Paisajes de frialdad (una incursión)
Ignacio Bosero *


Can solar, de Carlos Godoy
(17 grises, 2012)


Carlos Godoy empezó a llamar la atención de la crítica por la publicación del poemario Escolástica Peronista Ilustrada (2007), pero hay varios libros de poesía que publicó antes y después de este: Prendas (2005), La temporada de Vizcachas (2009), Paritarias + Soy la decepción (2011), y una novela, Sugar blueberry, sugar blueberry (2011). Can Solar es su primer libro de cuentos, y comprende cinco historias muy cortas y bien definidas que no se entrecruzan en ningún momento pero que en algún punto se relacionan por la elección del escenario/territorio donde transcurren: el pueblo. Godoy elige historias y personajes en general de pueblo y para contarlas utiliza un mismo tono seco y directo para todo el libro, y a su modo le da unidad y fluidez. En este caso, no es la ciudad el epicentro donde pasan las cosas, sino el pueblo, la estancia o el campo. Eso hace que el sentido de las historias de Can solar esté fundado en un imaginario apegado al lugar (como los personajes) que no resulta fácil de recomponer y poner de relieve en la lectura, y que por lo tanto esto se presente como un desafío para el lector (por más que la escritura de Godoy lo mueva en un lugar de transparencia). El tercer cuento, HCI, nos muestra a dos amigos de toda la vida (Oscar y Diego) que además de trabajar juntos en una carpintería comparten cierta afición por el peligro, la maldad y el secreto; y que un día apuestan por la hermana de Oscar (Celia) y ponen en jaque su amistad. Por un tiempo no se hablan, pero después –como se ven todos los días en el trabajo– deciden volver a dirigirse la palabra. La identidad de los personajes –su amistad– se juega en esta ambigüedad que representa el ingreso de un tercero a su relación con la complejidad de que se trata de alguien familiar, es decir Celia, la hermana de Oscar. Y en ese punto su amistad (y su confianza) puede llegar a reafirmarse como a romperse “sin camaradería”. Por otra parte, lo turbio se hace presente también en este relato: por las noches, en la sociedad de fomento del pueblo donde Oscar trabaja temporalmente de mozo para “sacarse unas deudas de encima” varios hombres (entre ellos Gonzaga, un ex intendente) miran porno en un LCD gigante y toman whisky. Y de día, el lugar “sirve como restaurante para las familias que son socias”.
En otro de los cuentos, Erasto, una madre divorciada y “especial” que vive con sus tres hijos lleva a vivir un indio a su casa. La particularidad de esta decisión configura ese modo de ser “especial” y de algún modo previsible (para sus hijos) que tiene Pra para actuar, pero que también responde al contexto de su trabajo como docente en un Instituto con políticas de inserción para jóvenes nativos. De todas formas, la experiencia (o el experimento) con Erasto falla y la situación se pone cada vez más incómoda y tensa, y concluye de modo violento: “Con el tiempo Pra dejó de ver a Erasto en el Instituto y cuando habló con los directivos del establecimiento le dijeron que, luego de una discusión con uno de los sacerdotes que lo había traído, incendió la habitación de la parroquia en la que vivía y desapareció”. Así, volvemos al principio donde la terquedad por creer lo familiar como una vía de comunión “normal” termina por volverse amenazante (“anormal”) para el propio vínculo familiar. Es por esta razón que sus hijos, años más tarde, cuestionan las experiencias por las que se vieron obligados a pasar por causa de su madre porque “nunca sintieron realmente que estaban ayudando a alguien, sino más bien, un profundo malestar y una anestésica tristeza por sus propias vidas”.
Otro de los cuentos, Es preferible tener suerte a ser inteligente, abre el libro. Y cuenta la odisea interior y cotidiana de un hombre al que le estalla una vena en la cabeza y debe enfrentarse al circuito médico. Por todo eso, su marco familiar queda desestabilizado, aunque después se recompone cuando lo operan con éxito (incluso todo funciona mejor que antes). Pero, más adelante, vuelve a sucederle lo mismo y su tragedia se repite –de la misma forma que él repite la frase “Es preferible tener suerte a ser inteligente” como si resumiera el destino de su vida. Y al final, algo de esto se cumple porque no hay solución médica que pueda detener sus convulsiones regulares. Y el personaje del relato, como si fuera víctima de sus propias creencias, termina lamentándose (pero, al parecer, es un poco tarde). “Después es como si una bomba estallara justo en mis pies y es tan real que me parece imposible que a los que están a mi lado no les pase lo mismo”. Final de Anatomía, por su parte, es la historia de una estudiante de medicina (Amikho) e hija de una familia que se constituye por un golpe de suerte (una gran herencia que su padre recibe un día de parte de un tío lejano), y que en unas vacaciones decide quedarse sola en su estancia y no aceptar ni que su novio la acompañe ni seguir a su familia que se va de viaje, porque tiene que preparar un final. De lo que somos espectadores, sobre todo, es de lo que Amikho tiene que hacer para este final: ir a buscar al cementerio los huesos de un esqueleto, prepararlos y armarlos. De ese modo, asistimos al mismo tiempo a la composición que está asociada a su presente, sus recuerdos y reflexiones (la probable infidelidad de su novio y su aventura con un joven de pueblo, por ejemplo), como a la del esqueleto.
El último de los cuentos, Can solar, propaga el misterio en el pueblo (de boca en boca) de un hombre al que una noche le sucede algo atípico volviendo a su chacra desde la ciudad en camioneta: su vehículo deja de funcionar y ve un intenso hilo de luz sobre una laguna seguido de un zumbido y después se hace de día. Atrapados por la curiosidad, los habitantes se desplazan en caravanas a la laguna con la fantasía mística de volver a ver esa luz. Pero todo se trata de un fenómeno que al final es aclarado por la Fuerza Aérea y la gente, como después de una peregrinación falsa, termina volviendo a su casa igual que antes.
En este libro, Godoy plantea cinco relatos en donde el ingreso de un elemento externo –que viene de afuera– perturba lo familiar, lo carga de sentido, reanuda y desplaza cierta violencia que estaba latente. Y en esa mezcla queda explícita parte de la crudeza de sus personajes. De cualquier modo, la sensación que recorre las historias es que en vez de producirse un cambio –un pasaje a otro lugar– todo queda suspendido y podría repetirse.
*Autor
Ignacio Bosero nació en Los Toldos, Buenos Aires, en 1982. Publicó Rugido (Color Pastel Poesía N° 75, 2011).