Hilario y Clara
Osvaldo Bossi *


de Santiago Rouaux
(Locoynuevo Ediciones, 2012)


Todos, todos están durmiendo, durmiendo en la colina.
Edgar Lee Masters



Hilario y Clara. Un libro sencillo y sin embargo extraño, complejo por muchas razones. Escrito más allá del tiempo, o mejor dicho, más allá de la edad que según sabemos tiene su autor: 28 años. Como si al ser tocado por el lenguaje, el tiempo se transformara en una máquina capaz de transportar una carga de experiencia (y de sabiduría) que ninguno de nosotros, particularmente, podría tener.

Eso es lo primero que me sorprende: la falta de marcas generacionales, y por eso mismo, su atemporalidad, su ir a contrapelo en esa carrera por atrapar el tiempo, el tiempo presente -tan propio de los jóvenes- y que Santiago Rouaux elude desde el principio, eligiendo un tiempo anterior, y un espacio ajeno al vértigo con que se vive en una gran ciudad, como es Buenos Aires. Y al hacerlo, elige Saladillo. Un pueblo—como todo pueblo— un poco remoto, aunque se encuentre ubicado a escasos doscientos kilómetros de la ciudad y el puerto de Buenos Aires. Sin embargo, esta elección no responde a una necesidad únicamente literaria (no tendría nada malo si así lo fuera) sino vital. Como si en ese recorte de espacio y tiempo, Hilario y Clara contuvieran las claves de una búsqueda que, de alguna forma, compromete la propia experiencia.

Como podrá verse, las coordenadas son precisas. Escrita en prosa, se parece a una inquietante nouvelle, y como tal, nos apresuramos a leerla. Sin embargo, la operación mágica (propia de la poesía) de convertir una cosa en otra, ya está en pleno apogeo.

Lo está desde antes, desde el nombre mismo: Hilario y Clara. Dos personajes concretos y a la vez dos máscaras, dos voces preocupadas en recuperar los episodios de su vida (idénticos a los de cualquier otra vida) contándosela, uno al otro, en voz alta. Una suerte de espejo, o de símbolo, en el que también nosotros, como lectores, podemos reconocernos. De hecho, la historia que nos cuentan (su propia historia) es una historia de amor. Pero no de un amor imposible, que es el alimento, por lo general, de los mejores poemas y de la mejor literatura. Sino de un amor que sigue todo el vía crucis de las convenciones sociales: noviazgo, matrimonio, hijos, preocupaciones económicas… Inclusive, el común privilegio de conocer el mar, y los peligros que ese conocimiento acarrea. Es interesante como en este episodio, descrito como el primer veraneo, se ven las claves de esa fobia, de esa endogamia que toda familia representa, poniendo el mundo exterior –en este caso el mar- como la metáfora de una realidad hostil. De hecho es Hilario, el padre, quien dice, sin que nadie pueda hacerlo cambiar de opinión: Volvamos a casa.

Abro un paréntesis. Me acuerdo de una novela, muy hermosa, de Paul Bowles, titulada El cielo protector, y en el significado que en algún momento le dan los personajes a ese título. No lo recuerdo textualmente, así que voy a parafrasearlos, pero dicen algo así como que gracias esa atmósfera que rodea la Tierra, ese efecto visual que los místicos confunden con el paraíso, nos evitamos contemplar cada día la negrura, el vacío infinito que nos rodea. De alguna manera el amor vendría a protegernos de eso también, y la novela de Santiago se demora en describir, en todos sus detalles, el cielo protector, esa ilusión óptica que sus protagonistas (reflejándose uno en el otro) producen, contra la adversidad. Desde luego, la novela de Bowles termina trágicamente. Pero no importa. Sentimos que sin la protección de ese cielo, todo lo demás nos hubiera sido realmente insoportable.

