadera cultura: la greco-romano-cristiana. Frente a los peligros que la acechan: el comunismo, la bomba atómica y la coca cola, debemos oponer la trilogía de Dios, Patria y Hogar. Aunque sea a puñetazos y se nos llame autoritarios. Pero hay otro peligro también: el arte moderno, en particular la poesía moderna que no es solamente la deformación de la belleza sino también la subalternización del hombre”. Semejante acto de fe, intimidante por decir poco, exige el cierre en voz alta con un: “Viva Cristo y viva la Patria”.
Sería fácil –e injusto– usarlo como patrón de medida para reseñar toda la revista. En otras notas, en cambio, como las que firma Juan de la Luna se repudia la creencia en un nacionalismo estrecho y localista. “Pero reclamamos para los autores argentinos el interés que se prodiga generosamente a los extranjeros, ni siempre buenos ni excepcionales. Por los menos, que no predomine lo extranjero malo o mediocre sobre lo bueno nuestro. Mas para ello hay que empezar por despojarse de ese abrumador complejo de inferioridad que aún pesa sobre muchísimos argentinos empezando por los propios escritores”. El integrismo católico más rancio y las postulaciones intelectuales anticoloniales conviven en la misma revista. Quizás haya que inclinarse –para contestar la pregunta con que se iniciaba el parágrafo– a pensar en un nacionalismo ecléctico. Y como sostiene Omar Acha, además “de un acendrado nacionalismo los unía el rechazo de una cultura liberal que juzgaban en decadencia”. (20) La impugnación al liberalismo los aúna, pero su nacionalismo no es tan cuidadoso de esa adscripción ideológica como para cerrar filas sin más en su interior. La demostración sería la ríspida discusión sobre la interpretación del Martín Fierro de Hernández, entre López Astrada y la lectura que tiene la revista Presencia, capitaneada por el padre Julio Meinvielle.


Estructura

Latitud 34 también saltó desde el caño. Dibujada, escrita, discutida, dada a luz desde el caño”.
Jorge Perrone, Se dice hombre


El esquema de la revista es similar en sus tres números. Un reportaje que se anuncia en la portada, con la imagen del entrevistado. Una nota sin firma que –como la del primer número sobre el fracaso de la generación– hace las veces de editorial colectivo. En el segundo número será sobre la situación del trabajador intelectual. Allí insisten en la necesidad de un sindicato que unifique la defensa de sus derechos. La mayoría de los artículos se refieren a la literatura, al teatro, al cine, la historia, la plástica. También publican cuentos y poemas. Pocas secciones son fijas, una de ellas es la que se titula “Carta de Martiniano a Raimundo”, o si se prefiere de Mar-celo López Astrada a Rai-ner Astrada, hijo del autor de El mito gaucho. Y otras entrevistas, más cortas. Así, en la portada aparecen Giovanni Papini, Ramón Gómez de la Serna y Raúl Scalabrini Ortiz. En las más breves: Camus, Tita Merello y Pittigrilli.
Papini se ocupa de aclarar una opinión propia sobre lo poco que podía dar América en términos culturales. Había levantada polvareda y originado un debate con Ortega y Gasset, Julio Dantas, y Federico de Onís. Latitud 34 llama la atención sobre los que no se habían pronunciado: “Para dar validez a las aseveraciones de Papini ha existido rara unanimidad en los mutismos”. El autor italiano recibió el impacto de las respuestas y explica que quiso “estimular el esfuerzo creador de la América contemporánea, sin pretender la subestimación o el menoscabo de los productores de su actividad”. (21) Gómez de la Serna habla de distintos escritores y promete una novela de temática local. Un reconocimiento a esta “tierra ubérrima y porvenirista”. El reportaje más extenso está dedicado a Scalabrini Ortiz, el único que refiere a la coyuntura política local. No hay dudas del reconocimiento de la revista hacia el autor de La Manga: “El Escritor que Ayudó a Liberar su Patria”, lo califica un subtítulo.
Allí recorre sus temas preferidos: pasa revista a Keyserling, a Macedonio Fernández, elogia a la multitud, (22) critica a Borges. Scalabrini apela para ello a anécdotas compartidas cuando jóvenes y dice que su ceguera no está en la vista, sino “en sus viseras que utiliza para mirar la vida”. Se refiere a si mismo diciendo que lo han tentado con cargos y prebendas. Esto puede entenderse como una velada crítica al gobierno o cómo un modo de definir una trayectoria intelectual-política sustentada en la idea de renuncia. (23) Pero “he preferido trabajar en la sombra, como la chinche flaca, no abandonar las líneas generales donde se debate mi sed de justicia”.


