Formas de abrir el presente: Babel. Revista de Libros
Mariana Catalin *


1.- La heterogeneidad de Babel

La revista Babel publica 22 números entre abril de 1988 y marzo de 1992. Si hay algo que caracteriza esos 22 números es la heterogeneidad. Multiplicidad de colaboradores, multiplicidad de líneas, posturas divergentes. En este sentido, Babel fue siempre para mí un desafío metodológico. Tal vez todavía lo sea. Pero no por una exigencia académica vacua en función de la tesis doctoral que estaba escribiendo, sino porque realmente se me presentaba como una provocación.Quería decir algo de la revista pero, al mismo tiempo, no quería reducirla al enfrentarme a esa necesidad de decir. Quería encontrar un camino lo suficientemente abarcador que me permitiera tomarla como objeto en su conjunto pero, a la vez, lo suficientemente singular como para no quedarme en la generalidad descriptiva. Una posibilidad para encauzar esta necesidad surgió en una charla sobre la revista con alguien que apenas conocía, en un congreso en el que, en realidad, me estaba aburriendo bastante. La persona en cuestión me dijo algo que ahora puedo reformular de la siguiente manera: “¿A vos realmente te parece que Babel abre la década de los noventa? Yo creo que lo que está haciendo es funcionar como una conclusión de las problemáticas que se plantearon en los ochenta”. Yo no estaba de acuerdo. Aún hoy no lo estoy. Pero en ese momento, no pude articular una respuesta clara que refutara esa opinión. Pero el interrogante siguió dando vuelta y me dio el eje para mi abordaje de Babel: la temporalidad.
¿Cuál es la temporalidad (¿dominante?) que se formula, se discute, se construye en Babel? Obviamente había varios lectores de la revista que se habían planteado ya esta pregunta. Una de las formulaciones más interesantes es creo la de Roxana Patiño (que era la que buscaba refutar mi compañero de congreso): la idea de que Babel, ubicada entre ambas décadas, funcionó como una bisagra entre las mismas. Pero esa manera de formular el problema, al mismo tiempo que abre varios caminos, plantea un inconveniente: insiste en pensar ese carácter de bisagra de alguna manera como manifestación del contexto en la revista. Es decir, la revista es una bisagra, no se “construye” como una bisagra. Así, si se toma un elemento central para definir el presente en ese cambio de década como lo fue el debate modernidad/posmodernidad, Babel es, para Patiño, el lugar donde “es posible verificar cómo ese debate cruzó el campo literario e intelectual argentino de esos años” (1). Yo quería leer esa temporalidad en tensión, que de alguna manera adelantaba esta lectura, pero planteada de forma diferente. Si bien no quería dejar de pensar el carácter de intervención en el campo intelectual argentino que suponía Babel, no quería tampoco leer esa intervención como manifestación de las condiciones del campo. Así, comencé a plantear esa temporalidad como construida, a enfatizar esa construcción, no como algo que el cambio de década presentaba como necesario sino como algo que en diversas líneas de la revista se presentaba como objeto de discusión, lugar de posicionamiento e interrogante.
Veamos el primer editorial de la revista. El mismo se titula “Caballerías” y está firmado por Martín Caparrós y Jorge Dorio:

El 1º de septiembre de 1939 la caballería polaca cargó contra varias divisiones de tanques nazis para cambiar el gesto de la derrota por los oropeles del sacrificio. Se sabe: todo sacrificio es inútil. Se intuye: los rituales son inevitables. Alonso Quijano, George Gordon Byron, Cyrano de Bergerac, Isidoro Tadeo Cruz, Jean-Paul Sartre conforman una piara azarosa entre los vindicadores del gesto cuando ya nada se espera.
Este –dicen– es el peor momento de la industria editorial argentina. Surgiendo de esas aguas, Babel no es un gesto heroico. Ni la vindicación de un delirio, ni una cortesía desesperada, ni la oposición a que se mate así a un valiente. Babel ni siquiera es el rechazo del honor siempre perdido. Babel –dicen– es una revista de libros. En todo caso, en el mejor de los casos, un etéreo gesto baudeléreo contra el puerco splenn (….)
