Buzo
Buzo *


Último vagón
(en Del cuento a la poesía)

Esta historia sucede en la zona este de San Pablo, en los trenes de la CPTM, antes de las obras de remodelación, que se hicieron en 2008. Túlio toma todos los días el famoso “último vagón”, el vagón del humo, el vagón de la marihuana. Por una tradición que viene de los años 70, los pasajeros fuman marihuana en ese último vagón. En realidad, a la mañana, del este al centro, es literalmente el último vagón y, a la tarde, de regreso, el último es el primero, el del maquinista. Así que el primero se vuelve último.
Túlio es uno de esos pasajeros que fuman marihuana en los trenes, porque piensa que puede hacer lo que quiera, al fin y al cabo el servicio ofrecido es pésimo y algunos se sienten con el derecho de hacer lo que quieran. Antiguamente, uno que otro encendía un pequeño porro o alguna tuca, pero con el pasar de los años la osadía aumentó y en esa época (2002), en un viaje de Brás al extremo este –San Miguel, Iatim Paulista, Itaquaquecetuba- fumaban varios porros, verdaderas “velas”.
Cuando empezaron a reprimir, disminuyó el uso de la marihuana y aumentó el de la cocaína. Actualmente (2009) no se tolera más el uso de drogas en los vagones, pero en el 2002 era otra cosa. Muy de vez en cuando la Policía Ferroviaria (PF) ponía barreras en algunas estaciones y revisaba el tren, pero los pasajeros no eran bandidos sino trabajadores yendo o volviendo del trabajo. En muchos bolsos revisados, en lugar de drogas encontraban marmitas.
Túlio era uno de esos usuarios, un verdadero triatleta: fumaba, bebía y aspiraba. En uno de esos días comunes del pueblo, con varios porros dando vueltas, vendedores ambulantes vendiendo cervezas, gaseosas y otras cosas, como galletitas, Túlio formó junto a Beto, a Neto y a Gustavo un equipo para jugar sueca (1), juego oficial de la línea Variant (después llamada línea F y hoy línea 12). Apenas arrancó el tren los cuatro sacaron un paquetito con una pequeña cantidad de hierba. Cada uno puso su parte y se formó un mega porro.
Amendoim nunca se juntaba con ese grupo, en ese horario, pero ese día estaba al lado del equipo de cartas con Túlio, Beto, Neto y Gustavo. Se encargó de picar y de armar. Había mucha maría e hizo un buen trabajo dejando todo triturado y listo para armar. Neto usó como seda una servilleta del bar pero Túlio dijo:
-Tengo algo mejor –y sacó una seda “Smoking”.
Amendoim, en el momento de armar, se agachó y dijo, agarrando un papel viejo del piso y separando parte de la droga:
-Voy a armarme un finito para fumar más tarde.
Enrolló una parte del papel y se lo puso en la media. Nadie le dijo nada. Él armó y lo encendió. Le dio las primeras secas y se lo pasó a Túlio, que se lo dio a Neto, después a Beto y finalmente a Gustavo. Después volvió a Amendoim, que le dio otra seca. Después, un grupo empezó a armar una batucada en el tren y a cantar. Amendoim se levanta y se acerca a la puerta donde estaban improvisando un samba.
Los cuatro amigos se miraron y Túlio, finalmente, preguntó:
-¿Quién conoce a este personaje?
-Yo no –dijo Gustavo.
-Nunca lo vi, ni siquiera uno más gordo ni uno más flaco –dijo Neto.
Y Beto remató:
-Yo menos.
Fue suficiente. Dejaron las cartas, se acercaron al confianzudo y lo apuraron:
-Dale, amigo, devolvenos el faso.
-¿Qué pasa, amigos? –respondió Amendoim.
-No pasa nada, sólo que nadie de nosotros te conoce y te desubicaste. ¿Fumaste de nuestro porro y encima te rescatás uno para después? –le dijo Beto.
Túlio fue más agresivo:
-¿Nos la vas a devolver o querés que se pudra?
-Calma, bro, acá está tu marihuana.
-Muy bien.
Armaron otro porro con lo que Amendoim se había guardado y lo fumaron. Túlio además dijo en voz alta para que todo el mundo escuchara:
-¿Caíste como un paracaedista y te querés llevar nuestra marihuana? ¡Andá a pudrirte en Brás!
El tren siguió. Amendoim quedó tirado y nunca más apareció. Se volvió historia.