De los mayores a los jóvenes

“Nosotros tenemos una tarea, hemos trajinado el oficio, palpamos la realidad que nos rodea…”
Jorge Perrone, Se dice hombre


Se ha dicho que Latitud 34 no era esquiva a la polémica. Eso se nota en varias reseñas literarias. Tomemos una como ejemplo, la que Aníbal D’Angelo Rodríguez escribe sobre El Aleph. Borges es acusado de poseer “una incapacidad radical de extraer de su vasta erudición otra cosa que el detalle pedantesco para construir a su alrededor un cuento agudo pero superficial”. La decepción que le produce al autor de la nota cada libro del autor de Ficciones lo lleva a preguntarse si no será Borges “un autor inglés que escribe en castellano”. (24)
En la línea de las polémicas debe inscribirse también un comentario crítico de Manuel Rial al teatro de Carlos Gorostiza. Al número siguiente una extensa respuesta –similar en tamaño a la nota original– de un lector dice compartir la crítica sobre El Puente, pero no las expresiones ni sus modos. La carta en cuestión se convierte así, por su rigor analítico y estilo, en una nueva reseña de la pieza teatral; y el lector –un joven Ismael Viñas– de modo oblicuo, colaborará en la revista.
En relación a la historia, hay un trabajo de Elías Giménez Vega titulado “La historia argentina en crisis” en el tercer número. Este abogado, colaborador también de Histonium, cuestiona cierta concepción del revisionismo histórico y propone pensar “que los hombres se reivindicarán en tanto hayan encarnado el espíritu que en última instancia sea tenido como auténtica expresión nacional”.
En varios artículos aparece el interés por un teatro “auténticamente popular”. Pero uno de ellos es distintivo porque deja ver una faceta no usual en las expresiones nacionalistas. Fermín Chávez comenta el teatro del dramaturgo Abdias Nascimento, gestor del Teatro Experimental Negro en Brasil y una de las máximas voces del movimiento antirracista. Además de elogiar esa experiencia, denuncia el desconocimiento de la cultura latinoamericana y reivindica la literatura de Jorge Amado, Nicomedes Santa Cruz, Lucio Cardoso, Ciro Alegría y Augusto Céspedes.
La revista da cuenta también de las producciones literarias del interior desde la lectura de tres cuentistas jóvenes: Gastón Gori, Diego Oxley y García Carbone. Los comentan y critican a quienes “se alejan de los ‘ismos’ decadentes, escritos con la forma natural con el que el hombre camina, respira y habla”. Brandan Caraffa hace lo propio con otros libros: Tierra de profetas, de Raú Scalabrini Ortiz y Calvario, de Elías Castelnuovo. Es “la novela más hondamente novelística, que jamás haya leído.” El juego de palabras se aclara al concluir con una afirmación contundente: Castelnuovo forma parte, desde esta novela, de los mejores novelistas contemporáneos.
La plástica tiene un especio en tanto ilustración, pero también en tanto opinión. Entre varias notas, se destaca una de Alfredo Bettanín, quien relega un rato sus pinceles para escribir sobre “La angustia de lo nacional en Spilimbergo”. Bettanín sostiene que Spilimbergo es el más grande de los pintores argentinos, a la altura de un Orozco, un Siqueiros, un Rivera; y que la mediocridad de la crítica ha menoscabado el lugar que su pintura merece, sin distinguir a un auténtico artista de quienes no lo son.


Colofón

“La revista afirmó una posición, definió –a los tumbos, mal, tal vez–
el sentir de una generación.
De cualquier modo, ahí quedó la tarea, con la promesa de volver sobre ella
cuando fuera posible.
Y el único lazo que restaba para un trabajo en equipo, quedó roto”.
Jorge Perrone, Se dice hombre


