Hielo Locura seguido de Increíble
Mariano Massone *


Hielo Locura, de Mariano Blatt
(Ediciones Stanton, 2011)


Mariano Blatt es un mundo de pibes, amigos, amantes, deportes y drogas. Más allá de todo eso hay un ritmo que, en estos dos libros reunidos, se nota por su diferencia. El libro más nuevo, esa recopilación de poemas que es Hielo locura, se orienta hacia un ritmo exageradamente veloz, que se despliega a dos mil sobre las páginas. Tiene la vertiginosidad de la música electrónica y repeticiones que parecen loops. Por otro lado, Increíble (2007) se demora más en el relato y el ritmo es muchísimo más lento y pausado. Los estribillos son moneda corriente en este autor. Estos transforman sus poemas en canciones pop que pueden ser cantadas por cualquier adolescente.
La búsqueda de una experiencia de la realidad también marca la poética de Blatt. Hay experiencias que sobrepasan el límite de lo real y otras que muestran un mundo subjetivo polivalente: pasa que se te abrió una cosita en la cabeza que no se tenía que abrir, vos pensas en cosas de este mundo que están en otro mundo, vos haces el esfuerzo para saber que esto se llama mundo, las cosas siguen siendo cosas. El mundo subjetivo se enlaza con las anécdotas. Estas parecen estar más allá de la mera convención del contar, es pura producción del lenguaje: la mañá, como escribe Blatt, muestra la mínima diferencia entre un acto en sí (las cosas siguen siendo cosas) y el hecho discursivo.
Una de las anécdotas más ricas de este libro es la de Ramón que, como el don Juan de Castaneda, introduce al yo poético en una experiencia con unos yuyos de Santiago. Ramón da una enseñanza: escuchá, rubio/ el corazón tuyo es el más grande/ como el de todos/ cada uno tiene un mundo entero/ adentro del corazón/ más grande que dios/ y más rápido que una moto/ se llama vértigo de locura y amor. Esas enseñanzas que da Ramón viajarán por los dos libros: estar bien, ser felices, tener amigos. Así de pedagógico e ingenuo puede parecer. Así es.
La pedagogía se convierte en una cartografía: Otros hacen mapas con todo lo que le pasa en la vida. Eso se llama guardar cosas y aunque me hace mal nunca dejé de hacerlo. Todo relato moderno sobresale por ser puramente autobiográfico. El mapa se hace con la propia historia. Hablar de uno mismo siempre es engañar al otro, recortar lo que se dice. Blatt sabrá esto de antemano.
Sin embargo, como en toda película de hadas donde todo está perfectamente bien, los fantasmas acechan. El yo poético, en el poema “Fantasmitas”, se pregunta una y otra vez cómo escribir un poema. Dilema central. Quizás en ese poema se encuentre el nudo de toda la poética de Blatt. Los que van caminando por la calle de la realidad son personajes de video juegos, mientras el yo poético se pregunta si escribir poemas centrados, corridos o torcidos. En un momento dice: esto no está pero lo veo igual/ (fantasmitas) . El borde es cuando la ideación se vuelve mayor que lo real en sí, puesto que las cosas siempre seguirán siendo cosas y lo que fluctúa es nuestro discurso. El Paraíso,/El Espacio Exterior,/las cosas que nadie entiende tranquilamente se pueden convertir en un infierno del no saber, del no entender lo que está sucediendo. Según Blatt se vuelve de la ideación por una caña de pescar clavada a un arbolito ¿el arbolito de Saussure, donde los poetas se definen por estar arriba/abajo?
Madariaga aparece nombrado, el gaucho del universo aparece en esos poemas bucólicos de Blatt donde el yo poético se encuentra con pibes en el medio del campo y crea un lugar ideal para el amor: era conexión re bien sin interferencia porque en el campo/ no había cables ni antenas. El ruido es cuando una persona se enoja, Blatt quiere borrar completamente el recuerdo de cualquier desencuentro con las personas, es más, excepto en el poema “Fantasmitas” no hay un poema donde no haya amor, donde haya desilusión o nostalgia. El ruido, el enojo es inconcebible para esta poética: Hagamos la cuenta de todo lo que dijimos cuando estábamos fumados más todo lo de cuando estábamos enamorados menos todo lo de cuando estábamos enojados.
Para tener maldad se necesita talento y para escribir poemas se necesita sufrir un poco. Marina Tsvietáieva, poeta rusa de la época de la revolución, la débil Marina escribía: digo NO a la dicha, soy vieja. Y con respecto al amor retrucaba: Pushkin me contagio con el amor. Con la palabra amor. Es distinto: si a una cosa no la llaman de ninguna manera, y si hay una cosa, llamada así. Cuando la mucama sacó, de paso, desde la ventana ajena, al gato pelirrojo, sentado allí bostezando y él vivió luego tres días en nuestra sala, debajo de las palmeras, y después se fue y nunca regresó- esto era el amor. Cuando la gobernanta Augusta Ivanovna dice que se irá de nuestra casa y viajará a Riga para no volver nunca- esto era el amor. Cuando el tamborilero se iba a la guerra y después jamás volvió- es el amor. Cuando a las muñecas parisienses; de gasa rosada y llenas de naftalina las meten en primavera, después de sacudirlas, al baúl, y yo las observo y sé, que ya nunca más las podré ver- esto es el amor. ¿Cómo escribir poemas felices después del GULAG, le pregunto a Mariano Blatt? ¿Es posible escribir poemas felices después de que maten a tu esposo? ¿Cómo pensar el amor si no es desde la pérdida, la completa pérdida?
*Autor
Mariano Massone nació en 1985, y es profesor de prácticas del lenguaje (eso dice el recibo de sueldo).