Toda brisa tiene su día de ventarrón
(en Caros Amigos Literatura Marginal Ato I y Del cuento a la poesía)

Itaim Paulista duerme. Es de noche en el último barrio de la zona este de San Pablo. Apenas salga el sol, va a ser un jueves más, día de trabajo. Si es verdad que el paulistano (2) tiene el vicio del trabajo, André es uno de estos maníacos. Que cree en la fuerza del trabajo, cree estar en el camino correcto, cree que un día la vida dura va a mejorar, pero hasta que ese día llegue no se cansa de trabajar. Salta de la cama a las cinco de la madrugada todos los días y sólo vuelve del laburo con la luna en el cielo. No le alcanza para pagar las cuentas, así que hace horas extras para completar. Dios lo bendice por no tener que pagar alquiler, vive con su mujer y su hijo al fondo de la casa de su madre, una pequeña casa con dos cuartos. No le falta amor y las dificultades las encara con la frente en alto. André últimamente anda enojado con la vida por una serie de mierdas que ve día a día. No entiende cómo hay tantos pobres en un país tan rico. Cómo tantos políticos son corruptos, sólo piensan en robar. Cómo tantas bandas buenas se arrastran por los suburbios y sólo los artistas queridos por los medios van repetidamente a los programas.
Otra cosa que le hace perder el sueño es cómo su patrón lo trata a él y a sus amigos de trabajo. El coreano les habla a todos a los gritos, nunca debe haber oído hablar de respetar para ser respetado. André cree que hasta por el hecho que su patrón sea extranjero debería ser educado con sus empleados. Todos brasileños. Todos baianos, pernambucanos, mineros, paulistanos, todos hijos de esa amada tierra. Pero ante cualquier retraso de un empleado el patrón ya le hace pasar vergüenza en el medio del negocio, frente a cualquiera, a los gritos. Otro hecho que lo llenaba de indignación a André era que el coreano hablara mal de Brasil todo el tiempo. Queja de acá, crítica de allá, pero que es bueno, ni pensarlo. Además, en su país de origen difícilmente tendría la mansión que tiene aquí, casa en la playa y auto de lujo que por seguridad lo mandó a blindar. Como si no fueran suficientes los malos tratos del patrón, a la tarde la que llegaba era la patrona y sus tres hijos. Los pibes se meten con todos, maltratan al de la caja, incomodan a las vendedoras y nadie dice nada, a la vista, claro, porque por detrás los llaman los bichos del patrón, mejor dicho, los hijitos del patrón.
André es reponedor, en el medio del lío organizado del stock él sabe dónde está todo, grita desde abajo que quien manda es André. Hace dos años que André trabaja en el negocio y espera el prometido aumento que el coreano le prometió si él tiene un poco más de paciencia.
Jueves 3 de mayo de 2001, André salta de la cama con el sonido del despertador, las agujas marcan las cinco de la mañana, casi que automáticamente se baña, prepara una mamadera para cuando se despierte su hijo. Le da un beso a su esposa, que le desea un buen día, y él por su parte le desea lo mismo. El sol aún no está en el cielo, la oscuridad todavía está presente, pero como millares de trabajadores él no tomó el desayuno y en la bolsa carga su marmita, ya piensa en el almuerzo antes del desayuno. André cree que todas las empresas grandes deberían dar tickets de almuerzo. En la bolsa, también, lleva dos libros, uno que está terminando de leer y otro que no ve la hora de empezar. A pesar del salario bajo y de todas las dificultades, siempre le sobra algo como para pasar por una librería de usados y comprar un libro. Su pasatiempo preferido en los transportes es leer, de Itaim Paulista a Brás hay cuarenta minutos diarios de lectura de ida y otros cuarenta de regreso. Eso cuando los amigos no lo llaman para jugar una sueca (3). A las seis de la mañana André ve un tumulto de gente frente a la estación, los trenes, para variar, están con problemas, según el cartel un tren se había descarrilado y los trenes circulaban con atraso, con mayores intervalos entre las estaciones. Aunque no esté en condiciones de brindar un buen servicio al usuario, la CPTM (Compañía Municipal de Trenes Metropolitanos) no deja de cobrar el pasaje. Algunos van a las paradas de ómnibus. Como yendo de ómnibus sin dudas iba a llegar tarde, André apostó por el tren y embarcó, el tren que tomó quedó de quince a veinte minutos en el mismo lugar, en ese tiempo los vagones se llenaron enormemente de gente, las ganas de leer el libro que estaba en la bolsa se fueron. El viaje de cuarenta minutos se vuelve ese día de una hora y media. André en el medio del viaje se pregunta por qué la CPTM no utiliza trenes de 12 vagones, dado que están con tantos problemas, parece que a propósito sólo circulan trenes de 6 vagones, como si los pobres merecieran sufrir. La gente se siente en una lata de sardinas. Cansada, desanimada, aplastada y humillada.
André baja en Brás a las ocho de la mañana. Ni la irritación por el pésimo viaje hace que André se olvide del coreano. Camina rápidamente, pasa por los molinetes, desvía a los que andan despacio, desvía a las personas que están paradas vendiendo cosas frente a la estación, desvía los innúmeros puestos que hay frente a la estación, cruza como un rayo el Largo de Concordia y a las ocho y diez entra en el negocio, que queda en la calle Maria Marcolina. El coreano mira rápidamente el reloj de la pared, cuarenta minutos tarde. El patrón dispara una ametralladora giratoria: -Tarde de nuevo, André, ¡Por el amor de Dios! ¿hablo en griego? No te voy a permitir más llegadas tarde, despiértese más temprano, cambie de transporte, haga lo que sea, pero llegue a tiempo. ¿Va a decir que fue el tren? ¿de nuevo el tren? ¿o murió su abuela? El coreano no paraba de hablar, ni le importaba la presencia de los tres empleados, ni mucho menos de los demás empleados que lo miraban a André, que estaba ahí parado, sólo oyendo. Todos esperando sus explicaciones. Sorprendentemente André gritó: - ¡Bastaaaaaa!
La pera del coreano casi que se cayó, sus ojos se agrandaron, él no lo pensó dos veces y le dijo que estaba despedido. André rió, empezó a reírse mucho, casi que lloró de risa. Después dijo:
-Antes de irme me gustaría decir algo. Subió al mostrador y agarró el reloj de la pared, volvió las agujas a las cinco de la mañana, pisó el reloj en el piso de modo que las agujas se quedaran marcando ese horario. André prosiguió. Frente a frente con el patrón, que estaba sin reacción, empezó a hablar:
-Ahora vas a escuchar todo lo que me pasó desde las cinco de la mañana hasta ahora…El coreano intentaba zafarse pero André lo sostenía del cuello. La platea aumentó y todos escuchaban las explicaciones de André, el coreano no dijo una palabra más. Cuando André terminó el patrón dijo: -Olvide todo, André, y vaya a trabajar.
-¿Trabajar? Yo me despido, ¿escuchó? Nunca más voy a sentirme humillado por usted, yo me despido, me despido… ME D E S P I D O…Entonces se dio vuelta y se fue, tomó el tren, sacó el libro que estaba leyendo, parece que sólo los textos de João Antonio (4) lo comprendían. Llegó a su casa e incluso desempleado su mujer lo recibió con una sonrisa y su hijo con una fiesta.