Latitud 34 deja tras de sí un saldo de polémicas y juicios, de búsquedas estéticas y extraños cruces de nombres que transitan por sus páginas. Por su carácter dispar, ecléctico e impulsivo puede decirse que no es una revista que se lea sin sobresaltos. De allí el lugar de frontera que le asignamos. Frontera donde se rozan algunas ideas del pensamiento nacionalista, pero con una apertura para pensar lo masivo y lo popular. Para los pocos que la consideran, se inscribe en la serie de publicaciones peronistas. Uno de sus integrantes dirá que “Latitud 34, dirigida por Jorge Perrone, nació en 1949 para demostrar que se podía hacer una buena revista que respondiese a la línea nacional. Nosotros teníamos que debatir los grandes problemas de la cultura nacional, y no teníamos canales. No teníamos el Gran Ministro de Educación, un José Vasconcelos, por ejemplo, para canalizar orgánicamente las inquietudes. Leíamos algunas revistas y nos daba fastidio que el peronismo no tuviese algo parecido. De ese sentimiento nació Latitud 34, en la que colaboró un grupo por otra parte no homogéneo”. (25) Marcelo López Astrada sostiene –en la actualidad– que “no todos estábamos de acuerdo” con esa orientación, y en el grupo había distintas opiniones con respecto al peronismo en el gobierno. Esas diferencias se zanjaron fuera de sus páginas.
Las opiniones se dividen entre quienes sostienen que la publicación dejó de salir cuando la Liga por los Derechos del Trabajador le quitó financiamiento (26) y los que dicen que el cuarto número quedó “encarcelado” en el taller gráfico de la Penitenciaria Nacional donde se imprimía, (27) por “la mala suerte –penurias económicas propias de aventuras de esa naturaleza–”. (28) Otros se inclinan a pensar que la ruptura se dio por “esa discusión: Si éramos peronistas, o no éramos peronistas”. (29) El autor de Del ánima de Martín Fierro mencionaba después una discusión que se habría dado sobre “un artículo muy encomiástico, como era la tesitura de Pavón Pereyra sobre Eva Perón. Yo en la discusión previa a la publicación me opuse y dije que no contaran más con mis cuentos, si van a definir a la revista como peronista. Que es un movimiento generacional. Yo lo voté al primer Perón, que tenemos que ver si en definitiva estamos de acuerdo con el tema peronista, o mientras sea un tema generacional por la realidad”. (30)
El último número, ya se ha dicho, comenzaba con una entrevista a Scalabrini Ortiz y se cerraba con otra realizada a Pittigrilli. (31) Del autor italiano, residente en la Argentina, suelen mencionarse dos constantes en su obra: la trasgresión y el humor. A comienzos de los años veinte, su novela Cocaína lo puso en el centro del debate entre las acusaciones del diario que dirigía Mussolini y la defensa del Ordine Nuovo, revista fundada por Antonio Gramsci. Hasta acá la trasgresión. En cambio el humor, como se sabe, tiene a veces la capacidad para escindirse de quien lo ejercita hasta tornarse involuntario. Si no, veamos este último párrafo de la entrevista –que será a la vez la última frase la revista-: “Acerca del éxito de los periódicos no cabe hacer profecías, pero auguro a vosotros –si es que mantenéis la línea de la calidad generosa– un porvenir excelente”.
Notas
(1) La Liga por los Derechos del Trabajador fue promovida por el teniente coronel Juan F. Castro, ministro de Transportes, en el intento de ser una especie de “usina ideológica que fuera afinando los contenidos doctrinarios del movimiento iniciado en octubre”. La cita corresponde al testimonio de José Luis de Imaz citado por Elena Piñeiro, en La tradición nacionalista ante el peronismo, Buenos Aires, AZ editora, 1997.
(2) José Luis de Imaz, en su libro de memorias, Promediados los cuarenta, Buenos Aires, Sudamericana, 1977.
(3) Marcelo López Astrada creía recordar –en la generosa entrevista que tuvo con el autor de este texto– que los números de Latitud 34 habían sido cinco. Pero su archivo personal reafirmó que habían sido tres los números editados (Entrevista, 29 de julio de 2011). Un error distinto es el que aparece en una especie de “rayuela personal”, como define Albino Gómez a un libro donde la memoria se hace narración. Cuando menciona las coordenadas donde se ubica Buenos Aires dice: “Hace muchos años hubo hasta una revista de poesía bajo ese nombre”. Si bien se publicaron algunos poemas, no era una revista de poesía, como podrá verse. Cfr. Gómez, Albino, Hechos, ficciones y miradas, Buenos Aires, Turmalina, 2010.