Ahora, Babel intenta seguir siendo una cita. Todos los meses, con todos los libros, todos los autores y todos los continentes del mundo de la lectura. De la caballería queda poco más que literatura. De la literatura, que también –dicen– está desapareciendo, quedará seguramente el regusto de algún gesto. La seña del ciego abre para el truco un juego que sólo puede jugarse con ficciones. Sin cartas, entonces, pero con los ojos bien abiertos, ya Babel (B 1: 3) (2)

Una declaración de intenciones que si bien consta con tan solo unos pocos párrafos puede leerse como inscripta en la lógica del manifiesto. Declaración explícita de principios, intervención en el repertorio vigente, una prescripción en forma de descripción, el generar una convocatoria desde un aquí y un ahora que marcan una urgencia. Todas características del manifiesto. Pero la intervención se realiza desde una manera particular de entender el presente. Justamente desde el fin de aquella época y de aquellos gestos que justificarían la escritura de un texto de esas características. Si como afirma Arthur Danto (3), el modernismo ha sido la “Edad de los Manifiestos”, Jorge Dorio y Martín Caparrós escriben un texto que toma elementos de la lógica del manifiesto para tensionarlos con la afirmación de un final, el final de la literatura, que otros “dicen” que está ocurriendo. Así, se genera ya en el incipit lo que creo marca la temporalidad que Babel va a discutir y al mismo tiempo utilizar centralmente: un entre dos épocas singular que la revista construye como tal y que habilita una serie de tensiones que irán tomando diferentes matices a medida que avancen los números. Dejar de lado la idea de bisagra y pensar en un espacio abierto en la linealidad temporal supone entonces no sólo poner el acento en el carácter de no-natural de esa temporalidad sino también destacar e intentar leer esas tensiones.
En la primera página de Babel, entonces, se cita el manifiesto, pero no en función simplemente de parodiarlo y mostrar su inutilidad, sino como forma de intervención, intervención que sin embargo afirma que ya no puede reclamarse como gesto heroico. Que muestra además un presente en cambio, aunque necesite distanciarse de las definiciones de ese cambio atribuyéndoselas a otros. Que se piensa como una cita, pero que al mismo tiempo que habilita la lógica del pastiche (se citan la Biblia y la Real Academia juntas para desautorizarlas y homogeneizarlas a ambas), la tensiona con el hecho de pensar la “cita” misma también como encuentro. Un encuentro que no es ni superficial ni azaroso, sino que se propone un objetivo específico (dar cuenta de lo que se publica en el mercado editorial argentino) y que parte de la posibilidad de generar una fórmula, para ubicarse ante el final: “La seña del ciego abre para el truco un juego que sólo puede jugarse con ficciones”.
Si bien como afirma Nicolás Bourriaud, las formulaciones del fin son propias de la modernidad y suponen una actitud determinada ante ellas (4), este fin que Babel plantea en el editorial/manifiesto como dicho por “otros” pero reutilizado por el “nosotros”, supone otra lógica. Se tensiona entre la sustitución de un sistema artístico por otro y una teoría de la ruptura que iría más allá y se extendería a otros dominios, sería más profunda y abarcaría períodos de tiempo más extensos. “Caballerías” no solo pone en escena la derrota de la modernidad sino que, en el entre temporal que construye, sigue utilizando formas centrarles de la modernidad para tensionarlas con aquello que propone como ese “nuevo estado de cosas”. Tensión que le irá permitiendo a ciertas líneas de la revista, a medida que transcurran los números, ir encontrando enfoques singulares ante aquello que se formula como problema.
Así, la fórmula para pensar la revista es, hoy, más o menos la siguiente: Babel genera una ubicación entre dos épocas y vuelve esa ubicación un problema y una tensión, generándolo así como su propio presente. No se “copia” un quiebre, sino que se produce el quiebre como la propia temporalidad, se abre un espacio temporal que habilita la formulación de las problemáticas que interesa plantear. Entonces, con respecto al debate modernidad-posmodernidad que introduje antes, no me interesa definir si Babel es posmoderna o si es prueba de que el campo literario e intelectual argentino estaba entrando en su etapa posmoderna. Lo que quiero sostener es que pensar el fin de la modernidad es un elemento central para generar una temporalidad que pueda ubicarla entre dos épocas, temporalidad que es fundamental para el posicionamiento de la revista en dicho campo.
Me gustaría entonces tomar dos ejes para mostrar el funcionamiento de esta temporalidad de entre épocas. Ejes que creo no son sólo ejemplos sino que son centrales para ver la formulación de la misma y cómo funcionan en su concepción categorías tan centrales y complejas como modernidad y posmodernidad. En primer lugar, la temporalidad que generan los artículos de un colaborador central de la revista: Nicolás Casullo. Analizar los artículos de Casullo me va a permitir, además, un abordaje de los “Dossier”, sección en donde la tensión entre la posibilidad de hablar de una revista y la heterogeneidad que impediría abordar el objeto como tal se pone en primer plano debido a la multiplicidad de colaboradores. En segundo lugar, la polémica que se genera en torno a la reedición de Novelas y cuentos de Osvaldo Lamborghini, como un modo de mostrar cómo funciona esta tensión temporal aún en aquellas ocasiones en que no se explicita como temporalidad construida.

