La escritura
Ana Claudia Díaz *


de Santiago Pintabona
(Pánico el Pánico, 2011)



“jugamos con palabras / -me río- / parecen pensamientos”, dice Santiago Pintabona al final del poema n° 55. En esa fluencia, la escritura se deja pensar, como un viaje, buscando resistir en la palabra, en su construcción.

La escritura retoma a la poesía y se balancea en la “repetición, variación y divergencia”, describiendo con exactitud el trayecto del concepto y desplegándolo a lo largo de los 100 poemas que pueblan al libro.
Partiendo desde el título, el autor nos introduce, abre un universo convirtiendo cada oración en una dualidad, instalando una lectura paralela. Se crea un juego de palabras que se desarrolla a lo largo de toda la obra, donde el decir se excusa en una explicación, actitud o idea, generando un encadenamiento –incluso desde la estética en cuanto a la sucesión numérica-. La fuerza del texto despierta a la imaginación y la sacude a través de señales que se van haciendo visibles ante un abismo semántico.
Todas las posibilidades y estados que implican a un otro –vos/objeto- se van transgirversando, disfrazando en el contexto para poder rescatarlo. Enhebrando las palabras el autor se sale de foco, se corre y empieza a ver distinto, “Lo que difiere perdura / sucumbe lo que se repite” y luego dice “porque un punto se mueve con nosotros”, esta afirmación me traslada al origen donde muchos puntos unidos forman una línea, y varias líneas una letra que se convierte en un símbolo. Las hojas están pobladas de analogías, en uno de los poemas hay una imagen de una gota que se difunde con el pincel, ahí me lleva de vuelta a la figura de esa letra que crece y se hace palabra, ese signo universal. Me pregunto ¿Debe ser así?, ¿Hay una estructura que se continúa sola?
Pintabona abarca la escritura desde diversos lados, pero en el título queda marcada la elección, asentada, dicha. El prefacio direcciona al texto bajo el subtitulo “Misceláneas y homenajes”, estableciendo una relación y una función entre estas dos. Dentro del juego hay una “imitación” en donde el “yo” se hace cargo de lo que se viene diciendo, se pone en un lugar que no se alcanza y en los distintos tonos de homenaje el texto va girando y acorde a eso las palabras penden del autor, de su manifestación.
Insiste en remarcarnos ciertas cosas y lo pone en palabras diferentes, en distintos estados, se focaliza en lo que está rasgado, labrado en la tierra, las huellas del mundo, la escritura. Dejando en claro también, esos espacios intermedios -el silencio-, explica la forma y el sonido del texto –la voz alta- y la calma que lo intercala de a ratos. Hay que ir quitándole capas a los versos, desnudándolos, para llegar a aquello que realmente se quiere decir y alcanzar la mayor profundidad posible. Aparece el concepto de sede, a partir del cual se despliegan otras ramas, otros modelos, pero todo desemboca en el mismo espacio, sin importar su envoltura.
Enreda y desenreda al lector en su juego: “el rendimiento supera al castigo/de no saber de lo que estamos hablando” y en el próximo verso dice, “nada del arte se comprende/se resiste”, en ese manejo maravilloso, en ese dominio de las palabras nos construye un sitio propio, un lugar, una pendiente hacia un mundo lleno de combinaciones posibles-imposibles, donde están los mapas, las raíces, la música y lo diverso que parte de los distintos modos de escritura que se conjugan, tramos que nos afirman, “nada es lugar. Todo es camino”. Se traza una línea comparativa entre el escritor y el lector que apuesta a un mecanismo de rueda en la poesía, creando una paradoja dentro de los roles establecidos.