(4) En el Nº 3 de Latitud 34 se menciona la salida de un número de Nombre.
(5) Fue luego de unas palabras iniciales sobre ideología y poesía. Los precursores eran Lugones, Marechal, Ricardo Molinari e Ignacio Anzoátegui. El recital lo auspició el semanario nacionalista Fortaleza.
(6) Si de coordenadas geográficas y títulos se trata, otro será el antecedente: Paralelo 42, dirigida por Ramón Melgar –cercano al gobernador cordobés Amadeo Sabattini–, aludía a Villa María, donde se editaba.
(7) Arturo Cambours Ocampo sostiene que Latitud 34, al igual que Nombre, Ventana de Buenos Aires y Contorno expresan una ruptura generacional. En Letra Viva. Reportajes y notas sobre literatura argentina, Buenos Aires, La Reja, 1969.
(8) Consejo de redacción que se modifica números a número. En el Nº 2 (15 de diciembre de 1949) está integrado por Enrique Pavón Pereyra, Fermín Chávez, Juan Sol, M. López Astrada, Luis Soler Cañas y Ramiro Tamayo, pero en el Nº 3 (3 de enero de 1950) Pavón Pereyra aparece como subdirector y forman el consejo: Soler Cañas, López Astrada, Luis M. Prieto, R. de Ezeiza Monasterio y Vicente Trípoli. Dos constantes: Jorge Perrone como director, y José Manuel Buzeta como colaborador artístico.
(9) “Ni los charlatanes, ni los castrados tuvieron nada que ver en esta creación de la Argentina de hoy”, entrevista a Raúl Scalabrini Ortiz en Latitud 34, N° 3, 3 de enero de 1950.
(10) En su columna “Los penúltimos días”, Sur, N° 183, enero, 1950.
(11) La denominación es tomada del libro de Luis Ricardo Furlan, El movimiento neohumanista, Madrid, Altorrey editorial, 2010.
(12) Apenas antes del cierre del Nº 182 de la revista Sur, de diciembre de 1949, una nota aclaratoria: “A propósito de una presunta entrevista a Camus” dice: “En el número 1 de la revista Latitud 34 aparece un reportaje a Albert Camus, hecho por el señor Enrique Pavón Pereyra, mediante la intervención –según allí se dice– de Ernesto Sabato. Ernesto Sabato nos pide hagamos constar que no conoce al autor del reportaje ni ha estado presente en semejante entrevista y que, por lo tanto, las opiniones que se le atribuyen son totalmente apócrifas.”
(13) Fermín Chávez, en “La Argentina es deformada cuando termina el caudillaje", en Crisis Nº 25, de mayo de 1975. (Entrevista realizada por Jorge B. Rivera).
(14) A comienzos de 1947, Sur publicaría un anticipo de La peste, que poco después editaría como libro. Como obra de teatro El malentendido fue tachada entonces de atea por la censura local. Otras referencias del encuentro entre Camus y Victoria Ocampo, figuran en Victoria Ocampo, de Laura Ayerza de Castilho y Odile Felgine, Barcelona, Circe, 1993. Otra lectura, es la que hizo Eduardo Paz Leston. Allí afirma que la anfitriona del autor de La caída “le organizó en su casa una reunión con 40 intelectuales argentinos.” Cfr. Paz Leston, Eduardo, “Victoria Ocampo y Albert Camus”, en La Gaceta, Tucumán, domingo 5 de septiembre de 2010. Aunque sospechamos conocer la respuesta, cabe la pregunta ¿estaría entre ellos Pavón Pereyra?
(15) La misma la firma Juan de la Luna. Ese seudónimo lo usaba Julián Centeya, aunque presumimos que no era en éste caso. De escritura epigramática, se asemejan a los epitafios de Martín Fierro y a las maledicencias literarias de cuanta revista circulaba. También los había en Contra, la revista que dirigió Raúl González Tuñón, en 1933.
(16) Ernesto Goldar, “La literatura peronista”, en Gonzalo Cárdenas et. al., El peronismo, Buenos Aires, Ediciones Cepe, 1973.
(17) Jorge Perrone, Se dice hombre, Buenos Aires, Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, 1952. Dos datos completan esta nota al pie: un capítulo aparece como anticipo en la revista Cultura Nº 11, de diciembre de 1951. El libro fue distribuido por Losada.
(18) Rodolfo Borello, El peronismo en la narrativa argentina, Ottawa, Dovehouse Editions, 1991.
(19) El mismo título empleaba Vicente Trípoli en su colaboración del Nº 1, 29 de noviembre de 1949.
(20) Cfr. Acha, Omar, Los muchachos peronistas: orígenes olvidados de la Juventud Peronista (1944- 1955), Buenos Aires, Planeta, 2011.