2.- La explicitación de la temporalidad: Nicolás Casullo en Babel
El discurso sobre la posmodernidad es, entonces, uno de los ejes que la revista utiliza para construir las tensiones de lo que quiere presentar como su propio presente. Un uso que no supone un falseamiento sino una necesidad de intervención que apela a estos discursos para dar forma al presente. En este contexto, los dossiers se constituyen como el lugar desde donde se articula una discusión explícita y planteada como tal sobre el presente (fundamentalmente el presente de las ciencias sociales y del contexto histórico cultural) que supone una utilización del término y su discusión. Nicolás Casullo coordina tres dossiers, publica 5 notas y 4 reseñas y es a través de sus colaboraciones que la discusión sobre el posible final de la modernidad se vuelve central y explícita. Pero, además, pensar la figura de Casullo en Babel tiene otra finalidad: volver más evidente aún, apelando implícitamente a la trayectoria del autor, que la reflexión sobre el presente desde una perspectiva del final no equivale a afirmar la superficialidad, la liviandad o el agotamiento de cualquier posición ética o política.
En los artículos de Casullo, entonces, se percibe y construye el cambio a partir del discurso de los fines, construcción que, al mismo tiempo que destaca el artificio que podrían suponer los discursos sobre lo posmoderno, plantea la necesidad de dar cuenta de (y en ciertos momentos, en una actitud más activa, de producir) una ruptura. Esta actitud se condensa en la reseña que realiza en el n. 5 a fines de 1989 sobre ¿Posmodernidad?

Que la posmodernidad sea una fiera condición del mundo, o el derivado de una fábula estética neoyorquina, posiblemente resulta lo menos importante. Invento, realidad, mortificación para aquel que prefiere seguir hasta el cuello en la modernidad europea de libertad, igualdad y cambio antes que en la posmodernidad europea de fragmentación y sujeto débil, lo interesante de este término esquivo y ladinamente “importado” es que apareció para discutir un problema bastante no visible como problema: el de la modernidad, el de los valores, cosmovisiones y sacrosantas verdades de un sujeto moderno que -podría decirse- ya hartó con la seguridad de sus historias y sicosis llevadas a la política, a la ideología, a la ciencia.
En todo caso, si algo tiene de interesante el episodio posmodern (así suena más ajeno) es que sirve (para el que tiene ganas) de iluminador de una cultura, en cuanto qué tal cultura hace años que no dice nada nuevo en ninguna parte, instituto cátedra o mesa redonda (B 5: 41)


Lo que interesa es la manera explícita con que Casullo retoma lo provocativo que resulta el derrumbe del “mundo todo” implicado en el relato de lo posmoderno y el intento de diseñar una metodología para poder articularlo de manera que no se vuelva “epíteto imbécil o ignorancia actuada”: lo posmoderno no puede ser solo un objeto de divulgación, y para no ser eso debe pasar a ser “los límites del mundo en lo que digo” (B 5: 41). Es a partir de esta actitud que se retoma lo posmoderno como relato y que es necesario pensar los tópicos que, de hecho, se discuten: en esta reseña, la posibilidad de pensar a lo posmoderno como plenitud de lo moderno en tanto posibilidad de imaginarse los silencios de la modernidad y el lugar de la periferia en esa reflexión.
En este sentido, si hay a algo a lo que incitan como tarea pendiente los artículos de Casullo es a volver los ojos sobre los principales hitos de lo moderno. Es lo que se dice que hay que hacer y lo que se intenta hacer: plantear las políticas de esa revisión y buscar una formulación de las mismas. Si bien la memoria ocupa un lugar fundamental en la agenda intelectual argentina luego de la finalización de la dictadura, la revisión que se plantea en los artículos de Casullo y que encuentra una formulación singular en los dossiers que él coordina, no es la del pasado argentino inmediato. En el artículo con el que orienta el dossier que compila en torno “al 68” (B 2), se plantean dos problemas que permiten especificar la manera en que se pone en el centro el tópico de la revisión (dos problemas que no se planteaban como tales en el editorial de 1983 de Punto de Vista): en primer lugar, la pregunta, por cómo articular el estudio de los grandes mitos con la historia singular, nacional; segundo, la tensión entre las verdaderas revisiones y las revisiones vueltas un tópico del mercado. En ambos casos, el discurso sobre lo posmoderno es el que habilita las interrogaciones: ya sea porque es desde ahí desde donde se puede plantear la necesidad de revisar la relación entre “la historia y el mito” o bien porque permite replantear la utilización de la ruina y la melancolía como producto de mercado, replanteo que no es un simple rechazo sino la detección de un mecanismo y la formulación de alternativas. Si una de las tendencias del presente es la evocación, “tonalidad rememorante del mercado”, es necesario crear una forma de herencia que se separe de la conversión del pasado en dato pero que al mismo tiempo aproveche las posibilidades del presente mediante el conocimiento de las tensiones que supuso la modernidad y el fin de los grandes relatos. Memoria, un tópico que queda en general ligado a las discusiones intelectuales que habrían caracterizado el retorno a la democracia, pero cruzado no sólo por una ampliación de lo que es necesario recordar, sino también por un tópico que luego se volverá central: el mercado.
