El cráneo de Miss Siddal
Lorena Curruhinca *


de Augusto Munaro
(Pánico el Pánico, 2011)



Desde la primera página queda claro que el registro de esta novela es singular. Escribirla en lenguaje barroco es una apuesta estética, paródica. Los personajes son parte de esta saturación gramática: se tutean entre ellos y hacen tertulias literarias en pleno siglo XXI. El anacronismo los rodea constantemente: la misma casa del protagonista, Matías Fast (descendiente anglosajón) es un chalet de la época del centenario del barrio de los ingleses en Hurlingham que enorgullece a los vecinos. Es esta exageración en la descripción de lugares –con criadas que indican la hora de la cena, tapices típicos en la casa de Fast- y de situaciones las que logran la verosimilitud del relato, volverlo proporcional con la intencionalidad de mostrar todo ese escenario sin que sea un anexo exótico dentro de un ambiente ya caracterizado para el lector. Matías es un estudiante de medicina, quien además trabaja traduciendo. Es cuando intentando transcribir a Ruskin se da cuenta que está imposibilitado de concebir cualquier tarea intelectual. Es en una reunión de los jueves que declara a sus amigos que la literatura argentina está en estado agonizante. Tras un relato de la genealogía y distintas apariciones de la Musa, Fast declara que la última aparición de la misma fue Elizabeth Eleanor Siddal, esposa e inspiradora del prerrafaelista Dante Gabriel Rossetti. Miss Siddal muere prontamente de sobredosis de opio. Los demás lo acusan por declarar a la inspiración inglesa y no argentina. Matías sólo recibe el apoyo de un único compañero, mientras que los demás concluyen que la auténtica Musa es la pipa con la que Marechal escribió Adán Buenosayres. Así, ambos bandos emprenden sus respectivas búsquedas: Fast y Octavio planeando un viaje a Inglaterra para apodarse del cráneo de Miss Siddal y los demás dividen tareas para la obtención de datos que los ayuden a encontrar la verdadera residencia de la tan valorada pipa.
La novela transcurre en las andanzas e intentos detalladísimos de ambos grupos por completar su misión. El relato se puede leer así, solamente como crónica o también como parodia reflexiva de cierto academicismo, donde el del arte es utilizado como moralizante, acaso en su rol alfabetizante, alejando al hombre de la barbarie: ¿acaso una crítica al Humanismo? El hecho de instalar un debate en una ficción de un modo casi indirecto no lo transforma en un hecho inocente: el espesor del dilema no subyace en la novela, sino que es a través de los personajes, sus diálogos y su estereotipación en donde debemos buscar las pistas y las claves para ver qué quiere decir toda esa tensión, ¿a qué o quiénes se le está apuntando? La determinación en insistir en la prosa afectada, la inferencia de una afección del intelecto como ausencia de una inspiración superior, en todo ese juego referencial a la enfermedad –con toda la sintomatología posible- el simbolismo del que protagonista sea un futuro médico quien cure esa dolencia no a partir del pragmatismo inherente a la ciencia sino en base a creencias místicas magnifica lo parodiado: el uso de la frenología, una pseudociencia del siglo XIX, como herramienta de diagnóstico refuerza la crítica hacia la insistencia de cierta parte de la literatura de enclaustrarse en los métodos conocidos. Aun con todo esto, lo ridiculizado puede tornarse una voz propia y desde del Quijote sabemos que la caricatura es capaz de ser entrañable y entonces debemos repensar el sujeto o tema cuestionado.
La elección de Marechal no es azarosa, sabiendo que fue un autor cuya obra no fue reconocida sino a través del tiempo y relegado por su filiación peronista es una apuesta política y un rescate estético. Hay un -no tan manifiesto- paralelismo entre el libro Adán Buenosayres y el destino de Matías Fast, quien finalmente encuentra el cráneo y publica un estudio microscópico y frenológico, minucioso de la vida diaria de la musa prerrafaelista.
El final es como una película de M. Night Shyamalan, imprevisto y dispuesto a instaurar desconfianza en toda la lectura hecha, ceci n'est pas une pipe. Como en una lluvia interminable en donde la humedad transforma lo cotidiano en molesto y lo espeso del aire impide pensar en otra cosa que no sea que pare de llover, hay que ponerse las botas, sacar el paraguas y bancarse la ropa mojada para pensar en cómo era antes de toda esa sensación de pegoteo; sacudir suposiciones y certezas para cuestionarnos sobre qué convicción juzgamos e interpretamos cualquier texto: cuando la hermenéutica puede permitirse la ilusión y se enfrenta a nuestro instinto, hace temblar nuestra mirada alienada. Es en ese vibrar donde es posible que aparezcan fisuras que den lugar a nuevos métodos – o al menos perspectivas diferentes- de entender la literatura o arte en sí. Hay que comprender que nuestra forma de afrontar y entender un texto es eso, una sola forma de varias posibles.
Y si además un texto posibilita que se discuta el estilo de escritura de cierta época o al menos produzca en otros pensar el propio discurso narrativo podemos estar satisfechos.
*Autora
Lorena Curruhinca, (Viedma 1981). Reside desde pequeña en Carmen de Patagones, por lo que se considera maragata. Vive y estudia Farmacia en Bahía Blanca. Con Gerónimo Unibaso editan la revista “Esto no es una revista literaria” y la editorial “Colectivo Semilla”, y junto a Diego Rosake organizan la Feria de editoriales autogestionadas de Bahía Blanca. Está por sacar el libro “Una chica de río”. Blog: principiodeincertidumbre.blogspot.com