En la otra lectura del libro, en la ambigüedad, abunda la metáfora que se reitera, retoma pero mutando bajo un manto de protección que rodea o avisa, donde la confusión es algo que puede pasar, es una ocasión más. Devuelta, aparece la figura presente y exaltada del “yo” bajo las ataduras, esas cargas que se llevan “cadencia de querer en la barranca/caer”, el autor nos habla con nostalgia, con deseo de querer caer ahí, nombrando el paisaje deshabitado que ya no es ideal. No hay que retroceder. Se nos presenta el cuerpo, la figura, la forma concretamente, ¿La escritura es una mujer?
“De que lo evidencial nunca guardará el secreto”, continuamente hay una voz que le habla directamente al lector –casi aconsejándolo- pero de pronto se dejan entrever algunos indicios y pienso, ¿A quién le habla el autor? ¿El “vos” puede ser la escritura y no el lector?, casi como adivinando el que vendrá, reconoce una acción de temblar y temer ante la escritura, hace alusión a un poder, a lo verbal y su reverberación.

En La escritura hay elementos fuertes que se retoman en los pequeños poemas, colmando los diferentes sentidos. En las palabras también está el juego, el decaer del verbo que se va descomponiendo o conjugando y rota, muda. Contrasta e iguala. Responde los cuestionamientos, encuentra.
Paralelamente hay una historia que se quiere narrar, aparece el camino, la vida, y todo lo que es suelo, raíz, tierra, orilla va armando un lenguaje secreto –que se construye en cada “mundo-espacio”, donde los errores que cuelgan en el cielo limpio saltan a la vista, quedan expuestos, como los vestigios, dejando rastro de una fuerte relación en pertenencia a la naturaleza.
Entonces, nos encontramos sumergidos en el traspaso de un lugar/sensación a otro y de ahí a la oscuridad por consecuencia. Los poemas están rodeados de texturas de frutas macizas como piedras, y “en otra tela con tonos distintos permanecen”.
Las preguntas alcanzan los tonos ocres, los matices más profundos, que solo relucen según la luz y su reflejo. Hay una dureza que se traslada, un pensamiento desordenado con un fin, una fractura de viejas promesas, ¿Hay una espera en el texto?

De pronto La escritura se vuelve una especie de manual, una guía con ciertas reglas que hay que seguir. El camino se transforma en un museo, en un laberinto, se deforma la vista o se altera el paisaje. El lenguaje tiene un atuendo.
Pintabona nos dice que “lo que vale se concreta” mientras que la voz se vuelve un nosotros, se vuelve de oro y “los árboles presionan el iris”. La seda permanece para contrastar a la memoria, hacerla resbalar, “duerme y la luna se reparte como el pan”.
El autor hace un ejercicio, repite elementos y frases, reencontrando a la escritura en cada vez, en esa distancia incalculable en el recorrido por todas sus formas posibles, su fisiología libre y atrapada, en el sonido que se va desarrollando a través de las palabras. Entender para poder trasmitir. Hay una dirección que siente “la mano que baila”, el sujeto se vuelve un “vos” femenino, una antítesis en la dimensión. El reino del relato, la producción que no para, las desfiguraciones, el deslumbramiento.

La ambición de eternidad, de perdurar, la contienen estas páginas en su discurso que rodea y degenerando la utilidad del pasado empuja como el presente. La idea de vaciar la libertad, la infancia que nos trasciende. Huir de lo que se pide, en este relato casi capicúa que se vuelve singular, algunos pasan para hablar desde el otro lado del camino.
*Autora
Ana Claudia Díaz (Santa Teresita, 1983). Estudió letras en la UNMDP, actualmente asiste al taller de Romina Freschi y colabora con el taller de poesía de APOA en el Hospital B. Moyano. Publicó en la antología poética Pájaros en la frente (2011), la plaqueta de poesía plegable Vuelto Vudú (2009) y el libro Limbo (2010) por Pájarosló editora, y Al antojo de las anémonas por Color Pastel (2011). Participa de diferentes encuentros de poesía. Vive en Buenos Aires. Algunos de sus poemas también fueron publicados en diversos medios y pueden ser leídos en www.anaclaudiadiaz.blogspot.com.