Si bien, en general se pensó y se creyó que los discursos sobre lo posmoderno suponían una necesaria puesta en énfasis sobre el espacio, dejando de lado la perspectiva temporal, Andreas Huyssen afirma que esto fue un error que impidió ver la verdadera complejidad de la dimensión temporal que planteaba el fenómeno. Al señalar este error, Huyssen abre la posibilidad de cruzar memoria y globalización (5). Por lo tanto, el énfasis en la dimensión temporal del fenómeno en la lectura de Casullo no necesariamente tiene que leerse como algo que continúa en el registro de la discusión de los ochenta (y acá estoy pensando en la reconvención que me hizo la persona con la que charlé en aquel congreso en el que me aburría). Es necesario ver, en cambio, qué perspectivas habilita la reflexión sobre el discurso sobre los fines y la formulación de la propia temporalidad como un lugar de tensión. Esta revisión, entonces, no debe leerse en términos de hacer justicia, no está regida por fines políticos-sociales ni por imperativos morales. No al menos por los que rigieron el campo intelectual a comienzo de los ochenta: el imperativo no está colocado en la reconstrucción del pasado reciente sino en las relaciones entre fines, memoria, mercado y nuevas formulaciones de la relación entre estas categorías. Para Andreas Huyssen, uno de los ejes centrales en la discusión sobre la memoria a comienzos del siglo XXI (“Cuando las promesas de la modernidad yacen en pedazos como ruinas, cuando nos referimos tanto literal como metafóricamente a las ruinas de la modernidad” (6)) es justamente la tensión entre escombros estetizados y ruinas. El riesgo es que el “boom de la memoria” se constituya en un “boom del olvido”, por lo que uno de los problemas centrales son esas “memorias comercializadas de manera masiva”.
En el caso argentino, si en 1987, en un libro central como Ficción y política. La narrativa argentina durante el proceso militar, Beatriz Sarlo se centraba en el problema del olvido pero cifrado en la dificultad de reconstrucción y en el papel de la literatura en ese espacio en tanto discurso privilegiado, ya en el primer apartado de Tiempo pasado, los problemas son otros: la relación entre historia y memoria, la tensión entre la propuesta de presente de la posmodernidad y la evidente simultaneidad de la “manía preservacionista” y la “autoarquelogización” y la necesidad de distinción entre la historia académica y “la historia masiva de impacto público”. En este contexto, en la perspectiva de Casullo, en estos artículos de Babel, se tensionan justamente todas estas temporalidades, a partir del particular entre-lugar que abre el discurso de los fines, que permite elaborar puntos de vista singulares para el problema de la herencia y de revisión.
Así, la revisión de los fines, de otros fines de lo moderno, es la manera de entender este fin: así, al mismo tiempo que se estudian otros momentos que se han planteado como fin o que desde la lógica actual los artículos formulan como fines, se busca señalar y se intenta construir la singularidad de la ruptura. Si esto puede observarse entonces en la manera en que se plantea el lugar de la memoria en el mercado, también es retomado en el comienzo del ensayo de Casullo sobre Walter Benjamin (“Pensar una época de agonía”) en el número 4 (septiembre de 1988). Allí, si en el inicio se plantea la pregunta por la forma en que este presente nos permitiría escuchar el mensaje que se desintegró en otro final, marcando así que la desintegración no es exclusiva del hoy, a renglón seguido se propone la singularidad de la época: “Nuestro presente, aún el sureño planetario, es un dibujo de trazos frágiles, a diferencia quizás de un pasado donde sonaban menos a hueco las paredes interpeladas como humus de la historia” (B 4: 24).
