La manía argentina
Edgardo Scott *


de Carlos Correas
(Universidad nacional de General Sarmiento, 2011)


Es una suerte, una alegría, un orgullo en cierto modo, que la Universidad Nacional de General Sarmiento edite un libro de Carlos Correas. A este acontecimiento se le agrega el hecho de que el libro de Correas, La manía argentina, aborde un tema nada menor para nuestros días: el papel que cumplen los intelectuales de nuestro país, sobre aquellos intelectuales que ocupan algún lugar de poder. No creo que haya casualidades en este aspecto. Si este libro de Correas, hoy, 2011, puede merecer una edición adecuada y universitaria -a pesar o más allá de que el texto original date del año ´84- es porque hay condiciones políticas que lo posibilitan y hasta alientan, y que por fortuna exceden el constante y tedioso tironeo de posiciones oficialistas y anti-oficialistas.
En La manía argentina, Correas se ocupa, con su inimitable y genial escritura, de describir y explicar los fantasmas más ordinarios, más repetidos que suelen rodear al intelectual universitario argentino. Para eso, toma como ejemplo y para su escarnio a Victor Massuh, profesor y filósofo, además de embajador ante la Unesco por parte de la última dictadura militar. “Ha de ser trágica para la invención de la cultura y para la nueva fundación de la crítica esta compulsión maníaca de exhibirse como asistido por la “legitimidad” y la “genuinidad” y guerrear contra lo “espurio” y lo “bastardo””, escribe Correas y es todo un diagnóstico. Desde el comienzo del libro, Correas nombra a Massuh, lo denigra (aunque lo justifique y lo explique) como el “Primitivo contemporáneo”. Ese Primitivo tiene una causa: la cruzada pseudo-intelectual contra el colectivismo. O contra el fantasma de la amenaza socialista. Correas entonces detecta en Massuh todas las virtudes, todos los recursos necesarios que pudieron justificar si no hacer posible realmente, el golpe de estado y el estado terrorista y torturador, preparado en la Triple A, y que detentó el poder entre el ´76 y el ´83. De hecho, todo este ¿ensayo? (escrito, recordemos, hacia fines de la dictadura) de Correas es útil –es más que útil en verdad, es imprescindible, es expresivo- para entender que nuestra cercana y desigual guerra civil nos fue provista por una sociedad poseída por la violencia material, una violencia ejercida y padecida en partes iguales (sé que Correas aceptaría el término poseída, por su connotación demoníaco-religiosa).
En el segmento final del libro, Correas homologa, conformando así una temeraria trinidad, a Massuh (esto es, la alianza intelectual, la alianza discursiva), la iglesia (el elemento irracional o sobrenatural, el goce) y las Fuerzas Armadas (la fuerza, el poder ejecutante y coercitivo).
Hay un libro de W. G. Sebald, Sobre la historia natural de la destrucción, donde en el último capítulo, Sebald analiza e interpreta la trayectoria de su compatriota Alfred Andersch durante el nazismo y también en su producción posterior. Sebald detecta en él, como también en otros escritores e intelectuales alemanes, la obsesión legitimadora –así la llama Sebald-, tanto para sí como para su obra, o para sí a través de su obra; es decir, una especie de garantía de eternidad narcisista que se pretendería imponer –tal vez como el propio tercer Reich pensaba reinar por mil años- primero sobre los círculos entendidos y luego sobre la masa toda. No otra tendencia encuentra Correas en Massuh. Ante el terror a la intrascendencia y al olvido masivo, destino común de la mayoría de escritores e intelectuales argentinos, Massuh hace su golpe de estado, manifiesta su complicidad. Así lo esclarece Correas: “De este modo Massuh es doblemente una explicación del país: primero como lo que el terror opera en el sujeto, y segundo, como lo que el sujeto, una vez operado por el terror, produce en la realidad: sus libros de adoctrinamiento, su método de reducción del mundo a limitaciones esenciales para concretar así el imperio del irracionalismo telúrico y su nacionalismo a la altura y las esperanzas cómodas de la clase media.”
Por otro lado, La manía argentina –y esto ya es advertido con lucidez en su contratapa- se puede leer como una variación más teórica de La operación Masotta. El procedimiento de Correas es el mismo: desnudar a un sujeto, en este caso Massuh, pensar mal de él, pensar mal con él, sobre todo pensar el mal (obsesión de Correas) en él, y en sus producciones.
¿Pero cuál es la manía argentina? La manía intelectual argentina se podría añadir: pensar una doctrina de la represión, la seguridad y el orden –construyendo un enemigo, un procedimiento de exterminio sin argumentación, tan sólo basado en el sospechoso efecto de lo sagrado, que tiene la medida atroz de lo indeterminado-. Correas comete el acierto de describir al detalle (es verdaderamente demoledor el detallismo de Correas, no permite excusas) a un tipo de intelectual, escritor y pensador, que puede ir desde Martínez Estrada hasta, en nuestros días, Abel Posse, Marcos Aguinis, o Santiago Kovadloff.
Carlos Correas es seguramente uno de los autores más importantes de la segunda mitad del siglo veinte (más audaz que Saer, más corrosivo y rupturista que Lamborghini o Aira). Un autor que sin embargo aún hoy es poco menos que inconseguible. Esta edición, a la vez cuidada, rotunda y discreta, le sienta a la perfección a la maravilla de su escritura.
*Autor
Edgardo Scott nació en Lanús en 1978. En 2004 ganó el premio Lebensohn, de “Cuento breve”. En 2005 fundó junto a otros escritores Alejandría, grupo de narradores del cual es integrante hasta la fecha. Con Alejandría y gracias a una beca del Fondo Nacional de las Artes, en 2007 realizó la antología El impulso nocturno. En 2008 publicó Tres mundos, una antología con textos breves de narrativa junto a Clara Anich y Juan José Burzi. También en 2008, por la Edulp (Editorial de la Universidad de La Plata) publicó la novela breve No basta que mires, no basta que creas. En 2010 publicó Los refugios (cuentos). Es corrector de estilo y colaborador en distintas revistas literarias, tanto gráficas como virtuales, Los asesinos tímidos, Ñ, No-retornable, Casquivana.