Me va a encantar el siglo XXI
María Lucía Puppo *


de Mark Strand (trad. Ezequiel Zaidenwerg)
(Gog y Magog, Buenos Aires, 2011)

“El tiempo huye; nuestras aflicciones no se transforman en poemas, / y lo invisible permanece así”. Estos dos versos pueden servir de umbral a la experiencia de internarse en la poesía de Mark Strand, un territorio vasto donde conviven la ciudad y el paisaje, la nostalgia y el cinismo, el canto de los vínculos humanos y el elogio de la soledad. En todos los casos el poema ofrece una dicción sencilla y austera que acerca el lirismo al registro más coloquial, al tiempo que las convenciones literarias –recursos, imágenes, tópicos- son miradas con sorna o puestas entre paréntesis.
Poeta laureado, ensayista y traductor, Strand nació en 1934 en la isla del Príncipe Eduardo, Canadá. A partir de los años sesenta desarrolló una exitosa carrera en las aulas universitarias de Estados Unidos. Probablemente su poema más famoso sea “The Story of Our Lives” , que desde el libro homónimo planteaba una lúcida indagación de la vida de pareja a comienzos de los setenta. Aunque no contemple ese poema, la presente antología sí incluye el memorable “Keeping Things Whole” , así como otras tantas composiciones escritas a lo largo de varias décadas. Dotados en su mayoría de un fuerte elemento narrativo, los poemas conservan su aparente transparencia en las versiones literales -porteñas y voseantes- de Ezequiel Zaidenwerg. Ahora bien, la transparencia es sólo aparente en los poemas de Strand, que tras la coartada de la oralidad desafían el sentido común y la simplicidad de los estereotipos. Volvamos a los dos versos citados al comienzo: se dice allí lo obvio –“el tiempo huye”- pero la cita es una trampolín que sirve para destruir el mito decimonónico del poeta mártir y visionario: “nuestras aflicciones no se transforman en poemas, / y lo invisible permanece así”.
Frases irónicas como la que da título al volumen van configurando una voz desesperanzada y madura, que advierte sin pudor la llegada de la vejez con sus tristes tropismos: el cuerpo que se entorpece, el deseo que mengua y la aventura que ya no resulta atractiva… La experiencia no necesariamente otorga sabiduría y el pasado es una serie de capas que luego se evaporan, dejando ruinas en el espacio y despojos de recuerdos. En contadas ocasiones el memento mori incita a la sentimentalidad romántica, con sus visiones de Leteo y las visitas de los muertos, pero el hablante poético se abstiene de caer en la idealización del tiempo pasado o de la propia infancia. Como propone el título de un poema, lo más terrible ya pasó.
La desesperanza es un camino sin retorno que suele conducir a la amargura. La poesía de Strand adolece de esta enfermedad y recurre como antídoto al refugio de la naturaleza, específicamente a la calma del horizonte, la luna, el mar. La formación artística del autor se revela en algunas escenas delineadas en clave pictórica – un barco demorado en el puerto- y en cierto detallismo cromático –un hombre se pone un traje blanco, luego uno azul-. Otra estrategia contra la amargura es la ironía que va de la mano del humor. Habita los textos la figura del poeta senex que conserva la curiosidad intacta y no teme ser el viejo que abandona la fiesta. Al fin y al cabo, las lecciones de la edad parecen tener que ver con nuevos aprendizajes: no tomarse a uno mismo tan en serio, apelar a la memoria del cuerpo y animarse a cuestionar las propias certezas.
El lenguaje es un instrumento dócil para Strand, capaz de tensarlo hasta el minimalismo o bien de encauzarlo en un vaivén de olas mansas y rompientes sorpresivas. La dulzura marca una cadencia íntima en un poema dedicado a Jessica, la hija, y en otro que rinde homenaje a la memoria de Joseph Brodsky. En gran parte de los textos el pensamiento se despliega a partir de una imagen fugaz, porque la belleza se manifiesta sólo en lo fortuito. Los versos buscan la literalidad de la rosa que es flor y no metáfora de otra cosa, acercándose al lenguaje pragmático de los niños. No sorprende después que el poeta compruebe la muerte del simbolismo como un suceso al mismo tiempo fallido y perfecto, antiguo y moderno, a todas luces “irreparable”. En esta tierra baldía la poesía deviene irrupción, acontecimiento, invitación a saborear la plenitud del instante. La energía que la mueve no nace de un empeño realista sino de la constatación de que ese instante es lo único que tenemos: “Es cierto, como dijo alguien, que en / un mundo sin cielo todo es despedida”.
A pesar de varias erratas que presentan las versiones en inglés, esta antología resulta amable a la lectura por un orden atinado en los poemas, que alternan diferentes tonos y apuestas más allá de la cronología. Una elección afortunada es terminar el volumen con el poema “Epílogo” (“Afterwords” ). Sus tres estrofas presentan una secuencia casi cinematográfica donde deliberadamente se mezcla el paisaje percibido con los escenarios que proveen los sueños. Había veinte cuervos en las ramas de un olmo, luego un hombre tiró su valija a las vías, por último sólo quedaban sombras largas sobre la tierra callada. En este final, contado en tiempo pasado, intuimos sin duda el comienzo de algo.
*Autora
María Lucía Puppo es doctora en Letras e investigadora del CONICET. Enseña Teoría Literaria y Teoría de la Comunicación en la Universidad Católica Argentina. Publicó La música del agua. Poesía y referencia en la obra de Dulce María Loynaz (Biblos, 2006) y numerosos artículos que examinan problemas de teoría literaria y literatura comparada. Actualmente sus investigaciones se centran en la semiosis del espacio urbano que proponen los textos poéticos contemporáneos.