Después del rock
Gustavo Toba *


de Simon Reynolds
(Caja Negra, 2010)


Al igual que la del hombre, la filosofía, la historia, la muerte del rock fue declarada innumerables veces. En su caso, ese enunciado lapidario quiere describir principalmente la casi absoluta absorción de un fenómeno cultural sustentado -al menos en sus intenciones de base- sobre ideales libertarios en la más acrítica lógica de mercado. Sin haber sido un movimiento esencialmente anticapitalista, el rock lleva sin embargo cierto lastre que lo ha identificado durante sus décadas de existencia, aunque más no fuese por asociación de ideas, con cierta posición contracultural o, para hablar más en sus términos, antisistema. El sesgo contestatario con el que se lo identificó desde sus comienzos (la afirmación de la revolución sexual, la psicodelia, la subversión) nunca estuvo desligado, sin embargo, de un elemento autoparódico que le era de algún modo intrínseco (basta pensar en la figura de Frank Zappa). Pero esa impronta entre profética y evangélica, que Reynolds también señala como característica de la crítica de rock (“la creencia en el rock como un todo, como una causa o un proyecto”), cierta “seriedad” con la que el rock pudo comenzar a pensarse a sí mismo a través de sus propios “profetas” y “poetas”, dan el tono a cierta edad dorada del movimiento en la que figuras como Bob Dylan o Jimi Hendrix son considerados, sobre todo, en tanto próceres.

Simon Reynolds tenía 19 años en 1979. Él mismo se declara, en la Introducción a esta excelente selección de artículos que conforman Después del rock, “hijo de un espacio cultural que ya no existe más y que, en retrospectiva, se muestra altamente inverosímil: la prensa musical británica”: un “curioso espacio de autonomía cultural divorciado de las presiones del mercado”. Psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas es el subtítulo de esta colección de artículos-ensayos en los que, precisamente, el discurso “lírico” del rock ha sido dejado de lado. El mismo Reynolds fue quien acuñó a principios de los noventa el nombre de post-rock para describir el agotamiento discursivo que ya era manifiesto desde el punk en adelante. “La mayoría de la música interesante que se está haciendo hoy se orienta hacia el estatuto de lo instrumental, todo textura y nada de texto”, señala en “La revuelta en el estilo: política y pop”, escrito en 1993.

Lo que resulta especialmente seductor de la escritura de Reynolds no es sólo la lúcida conjunción entre la sensibilidad de “un rockero orientado al goce” y la del académico arty que no desconoce casi ninguna figurita difícil de la teoría literaria francesa o la crítica contemporánea (los nombres de Bataille o Barthes pueden aparecer con la misma soltura que palabras como jouissance, deconstrucción, postfeminismo, micropolítica o cyborg para hablar del hip-hop, del situacionismo, del sampleo o de Brian Eno), sino la manera en que en sus artículos su intuición auditiva se vuelve, de algún modo, argumentativa, politizada. “El peligro del pop ha estado siempre en ese interregno entre la indeterminación y el descontrol”, afirma en “El sueño imposible: situacionismo y pop”, en relación al engendro punk ideado por Malcolm McLaren. O en “Post-rock”, cuando define: “Post-rock significa usar la instrumentación del rock para propósitos ajenos al rock: usar las guitarras como vehículos de timbres y texturas más que de riffs y acordes de potencia.” Hay algo del pop destinado a funcionar como una especie de hipertrofia del concepto: quizás en eso estriba el interés de Reynolds por la tradición del art-rock, en la que el virtuosismo instrumental es abandonado, o bien a favor de la “deconstrucción” del propio uso de los instrumentos (“desrockear” la guitarra) o a través de la directa prescindencia del instrumentista, mediante la utilización de máquinas, como en la música electrónica.

Simon Reynolds es, sin dudas, un crítico apasionado. “En el fondo, bien adentro de mi corazón, todavía pienso que la escritura de rock debería ser ferviente, encendida, ridículamente polarizada en sus juicios”. Después del rock, con su frenesí de bandas y artistas citados, puede también ser leído como una excelente cartografía de buena parte del rock de las últimas décadas y como un libro de referencias y nombres que, en tiempos de Internet y downloads, bien valen la pena de ser, al menos, googleados.
Autor
Gustavo Toba nació en Buenos Aires.