Y la tensión entre los finales y el final vuelve a retomarse en torno al concepto de revolución en el dossier del número 12, “¿La revolución ya no es lo que era?”. El artículo de Casullo, “La figura detrás del mito”, comienza nuevamente con la explicitación del propio “tiempo cultural” como enigma, justamente a partir de la singular tensión con los conceptos que fueron centrales en la modernidad, como el de Revolución (con mayúsculas): “La Revolución, pasado a construir, nos propone –como enigma– la cuestión del tiempo cultural en que vivimos” (B 12: 22). Se está en el momento del pasaje “del mito de la Revolución a la revolución como Mito” y es justamente desde esa tensión, si se la formula como tal, si tenemos en cuenta la prevención metodológica que planteábamos al comienzo (que el discurso sobre el cambio pase a ser “los límites del mundo en lo que digo” (B 5: 41)), desde donde se deben pensar los problemas que hoy se habilitan.
Entonces, si seguimos el eje que constituyen las lecturas de Nicolás Casullo, la temporalidad del presente, la manera de plantear la ruptura, no es apocalíptica, en la medida en que ya se sabe que ha habido otros fines, sino la de la lucidez de las revisiones, que piensa que este fin puede ir más allá y ser diferente de todos los otros. “Hoy” para Casullo, y en muchos otros momentos y artículos de la revista, es el punto donde se puede ver claramente cómo se ha venido quebrando la modernidad hasta llegar al estado actual donde nada parece quedar en pie. Hay sin embargo una pregunta que no se llega a formular de manera explícita y generalizada: ¿cuál es la función del arte en esta época de lucidez? Porque, extendiendo sus razonamientos, si el arte ya no puede ser la línea desfasada de lo moderno, en la medida en que dejaría de ser necesario impugnar algo que ya no es dominante ¿qué lugar le queda? Una pregunta que no se formula entonces explícitamente pero que sí queda habilitada desde la temporalidad en tensión que se construye.
Y, sin duda, es ésta la temporalidad y la manera de pensar el problema que subyace al tercer editorial/manifiesto de la revista publicado en el número 16 (abril de 1990), que en general suele omitirse de la discusión crítica. Reproduzco los dos primeros párrafos completos, porque permiten dar cuenta de la articulación entre el punto de vista singular de Casullo y un tono más impersonal y beligerante en otros espacios de la revista:

En la Argentina que algunos creyeron permanente, el derrumbe se ha convertido en un lugar común, la confusión de las lenguas en la palabra autorizada. Babel, por una vez, no intenta convertirse en excepción, para no confirmar las reglas de un juego de villanos. Por eso Babel se derrumba como el resto, con tozudez, con empecinamiento, como quien se duele y se deleita en el espectáculo de su propia destrucción.
Babel en su lenta caída, no quiere dejar de ser relato de una desaparición estirada del tiempo, arrastrada, incapaz del destello del apocalipsis. Ni con un estallido ni con un susurro: con la parca potencia de una palabra que habla de impotencias, Babel —o quienes la hacemos– acepta de su destino sudamericano la imposibilidad de aceptarlo, lo indigno de cualquier aceptación (B 16: 3)


Dolor y deleite, posibilidad de un relato del fin pero sin el brillo de la catástrofe, la posibilidad del margen latinoamericano pero la imposibilidad de aceptarlo como tal (¿en tanto se ha vuelto ya un lugar común?). Y una fórmula: “la parca potencia de la palabra que habla de impotencias”. Una fórmula problemática: ¿implica solo la afirmación de la autorreflexividad y la autorreferencia o del énfasis en el procedimiento? ¿O a través de los planteamientos más amplios que habilita el discurso sobre los fines se abren otras problemáticas y se habilitan tensiones diferentes? Las dos cosas, en tensión.

3.- ¿Qué hacer con la vanguardia?
La definición explícita, en los artículos de Nicolás Casullo y en los editoriales/manifiestos, del posicionamiento estratégico del “ente épocas” a partir de la discusión sobre los fines de lo moderno, es necesaria para poder pensar cómo esta temporalidad en tensión funciona como estrategia cuando los problemas no se explicitan en esos términos. Porque si esto pervive en ciertas líneas de las discusiones sobre literatura, pervive como estrategia de la tensión: retomar ciertos términos que desde ciertos discursos sobre el presente (por ejemplo, el de la posmodernidad) podrían pensarse como caducos y tensionarlos entre ambas temporalidades.
