Estar rodeada es una forma de estar sola
Mariela Malhue *


sobre de entonces acá de Gustavo Wojciechowski
(Folia, Buenos Aires, 2012)


Gustavo Wojciechowski nació en 1956 en Montevideo. Su trabajo artístico es considerablemente fructífero no solamente en la creación literaria si no también en el diseño gráfico (su profesión), la ilustración, el trabajo editorial, la traducción, etc.
Si revisamos la bio-bibliografía del autor, notaremos que su prolífica carrera incluye múltiples formatos y medios, lo que nos permite advertir rápidamente que la búsqueda (y hallazgo) del arte de Gustavo no se encierra en el sólo marco dado por la poesía. Quizás de ahí sea posible pensar la idea (bastante evidente, por cierto) de que lo que se entiende por creación literaria no sea un lugar reductible al texto escrito y-o al formato libro. O que es posible correr los límites del espacio poético y situar a la palabra como una materialidad de expansión maleable; la cual es afectada y, a su vez, afecta (es un movimiento reversible) tanto en su integridad gráfica, como en la construcción de ideas.
Luego de esto, son más comprensibles algunos juegos clásicos en la poética de Gustavo Wojciochowski. En ellos, justamente, se atenta contra la palabra misma, se la altera, se corren, agregan o quitan sílabas, vocales o consonantes, se le decora, se la modifica con todos los recursos posibles: el significante se trasviste y muestra cuántos matices son posibles en el significado resultante. Y el significado no estará reducido a su aparición en el libro sino también se escapa de éste, componiendo una obra macro del que los libros son una parte. Las formas de escribir una obra, todas las manifestaciones verbales. O cada signo es un libro en sí mismo. La obra de Wojciechowski podría entenderse como una matrioska en la cual fuera viable alterar el orden de tamaño de las muñecas. No hay un orden sistemático en la composición y contención de las partes de su obra, pero lo claro que todas se relacionan entre sí y forman un puro cuerpo.

