El amor es una esponja vegetal
Verónica Pérez Arango *


Hebilla de pasto, de Mercedes Halfon
(Vox, Bahía Blanca, 2012)

Hace algunos meses, el prolífico sello de poesía de la ciudad de Bahía Blanca liderado por Gustavo López, Vox, sacó al ruedo Hebilla de pasto de Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980). En esta oportunidad, Halfon –quien antes participó de la antología Lo humanamente posible (El fin de la noche, 2008), y también publicó las plaquetas Dormir con lo puesto (Zorra Poesía, 2008), Un paisaje que nunca vi (Color Pastel, 2010), el epub Tres islas (Determinado rumor, 2011), y la novela escrita con Fernanda Nicolini Te pido un taxi (Plaza & Janés, 2009)–, compone veintitrés poemas breves que indagan los alrededores del amor: su antes, su mientras, su después.
Entre las preciosas tapas del libro ilustradas por el artista Santiago Barrionuevo por donde se deslizan veloces y coloridos esquiadores, la autora consigue transmitir la extrañeza que produce el estado de enamoramiento, mediante el continuo intento del lenguaje, a modo de prueba y error, de nombrar de una manera novedosa un sentimiento que aparece como algo desconocido a los ojos y el corazón de quienes lo transitan.
Aunque en Hebilla de pasto el espacio evocado –casi casi fragmentos de fotos– es mayormente urbano y nocturno, también se llega a través de la palabra a ríos turbulentos y de aguas amarronadas, a zonas boscosas con lagos y puentes colgantes: todas escenas del recuerdo que el amor tocó. En todos los paisajes que los versos presentan, los enamorados están solos, sin amigos. Lejos de la necesidad de construir un idioma y un destino común con el resto de la comunidad, ellos son insomnes aislados e incurables que flotan a dúo en otro tiempo en el que apenas podemos cambiar las sábanas / mirar por la ventana el farol que cuelga / escuchar descolgado el tono del teléfono, como predican los versos del poema que abre el libro, “La novela de estos días se escribe con frases cortas”. O escapan a la deriva, sin saber bien de qué, o adónde ir o quedarse como querer correr hacia muchos lados a la vez; correr antes de que me alcance el humo.
Encarnados en la voz de un “yo” errante por la ciudad, que va a pie o en colectivos de corta y larga distancia luego de una relación que terminó –y cuyo final anuncian otras cosas que indefectiblemente también llegan a su fin: el cuaderno se termina / las flores se mueren en los árboles–, o bien en su desdoblamiento en un “nosotros” compacto, los heridos por la flecha de Cupido están a la intemperie como si fueran refugiados de un sentimiento que los coloca en desventaja con el resto de los mortales. Se trata de sentir por demás y de convertir ese exceso en una falta. Porque ¿no es el amor lo que nos hace parecer más perdidos y vulnerables que nunca? ¿No es acaso lo que nos mantiene despiertos por la noche? ¿No es eso lo que nos hace estar en riesgo permanente de perder algo, alguna cosa, el habla, el rumbo, la vida o la cordura?
Así y todo, se trata de hacer pie en el lenguaje conocido, al que en Hebilla de pasto se recurre porque él parece ser la guarida de la acción (las acciones se sujetan con palabras / como chinches a la pared) pero también aquello que no logra sostener a los amantes porque hay una sustancia que sí o sí permanece afuera del plano de lo comprensible (este poema es una máquina que no funciona bien; yo no entendía el idioma de las cartas) y lo ya dicho (Nadie va a robarte en la cara / porque entonces no sería un robo / sería otra cosa con otro nombre / algo parecido al amor).
Construido en el extranjero de la comunidad, el idioma de los enamorados va a contramano de la lengua que hablan todos. Ese idioma tiene un poder: ser solamente comprendido por quienes lo practican dentro de una célula secreta y cerrada, o por los que, como diría Barthes en su célebre Fragmentos de un discurso amoroso retomando a Alcibíades, “son semejantes a aquellos a quienes ha mordido una víbora: “No quieren, se dice, hablar de su accidente a nadie, salvo a los que han sido víctimas de una circunstancia semejante (…)”.
*Autora
Verónica Pérez Arango (Bs. As., 1976): Profesora en Letras (UBA); actualmente cursa la Especialización en Procesos de Lectura y Escritura en la misma universidad. Publicó la plaqueta la desdentada (Casa de la Poesía de Buenos Aires, 2002) y Camping (Vox, 2010). Poemas suyos fueron antologados en el libro Quedar en lo cantado (El fin de la noche, 2009). Obtuvo dos menciones en la convocatoria Poeta Revelación 2011 organizada por Plebella. Dicta clases y talleres de literatura.