Manual de instrucciones para hacer un pueblo
Silvia Hernández *


Rebeldes y confabulados. Narraciones de la política argentina, de Dardo Scavino
(Eterna Cadencia, 2012)


Si una frase resume Rebeldes y confabulados, el nuevo libro de Dardo Scavino, es la que dice que “el animal político es un ‘narrador definitivo”. En las páginas del volumen, el filósofo argentino retoma una tesis ya presente su trabajo anterior(1): todo pueblo es producto de las narraciones políticas que (le) cuentan su historia bajo la forma de una epopeya popular. Dicho de otra forma: los pueblos no podrán hacer la historia sin historias que los hagan a ellos.
En Rebeldes y confabulados, Scavino profundiza el vínculo entre política y narración y argumenta que, por debajo de cualquier narración política, sin importar sus contenidos, existe una única gramática subyacente. El propósito central del “breviario” ofrecido por el filósofo es reconstruir las reglas de tal gramática política, no para decirles a los políticos cómo ganar adeptos, sino para dar cuenta de la naturaleza del fenómeno político, mediante la descripción del modo en que las narraciones “hacen pueblos con palabras”. Scavino procura, en veintidós postales y una coda, deslindar esas reglas que operan en el lenguaje de los líderes y los pueblos sin que éstos lo sepan y, lo que es más, aún cuando muchas veces éstos pretendan negarlo.
Las fábulas políticas -lejos de ser esquematizaciones o distorsiones de hechos de un pasado al que se podría acceder mejorando las herramientas de análisis- organizan retroactivamente los acontecimientos, y el valor de dicha ilación no es del orden del saber, sino esencialmente performativo: producen pueblos que a su vez tratarán de hacer realidad la liberación que se les ofrece como promesa futura. Entonces, “las narraciones políticas se adueñan de los acontecimientos fundacionales de una nación y los convierten en ejes dignos de seguirse, esto es: en alegorías proféticas de la revolución venidera” (pp. 162-3).
La formación de las identidades políticas no es un interés nuevo en la obra de Scavino. En su libro anterior, el filósofo retomaba la agenda de los bicentenarios de las independencias en América Latina para abordar el problema de la identidad criolla desde una perspectiva situada en el cruce entre filosofía política y psicoanálisis. El argumento central era que la identidad criolla está –desde antes de las guerras independentistas y aún hoy- construida sobre una ambivalencia, efecto de su inserción simultánea en dos narraciones contradictorias (la epopeya popular latinoamericana y la novela familiar del criollo). Como resultado, el criollo resulta ser un individuo pero dos sujetos: un americano para los españoles a la vez que un español para los indios. El punto central del argumento era que la oscilación insoluble que lo tironea entre la gens –la sangre española- y la natio –el nacimiento en tierra americana- no es un obstáculo sino el principio mismo de constitución de la hegemonía criolla en el continente.
Rebeldes y confabulados parte de la contraposición que establecía José Ingenieros entre el “hombre mediocre” –asociado lo conservador y rutinario- en eterno contraste con las fuerzas originales y rebeldes. A partir de allí, Scavino afirma que “todas las políticas son revolucionarias” (p. 22), en tanto en cualquiera de ellas se repite un esquema similar que incluye la denuncia del orden establecido (momento del “basta”), una exhortación a luchar contra los enemigos del pueblo (donde se define un campo popular por contraposición con un “ellos”-causa-de-nuestros-males), y una promesa de redención.
Además de revolucionaria, el filósofo sostiene con audacia que “la política misma es totalitaria” (p. 46), porque hay política ahí donde un partido o grupo se arroga la representación del todo, haciendo que los enemigos del partido se conviertan en los enemigos del pueblo en su totalidad. Así los versos más famosos del Martín Fierro, en una suerte de anticipación pampeana de la concepción antagónica de la unidad popular enunciada por Mao: la unidad de cualquier conjunto -el reconocimiento mutuo entre “hermanos”- sólo es posible a partir de la identificación de un enemigo común. Hasta la defensa alfonsinista del “pluralismo” requirió de la definición de un límite para el “nosotros” fuera del cual no hay diálogo posible. La política no está asociada, entonces, a la tragedia –que enfrenta a personas ligadas por amistad o parentesco-, sino al enfrentamiento entre opuestos por el odio, es decir, a la epopeya.
Rebeldes y confabulados se mueve entre un recorrido histórico del siglo XX argentino -con más pretensiones ilustrativas que de exhaustividad- y reflexiones acerca de la política en general. Los capítulos están dedicados a personalidades, momentos y figuras variadas de la historia política argentina –el ERP, Lugones, Yrigoyen, Evita, entre otros- y de la literatura –Cortázar, Borges, Gelman. En cada uno de ellos, Scavino despeja el contenido de las fábulas políticas para dejar a la vista su esqueleto gramatical. Al igual que su ensayo anterior, éste atrae tanto a los interesados por la historia nacional como a quienes abordan problemas de filosofía política. Toca, además, temas de amplia resonancia en nuestros días, aunque lo hace sin mencionar explícitamente la coyuntura actual. En el libro resuenan los debates en torno a tópicos como el carácter conflictual de la política vs. la búsqueda de consensos; la naturaleza del populismo y su relación con la democracia; la afectividad en la relación pueblo/líder; la militancia; la unión nacional.