Hay dos problemas centrales y que implican una temporalidad diferente que parece ser necesario “solucionar” en Babel: el problema del realismo y el problema de la vanguardia, ambos intensamente relacionados. El problema de la vanguardia se especifica en la discusión en torno a los modos y posibilidades de apropiación de lo que se va constituyendo a lo largo de estas discusiones como un legado: Literal y los escritores que confluyeron en la revista. Y si utilizo el término “vanguardia” es porque a partir de las problemáticas que encierra ese término es que parece discutirse el problema. Es decir, una revista como Babel, que sin duda no puede pensarse como estrictamente vanguardista pero que sí intenta ocupar una posición de vanguardia en tanto articulación de lo “nuevo” en el campo literario, retoma a figuras de la vanguardia de los ‘70 para generarse un lugar en el mismo. Pero las retoma en el contexto armado por la propia revista de una intensa discusión sobre el fin de la modernidad, en un contexto en que para hablar de lo “nuevo” y de “posiciones vanguardista” puede sonar arcaico. El lugar del debate es entre ambos tiempos y el término permite discutir tanto la relación de ciertos articulistas con la vanguardia como con el mercado de bienes culturales.
Puede constituirse a lo largo de la revista, entonces, una serie interesante de usos de la problemática de la vanguardia para intervenir en el presente. La misma debería incluir artículos como el de Daniel Guebel sobre Héctor Libertella (“En obra” en el n. 17) o el de Charlie Feiling sobre Osvaldo Soriano (“El culto de San Cayetano” en el n. 22) y también ciertas bajadas, como la del número 5, en donde se presenta un texto de Néstor Perlongher sobre Manuel Puig. Sin embargo, es en la polémica en torno a la publicación de Novelas y cuentos de Osvaldo Lamborghini en donde mejor se puede observar cómo funciona la generación del entre épocas como modo de constituir y abordar el problema. La reedición es reseñada en el número 9 por Luis Chitarroni (“Tipos de guerras”) y Alan Pauls (“Lengua: ¡sonaste!”); en el número siguiente se publica un artículo de Sergio Chejfec en respuesta a estas lecturas, “De la inasible catadura de Osvaldo Lamborghini”, el que es seguido en el número 11 por un artículo de Milita Molina, “La historia ausente”. En estos artículos se discuten y confrontan posiciones y definiciones de valores necesariamente asociadas a ellas.
La lecturas de Pauls y Chitarroni comienzan con un temor en común (y que no se explicita en otras lecturas introducidas en “El libro del mes”): que esta reedición de Lamborghini implique su canonización y por lo tanto la pérdida del poder de su literatura, y que esa canonización desemboque en el culto a su figura, más allá de su literatura. El temor explicita el eje de discusión de las intervenciones posteriores de Sergio Chejfec y de Milita Molina: cómo apropiarse de Lamborghini introduce el problema de la apropiación de una escritura vanguardista y el temor de que esa apropiación posibilite su cooptación por la academia o el mercado, es decir, la institucionalización. La pregunta entonces se extiende más allá de la figura del autor: al lado de la legitimidad de la apropiación, de la discusión específica que produce la figura de Lamborghini, se piensa en qué hacer con una escritura vanguardista.
Al hablar de los modos de Babel de construir genealogías, Roxana Patiño sostiene que los mismos se caracterizan por una isocronía que permite que los más diversos autores convivan en la simultaneidad de las páginas, lo que supone un despojamiento de la historicidad y del valor del arte en el sentido moderno (7). Y, en efecto, éste es uno de los modos del armado de la tradición de la revista. Sin embargo, la escritura de Lamborghini, lo vanguardista o el intento de mantener aquello que se supone alcanzando toda la fuerza de la transgresión (con diferentes definiciones, pero en todos lejos de la bravata o del divertimento) hace que los artículos expliciten un problema que no sería tal en esa isocronía: qué sucede cuando se comienza a apropiar una literatura que pugna contra esa apropiación (un problema específicamente moderno). Se genera así la tensión como modo de resolver el problema y en la generación de esa tensión se crea el entre dos épocas como posicionamiento y viceversa, ya que la evaluación de los modos legítimos de apropiación se plantea justamente en una revista que propone en muchos lugares que eso, en el contexto propio, que algunos definen como posmoderno, ya no es un problema. ¿Hay una ética que deba regir la apropiación?