(21) Quien lo entrevista es José Luis Muñoz Azpiri, al que se cita como colaborador de la revista. El autor, en La Europa viva, donde reunió varias entrevistas, hace lo propio con el semanario (sic) Latitud 34, y lo menciona como espacio donde apareció la nota oportunamente. Veáse J.L. Muñoz Azpiri, La Europa viva, Buenos Aires, Fluixá editor, 1954.
(22) “… nada hay más cercano a Dios que el hombre multiplicado por sí mismo en la potencia humana de la muchedumbre; porque ella es la expresión de la tierra y la voz del tiempo que la acuna”, dirá.
(23) Norberto Galasso interpreta que a la revista se le cierran las chances de sacar un cuarto número a partir de declaraciones de Scalabrini Ortiz. Deducción hecha por el lugar incómodo que este escritor tenía entonces y por la lectura de una carta que Scalabrini Ortiz habría enviado a Carlos Quinodoz: “Les anuncié a los muchachos por anticipado lo que iba a pasar. No me creyeron e insistieron en la publicación”. Véase Galasso, Norberto. Vida de Scalabrini Ortiz, Buenos Aires, Ediciones del Mar Dulce, 1970.
(24) Este autor sorprende cada tantas décadas…. Treinta años más tarde la pregunta era cambiada por una tajante afirmación: “Borges no existe”. La humorada, reproducida como cierta en algunos diarios franceses, había tenido origen en la revista Cabildo, en julio de 1981, a partir de la carta de un lector que firmaba como Dan Yellow. El lector decía que Borges había sido inventado por varios escritores –Marechal, Bioy Casares, Mujica Lainez y Wimpi–, y sostenía que era personificado por un actor de reparto. Un par de números después, Aníbal D’Angelo Rodríguez explicaba que la noticia y el firmante de la carta, eran producto de su creación. En 2003, D’Angelo Rodríguez enviaba otra carta, en la que decía haber ayudado en el ingreso –en 1947– de miembros del movimiento nazi belga al país. Véase el artículo “Testigo inesperado”, en http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-23600-2003-08-03.html
(25) Op. cit. Fermín Chávez, en ‘La Argentina es deformada cuando termina el caudillaje".
(26) Eso es lo que afirma José Luis de Imaz y ratifican Elena Piñeiro y Omar Acha, en sus libros.
(27) “Bueno, viejo, era lo único que faltaba. Sacar la revista en la cárcel. Nos somos nada”, dice un personaje de Se dice hombre.
(28) Reafirma Soler Cañas en Lizardo Zia, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1962. El dato se corrobora con la propia revista, el Nº 3 trae un recuadro en el que se agradece “la generosa y desinteresada colaboración económica” de un conjunto de personas mencionadas.
(29) Entrevista con Marcelo López Astrada, op.cit.
(30) Ibídem.
(31) “Europa es ya vieja; la verdad está en América”, se titula la entrevista. En una exquisita nota de Edgardo Cozarinky: “Pitigrilli fuera de foco”, en Página 12, del 14 de marzo de 2004, evoca su lectura infantil de unos recuadros que Pittigrilli firmaba en La Razón vespertina, en el año del Libertador General San Martín. Allí Cozarinsky sitúa a Pittigrilli como a un visitante que cultiva una estudiada y cordial distancia del gobierno. Sin embargo en la Guía Quincenal Nº 63, de abril de 1950, se transcribe una conferencia que el autor italiano dio en la sede de la Confederación de Intelectuales titulada “Como veo a la Argentina”. En ella hacía un elogio de sus máximos dirigentes. Tiempo después la revista Libros de hoy, anunciaba que La razón de mi vida sería editada “próximamente en Roma, en versión italiana, a cargo del periodista y escritor Dino Segre, más conocido por el seudónimo de Pitigrilli, que desde hace algunos años reside en Buenos Aires.” En Libros de hoy. Publicación mensual de información literaria y bibliográfica, Nº 11-12, marzo-abril de 1952.
Autor
Guillermo Korn es docente y ensayista. Publicó Sábato y la moral de los argentinos (en coautoría con María Pia López) y ha sido compilador de El peronismo clásico. Descamisados, gorilas y contreras (Paradiso, 2007). Como también –en este caso junto a Claudio Panella– de los trabajos que componen Ideas y debates para la nueva Argentina. Revistas culturales y políticas del peronismo (1946-1955) (UNLP, 2010). Este ensayo integrará el segundo volumen de ese libro.