Presentación de Luz negra
José María Brindisi *


Luz negra, de Christian Broemmel
(Pánico el Pánico, 2011)


Días atrás, tomaba una cerveza con un escritor español. Me caía francamente bien, nos entendíamos, aceptábamos con interés auténtico las lecturas y recomendaciones del otro, nos causaban gracia las mismas cosas y, cuando no era así, esas diferencias atravesaban la conversación no como flechas envenenadas sino como promesas, como pliegues, como puertas que no se empecinan en cerrarse en sí mismas. Todo iba bien, quiero decir, incluso empezaba a darme pena el almuerzo que tuve que rechazar por tener que salir corriendo a otra parte, y luego a otra, digo que todo iba más que bien hasta que me dijo: “Yo no creo que se pueda enseñar a escribir”. Suspiré y pensé: “Otra vez, por Dios, a remar, a explicar lo que se explica solo”. Pero en seguida él cambió el rumbo de la conversación, dijo que le faltaba paciencia y dijo, sobre todo, que siempre había temido que se le pegaran los vicios de aquellos que escriben mal, que como ambos sabíamos –en eso nos pusimos de acuerdo- eran legión.
Lo entendí (era algo que ya había escuchado otras veces), pero a mí me pareció que estaba haciendo a un lado dos cosas esenciales: en primer término, que esas mismas falencias nos obligan también a nosotros, los que enseñamos escritura en cualquiera de sus formas, a estar bien alertas, a tenerlas bien presentes y luchar con ellas a muerte; y todavía más importante, que si tenemos un poco de suerte vamos a cruzarnos de vez en cuando con uno de los buenos, que no sólo nos obligará a ser más rigurosos y ambiciosos en la escritura sino que va a darse un intercambio más complejo, una de cuyas aristas tendrá por resultado el hecho de que, lisa y llanamente, nos contamine de cosas positivas (y yo lo sé, le dije, porque hasta he tenido la suerte de que un ex alumno me halagara acusándome de plagio, a raíz de ciertos juegos con la puntuación en los que su novela y la mía descollaban; una revolución que nadie supo advertir).
La charla terminó sin embargo lo más bien, él siguió cayéndome estupendamente como al principio, y un rato antes de despedirnos dijo algo con lo que sí terminé coincidiendo, y no sólo eso: me pareció –y me disculpo por el lugar común- tan claro como el agua. Lo que él dijo fue, palabras más o menos, que un escritor de verdad, uno que se vuelca a la literatura no por esa idiotez automitificadora de “no saber hacer otra cosa” sino porque le apasiona y se sabe o intuye capaz de hacerlo verdaderamente bien, esos vienen con algo que no se enseña, que no se puede transmitir, y que quizá ni siquiera pueda expresarse en palabras concretas.
Yo ví ese “algo”, eso que no tiene nombre y quizá no convenga nombrar (y que sólo en parte se relaciona con el talento, o mejor dicho lo excede), cuando conocí a Christian Broemmel, hace algo más de tres años, en una clase de escritura. Era un grupo interesante, incluso diríase que había más de un escritor en potencia, y sin embargo Broemmel estaba en cualquier otro lado. No es que no escuchara lo que yo decía, que sí lo hacía, ni dejara de prestar atención al resto, sino que se lo veía siempre inquieto, revolviéndose en su silla, absorbiendo todo: la caída de la luz, la noche, los silencios, lo que los demás debían tener adentro incluso sin sospecharlo. Lo recuerdo con frecuencia con la mirada aparentemente perdida, los pies cruzados sobre la silla, o bien apoyados en el piso y sosteniendo el peso de un cuerpo que se encorvaba, el peso de un escritor agazapado que empezaba a revelarse a sí mismo.
