Ni sillas azules
Bruno Petroni *


de Sebastián Bruzzese
(Folía, 2011)

“Tengo que buscar la base del egoísmo: todo lo que no soy no me puede interesar, es imposible ser algo que no se es”.
Cerca del corazón salvaje, C. Lispector


Una mujer espera su avión para hacer transbordo. Doce horas en el Aeropuerto Internacional de Santiago de Chile. Un hueco: un tajo de tiempo cortado, una mujer asoma los ojos entre los pliegues de lo inmóvil: un paquete misterioso en las manos de su padre, su madre llorando, su infancia y el rito de la sexualidad; y también un hombre que espera su avión en las sillas azules del aeropuerto, frente a ella; una azafata que atraviesa los pasillos, que se desnuda en su mente, que se coge con ella en el baño.

Fragmentos yuxtapuestos que explosionan en el hueco de tiempo: el tiempo metafórico y de la poesía narrada en prosa. Una mujer pixelada espera doce horas un avión: partículas de tiempos simultáneos que se unen y se disgregan como en un sueño que perdió los límites.

¿Qué es de uno cuando el tiempo detiene su poder de continuidad?

Ni sillas azules, novela, poesía, prosa poética, o ¿qué si no? En principio, Ni sillas azules, de Sebastián Bruzzese, narra la espera de Helena en el aeropuerto. En principio y no mucho más, porque la espera de Helena en el aeropuerto es, sobre todo, un disparador, o mejor dicho, un disparo en la inmovilidad. Mediante el corte poético, la fragmentación y sobre todo, la yuxtaposición, Bruzzese desarrolla una narrativa que se ubica en la témporo-espacialidad de una mente y un cuerpo escindidos de la responsabilidad de la inmediatez, perdidos en la espera. Y es en ese espacio que, como un grito en medio de la noche, Bruzzese libera la explosión sensorial de la mente y el cuerpo de Helena: el pasar efímero de los recuerdos (recuerdos mínimos, píxeles, que se imponen como partes fundamentales de ese cuerpo y esa mente de esa mujer llamada Helena); yuxtapuestos con la excitación sexual (cuerpos del pasado y del presente que hacen orgía en su imaginación); yuxtapuestos con la descripción del tupper en el que Helena lleva su comida; y un libro de Clarice Lispector, la foto de Clarice Lispector.

¿Cómo leer Ni sillas azules? No creo que haya fórmula (toda etiqueta parece incorrecta), pero sí puedo arriesgarme -y equivocarme tal vez- a hablar acerca de cómo no leerlo, acerca de qué expectativas deben abandonarse al abrir el libro. Así como La Pasión según G.H. , de Clarice Lispector, suspende su narración en el instante en el que la protagonista se encuentra con la cucaracha, y el tiempo se detiene in extenso; Ni sillas azules impone también su propia suspensión, exigiendo del lector que olvide la búsqueda de todo conflicto sostenedor de tensiones, que olvide el desenlace resolutorio y el éxito de la finalidad.

¿Qué es de uno cuando el tiempo detiene su poder de continuidad? Ni sillas azules narra una historia mínima, un recorte preciso que se expande horizontalmente, que se aleja de toda teleología definitiva, y hace de las doce horas de Helena en el aeropuerto todas las horas que hicieron a Helena en el aeropuerto; del tiempo de la consecución, el tiempo de la metáfora; y de cada partícula mínima la posibilidad de la infinitud y del todo.
Autor
Bruno Petroni. Nació en Buenos Aires en 1984. La literatura lo espera. Ofertas laborales, insultos, halagos a petronibruno@gmail.com