Hay un hilo conductor que atraviesa el texto: el peronismo. Scavino argumenta la existencia, en 1943, de una homología entre el discurso de Perón y el del fascismo, definido éste como la “corriente política que se propone erradicar la ‘mala’ política de la nación con el propósito de mantener la fraternidad entre sus miembros” (p. 98). En 1945, el discurso de Perón se transforma y los representantes del pueblo dejan de ser los “militares patriotas” para desplazarse a los “trabajadores”. El peronismo aparece surcado además por una visión providencialista de la historia humana que permitió al ghostwriter de Eva poner en línea a Colón, Napoleón y Perón. Y la potencia de este mito político llega hasta la versión menemista, donde el campo popular deja de estar representado por los “trabajadores” para pasar a los “empresarios”, y donde los “ñoquis” vienen a reemplazar a la “oligarquía” en el lugar gramatical de los enemigos del pueblo. Pero, ¿es posible seguir englobando como “peronismo” a esta amplia diversidad de narraciones, muchas veces basadas en presupuestos incompatibles? Para responder afirmativamente, Scavino trae al ruedo la lógica de los significantes vacíos (Laclau, 1996, 2005) para explicar su continuidad a pesar de las variaciones más radicales que, como mito, ha sufrido: "Perón", como significante sin significado, permite conciliar los opuestos y sostener la unidad del pueblo. La figura –o, mejor dicho, el nombre- del líder resulta así inseparable de la gesta popular.
Por otro lado, el peronismo pareciera ser la política que más recurre a los elementos de la gramática política dada la importancia que en ella adquiere el relato. Sin embargo, Scavino procura mostrar que muchas de las acusaciones que ha recibido al respecto (poner en escena el antagonismo político, sostener la relación masa/líder mediante el vínculo afectivo, espectacularizar la política) no son ni invenciones ni exclusividades peronistas, sino elementos de una regularidad más profunda –una gramática- que hacen a la política misma y que pueden encontrarse, refigurados, en todas las políticas, aun en las que pretenden situarse al margen de los conflictos.
El carácter político de las narraciones, entonces, se define por su forma más que por los elementos concretos que las componen, de modo que todas las políticas, independientemente de su “signo”, son comparables en el plano gramatical. En este nivel, Scavino se permite emparentar a Santucho con Onganía o al nacionalismo con el neoliberalismo. No obstante, aclara a tiempo que ello no significa en absoluto que desde otras perspectivas, ya no gramaticales, las políticas (en plural) puedan ser consideradas equivalentes.
A lo largo del libro, el autor enfatiza que la contrapartida indispensable para que un discurso político logre constituir un pueblo es que haya una subjetivación de esa misma fábula política, gracias a la cual el auditorio, incluido como protagonista en el relato contado por el político, “repita ese relato y le cuente a otro auditorio ‘nuestra historia’” (p. 40). En otras palabras, el “pueblo” sólo adquiere consistencia política haciendo carne de esas narraciones que le cuentan su pasado y que lo inscriben en una línea temporal hacia la liberación. Dicha subjetivación, como parecía saberlo Evita, no se vincula con un saber de medios y fines, sino con la dimensión de lo afectivo. Este planteo previene al analista del riesgo de depender del estudio exclusivo del lenguaje y las representaciones, así como de reproducir una idea de política e historia hecha “desde arriba”. Ahora bien, ¿cómo ocurre que un significante interpele efectivamente y otro no? En el recorrido de los capítulos de Rebeles y confabulados se encuentran algunas pistas –no del todo sistematizadas- acerca de los modos en que ello tiene lugar. Se trata del difícil problema teórico de pasar del estudio de regularidades formales en los discursos de personalidades que torcieron –o intentaron torcer- el curso de la política nacional en el siglo que dejamos atrás, al proceso por el cual una interpelación es investida afectivamente como un centro que nos confirma “nuestra” verdad al mismo tiempo que nos produce como “nosotros”. La respuesta no puede desconocer el aporte del psicoanálisis a la filosofía política para incluir en la teoría la dimensión afectiva de un modo que no la reduzca a “lo irracional”.
Desde el punto de vista histórico, son llamativos algunos vacíos: la última dictadura militar, la crisis de representación política de fines de los ’90 y principios de los 2000, o la reactualización del peronismo en la última década (paralela esta última a la fuerte tematización en ámbitos académicos del populismo –especialmente vía Laclau, una de las referencias teóricas más visibles de Rebeldes y confabulados). Con esos vacíos en la cronología, ¿el autor evita algunos puntos ríspidos? ¿O se rehúsa a tratar ciertos lugares comunes? Es preferible pensar que tal vez sea en esos huecos donde Scavino invita al lector a continuar su análisis gramatical del fenómeno político.
Nota
(1) Narraciones de la independencia, Eterna Cadencia, 2010.
Referencias bibliográficas
Laclau, E. (1996). Emancipación y diferencia. Buenos Aires: Ariel.
Laclau, E. (2005). La razón populista. Buenos Aires: FCE.
Scavino, D. (2010). Narraciones de la independencia. Arqueología de un fervor contradictorio. Buenos Aires: Eterna Cadencia.
Scavino, D. (2012). Rebeldes y confabulados. Narraciones de la política argentina. Argentina: Eterna Cadencia.
*Autora
Silvia Hernández es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (FSOC-UBA) y maestranda en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad (FFyL-UBA). Docente en la Carrera de Ciencias de la Comunicación, FSOC-UBA.