Poesía decadente
Diego Colomba *


sobre Ropa vieja: la muerte de una estrella, de Francisco Bitar
(Ediciones Stanton, 2011)

Desde el inicio de Ropa vieja: la muerte de una estrella, una suerte de Baudelaire litoraleño arde y se extingue: “UN DOMINGO de porrón/ extinguiéndose de a poco/ minuto a minuto en el cuerpo.” Encarnando “un cuerpo sano de día// borracho de noche”, experimenta la ansiedad que le impide comer sentado en la soledad de su cocina y a la vez la calma que propician las piedras elegidas para el patio, que, al modo del corazón de la tortugas, producirían “un latido por minuto”. Ese sujeto expresa todas las maneras de la esterilidad: se rehúsa a ser productivo –su casa se viene abajo y arregla todo con cinta, se niega a poner más clavos que guíen la enredadera–, no cumple con los mandatos sociales –“a veces mucha gente/ equivocada al mismo tiempo/ busca hacerte creer/ que el error es tuyo”–, y sin embargo intenta dar cuenta obsesivamente de las constantes fluctuaciones entre luz y oscuridad, como si esa fuera su tarea, la más improductiva: “Se fue el día sin descubrimientos,/ sin pestañar para separar algo/ del declinar sin formas del verano./ No hay trabajo y los amigos/ siguen sin aparecer”.
Ese juego de tensiones se mantiene abierto hasta el final porque, como sentencia el primer poema, “No hay remate”. El poema no concluye ni clausura su sentido con un golpe de efecto final: siguen reverberando los ecos de una tensión desmesurada, absurda, generada por la desproporción de las distancias asociadas: la que hay, por ejemplo, entre “ropa vieja” olvidada en un balde con agua y “la muerte de una estrella”.
El sujeto monta una escena contradictoria en la que conviven el humor (“Todos los arreglos de la casa/ está hechos con cinta, incluso/ los que necesitaban cinta:”), la ironía (“Los borrachos/ nadie sabe bien cómo/ pero llegan a sus casitas”), el culto a lo suntuario (“Esta noche, el gato como aceitunas negras”) y su rechazo, cuando se nombran un par de zapatos de los que su dueño se siente un tanto indigno, para quien un baño y ropa limpia, agua para regar los helechos o un pedazo de pan se vuelven lujos. La misma situación vivida por quien se sumerge en el infierno y no deja de sentir un anhelo de pureza: “un poco de aire fresco/ para Dante/ en el infierno”.
El humor se desprende, entre otras cosas, de la lógica fulminante, del shock que producen esas asociaciones desmesuradas (“Anoto en cualquier lado:/ – una madera para la cama/ – un sol para fijar/ las manchas de humedad”), a la que también responde el registro coloquial utilizado en pocas y significativas ocasiones (“milico”, “bochazo”, “pendejas hermosas”), transgrediendo la variedad estándar rioplatense.
Los títulos de Ropa vieja… no tranquilizan al lector (como tampoco su personal supresión de algunos signos de puntuación), anticipando el contenido de los textos o confirmando su sentido, sino por el contrario lo obligan a seguir indagando, tratando de justificar con su labor hermenéutica la arbitrariedad imaginativa de los mismos. A veces parecen versos extraídos del discurrir del poema (“LOS FAROS PEGARON EN LA NUCA DEL PERRO Y LA LUZ LE SALIÓ POR LOS OJOS”), que el lector debe reponer tras una primera lectura. En otras ocasiones, parecen cachetazos sarcásticos a la autosuficiencia de quien cree poseer el carozo semántico del poema. Algo parecido a lo que busca el título de la presente reseña.
La casa, muy tematizada en el libro, no es un lugar de resguardo de la intimidad, protegida de una ciudad que invita “al saqueo”. Más bien se vuelve un espacio propicio para que algo discorde y rico pueda emerger bruscamente, desgarrando los valores establecidos. Su morador puede llegar ebrio sin recordar el modo en que encontró su cama, un perro puede convertirse en un nuevo conviviente hasta que decida marcharse con la misma naturalidad y desapego. Esa casa que decae –los huecos de sus paredes anidan cucarachas, las puertas no abren ni cierran bien, se cayó el número de la fachada–, al igual que el cosmos y sus estrellas, coincide con el inicio de la decadencia de una estirpe: “¿Qué clase de comienzo/ tiene esta época/ que me obliga a la vergüenza/ de atravesar una ciudad/ tomando de un plástico?”
Es constante la percepción de la inestabilidad de los materiales: el pelo que se corta y transforma en basura, “busco renovar el contenido/ que se hizo aire en el descartable” y “Si un porrón se congela/ ya deja de ser el mismo” asevera una voz, una remera estrujada se vuelve un muñón abandonado. El sujeto se empeña en observar, y por lo tanto está obsesionado por la luz, lo que es lo mismo, por la oscuridad, o mejor dicho, por la naturaleza de la luz que empieza a desaparecer: “Es la ruina de todo conocimiento/ cuando la luz se retira de la escena/ llevándose también/ la época de oro de las cosas”. Lo que comienza a corromperse, no lo ya corrompido, es lo que la poesía de Bitar intenta congelar en un instante fetichista. La poesía se prueba entonces como una bella y morosa despedida: “la música tendida bajo el cielo/ y el viento entrando en la casa/ la última noche del gran verano/ del año en que termina mi juventud”.
*Autor
Diego Colomba nació en San Nicolás, provincia de Buenos Aires, en 1972. Reside en Rosario desde 1990. Es profesor y licenciado en Letras, y doctor en Humanidades y Artes con mención en Literatura. Se desempeña como docente de escuela media. Colabora con reseñas, notas y entrevistas en diarios, medios digitales y revistas de Rosario y el país. Es uno de los responsables de Salón de Lectura, sección literaria del banco sonoro del sitio Sonidos de Rosario y dirige los contenidos de www.letracosmos.com.ar, un espacio de prensa literaria. Seleccionó y prologó Imaginarios comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (2009) y publicó Letras de rock argentino. Género, estilos y transposiciones (2011) y Baja tensión (poemas, 2011).