Sacolinha
Sacolinha *


Devaneio
(en 85 letras y un disparo)

Dios…qué bueno que era, vivía con un sueño real. Adrenalina, miedo, alivio.
¿Después? Mucho disfrute, placer y gozo.
¿Al final? La satisfacción, la satisfacción de relajarse, cerrar los ojos y dormir.
En el medio de la madrugada, me despertaba al ritmo de una mano acariciando mi cuerpo. Era ella pidiéndome más, parecía un gatito carente pidiendo mimos.
Sin resistirme a esa carita maravillosa, entraba a galopar en su cuerpo, en la posición que ella bautizó “montada de negrote”. Sólo de imaginármelo siento que se me moja el calzoncillo.
A veces, después de sudar mucho las abdominales y practicar diversos “sube y baja”, el instrumento luchaba por dar señales nuevamente, pero bastaba con sentir la esencia del ambiente y prestar atención a los ruidos que llegaban de otros cuartos.
Listo.
Y para completar del todo, ella se tragaba vorazmente al condenado y hacía de su lengua una bailarina.
Qué pena que todo eso es pasado. Hoy estoy acá en el medio de un montón de criminales, ladrones, psicópatas… El sótano de los pecadores. Soy un presidiario más. Sin sexo ni amor, privado de visitas íntimas debido a la falta de ellas. Estoy muriendo de a poco.
Cada tanto me masturbo recordando las escenas más calientes. Y lo que antes era un momento de satisfacción y de placer al extremo, hoy viene acompañado de depresión.
Triste realidad en la que me encuentro.
Daría todo lo que tengo para revivir una noche más junto a ella. Para ser más claro, daría mi vida apenas, al fin y al cabo, es eso lo que tengo.
Hoy es viernes, son las 9 de una noche linda y calurosa. Acá, dentro de mi celda, me quedo mirando hacia fuera e imaginándome a las personas saliendo del trabajo y yendo directo a los bares, otros a fiestas y muchos a los moteles, con el objetivo de pernoctar, atravesar la pesada madrugada con mucho goce y placer.
Si hoy sufro, es porque me ocupé apenas de una cosa: robar y disfrutar del fruto del robo. Ahora es tarde para arrepentirse.
Salgo de la ventana y vuelvo la cara hacia mi situación. Mis compañeros de celda están viendo televisión. Intento no mirar, la televisión tiene el poder de hacer sufrir a aquellos que no pueden tener lo que muestra. Un jugo de naranja en el desayuno, un muchacho con buena pinta que besa a una chica tremendamente linda, una escuela privada con piscina y barcito, y por ahí va la cosa.
Infelizmente no tengo fuerza de voluntad, y hay un dicho que dice que quien no logra dominarse a sí mismo, no es libre. Así que estoy preso dos veces. No logro estar sin tener sexo, no logro estar sin masturbarme…
Me acuesto en mi colchón e intento dormir, al son del fondo musical de mi devaneo y de la lágrima que se escurre por mi almohada.


Sulfato Ferroso
(en 85 letras y un disparo)


