Brujas
Mariano Massone *


de Sofía Luppino
(La Parte Maldita 2010)


Los aquelarres se configuran por contagio. Las danzas, los sonidos repetitivos, el alcohol o cualquier otra sustancia diseminan furor en el momento extático. El lugar para limpiar las impurezas se convierte así en un derrame caótico. Este acto puede ser sanador pero peligroso: “una tropa de cuchillos resquebrajándome/ hiriéndome por dentro absorbiendo/ toda mi sangre salpicada con asco en tus azulejos blancos”. La fuerza del contagio es cuando una persona se vuelve médium de los fantasmas que hay alrededor. Esa intensidad amor-odio, pasión- sufrimiento es la que nos muestra el libro Brujas de Sofía Luppino. Con la sutil delicadeza de una bestia, la autora esparce su cuerpo, lo despliega semi-muerto ante nosotros, lo atomiza: “y mis voces ancestrales comienzan a gritar por mí/ gritan/ gritan/ gritan/ explotan/ vociferan inmutables/ vuelan por el aire/ saltan en pedazos/ habitando este collage en el que me estoy convirtiendo”.

Esta explosión subjetiva está dedicada a otra bruja, compañera de ruta y, a la vez, torturadora, asesina de ese yo que se vuelve cada vez más inmundicia a medida que leemos los poemas. La forma del amor más sincera es que dos personas se ahoguen mutuamente, pareciese decir ese yo desbocado: “sos mi virus mi toxina y mi remedio/ solo vos, y todo tu tóxico en mí/pueden lograr que me conmueva”. Porque lo que realmente conmueve del otro es su miseria, su apatía, sus espectros.

Aunque, también puede haber deseos de crear nuevas situaciones amorosas, ficcionales o reales, que rediman esa relación de tortura: “Tal vez me invente otra historia”, “Pero la realidad me colmó/ superándome/ y tuve que inventar nuevas máscaras”. Máscaras, realidades, historias procreadas y mutadas son sólo balsas para salvarse en el medio de la inundación cuando, como decimos en el campo, el agua tapa hasta el cuello a estas brujas. El contagio liquida cualquier variable amable para la vida. Cuando no hay sueños es imposible encontrar esa historia que nos salve: “No imagino una noche de ochenta años/ ni un día de veintitrés”.

La enfermedad de estas brujas extasiadas adquiere una intensidad de guerra, de trinchera, ya que amar es recordar la mierda ajena y la propia, patearse entre sí, despellejarse… Es decir, toda una poética amatoria sadomasoquista: “Entre mi carne podrida y tanta basura en el mundo,/ vos sos lo mejor que tengo”. La escritura de una poética bruja es esto, pero también una poética zombie, tísica o, para ser más modernos, portadora. Esto revuelve en el lugar más neurálgico del amor: éste nunca se salva de cierto grado de violencia.

Sofía arremete desde este lugar desencantado, sin ninguna magia, y llega a pensar que los cuerpos brujos siempre son carnes desencajadas, grotescas que juegan por un momento a poseer una cierta ilusión pero ésta desaparece al instante y sólo queda la pura mierda. El yo le dice a esa otra bruja, como despidiéndose (en vida): “y ahora puede agradecerte:/ me volví la mujer más insensible del mundo.” Volverse insensible, en este mundo, es situarse en la posición más incómoda para cualquier atisbo de poeta funcional, sensibilizador. En este carnaval que despelleja al que nos invita Sofía parece no haber personas que se animen a tirar la primera piedra, porque todos están llenos de pecados, de mierda, todos están intoxicados con alguna virus en la sangre.
Autor
Mariano Massone. 1985, Luján. Estudiante de profesorado y licenciatura en Letras. Poeta. Oráculos: marianomassone@gmail.com