Ferréz
Ferréz *


Fábrica de hacer villanos
(en Nadie es inocente en San Pablo)

Estoy cansado, mamá, voy a dormir.
Estómago de mierda, me parece que es una gastritis.
Frazada finita, parece una sábana, pero en un día mejora.
Los ruidos de la música a veces molestan, pero por lo general ayudan.
Por lo menos sé que hay muchas casuchas llenas, muchas personas viviendo.
Ayer terminé una letra más, tal vez el disco salga algún día, si no es mejor seguir andando.

Despertate, negro.
¿qué pasó? ¿qué hay?
Despertate rápido.
Pero ¿qué pasa?
Vamos, rápido, mierda.
Ey, esperá, ¿qué está pasando?
Levantate rápido, negro, y bajá al bar.
Pero …
Bajá al bar, mierda.
Ya voy.
Trato de encontrar mis ojotas, tanteo con el pie debajo de la cama, pero no las encuentro.
Todo el mundo está abajo, el bar de mi madre está cerrado, hay cinco hombres, se trata de Doña Yeta, la policía.
A ver, ¿por qué en este bar sólo hay negros?
Nadie responde, me quedo callado también, no sé por qué somos negros, no lo elegí.
Vamos, mierda, vayan hablando, ¿por qué sólo hay negros acá?
Porque… porque …
¿Porque qué, monita?
Mi madre no es ninguna monita.
Callate la boca, monito, digo lo que se me antoja.
El hombre se irrita, arranca la caja de sonido, la tira al piso.
Hablá, monita.
Es que todo el mundo en la calle es negro.
¡Ah! ¿escuchó, cabo? Que todo el mundo en la calle es negro.
Por eso que esta calle sólo tiene vagabundos, sólo tiene drogadictos.
Pienso en hablar, soy del rap, soy guerrero, pero no dejo de mirar su pistola en la mano.
A ver, ¿de qué viven ustedes acá?
Del bar, amigo.
Amigo es la puta negra que te parió, yo soy señor para vos.
Sí, señor.
Mi madre no merece esto, 20 años de empleada.
Y vos, negrito, ¿qué estás mirando? ¿grabando mi cara para matarme, eh? Podés hasta intentarlo, pero vamos a volver, vamos a incendiar a los niños, a quemar las casas y a disparar a todo el mundo de esta mierda.
¡Ay, Dios mío!
Mi madre empieza a llorar.
¿Vos de qué trabajás, monito?
Estoy desempleado.
Listo, sos un vagabundo, cargar tarros de asfalto en las espaldas no querés, ¿no?
Él tal vez supiera que todo el mundo de mi calle es albañil ahora, o tal vez no lo sepa.
¿Sabés lo que sos?
No.
Sos una basura, mirate la ropa, mirate la cara, chupado como un negro de Etiopía, vos robás, carajo, decí la verdad.
Soy un trabajador.
Trabajador un carajo, sos una basura, basura.
Sale un escupitajo de su boca a mi cara, ahora soy basura.
Yo canto rap, debería responder en esos momentos, hablar de revolución, hablar de la división injusta en el país, hablar de los prejuicios, pero…
Entonces, montañas de mierda, la cosa es así, voy a apagar la luz y le voy a disparar a alguien.
Pero capitán…
Callate la boca, carajo, que estás con nosotros, tenés que obedecer.
Sí, señor.
¿O hay algún familiar tuyo acá, alguno de esos negros?
No.
¡Ah! Pero si ellos te agarran en la calle, se cogen a tu mujer, te roban los hijos sin dolor.
Seguro, capitán.
Entonces apagá la luz.
Suena el disparo, abrazo a mi madre, es tan delgada como yo, tiembla como yo.
Todo el mundo grita, después todos se quedan quietos, el sonido del patrullero se va alejando.
Alguien enciende la luz.
Hijo de las re mil puta, le disparó al techo, grita alguien.

Pensamientos de un chorro
(cuento publicado en Folha de São Paulo el 8 de octubre de 2007)

