A propósito de Los santos varones
Alejandro Boverio *


Los santos varones, de Luciano Lutereau
(Buenos Aires, Factotum, 2011)


¿Cómo orientarnos en la vida? Extraña pregunta, porque nos la hacemos cuando queremos orientarnos, cuando todavía somos chicos y no sabemos bien qué hacer, y también luego, cuando ya nos orientamos hacia alguna dirección. Pero en las dos circunstancias, antes y después de orientarnos, no sabemos bien cómo lo haríamos o cómo lo hicimos. ¿Cómo orientarnos en la vida? El espacio que abre esa pregunta es el lugar en el que parece ubicarse la primera novela de Luciano Lutereau.
Aquello que aparece como un paso, o un salto al vacío, el de la adolescencia a la madurez, tal vez en realidad no podamos darlo nunca, porque, en efecto, no hay un paso definitivo. Por eso acaso siempre nos encontremos, como en una vuelta constante, en la búsqueda de cierta juventud que todavía creemos posible. La búsqueda de la jovialidad es una búsqueda, casi trágica, llevada adelante por quien está lanzado, al mismo tiempo, hacia la madurez. ¿Cómo buscar la juventud? ¿Escarbando en uno mismo, para uno mismo?
En su diario, Gombrowicz cuenta que si frecuentaba Retiro en las noches, en la búsqueda de marineros jovencitos, no era porque fuera homosexual. Irónica aclaración. Pero efectivamente, si buscaba algo en ellos, era la juventud. ¿Y qué es la juventud? Un valor en sí mismo que se enfrenta a los demás valores, ya que bastándose a sí misma, no los necesita… por ello es un valor liberador en todo sentido. No es casual, pues, que Ferdydurke sea justamente un intento de condensar esa trágica contradicción de dos tendencias, una hacia la madurez y otra hacia la inmadurez eternamente rejuvenecedora. Ferdydurke, en efecto, era la “imagen de alguien que, enamorado de su inmadurez, pugna por su madurez”.
Cuánto cuesta ser niño, pero cuánto ser adulto. Lo improbable del pasaje, de ese límite que existe pero a la vez no, se resume en lo difuso del momento en que irrumpe una verdad. Nadie nos la dice pero, al mismo tiempo, la oímos por todos lados.
Los santos varones se emplaza, creo yo, en ese mismo espacio que mentaba Ferdydurke, pero la dirección de su mirada, quiero decir, de la mirada del libro (porque los libros también miran, en el sentido de que hacen visible), decía, la mirada del libro va en un sentido contrario: podríamos aventurar que Los santos varones es la imagen de alguien que, extraño a su madurez, pugna por su inmadurez.
Entendámonos, la novela pone en cuestión, desde su forma narrativa misma, el continuum temporal: hay entonces un desquicio del tiempo, en donde adolescencia y madurez se funden en la estructura narrativa. Pero la novela comienza en el momento mismo en que ya no se es niño, pero se pugna por serlo: el fragmento que abre la novela sucede en 1999, año en el que transcurre toda la historia del narrador con Lola. El año mismo parece indicar un umbral: no es una historia sencilla, pero ahora volveremos a ello. Decía, entonces, que narrativamente la novela comienza en la madurez. Es la historia con Lola la que hace avanzar el relato hacia una dirección futura. Pero, en el medio de esa dirección hacia delante, el ordenamiento de los fragmentos en la novela pone en cuestión la temporalidad misma. Es el pasado el que corta de manera punzante, al modo de chicotazos, el avanzar hacia un futuro. El tiempo de la novela entonces está out of joint, como diría Hamlet. Está fuera de quicio. Y es el pasado el que abre un porvenir. Acaso ésa sea la mayor virtud de la novela. Es el fuera de quicio de alguien que pugna, entonces, por volver a la infancia. Por volver a ser niño.
Pero, ¿quién es el narrador? La primera persona que narra abre esta pregunta y la deja en suspenso elidiendo en el comienzo un nombre propio. Un enfermero que ha dejado de lado su vocación de niño (¿pero en qué medida su condición algo enferma en su niñez no lo ha destinado fatalmente a ser enfermero?). Su vocación de niño era ser escritor de canciones. Terrible impulso de la vida, el que nos lleva a maquinalmente a olvidar lo que soñamos. La narración es, también, la narración de esa carga, la carga que la sociedad y la familia han hecho de uno.
Volver a ser niño es, entonces, volver al impulso de lo que verdaderamente queremos ser. Y en ello se cifra la paradoja que asume la forma de “ser extranjero de uno mismo”. Pero de nuevo, nos preguntamos: ¿cómo? La respuesta de Los santos varones parece ser clara: el amor.
Es un amor extraño el que provoca Lola, un enamoramiento que reclama, para sí, un cierto tipo de extranjería. Ellos viven en el mismo edificio, se conocen y comienzan a verse los sábados, se revuelcan en el amor. Pero nunca se funden. Cada uno sigue viviendo en su casa y se ven sólo los sábados.
Ella le recuerda a su infancia. Y entonces él le cuenta anécdotas de aquella época. De alguna manera ella las provoca. ¿Y a quién contarle historias de la infancia sino al amor? En las anécdotas, esas anécdotas de niñez que Lola convoca, aparecen las primeras canciones, canciones simples, canciones silvestres uno podría decir no sé bien porqué. Canciones que puede cantar un niño. Y empieza a cantarle canciones a Lola. Ella lo vuelve un niño. Y entonces le escribe canciones a ella, hasta que de pronto se encuentra tocando en un pub, gracias a Lola, a través de ella y por ella. Pero no para ella, está tocando y cantando, también y acaso fundamentalmente para él. Ella parece saber más del amor. Y entonces no va al pub a escucharlo cantar. Es la distancia necesaria frente al abismo.
Y ahora, me pregunto, sobre el verdadero amor: ¿se lo podrá integrar? ¿o es esencialmente pura difusión? Dos cuestiones que se abrazan y se apartan para volver a estrecharse, como el amor mismo.
Una certidumbre: el amor es la forma más elevada de ser extranjero, si queremos vivir toda nuestra vida en Buenos Aires. El amor, como la infancia, tiene esa dimensión de lo extranjero de la que habla Pessoa en ese magnífico poema “Lidia, ignoramos”. Pero también, de lo sacro. Qué mejor que ser extranjero con otro, acaso la única manera de poder ser aquello que queremos ser. Aquí, la que abre esa dimensión, de una manera sacra, es Lola. Para Los santos varones, Lola es la imagen más vivida que podemos tener del amor. Volver a ser niño. Y recordamos a Nietzsche: “inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que hecha a girar espontáneamente, un movimiento inicial, un santo decir: ¡si!”. Los santos varones, entonces, es la búsqueda sedienta que alguien tiene de volver a decir sí. El amor, un santo varón.
*Autor
Alejandro Boverio es filósofo y sociólogo. Docente de las materias Teoría Estética y Teoría Política, Filosofía contemporánea y Fundamentos de Filosofía (Universidad de Buenos Aires). Es parte de la dirección editorial de la revista En Ciernes Epistolarias y de El Ojo Mocho.