Esta tensión es la que tiene que funcionar en la lectura de los movimientos singulares que cada uno de los polemistas proponen. Y es en función de la formulación de estas tensiones que la intervención de Pauls se vuelve interesante. Si Chitarroni piensa la literatura de Lamborghini en términos de estilos, y la restringe a la dimensión literaria situando el hallazgo lamborghiniano en la frase, que se realiza entre la síntesis poética y el programa narrativo, Pauls enfatiza, en cambio, el problema de la lengua. Esto modifica la perspectiva ya que implica pensar cómo la lengua opera sobre los cuerpos y cómo y dónde se convierte en “aparato de estado” y pensar cómo la literatura actúa en y contra esa declinación y ese aparato. Novelas y cuentos es el “despliegue encarnizado de un programa” y ese es el modo de leerlo para Pauls: poniendo el énfasis en la interpelación de la lengua. Para la descripción de esa lengua, se vuelve sobre una consigna de Sebregondi retrocede: “Siempre estará la necesidad necesaria de un acto por cada palabra”. Se retoma el “decir-hacer” de la literatura de Lamborghini, y se conjuga con una lectura deleuziana: esa, nos dice Pauls, es la fórmula del acontecimiento. Entonces: “un trabajo de la lengua como máquina de actos, de veredictos y de condenas”; la violencia “(se pega a un niño)” como “la declinación de los casos de una lengua sobre un cuerpo (humano o social)” (B 9: 5). Y es en este marco (el de la afirmación de que el rescate de la palabra de Lamborghini tiene que ir acompañado de un rescate, si bien procesado por la teoría literaria, de lo político de la palabra de Lamborghini) en que Pauls realiza la genealogía y la realiza en dos ejes. Hacia atrás, mediante escritores: Lamborghini junto con Puig (algo directamente funcional a sus intereses de crítico) y también Kafka, Ascasubi, Gombrowicz y Borges. Hacia adelante el movimiento es otro, se elige la música, las letras del indio Solari y de Sumo. Lamborghini no en la literatura, entonces, sino en sus fronteras.
Pero para comprender esta manera de formular el límite es necesario ir hacia atrás. En el primer artículo que publicaba en el número 1 de la revista, retomando casi los términos en que funcionaba el editorial/manifiesto, Pauls planteaba, al hablar de Milan Kundera, el contexto en que debían discutirse las formas de actualidad:

Que un escritor contemporáneo (¿y quién más contemporáneo que Kundera?) escriba y publique sus reflexiones acerca de la novela, ¿no es acaso un gesto levemente arcaico, una ambición que viene a sumarse, contestándola, a la larga serie de certificados de defunción con que la literatura ha tratado de despachar el género novelesco al otro mundo? Dicho de otro modo: ¿cuál es la actualidad de estas siete meditaciones sobre la novela que Milan Kundera ha publicado bajo un título que haría las delicias de otro siglo? (B 1: 5)

La recuperación de Lamborghini, en la tensión que implica recuperarlo en el contexto de la revista y de los otros artículos, tensión que el texto asume como productiva, le permite a Pauls plantear, saliéndose de cualquier calificación posmoderna y reformulando eso que quedaba implícito en su primer artículo como contexto (las formulaciones del fin de la novela), los límites de la literatura. Repensar la relación política y literatura, desde un lugar que no puede ser el de la literatura de los setenta (no puede ser el del realismo didactista rechazado pero tampoco estrictamente el de Literal) y plantear, además, un problema tal vez levemente arcaico y propio de la vanguardia (el de su apropiación), lleva a formular los límites en otros términos. Si se piensa desde la política de la lengua, la literatura-límite puede continuarse en las letras de las canciones y puede aparecer en el mismo artículo entre comillas: “Ese atajo, esas voces, esas fuerza y esas regiones serán esquivas, supongamos, si se las busca en el interior de lo que se sigue leyendo, hoy como «literatura»” (B 9: 5). Incluso, se puede encontrar en ella una manera de reformular la idea de fin: si se lee desde Ludmer, la literatura de Lamborghini “parece tocar un fundamento de la literatura, lo que la hace posible y lo que augura su desaparición” (B 9: 5)
Las respuestas de Chejfec y de Molina contribuyen a hacer visible los términos en que se está planteando la discusión, la singularizan en lo que se ha pensado como el armado de la genealogía. Chejfec rechaza la valoración positiva de Lamborghini pero es el que explícitamente presenta el problema como un problema de apropiación y, específicamente, un problema de apropiación de vanguardia: “El fenómeno O. Lamborghini exhibe aristas sumamente particulares, aunque posee la desventaja de construirse a partir de mecanismos conocidos: no otro es el recorrido que generalmente transitan los denominados artistas de vanguardia” (B 10: 21). Y es fundamental que Chejfec explicite el “nuevo” contexto en el que se plantea este problema al intentar pensar la relación entre obra (literatura) y vida de escritor: un contexto que rechaza el “compromiso moral” al que estaría expuesto el escritor. La intervención de Molina se refiere en algún punto a las reseñas de Pauls y Chitarroni pero se centra en desestimar el artículo de Chejfec. Su lectura tiende a rescatar los rasgos vanguardistas de Lamborghini (y los alcances “políticos” de la palabra en su obra), aquellos que impedirían la cooptación. Así, Lamborghini no parodiaba, subrayaba: este subrayado hacía su obra solo repetible no legible. Esa negación a la legibilidad, por su parte, hace que sea imposible pensar que el aforismo lamborghiniano “Primero publicar después escribir” pueda ser subsumido, como lo hace Chejfec, a términos comunicativos. Y, finalmente, el golpe fuerte y significativo: lo transgresor en Lamborghini no es lo pornográfico, algo que destacaba Pauls, porque Lamborghini no confunde, como de hecho sí lo hacen los “actuales”, Ley con códigos o normas. Para Milita Molina, la lectura “actual” (ese “actual” aparece en cursiva dos veces en el texto) es la que está cadaverizando a Lamborghini, al leerlo se infiere justamente de las cursivas en función de poéticas y problemas “actuales” que lo anulan.