En de entonces acá luego de terminar una primera lectura veo que hay un ordenamiento y clasificación de segmentos a los cuales podríamos llamar “capítulos” o no; puesto que no son evidentes. No lo son por su ubicación y disposición, y porque sólo reciben nombres puestos en este pseudo índice (que luego nos daremos que dicho índice es a su vez una suerte de capítulo) pero no dentro del libro. Es decir, el libro se arma con la necesidad de este inventario posterior que incluye cosas que no son posibles de leer con conjunción con el libro, inventario que hace las veces de bonus track poético y que potencia el ritmo de ocultamiento/revelación de la obra. Sin duda un movimiento lúdico que se normativiza a lo largo del libro. Clara paradoja: lo aleatoriamente inquieto posee un revés que se sistematiza y define en de entonces acá. Si bien esta especie de puzzle es de difícil asimiento en un principio, luego afloran los ritmos que marcan el esqueleto del texto.
Como hemos dicho más arriba, el juego de palabras y la alteración del sentido por medio de éste está presente con una gracia dolorosa. Dolor, el dolor melancólico de una foto desgastada, el dolor del otoño, el dolor de los pasillos de un hospital. Desde un principio se presenta la lógica de lo que se acaba y recuerda posteriormente, episodios de una alegría pasada: “el verano es algo que pasa”, reza el título del primer apartado. Anotaciones sobre el tiempo y su inasibilidad y absoluta presencia y devenir, movimiento trágico. Pero no como estallido, no como queja manifiesta de una destrucción personal, si no que casi con actitud contemplativa: “cascada quieta/ casca la tarde el casco/ cola loca el tordillo/ lo miro” (página 10). Cascadas, brisas, siesta, bostezos. Ritmos que convocan un galope sigiloso de algo que avanza; y cuando algo avanza, otra cosa queda atrás provocando un abandono. Algo avanza; algo: un paisaje; algo: un pasado esplendoroso; algo: los habitantes y componentes de una casa. La melancolía del primer segmento del libro abre y genera el ambiente de languidez que aún prima y se potencia en un conjunto de poemas que están agrupados en un conjunto que funciona como un segundo capítulo. Poemas dentro de una casa. Esa es la sensación: poemas dentro un caserón colonial que ha sido abandonado pero desde donde repentinamente vemos salir a alguien de la puerta principal. A alguien o a las reflexiones de una voz femenina que sin quejarse manifiesta desde un lugar pasivo, contenido y nada catártico situaciones en las que la afección parece un espacio normal. Detalles mínimos de una casa, pequeños fragmentos fotográficos que componen un texto. Títulos como “puerta”, “ventana”, “patio del fondo”, “piso” configuran una arquitectura poética donde el acercamiento a los espacios que pertenecen a la vivienda dan cuenta de ese habitar donde la tardanza, la lentitud son protagonistas sin remedio, son los cimientos mismos que sostienen la morada. Poemas como “baño” encarnan en un solo verso la reiteración de la desidia: “craquelado, el resto de un jabón reseco”; algo parecido a lo que pasa con el poema “cocina”: “desdentándose de azulejos”. No hay una pertenencia voluntaria, pareciera incluso que hay una imposición no deseada del habitar ahí. Se acepta una especie de abatimiento vivido en pasos arrastrados (“el pasado pasa/sin tener donde pisar/y se duermen los pasos” página 28), una aceptación de esa suerte de limbo, de agonía antes de una muerte cualquiera, que llegará sin dar aviso. Una espera sedentaria, servil, mecánica y llena de soledad: “estar rodeada es una forma de estar sola” página 42.
Guiños parecidos son los que leemos en los poemas de siguiente sección, “HOSPITALARIOS”. Dan la impresión incluso de anotaciones sin corrección por el giro en la velocidad de los textos, pero paradojalmente apuntan a la insistencia del que espera: el paciente. Demora versus ideas que rumian obstinadamente. Se lee otra vez el dolor de un abandono, pero esta vez con una cuota agregada de delirio, rapidez y obsesión. Así podemos notar en poemas como “apetito” donde se da detalladamente el menú que cada día recibe el enfermo y la fijación de éste por juntar las pastillitas de endulcorante dado su rechazo a consumirlas.
Como una película de Kim Ki Douk, podríamos decir que el libro se estructura en estaciones del año: comienza en la extensión del verano que termina y avanza al otoño. Logra insertarse ahí, en ese trance, en ese pasaje como intermedio que es dicha estación para luego pasar al invierno, que además, abarca la mayoría del libro.
Este INVIERNO está integrado de una forma más heterogénea que el resto del libro. Hay elementos reiterativos como son sitios propios de algunas ciudades como Montevideo o Buenos Aires: calles, bares principalmente. Luego también un uso abundante de juego de palabras: “Gral. Flores generalmente no florece” página 84, “sigo el evangelio según san ateo” página 85, “¿qué diferencia puede cabeber en una copa (…)”página 108. Sin embargo no dejan de hacer su presencia el habitual dolor al que nos encontramos anteriormente en el libro: figuras como la del bebedor que sucede, (sucede su ser-ahí) en el bar sempiternamente, bebedor que espera a que acontezca o termine su borrachera. O también la referencia a imágenes del tango, a juegos y personajes de barrios de infancia.
de entonces acá se forma con un mecanismo de reloj que marca un tiempo aparentemente aleatorio. El cambio en la rapidez de los ritmos poéticos pareciera ser una alteración imposible de asir. Sin embargo, los pequeños continentes que ocurren (la casa, el hospital, las calles capitalinas, el bar) encarnan ejes y guías que sirven para hilar este telar de aflicción que a ratos ríe y modifica sus maneras de expresión.
Nota
(1) Narraciones de la independencia, Eterna Cadencia, 2010.
Referencias bibliográficas
Laclau, E. (1996). Emancipación y diferencia. Buenos Aires: Ariel.
Laclau, E. (2005). La razón populista. Buenos Aires: FCE.
Scavino, D. (2010). Narraciones de la independencia. Arqueología de un fervor contradictorio. Buenos Aires: Eterna Cadencia.
Scavino, D. (2012). Rebeldes y confabulados. Narraciones de la política argentina. Argentina: Eterna Cadencia.
*Autora
Mariela Malhue, nace en Santiago de Chile (1984), es profesora de castellano (UMCE). Ha sido invitada a diferentes encuentros en Chile y España, y ha traducido poetas mexicanos al francés para la antología Les poetes sauvages.
Parte de su escritura ha sido incluida en la antología “Nunca/ nunca” de la microeditorial Lingua Quiltra y en la revista del centro de estudios de género de la universidad de Chile, “Nomadías”. En el 2010 publicó su primer libro Estancia y Doméstica por Libros del Perro Negro editorial.
Actualmente vive en Buenos Aires y prepara su segundo libro.