Todo pasado fue y volvió.
Las reversibilidades del pop y sus retornos atemporales.
Silvana Santucci *


Retromanía, de Simon Reynolds / Trad Teresa Arijón
(Caja Negra, 2012)



Desde que Retromanía, el último libro de Simon Reynolds, apareció en Inglaterra (2011) y este año en Argentina (2012) el caudal de textos circulantes en Internet sobre el mismo se duplicó en formar abismal llegando, en la escena local, a publicitarse y comentarse en los diarios y revistas más importantes, tanto masivos como musicales (La Nación, Inrockuptibles, Rolling Stones, Clarín, Radar, etc.). A toda la información que circula es poco lo que se puede agregar, pero tanta difusión proliferada sobre un libro que analiza la escena “pop” de los últimos años (2000-2010) permite pensar con sospecha. La naturalidad y celebración con que fue recibido termina por mostrar que a un texto como este se lo estaba esperando, quizás, con necesidad.
Probablemente, resulte mucho más natural de lo que parece asumir que el pop merecía un análisis serio, que atienda a los alcances y límites que el estilo impone a la cultura actual de consumo y a sus principales productos globalizados como Madonna. Sin embargo, lo que interesa y se destaca del estudio de Reynolds (que en varios momentos propone largas páginas de comentarios y anécdotas) es la perspectiva acotada en torno la relación que la música del 2000 traza consigo misma y con su historia. Revisa cómo el diálogo de la última movida del pop con su propio pasado ya no detenta la novedad y parece ir contra su esencia. Ya no exalta “el estar aquí y ahora”, el “romper las cadenas del pasado” o “vivir como si mañana no existiera” (el pop para divertirse sintetizado por el personaje de Diego Capusotto,) sino que se funde en una profunda exaltación, una adicción, va a definir Reynolds, en torno a lo “retro”, a lo que ya fue.

En vez de ser un umbral hacia el futuro, los primeros diez años del siglo XXI resultaron ser una década “re”. Los 2000 estuvieron dominados por el prefijo re: revival, remakes, reescenificaciones. Retrospección interminable. Cada año traía una nueva racha de universitarios con su superabundancia de biografías, memorias, rockumentales, biopics y números conmemorativos de revistas (...). Si sólo se tratara del regreso de la vieja música y de los viejos músicos en forma de archivo o como artistas reanimados. Pero los 2000 fueron también la década del reciclado rampante: géneros del pasado revividos y renovados, material sonoro vintage reprocesado y recombinado. Con demasiada frecuencia podía detectarse en las nuevas bandas de jóvenes, bajo la piel tirante y las mejillas rosadas, la carne gris y floja de las viejas ideas.