Licuadora
(en Del cuento a la poesía)

Tomé todo lo que la sociedad me ofreció.
Escuela pública.
Salud pública.
Transporte colectivo.
Cloacas a cielo abierto en la infancia.
Junté toda esa mierda,
La metí en la licuadora y salió…YO
Nota
(1) Tipo de juego de cartas [Nota de la Traductora]
(2) “Paulistano” refiere a la Ciudad de San Pablo, mientras que “paulista” refiere al Estado de San Pablo [Nota de la Traductora]
(3) Ver nota 1.
(4) Escritor brasileño (1937-1996). Ver texto de Bruno Zeni, “Aquí es mi lugar –Literatura Marginal, de ferréz a João Antônio”, que forma parte de esta misma Antología. [Nota de la Traductora]
*Autor
Alessandro Buzo se volvió escritor en 2000, cuando lanzó su primer libro O trem-Baseado em fatos reais. Desde ese momento ya lazó 9 libros y organizó más de 6 antologías. En diciembre de 2011 lanzó la antologia "Poetas do Sarau Suburbano" (Ponteio Editora). Dirigió el film Profissão MC (2009). Desde el 2008 hasta el 2011 fue conductor del Programa Manos e Minas, en la TV Cultura.
Desde el 2011 hace una sección sobre cultura en la Red Globo. Lleva a cabo eventos culturales en el espacio Sarau Suburbano Convicto. Idealiza