El resultado de esa intensidad, de esa desesperación que por supuesto es intransmisible y de la que raramente por suerte uno se recupera, es este pequeño y bello libro, cuyo título oximorónico entabla ya de entrada un diálogo estrecho con sus sombrías, pero también luminosas, intenciones. Luz negra es, hay que decirlo, un libro impiadoso. Lo es por muchas razones: porque casi no hay certezas; porque se ríe de lo que cuenta, pero no lo suficiente como para que podamos hacerlo a un lado; porque se sitúa en un subgénero perturbador, uno en el que es imposible no vernos reflejados, y que en tren de ponerle nombre a todo podríamos bien llamar “realidad extrañísima y crudamente vulgar”; y al fin, por último pero no menos importante, porque sus personajes y/o narradores tienen la mala costumbre de hacerse demasiadas preguntas, lo que como todo el mundo sabe no lleva a ninguna parte, al menos a ningún sitio en el que podamos dormir tranquilos.
Una de esas preguntas, hecha con picardía como a la pasada en un texto que podría confundirse con un mero ejercicio de estilo, resulta sin duda rectora de todo el libro, y es una pregunta doble en la que no cabe la piedad: “¿Le gusta lo que hace, o sólo lo hace por el dinero?”, se pregunta y le pregunta a los demás Bonomi, y luego: “¿Es lo que siempre soñó hacer desde chiquito?” El carácter amargo de esa pregunta, de esa interrogación estúpida y profunda y violenta, explica o permite leer en todo el libro una realidad que a veces parece ilusoria, porque sin duda lo necesita, porque como reza la ley faulkneriana es preferible que nos estén dando mazazos en la cabeza a que no ocurra absolutamente nada.
Esa pregunta está en la estela del personaje de “N”, que se entrevera con la literatura como quien se sube a un tren fantasma; está desde ya en “Un verdadero arte”, pero está incluso cuando el narrador se hace el distraído; y está en las dos joyas del libro. En “Alaska”, esa caminata de aires saerianos por el centro de la ciudad no es más que el núcleo de la angustia; en una especie de guerra fría vacacional, berreta hasta la médula, los personajes sueñan con una vida mejor en la misma Alaska, o en Siberia, o en un rincón apartado y artificial del Japón: es decir, donde no hay nada, ni nadie. Es su manera de huir de la representación arquetípica que elaboran de sí mismos y que la realidad les pone delante de las narices sin compasión, su manera de hacer como que eligen algo, al menos algo que se parezca o simule un destino. En “El hombre diferido” bastaría con eso: con citar el título. Pero no. Se me disculpará un nuevo lugar común: nada es allí lo que parece. Se trata de una pieza brillante porque todo el tiempo trabaja sobre la incomodidad: entendemos todo y no entendemos nada. Y tendrán que disculparme una última vez por anticipar lo siguiente: al final, las cosas no mejoran.
Ese estribillo silencioso que recorre todo el libro, más precisamente esa negación silenciada o no sincerada que no obstante permite vislumbrar algún tipo de salida después de que todo estalle, es asimismo una pregunta que trasciende la intimidad de sus páginas, o que nos invita a meter las narices en una intimidad de otra índole. No vamos a reprocharle a Broemmel lo que haya hecho por dinero, ni lo que esté dispuesto a hacer de ahora en adelante. Pero sí me animaría a preguntarle, ya que estamos en eso y que Luz negra ilumina esta noche, si es, ahora y de una vez por todas, lo que siempre soñó, allá de chiquito, cuando al menos yo no lo conocía. La respuesta importa poco, y para el que la necesite sugiero que lo sorprendan en uno de esos muchos momentos en que tiene la mirada perdida, en que su cabeza trabaja y trabaja. Pero a mí me alcanza con entender que este libro, y los que vendrán, estuvieron escribiéndose desde hace muchísimo tiempo, o quizá desde siempre.
*Autor
José María Brindisi nació en Buenos Aires, en 1969. Publicó el libro de cuentos Permanece oro (1996, Sudamericana) y las novelas Berlín (2001, Sudamericana), Frenesí (2006, Emecé) y Placebo (2010, Entropía). Participó de numerosas antologías en Argentina, México y España. Ha colaborado, de manera estable o esporádica, en medios como Rolling Stone, 3 Puntos, Latido, Página 12, Teatro, Haciendo Cine y Gargantúa. Entre otros premios, ganó el del Fondo Nacional de las Artes y el de Casa del Escritor. En la actualidad escribe para los diarios Perfil y La Nación, el mensuario cultural Los Inrockuptibles y la revista-blog Escritores del Mundo.