A cien mil watts
Ana Claudia Díaz *


de Germán Weissi
(Huesos de jibia, 2011)
“Walking through the city streets
is it by mistake or design?”
Born To Die, Lana Del Rey



“no sabíamos para qué nos estábamos / viendo en vacaciones”, dice Germán Weissi en uno de sus primeros poemas, y nos ubica en lo que vendrá. ¿Para qué?, una pregunta que se repite de distintas formas a lo largo del libro.

a cien mil watts, parte de una construcción que se arma instantáneamente en el suceder de los textos, desembocando en una velocidad que genera una estética propia. Una circularidad que se alterna y muda, reconstruyendo una historia. En sus páginas encontramos una dinámica diferente: lo que se dice, se dice de frente.
Weissi nos muestra en mil partes el cotidiano. Prende y apaga escenas y secuencias y mientras sigue, preciso, vierte lo salvaje en lo inocente. Dejando ver unas finísimas grietas de luz en un cambio constante de colores, matices y texturas, su poesía se alza y fluye eléctrica. Conjugando sensaciones de un vértigo sarcástico, la multiplicidad de relaciones y sentidos dan un resultado inmediato, un giro en la poética. Lenguaje-arte.

El libro es un encuentro que va mutando, empieza en un chat y sigue en un proyecto de cosas compartidas: “hacíamos planes a futuro sin decirlo parecía”. Se reconocen los cuerpos, los gustos, el común, siempre hay una conjunción. En el medio de un torbellino de sensaciones aparece la nostalgia en su estado más puro: “dejamos de vernos de escuchar la misma música/nos dividimos las fiestas/ y rompimos lazos entre amigos en común”.
El amor, los miedos, el momento, el sexo, abundan haciéndose partícipes. El correr del tiempo se desorbita, se retoman los poemas, los detonantes, la historia que se está contando en ese vaivén entre dos personajes, como una película, una fragmentación de sucesos: "de tu departamento entraba y salía gente".

Cambia “el ritmo cardiaco” del libro cuando de pronto aparece un: “te acordás?”, una pregunta retórica hacia el otro –que también podría ser un gesto cómplice hacia el lector-. Ciertas referencias se reanudan en perspectiva, y haciendo visible la gestión cultural del momento, operan, entrando en una cadencia donde todo se virtualiza.
Hay una espera que va cambiando de roles, atravesando el texto. Hay ciertos “guiños” dentro de un imaginario que se establece: “vas al ciber querés conocer chicos con onda / mejor chicos con novias”. El autor busca y encuentra situaciones paralelas entre lo que cuenta y el entorno poético, todo lo compara desde ahí, lo vuelve en palabras con esos ejemplos.
La evolución tecnológica y social avanza con el transcurso del libro. Aparece facebook, los contactos en común, las relaciones que se tejen, los proyectos autogestionados, los chismes de la farándula literaria. Palabras como nick, chat, webcam, pueblan el texto, son los indicadores.
En a cien mil watts, los espacios son micromundos, son salas de chat con amigos virtuales que nos muestran la comunicación en todas sus formas. Parece que las redes sociales fueran lo único que los personajes tienen, entonces las alternativas se agotan, al desactivarse.

Weissi, abre un juego sobre la imagen establecida del poeta: “a comprar merca/con la excusa de estar escribiendo tu primera nouvelle”, adentrándose en determinados circuitos o lugares por los que hay que pasar, por los que el “yo” va trasgrediendo. Se expone lo interno de las relaciones sociales y la construcción de los ámbitos. El libro, de alguna forma, se deja pensar como si fuera una especie de diario íntimo de los últimos años en la poesía argentina. No está en juego el valor del texto, sino que se mide por actos, por lugares ocupados, casilleros, luego se quiebra, y se vuelve de cero para llegar a un lugar mejor: “junto a un nuevo editor más rubio / con su columna fija en radar que te coja más fuerte”. La figura poética, esa evidencia que se deja, marcada.

Express, así es la velocidad del libro. La ambigüedad traza una delgada capa sobre las palabras, que con el pasar de las hojas se desnudan y aumentan la energía, como una estrella fugaz, como un electro-shock: “de una punta de la capital a la otra / tus tetillas y tus bolas se encienden cada una / a cien mil watts”.
La luz y la oscuridad, están presentes, haciéndose oír, el suburbio, lo clandestino, queda en evidencia. Los espacios y los nombres son situaciones que tienen que ver con una crítica desde la poesía a esos mundos que mezclan tanta marginación junta: “la camisa que llevaba puesta la compré en una feria / de monjas estafadoras”.
El consumismo es el gran eje, la ansiedad se desvanece en carriles distintos, estallando en aquello que no se puede agarrar o que, se suelta, se deja atrás. Las grandes etiquetas de las ciudades. Las leyes que si, las leyes que no, el vacío entre eso, lo que pasa a raíz de-en consecuencia. El mundo del arte acapara esa sed insaciable de personas y géneros. Lo compulsivo y la impotencia y entre esa vorágine la pregunta: ¿Quiénes somos?, ¿Cuál es el valor del libro, de la palabra, si dejamos afuera el formato? La respuesta queda titilando en evidencia. Dentro de la conversación, un pequeño lugarcito para dos, un refugio ante esos dientes: “se cayó la lona improvisada sobre mi cabeza / tanta inmensidad encima de mío”. Así, el libro se tiñe de otros ambientes.
“una seda eléctrica nos revestía”, las mascaras, los disfraces. Un espejo distorsionado que nos muestra el monstruo: “nosotros ellos los otros todxs chorreando baba/las bocas rebalsando espumas pelos y colgajos de carne”. Ese mundo veloz.
“decidí que debías mutar / en un arrogante fotógrafo o artista plástico”, los textos se adueñan del recurso, y hacen uso y abuso de cada espacio-contexto: fama, fiestas, vicios, locuras, tics, neurosis, tatuajes. Desfiles de cosas con vigencia que se vencen, piel tuneada a punto de explotar. Como un degrade al revés.

a cien mil watts es un viaje, donde los estados del libro se vuelven tornasolados, podría decir que depende de cómo se lea o se ponga la hoja es lo que se va a encontrar, hallar, en ese decir imperativo, directo. Un verso se vuelve una metáfora o solo lo que se está diciendo o un poema de amor.
Weissi, nos transporta en un ritmo que se convierte en música a bordo de su libro y nos deja pensando.
Las corazas que mutan. El pasado aparece haciéndose visible. El trato. Poemas fuertes, que dejan resonancia, como ecos. Las tranzas. Los tajos. Las presas. Una frecuencia feroz donde todo se enciende a cien mil watts para salir a la calle, a enfrentarse con la realidad, crónica.
*Autora
Ana Claudia Díaz nació en Santa Teresita en 1983. Publicó en la antología poética Pájaros en la frente (2011), la plaqueta de poesía plegable Vuelto Vudú (2009) y el libro Limbo (2010) por Pájarosló editora, y Al antojo de las anémonas por Color Pastel (2011). Participa de diferentes encuentros de poesía. Vive en Buenos Aires. + info: www.anaclaudiadiaz.blogspot.com.