Se despertó de la siesta limpiándose la saliva que chorreaba por las comisuras de su boca. Se acordó que estaba en el tren. Se sorprendió al percibir que todo estaba oscuro y que estaba solo en el vagón.
Se levantó y miró hacia otro vagón a través de la ventanilla interna. No vio a nadie, todo oscuro. Miró hacia afuera y se dio cuenta que había dormido de más.
No tenía reloj, no sabía qué hora era:
-¿Es de noche o de madrugada?
Intentó abrir la puerta, pero no tuvo éxito, las puertas de los trenes de hoy no son más como las de los trenes antiguos, fáciles de abrir.
Soltó una pregunta a sus Orishas escondidos, tal vez, en la oscuridad:
-¿Pero será posible?
Intentó con otras puertas, pero todas estaban bajo presión, mucho más fuertes que él. Sus brazos fuertes y su sabiduría de capoeirista no eran suficientes. “Voy a tener que esperar al amanecer cuando regrese el tren”-pensó para sí mismo.
Buscando ubicarse miró nuevamente hacia fuera y no vio nada más allá de los muros que cercaban la línea del tren.
Se sentó otra vez, intentando que le viniera el sueño para no enloquecerse esperando que el tren volviera a andar. Con los ojos cerrados, empezó a pensar en regresar a Bahía. ¿Habría cambiado mucho?
Había salido de ahí como a los 25 años de edad y nunca más había regresado. Hoy, con 38 años, se encuentra desilusionado con la vida. Se casó dos veces, pero no tuvo suerte, por suerte no tuvo hijos, no consigue bancarse ni a sí mismo. Además, mejor así, por lo menos está libre para seguir el camino que creer mejor. Y a pesar de los tropezones, aún es feliz. Tiene sus cualidades: nunca robó ni mató, por el contrario, ya salvó dos vidas en las asociaciones por las que pasó dando clases de capoeira. En la infancia, Sulfato Ferroso, que vivía en las calles de Salvador lustrando zapatos, conoció la capoeira a través de las rodas (1) que se formaban en la arena de las playas. A veces estaba poniendo betún en los zapatos de algún cliente y se distraía al ver de lejos adultos y jóvenes de pantalones blancos y berimbaus en las manos formando una roda para jogar (2) capoeira. Sulfato Ferroso corría a ver eso. Se olvidaba del par de zapatos que estaba lustrando. Todo eso para sentir el axé (3) que le daba escalofríos por todo el cuerpo cada vez que presenciaba una de esas rodas.
Fue así que conoció al Mestre (4) Tororó, con quien aprendió los verdaderos secretos de la capoeira y el gusto clásico de los pasos y golpes de la cultura popular.
Fue en ese tiempo que le pusieron Sulfato Ferroso. Se acuerda del día en que el Mestre Tororó, sin más ni menos, llegó a la roda llamándolo con ese apodo, y así quedó. Todos empezaron a llamarlo Sulfato Ferroso.
En San Pablo hizo casi de todo en lo que al trabajo se refiere; pintor, ayudante de albañil, panfletero, cobrador de peaje, empaquetador de supermercado, panadero, vendedor de puertas, y más de una decena de profesiones de las que no tenía experiencia.
Sólo no se envolvió porque se negó a acompañar el mundo moderno:
-Celular, computadora, mail, sait, Internet. Todo una porquería. ¿Dónde está el cara a cara en todo esto?
En lo que sí creía era en la capoeira. Sólo no sabía que en San Pablo estaba tan valorizada como en Bahía. Se acordó del día en el que le anunció a un amigo que iría a la gran metrópoli:
-João Peitudo, me voy pa San Pablo a enseñar capoeira. A levantá una casa y criá una familia porái.
Pasó por varios lugares enseñando capoeira, pero casi no ganaba dinero. La mayoría de las veces lo hacía por amor. Adoraba ver a los niños sonriendo por haber aprendido un primer golpe.
Sentía aborrecimiento cuando recibía invitaciones de ONGs que movían mucho dinero y decían que no tenían:
-La pucha, Mestre Sulato Ferroso, es para los niños de la periferia, toda gente humilde y carente.
Enseguida cedía a la invitación, su corazón era demasiado débil para decir “no” frente a esas palabras. Lo malo era, sí, cuando se atrasaba con el alquiler.
-Es en esas hora que no hay nadie de oenegé pa´ pagar mis cuenta, mucho meno esa humildá y carencia.
Hacía mucho tiempo que pensaba en volver. Era libre, no tenía nadie a su cargo. Sólo tenía que llegar a Salvador, ir a los yuyos y levantar una casita. Mejor que quedarse en esa ciudad ingrata y mal agradecida.
La sobrevivencia por aquí arruinó a Sulfato Ferroso. La preocupación le daba ojeras. Hasta le salió barriga:
-Imaginate, un capoeirista como yo con una panza colgando…
Tal vez podía ser la edad, pensó. Tuvo muchas desilusiones por aquí, incluso entró en crisis en un momento de conflicto interno. Tenía en la cabeza esa historia del vaso medio lleno o medio vacío.
-¿Por qué será que en Bahía me sentía tan bien, eh?
Debía ser el sol, el tiempo, las personas, los pies descalzos, el ritual de Oxum (5) en la casa de Mãe Terta.
-El axé que calma l´alma.
Aquí en San Pablo las personas viven apuradas, corriendo atrás de sí mismos, sin pensar en los otros, cada uno en su mundito.
-¿Será que yo vivo así? ¿Será que hay dos mundos?
Tal vez sí. Sulfato Ferroso siempre quiso vivir tranquilo, sin estrés, sin preocupación.
Lo mejor, sin dudas, era volver a Bahía. Ahí sí daba para vivir tranquilo. El costo de vida era soportable.
Se recostó en el piso del tren, usó la bolsa que llevaba como almohada y se durmió.
Cuando se despertó el tren estaba parado en una estación donde subían soñolientos trabajadores.
El reloj de la plataforma marcaba las 4 y media de la mañana.


85 letras y un disparo
(en 85 letras y un disparo)

-Hola
-Fernando, están asaltando el ómnibus…
-¿Cómo? ¡Hablá más alto!
-Que están asaltando el ómn…
-¡Hola!

Tu tu tu tu
Notas
(1) Rodas refiere a las rondas que se formas alrededor del par de capoeiristas que practican capoeira [Nota de la Traductora]
(2) Jogar es el modo en que se indica la práctica de la capoeira [Nota de la Traductora]
(3) Axé refiere a cada uno de los objetos sagrados de los orixás (dioses de las religiones afro-brasileñas). Designa también la fuerza invisible, la fuerza mágico sagrada de toda divinidad, de todo ser animado, de todas las cosas. Se corresponde, grosso modo, con la noción de maná. [Nota de la Traductora]
(4) Mestre es el modo en que se llama al maestro en el mundo de la capoeira. [Nota de la Traductora]
(5) Divinidad del panteón Yoruba. Orixá femenino, muy conocido y venerado en Brasil. [Nota de la Traductora]
*Autor
Sacolinha (San Pablo, 1983). Graduado en Letras en el 2008 por la Universidad de Mogi das Cruzes. Fundador de la Associação Cultural Literatura no Brasil, que trabaja en el incentivo de la lectura y en la divulgación de nuevos escritores. Autor de la novela Graduado em Marginalidade (Ed. Independiente, 2005). Su segundo libro es 85 Letras e um Disparo (2006, Ed. Global). En 2010 publicó los libros Estação Terminal y Peripécias da mina infancia, ambos lanzados por la Editorial Nankin. Actualmente trabaja como Coordinador Literario de la Prefectura de Suzano (Minicipio de San Pablo), donde realiza proyectos y actividades de lectura y literatura. También trabaja en UNESCO y en el Ministerio de Justicia en el proyecto “Uma janela para o mundo –Leitura nas Prisões” en las cárceles de Máxima Seguridad. www.sacolagraduado.blogspot.com