PUERTAS DE AIRE
Laura Pratto *


Chozas, de Pablo Giordano
(Ediciones Ciprés, 2012)

Me acuerdo de la vez que esa gorda lloraba con los codos clavados en el escritorio de la dirección. Decía que un tipo le había reventado la cabeza a su hijo, y que la escuela tenía que hacer algo.
-¿Pero usted no los cuida? –le decía mi mamá. -¿Cómo los deja andar todo el día en la calle?
La vieja le dijo que no podía porque tenía nueve hijos.
-¿Qué quiere que haga? –decía.
-Ciérrele la puerta, señora –le dijo mi mamá. La vieja se secó las lágrimas y le vi bien la cara como chamuscada.
-No tenemos puerta –dijo.

Nacho, el protagonista de Chozas, se junta con los del otro barrio, ese en el que la gente no tiene puertas. Los que tienen puertas y los que no tienen puertas se cruzan en la escuela, comparten algo más que los espacios; crecen juntos. Es lo que sucedía, si aún no sucede, en lugares pequeños como la localidad del interior de Córdoba donde transcurre Chozas; hay coyunturas que provisoriamente parecen igualar el estatus, o al menos hacer que no pese: la escuela pública, un baile, un partido de fútbol. Las chozas y las cuevas no son tan distintas, después de todo. Pero entre ellas hay una frontera que alguna pincelada vuelve a destacar.
Jugábamos al fulbo en el patio. Al lado de la canchita los pobres iban con un tarrito cachuzo a buscar el pedazo de bizcocho y la leche que le daba la caja PAN. Ahí te dabas cuenta quién eran los pobres.
En la frontera se truchan cosas, hay imitaciones, nunca igualdad. La comunión es falsa, competitiva, hace agua apenas el narrador o el lector se permiten observar.
Chozas tiene la riqueza del microclima en una zona fronteriza: el riesgo, la posibilidad festiva, la licencia para pasar un cadáver o un delito de un lado a otro, el doble estándar, la promiscuidad.
En un pasaje de la novela, ambientada en los años de la hiperinflación, se cae al suelo un paquete con azúcar, de esos atesorados porque tan sólo se podía obtener una unidad, y comprar en el acto era una inversión. El paquete se abre y los desesperados se lanzan a juntar con los dedos esa mezcla de azúcar con la arenilla de la tierra. Esa mezcla de pobreza y picardía, dice en otro pasaje Giordano. Así de entreveradas, de turbias, están las cosas. Así de ávido está uno en la llanura, en la pubertad.
En otro se cuenta una experiencia sexual grupal que toma carácter celebratorio, una suerte de rito de pasaje nacido de la angustia individual, de la perturbación por esas cercanías al borde, en el límite, en la frontera. … porque la tarde que empezó todo fue triste, escribe el autor.
Está esa búsqueda de la experiencia, esa ansiedad de relieve en un paisaje tan horizontal, tan llano que hay que trabajar para urdir secretos, novedades topográficas: un pozo para hacer una laguna, un camión que pasa disfrazado de barco, un laboratorio astronómico en el tanque de agua. Una cueva como una cavidad añorada, una choza como una ermita. Los perros que culeando solos hacen huecos en el aire.
Hay algo en la vida que no conozco, algo escondido… Puede sonar a lamento ante un hecho desconcertante esta frase del protagonista, pero dicha desde la infinitud de la pampa parece más una profesión de fe, un deseo, una necesidad de que algo más que lo totalmente visible haya: ¿Y la vez que alguien me tocó el hombro, y me di vuelta solo en el campito?
Un pueblo en la pampa cordobesa tiene esas puertas fantasmas, de aire, es decir: no tiene puertas. Es también una casa en el margen. El horizonte escracha las entradas y las salidas. Si no hay puerta no hay escape formal. Si no hay puerta no hay guiño ni reconocimiento estar adentro. Ahí se está siempre, viviendo en carpa, bajo una lona que asfixia.
Los dos queríamos quedarnos ahí en los techos para siempre, aunque no nos rescataran, pero volví a la choza culiada. ¡A qué mierda volví!
No hay puerta, no hay límite tangible que cruzar haciendo alarde, no hay recursos para franquear una planicie, una edad, un peligro. De ciertos ecosistemas, como de la adolescencia, nunca se sale por completo. Esa agorafobia podría ser la pesadilla latente mientras la novela avanza y el protagonista, en simultáneo con el escritor, crece. Ya están los bisnietos de los gatos que ayudé a nacer, escribe Giordano, y acota su novela en el tiempo a un ciclo animal, tan animal como esa transición de los 10 a los 20 años, que es la que vive Nacho. Un espacio brutalmente abierto, nuevamente: sin puertas. Esa intemperie que ni siquiera el lenguaje, a lo largo de la novela, puede eludir: En un momento le vi la pelada a mi viejo cerca de la oreja con sangre y me dio mucha lástima y lo vi como si fuera un viejito, o sobre el final: … mi prima, con la cara ajada por haber sido la más linda…
Esta última frase advierte que la belleza condena a una gimnasia y a una rutina. El del autor de Chozas es el extenuante ejercicio de la belleza que se sabe en el lenguaje. El modo de decir las cosas se recicla también para la supervivencia, y, mimetizado con los personajes de la historia, se permite entrar en trance con los espíritus más disponibles. El habla es otra de las formas que se afectan t por la acción del tiempo, el lenguaje en esta novela reconoce y admite la inclemencia. Parece querer estar allí para recordarnos que somos bastante permeables. Chozas.

Aclaración

Este texto fue leído el 2 de junio de 2012 en Casa 13, ciudad de Córdoba, en ocasión de la presentación de Chozas, novela de Pablo Giordano, publicada por Ediciones Ciprés.
*Autora
Laura Pratto nació en San Francisco, Córdoba en 1976. Su maestra fue Irene Gruss. En 2006 publicó su primer libro de poemas Alcance (Bajo la Luna) gracias a un premio del FNA. En 2009 del mismo modo vio la luz El Hilván (Bajo la Luna), y a fin de ese año se editó Cría (Ediciones Recovecos. Integró la Antología Poetas Argentinas 1961-1980, compilada por Andi Nachon y editada por Ediciones Del Dock en 2007 y Quince (Antología de Poetas Mujeres de Córdoba, Editorial Tinta de Negros, 2010).