Él me mira, me saluda rápido y va al bar. Se despertó temprano, trató de despertar al amigo que va a ir en la parte de atrás de la moto y fue a tomar un café. Su madre ya está en el bar, pidiéndole dinero a alguien para tomar unas dosis más de aguardiente. Él finge no verla, toma el café de un trago y empieza la misión, que es como todos le dicen a los asaltos.
Si vuelve con algo, su hijo, sus hermanos, su tía, su padrastro, todos van a gastar el dinero con él, sin preguntar de dónde vino, sin pedir facturas, sin generar impuestos.
Cuando su hijo llora de hambre, la moral no ayuda. La selva de piedra creó sus leyes, vidrios oscuros para no ver dentro del auto, cada uno con su vida, cada uno con sus problemas, sin tiempo para el sentimentalismo. El niño del semáforo no consigue pedir dinero, el vidrio oscuro no le deja ver nada.
Un motoquero intenta alejarse, desconfía porque hay otra persona en el asiento trasero, se acuerda de las 36 cuotas que le quedan para terminar de comprar la moto, pero tiene que arriesgarse y acelera, sólo tiene 20 minutos para entregar una correspondencia del otro lado de la ciudad, si la entrega se retrasa, pierde el trabajo, si muere en el camino, al día siguiente otro ocupa el puesto.
Cuando pasa junto a los dos de la moto percibe que son de su barrio, aprieta el acelerador y sale derecho, sabe que los tipos están por hacer alguna historia.
Mientras tanto, muchas personas en sus autos escuchan música, hablan por celular y piensan que están vivos en un buen país.
Él anda despacio entre los autos, el que va en la parte de atrás está atento, si la misión falla, no habrá homenaje póstumo, no va a dejar una familia destrozada, porque la suya ya lo está, y no habrá una multitud triste por su muerte. Va a ser apenas un pobre tipo con casco viejo y una 38 oxidada tirada en el piso, estorbando el tránsito.
Tuvo una infancia, eso sí que tuvo, claro que sin que le sobrara nada, pero su madre lo llevaba al circo todos los años, sólo dejó de hacerlo después de que su nuevo marido le prohibiera salir de la casa. Entonces empezó a beber la misma bebida que los programas de televisión muestran en sus publicidades, sólo que ahí nadie sufre por beber.
Tuvo educación, la misma que todos los de su barrio tuvieron, casi nada que sirva para el siglo 21. La profesora escribía una cantidad de cosas en el pizarrón, pero ¿para qué estudiar si por la nueva ley del gobierno todo el mundo ya está aprobado?
Ya de niño, cuando veía las propagandas, entendía que o se tiene o no se es nada, sabía que era mejor vivir poco siendo alguien que morir viejo como un nadie.
Leyó en algún lado que San Pablo se está volviendo indefendible, pero no sabía lo que querían decir, ¿defendible de quién? No creía en héroes, eso sí que no.
Nunca le gustaron los super-hombres ni ninguno de esos tipos americanos, prefería respetar a los ladrones más viejos que vivían en su barrio, el ejemplo es ese y listo.
Recibía los golpes en la cara de su padrastro, recibía los golpes en la cara de los policías, pero nunca le dio un golpe en la cara a ninguna de sus víctimas. O mataba enseguida o se iba.
Tenía la siguiente opinión: nunca iría a un programa de televisión a humillarse delante de millones de brasileños, haciendo equilibrio en una tabla para ganar lo suficiente para cubrir las deudas, nunca haría eso, un hombre de verdad no se mide por eso.
Ya bien joven le regalaron un kit de pobreza, pero siempre pensó que, a pesar de vivir cerca de la basura, no tenía que ver con él, no era parte de la basura.
Se estaba acercando la hora, había un brazo ahí arriesgándose. Se preguntaba cómo alguien puede usar en el brazo algo que daría de comer a varias casas en su barrio. ¡Conocía tantas personas que trabajaron su vida entera siendo niñeras de niños mimados, haciéndoles la comida, cuidando de su seguridad y limpieza y, al final, envejecían, morían y nunca podían hacer lo mismo por sus hijos!
Estaba decidido, iba a vender el reloj y se quedaría tranquilo tal vez por algunos meses. El tipo al que le iba a vender el reloj, lo podría usar y sentirse como el periodista feliz que siempre está rodeado de mujeres semidesnudas en su programa.
Si el asalto no salía bien, tal vez una silla de ruedas, la cárcel o el cajón, no tendría forma de recurrir al seguro ni tendría una segunda oportunidad. El chorro decidió actuar. Pasó, paró, intimó y se lo llevó.
Al fin de cuentas, todos salieron ganando, el asaltado se quedó con lo más valioso que tenía, que era su vida, y el chorro se quedó con el reloj.
No veo motivos para reclamos, al fin y al cabo, en un mundo indefendible, hasta un agite fue justo para ambas partes.

Las respuestas que tengo, que la mayoría tiene, generalmente son ilusiones.
(en Cronista de un tiempo malo)

Las respuestas que tengo, que la mayoría tiene, generalmente son ilusiones.
Todavía intentamos que el tiempo que nos está permitido respirar valga la pena.
Voy a intentar por vos hablar de paz, de periferia y de guerra.
La paz es una paloma blanca.
Si un niño pobre la sopla, sus alas no se mueven.
Si un preso la sostiene, sentirá su peso como si fuese un revólver.
Si una señora jubilada la alza en sus brazos, no sentirá el calor.
Si un desempleado la mira bien a los ojos, no verá alegría.
Si un profesor la estudia, no podrá enseñársela a sus alumnos.
Si un niño o niña de este gran Brasil periferia la ve volar, no sabrá lo que significa.
La paz es una paloma blanca.
Que a pesar de todo aún continúa volando.
Y todos la ven,
Pero sólo quien la merece realmente la conoce.
La paz es sólo para quien la merece.
Y los que no, ¡guerra!
*Autor
Ferréz, nombre literario de Reginaldo Ferreira da Silva, es un híbrido entre Virgulino Ferreira (Ferre) y Zumbi dos Palmares (Z) y es un homenaje a los héroes populares brasileños. Su primer libro fue Fortaleza da Desilusão (1997). La notoriedad le vino com Capão Pecado, lanzado en 2000. Publicó también, entre outro libros, Manual Prático do Ódio recientemente publicado al español (Corregidor, 2011). Ligado al movimento hip hop y fundador de 1DASUL, movimento que promueve eventos culturales en barrios de la periferia. Ferréz fue cronista de la revista Caros Amigos durante 10 años.