Esta pasión contemporánea por la actualización o presentificación de lo pasado, instala dos discusiones básicas y generales del campo de los estudios de la cultura y de las teorías interesadas por la modernidad: la noción de temporalidad y las nuevas configuraciones subjetivas que hacen base en la primera. Para Reynolds en esta última década todos nos volvimos un poco coleccionistas y curadores del pop (de sus CDS, fotos, singles, vestimentas, entre otros) en la medida en que organizamos nuestras propias listas de reproducción o cuidamos la presentación de videos, por ejemplo, para una fiesta. Pareciera que en la nueva temporalidad retro, organizada por el pop contemporáneo y también por el territorio hipster (1), lo nuevo y original ha perdido valor y los riesgos que esta actitud comporta están cifrados en el futuro. Los productos pops originales de la actualidad, se pregunta: ¿podrían soportar un revivalismo?
Además, no es menos destacable que el baúl de lo retro al que se le lanzó mano estos años fue también un gran cofre de oro para el mercado. Las ventas de objetos vintage, las re-ediciones limitadas, VH1 classic, así como la re-unión de bandas que volvieron para dar giras mundiales y aumentar sus cuentas bancarias, entre otras, fueron siempre records de ventas, a excepción de algunas remakes televisivas como Beverly Hills 90210.
Sin embargo, es la perspectiva teórica con la que Reynolds aborda su análisis musical quizás el aspecto más interesante, prolijo y que pone en valor todo su trabajo. Por ejemplo, revisa en combinación la industria y el mercado pero sienta su base interpretativa en las propuestas estéticas que desde estos espacios se producen sin caer en la descripción facilista ni en la asociación atolondrada de ritmos, estilos y letras. La perspectiva sociológica se restringe y deja de configurarse como la única explicación posible de la búsqueda estética y no al revés, tal como pasa, en el caso argentino por ejemplo, con buena parte de las lecturas y los intentos de explicación del Rock Chabón. El texto integra los más variados aportes teóricos vinculados de modos inusitados a la teoría de la modernidad. Por ejemplo, reflexiona sobre el afán coleccionista y la construcción del tiempo presente que parece implicar necesariamente al pop y para ello retoma la “teoría del coleccionismo” derivada de los planteos de Walter Benjamín. En otro sentido, combina su apreciación con la “Teoría de la nostalgia” de la rusa Svetlana Boym, quien acuñara la potente noción de “Off Modern” que tanto revuelo causa mezclando arte, noche y vida. Boym distingue la existencia de una nostalgia “reparadora” de una “reflexiva”. Y delimita con ello las visiones políticas de quienes: en el primero de los casos, tratan mediante distintas variantes de fundamentalismo de restaurar aunque sean fragmentos de un pasado perdido que se añora y en el segundo de los casos, saben que la pérdida es irrecuperable, puesto que el tiempo hiere todas las totalidades.
Reynolds retoma, también, la noción de presente como “aguijón” de Alain Badiou para introducir rupturas. Piensa a los bienes culturales de intercambio bajo “el sistema de los objetos” de Jean Baudrillard y repasa el insoslayable “Mal de archivo” de Jacques Derrida. En este contexto, el shuffle, la moda vintage, los bibliotecarios de rock, el ocaso de los DJs, el iPOd como aparato de música ambiente, las descargas de discografía completa en un link de Megaupload o Rapidshare (desde las autodenominadas comunidades “sharity”) esta contemplado bajo los anteojos de Reynolds. En suma, Retromanía emerge como una investigación sobre los usos y abusos contemporáneos del pasado del pop. El análisis de este espectro tiene en cuenta los distintos aspectos que hacen posible la presencia, cada vez más destacada en nuestra vida de consumidores, de dicha cultura: la accesibilidad al catálogo brindada por You Tube, los cambios introducidos por los nuevos medios reproductores y los nuevos formatos como el MP3, el envejecimiento “natural” del rock que Reynolds ha hipotetizado en uno de sus libros previos (2), los intercambios en redes como My Spaces, entre otras.
Por lo tanto, asumiendo su hipótesis de que la década pasada se vió fascinada acríticamente por lo retro y por la conmemoración, Reynolds abre su texto con una pregunta que, cuento menos, genera alboroto: ¿no será el pasado el peligro más grande para la cultura del futuro? Es esta expresión la que (a priori y descontextualizada podría poner a volar a la masa encefálica de cualquier historiador) hace brotar al contexto, el del pop de la última década, en una fiebre mortal y lo pone bajo un fin que lo aleja de cualquier estallido, de cualquier boom.
Es, por lo tanto, en el eje del pop en el que hay que analizar las pérdidas y ganancias del vínculo con el pasado y si la mencionada “peligrosidad” para el futuro existe. Si lo que peligra no es, en verdad, su propio futuro, puesto que en los términos de Reynolds la cultura del pop ha ido decayendo bajo su propia amenaza. Su debilidad es producto del fetiche que ha construido en torno al pasado de sí misma.
Finalmente, Retromanía no es una crítica al presente del pop que ha girado la cabeza para ver hacia atrás. Sino que emerge como una interrogación que pone en duda los efectos de tanto giro. Quizás el pop se ha convertido hoy en una estatua de sal, o mejor, de plástico como los muñequitos de Michael Jackson que ilustran la tapa y la edición. ¿Será que el pop por integrar un panteón ha hipotecado su futuro? ¿Habrá más allá?



SIMON REYNOLDS
Nació en Inglaterra en 1963. Estudio Licenciatura en Historia en la Universidad de Oxford donde dirigió su primera Revista, “Monitor”, hecha sin reviews, sin entrevistas sino “just thinkpieces” (3). En Retromanía afirma sentirse parte de una generación en cuyos hombros pesa la carga de “haber llegado tarde” , definido como: el derecho de nacimiento negativo de todos aquellos que nos perdimos, como partícipes concientes, los sesenta o el punk. Así como catalizaron la fe los movimientos de los 90 como el grunge y la rave también propagaron una sensación de alivio, por fin estaba ocurriendo algo comparable a las glorias del pasado en nuestra propia época, en tiempo real.
Nota
(1) Hip (argot norteamericano). Reynolds apunta que “desde el movimiento beatnik, se considera hipster a aquel bohemio que se mantiene marginado respecto del American Way of Life pero al día respecto de los fetiches culturales del momento”.
(2) Después del rock. Psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas (2010). Traducción de Gabriel Livov y Patricio Orellana. Selección y prólogo de Pablo Schanton. Bs. As. Ed. Caja negra
(3) James Parker. Review of “Retromanía” (2011).
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*Autora
Silvana Santucci nació en Santa Fe y es Lic en Letras por la Universidad Nacional del Litoral. Actualmente realiza estudios de doctorado en la Universidad Nacional de Córdoba.