La manera de lidiar con la actualidad del presente para escapar a la cadaverización pero también a la repetición de posiciones es, entonces, la tensión: un problema de vanguardia retomado en un contexto presentado como posvanguardista, y discutido en esa tensión temporal, que se plantea como tal. Discusión que en el caso de Pauls pone la “literatura” entre comillas y la abre a sus fronteras. Podríamos decir, que la lleva de manera singular hacia un límite que no supone una negatividad si no un abrirse hacia otros ámbitos. Apertura que, sin embargo, escapa enfáticamente de la homogeneización.

Retomo acá, entonces, la advertencia de mi compañero de congreso. No sé, entonces, si efectivamente Babel cierra los ochenta. Tampoco sé si funciona como bisagra. Si me obligan a pensar en esos términos, sí sé que la tensión entre épocas como temporalidad construida abrió caminos, tanto para poéticas individuales como para instalar problemas en el campo literario. Sé, por ejemplo, que cuando hoy, en el 2012, se discuten nuevos fines (¿qué otra cosa es la discusión sobre la posautonomía que una nueva formulación del final de la literatura?) se olvida frecuentemente la manera de platear el problema de Babel. Pero lo que más me interesa saca a Babel de la opción contextual, para crearla como horizonte. Una definición de presente que al mismo tiempo que se hacía cargo de los más actual, no se cadaverizaba en la actualidad: tomar un elemento del pasado, restituir una problemática que se piensa como caduca en el contexto, tensionarla con elementos de ese nuevo contexto, para responder tanto a las definiciones caducas del pasado como a aquellas que se han formulado del presente que vendrá y con las que no se termina de acordar (colocando lo que se supone que seguiría al fin de la modernidad en un futuro, por más que en cierta medida lo que se lee diga que ese futuro ya ha llegado, y ahí, entre esos dos lugares, construir la opción ante el final). Horizonte entonces que ahora, antes que requerirme estrategias metodológicas para abordarlo, me otorga modos de actuar ante otras formas de plantear el final, ante otras formulaciones de teorías de la ruptura con la modernidad. De última, ya lo decía Casullo: para salir del “epíteto imbécil o ignorancia actuada” hay que afirmar “los límites del mundo en lo que digo”.
Notas
(1) Patiño, Roxana. “Intelectuales, literatura y política: reformas de la tradición en las revistas culturales argentinas de los noventa”. AAVV. Umbrales y catástrofes: literatura argentina de los 90. Epoké ediciones, Córdoba, 2003, p. 29.
(2) La citas de la revista Babel se realizarán comenzando con una “B” mayúscula, consignando, luego, el número de ejemplar y, finalmente, después de los dos puntos, el número de página de la que se la extrae.
(3) Danto, Arthur. Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia. Buenos Aires, Paidós, 1999.
(4) Bourriaud, Nicolás. Formas de vida. Murcia, Cendeac, 1999.
(5) Huyseen, Andreas. En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempos de globalización. Buenos Ares, Fondo de Cultura Económica, 2007.
(6) Huyseen, Andreas (2010). Modernismo después de la posmodernidad. Buenos Aires, Gedisa, p. 48.
(7) Patiño, Roxana. Op. Cit.
Autora
Mariana Catalin es Doctora en Letras por la Universidad Nacional de Rosario con la tesis “Nuevas experimentaciones en la narrativa argentina contemporánea: las poéticas de Sergio Bizzio y Sergio Chejfec, después de Babel”. Trabaja en la cátedra de Literatura Argentina I de dicha Universidad, como Jefe de Trabajos Prácticos. Actualmente lleva a cabo una investigación posdoctoral, financiada por una beca del CONICET, sobre las figuraciones del final y de los límites de la literatura en la narrativa y en la ensayística argentina actual.