La impostura hasta la náusea
Sabrina Haimovich *


El Impostor, de Enzo Maqueira
(Milena Caserola, 2011)


Un hombre se encuentra con una ex compañera de secundario pelirroja, pecosa y con una risa que da miedo. Recuerda que la apodaban La Loca pero igual va a su departamento en busca de unas líneas de cocaína y de un regalo sexual. Lo que sigue es la narración de una experiencia signada por los efectos de la droga. Una nouvelle a medio camino entre la esquizofrenia, las experiencias místicas y los policiales negros, en la que no faltan muertes y escenas con seres del inframundo de la noche porteña. Un hombre atestado por la confusión y la incoherencia que no puede dejar de mirar una pecera e identificarse con un lebiste.

Esta es la trama de El Impostor, segunda novela de Enzo Maqueira publicada en 2011 por la editorial Milena Caserola. Con una inmensidad de citas y referencias que van desde Cortázar hasta Goddard y desde el budismo hasta la canción mexicana, la narrativa de Maqueira lleva al lector a un universo intelectual en el que abundan los guiños para su interpretación.


De la impostura

En las primeras páginas de la novela, La Loca le dice al narrador protagonista: “Sos vos el impostor”. Y más allá de que la frase anticipa una relación complicada entre ambos, es claro que la verosimilitud del relato queda en duda. ¿Cómo creerle a un impostor? ¿Cómo leer una novela sabiendo que lo que cuenta el narrador no es cierto?

A pesar de la advertencia de las primeras páginas, el relato prosigue. El lector pasa por alto este detalle, lo toma como el apodo del protagonista, cree entender a quién se refiere el título de la novela, y se sumerge en el mundo ficcional de la obra literaria como lo hace un pez feliz en una pecera. El lector entra así en un mundo de sexo, drogas, orgías, travestis, streepers, suspenso y policías.

Pero las advertencias continúan. Más avanzado el relato, el protagonista asiste a una reunión de escritores, periodistas y actores donde el tema vuelve a aparecer. Esta vez por boca de una actriz que lanza al grupo una de esas reflexiones propias de las reuniones de intelectuales: los periodistas deben mantener la imagen de seriedad para sostener la realidad construida por el medio. Eso es una impostura, dice. La charla podría seguir en ese sentido pero llegaría a puntos demasiado riesgosos para el relato, alguien podría salir a responderle que desde ese punto de vista, la literatura también es una impostura. Sin embargo, la conversación se desvía hacia comentarios sexuales y referencias a Borges.

Luego de esta segunda pista ya es imposible nadar con tranquilidad en el relato sin sospechar nada. Además, las escenas empiezan a volverse sumamente extrañas. Por ejemplo, tenemos un pasaje espejado al infinito en el que el protagonista encuentra el libro El Impostor de Enzo Maqueira a la venta en un comercio. Después de hojearlo, lo comenta con una amiga china con la que estaba en ese momento y ambos dialogan sobre los diálogos del libro y discuten sobre la naturalidad de las palabras que utilizan los personajes del libro, que no hace falta aclarar que son ellos mismos.

Hacia el final, también hay otras escenas extremadamente bizarras que impiden seguir creyendo en el relato del impostor. ¡Un arresto policial es narrado como un tema de Rocío Durcal! El lector, que tenía grandes sospechas de la veracidad del relato, es confrontado con las palabras del narrador que dice “Nada ha sido en serio, todo fue una broma”. Claro que son frases del tema Así son los hombres que el protagonista había escuchado en la última noche que pasó con su novia. Todo podría tener una lectura más ingenua pero la impostura ya se hace tan evidente que tendemos a enloquecer.


La Náusea

El impostor aclara que no es una referencia sartreana. ¿Cómo creerle? De todas formas, uno de los temas principales de la obra es la náusea. Ésta le sobreviene al protagonista, que también es escritor, luego de períodos de tiempo prolongados en los que lo único que hace es mirar una pecera con lebistes. En vez de escribir, se queda colgado en eso durante horas hasta que se marea y siente ganas de vomitar.

Ser un pez, confiesa, lo seduce hasta tal punto que una vez introdujo un espejo en la pecera para mirarse ahí dentro, confundirse y ser uno más de ellos. Cree que en un mundo que cabe sobre una mesa no hay demasiadas preocupaciones y busca un momento de tranquilidad frente a una vida caótica. Por momentos lo logra, pasa el día mirando las burbujas, persiguiendo hembras, preocupándose por el horario en que le traen la comida... En otras ocasiones, en cambio, ve la imposibilidad del asunto y aparece la náusea.

Los fragmentos sobre los lebistes y la náusea son una metáfora de la vida del protagonista. Caos, desdoblamiento, confusión. Este trío se repite no sólo con los lebistes sino también con el resto de los personajes. Con su novia, con su amigo gay, con la travesti, con La Loca, con la china, etc. En cada uno de ellos busca un refugio frente al caos de su vida. Tal vez lo logra por un momento desdoblándose en alguien que no es, adquiriendo un rol, una identidad, asumiendo una impostura. Sin embargo, lo acosa la falta de coherencia entre todos esos roles, la falta de una personalidad única, no saber quién es.

La náusea, dice, es el camino del medio entre un lado y el otro del espejo. No dura mucho y es la antesala de la confusión. Podría describirse como un momento zen del personaje, en el que logra, por un instante, comprender el todo, ir más allá de los distintos roles de su vida, de sus imposturas, y mantenerse en el limbo con una percepción amplia y holística. Tal vez esa sea la búsqueda del personaje.
*Autora
Sabrina Haimovich es Licenciada en Comunicación Social (FSOC-UBA) y estudiante de Psicología (PSI-UBA). Contacto: sabrina.haimovich@gmail.com.