Las preocupaciones de una vida incompleta
Joaquín Correa *


Gutiérrez, de Agustín Marangoni
(edición del autor, 2011)


Nos sumergimos en Gutierrez como incrédulos voyeurs, colocados en esa posición un poco a la fuerza y otro poco por curiosidad. Y vemos pasar pequeños fragmentos de la vida de este tipo tan raro, un patafísico maniático obsesivo, que sale a la calle y el mundo entero se da cuenta.

I
Gutiérrez cuenta, tal vez, dos historias: la del mismo Gutiérrez y la de Ezequiel, su perseguidor, su admirador. Gutiérrez es el presente, el actor de lo insólito que atraviesa lo cotidiano y Ezequiel es la memoria del pasado, el discurso de la libretita que se pierde entre sus recuerdos y las andanzas de Gutiérrez. En el medio quizás haya otra historia, la del narrador, la nuestra. En todo caso, de nada podemos estar seguros: entre Ezequiel y Gutiérrez son numerosos los paralelismos y parecidos y podríamos llegar a pensar o que son la misma persona o que uno es la invención del otro. La seguridad buscada con el correr de las páginas se esfuma una vez terminado el libro como si Gutiérrez nos hubiera hecho parte de uno de sus divertimentos.

II.
Es un tipo raro Gutiérrez. Para su ciudad, para su entorno, para todo lugar que habite y atraviese es complicado, cínico y hasta insoportable. Gutiérrez somete a la realidad a una constante experimentación, puesta a prueba o interrogación, lo que, claro está, resulta sumamente molesto. Hace de él mismo un personaje y de cada intervención una performance o una aventura. Poco sabemos de él, su vida y existencia: lo justo para entender esa especie de urgencia por hacer algo que rige sus actos.
Como un artista de vanguardia, Gutiérrez se mueve entre ráfagas de pensamiento y acciones. Siguiéndolo de algún modo, la novela se va construyendo como una galería de pequeñas instantáneas de su vida, cuya suma no implica ninguna totalidad abarcadora ni concluyente. El lector, incluso, podría animarse a la misma inquietud de Gutiérrez y leer capítulos separados a su antojo, como si al entrar en su casa hubiese encontrado en el piso varias polaroids entremezcladas y se recostara a verlas con la tranquilidad del gozo infantil.

III
Gutiérrez haciéndose pasar por ciego, pidiendo monedas en la puerta del lugar donde acaba de comprar el bastón; Gutiérrez asistiendo a una reunión de Alcohólicos Anónimos para escuchar historias, como parte de una experiencia antropológica; Gutiérrez explayándose por demás en una entrevista laboral; Gutiérrez y sus teorías del arte en la era de la reproductibilidad técnica en el Louvre: Gutiérrez podría ser un pariente cercano del Lucas de Cortázar, del Lito Giménez de Kohan y de los patafísicos que nacieron del Padre Ubu, con el agregado de su insolencia radical y su obsesión por las manzanas.
Gutiérrez tiene una rara cualidad para nuestros días: se lee de un tirón, de una sentada, en dos o tres jarros de café. Y además está buena, es simple y divertida. Como las buenas películas, nos deja las ganas de pasársela a nuestros amigos para después empezar a inventar nuevos episodios apócrifos de la vida de este tipo tan entrañable.
*Autor
Joaquín Correa nació en Mar del Plata, en 1987. Es asistente de español en Saint Louis, Francia. Ha publicado artículos y reseñas en distintas revistas. Mantiene el blog: citasincomillas.blogspot.com