La novela de Santiago, si no me equivoco, nos hace testigos de la minuciosa transposición de ese paraíso en la tierra. Sin embargo, el dispositivo poético ha sido puesto en marcha, y todo el tiempo sentimos que se nos está diciendo otra cosa. Como si los protagonistas, al contarse su historia, estuvieran llevando a cabo una estrategia doble: por un lado, olvidarse de la realidad, y por el otro, convertir ese olvido en un mecanismo de reconstrucción, que al ocultar la verdad, la muestra. Como si cada una de esas epifanías conyugales exhibieran, de una manera soslayada, indirecta, su negativo. Como si todo cuento de hadas escondiera, a la larga, su cuento de terror. Es decir, un relato adentro de otro relato. Lo que convertiría esta historia de amor, simple en apariencia, la de Hilario y de Clara, en algo más inesperado todavía: en una novela policial.

De hecho, el inexplicable final, sólo es así, si no prestamos atención a las pistas que su autor va dejando, aquí y allá, frente a nuestros ojos (descontando ese final que, al detonarse, destruye todo lo anterior y nos reenvía, como un bumerang, al comienzo del libro, y nos hace leer todo el texto de otra manera) Y la clave, las pistas que su autor dispone, creo yo, está en el lenguaje. Está en el tono, la voz de los protagonistas, que intuimos, a medida que avanzamos en la lectura, no son otra cosa más que fantasmas. Dos fantasmas que se alimentan, ávidamente, de sus recuerdos. Pero ¿por qué? Y sobre todo ¿hasta cuándo? Como si Hilario y Clara no estuvieran ni en el Cielo ni en el Infierno, sino en el Limbo, esa zona intermedia donde todavía el bien y el mal no están definidos, y hay que volver a pasar la película, una y otra vez, hasta descifrar este interrogante.

Pero vayamos a otro punto, que considero central dentro del libro, y que me gustaría comentar. Hablé de historia de amor, y de novela policial. Es decir, coloqué deliberadamente el libro de Santiago dentro del género narrativo. Y de hecho, de alguna manera, el libro cumple con esta función. Sin embargo, también, se escapa. O mejor dicho, la trasciende. Y al hacerlo, convierte su escritura en algo más raro todavía: un libro de poemas. Un largo poema dividido en tres partes. Un poema-relato, como le hubiera gustado a decir a Pavese. O alguno de esos experimentos que vienen contaminando (por suerte) la narrativa universal. ¿Qué otro nombre darle, sino, a libros tan extraños como Las olas, de Virginia Woolf? O para no irnos tan lejos, como Pedro Páramo, de Rulfo, o La cama de Aurelia, de Arnaldo Calveyra? Hilario y Clara, entonces, como un libro de amor y un libro de poemas. . Y no cualquier poema, sino un poema lírico, que es, entre otras cosas, la reconstrucción de un yo, de una subjetividad, a partir del lenguaje. Cada palabra, cada párrafo, parece decir lo que dice y, además, evocar otra cosa, una emoción, un estar frente al mundo, que el lector reconoce inmediatamente.

La poesía, y su multiplicación de sentidos. O para decirlo de una buena vez: todo el tiempo, este pequeño libro de Santiago Rouaux, se mueve sobre un techo a dos aguas: novela que es un poema, cielo que es el infierno, Hilario y Clara: dos personajes reales y dos fantasmas. En definitiva, el bien y el mal, no por separado, sino como las caras de una misma moneda. Y otro dato: en ningún momento los protagonistas cuestionan esto. Todo lo contrario. Como los personajes de SpoonRiver, con toda la eternidad por delante, nos cuentan su historia, que en nada se diferencia de la nuestra. A veces, como un sueño, y a veces como una pesadilla.
*Autor
Osvaldo Bossi nació en Ciudadela, provincia de Buenos Aires en 1963. Entre sus libros de poemas publicados se encuentran: Tres (1997), Fiel a una sombra (2001), El muchacho de los helados y otros poemas (2006), Ruego por el tornado (2006), Del Coyote al correcaminos (2007), Esto no puede seguir así (2010, ganador del Primer premio de poesía otorgado por la Secretaría de Cultura de Córdoba año 2009).Y la novela Adoro (2009). La editorial Nudista de Córdoba, publicó en el 2011 Casa de viento, antología personal. Forma parte de diversas antologías de poesía argentina y latinoamericana. Colabora como crítico en distintos medios especializados. Desde hace años, coordina talleres de escritura en el Centro Cultural Ricardo Rojas, y ha dictado Talleres y Clínicas de poesía en provincias como Córdoba, Salta, Jujuy, Bariloche y Santiago del Estero.