Fondo Blanco
Franca Maccioni *


de Javier Martinez Ramacciotti
(Alción Editora, 2011)

Voy a escribir una epístola porque no puede acompañarse un evangelio con una reseña, una profecía con una ‘crítica’, ni un canto con un ensayo. Voy a fingir que esto es una carta –que es el modo profano que todavía tenemos de acercarnos a la palabra que nos trae la verdad de un mundo siempre amenazando con desaparecer –para escudarte el encuentro con la escritura de un libro que se obstina en hacernos creer, a pesar de todo, que es infinita la riqueza de esta tierra abandonada. Y voy a hacer de cuenta que la vas a leer sólo vos, porque si no me da vergüenza.

Fondo Blanco es, como los rostros que circulan en su escritura, “un algodón mojado/ en almíbar y sangre. Atracción y horror” conviven en estos versos que traen “una canción y un apocalipsis,/ un armagedón que involucra la historia de unos amigos/ y una generación olvidada/que ya nunca nadie siquiera querrá recordar”. Imágenes de un mundo cubierto “por el polvo del último día” donde “hasta el elemento más débil/ resguarda para sí en plena claridad/ un silencio de duelo”, acompañan las distintas voces que se hilvanan en la escritura para contar, a su modo, la misma historia. “Es el relato de una secuencia que comienza/ y termina, y comienza y termina, y termina/ y termina y termina y termina, pero vuelve/ a comenzar incluso a despecho nuestro”.

En la vereda voy a buscar el día amaneciendo
las cosas que pierden y recobran sus formas.
Y me encuentro con un muerto: a los muertos
se los esquiva con los recuerdos. O con los juegos.

Pero el juego terminó y ni él ni yo sabemos “cuántas chances me ofrecieron/ antes de enrostrarme un ‘Game Over’/ titilando sobre mi frente pálida”. Y a esto hay que sumarle la pregunta, estúpida e impostergable, que se obstina y resuena, primero en “chiste” y después no tanto: “¿el paraíso donde está?”. Y también (y peor aún): ¿la poesía, para qué? Y no es que quiera (ni mucho menos que pueda) insistir en esta discusión; es sólo que en la voz de “un monje tibetano en trance” el poemario se hace cargo del peso latente de este interrogante y yo lo respeto.

Nada,
querido Krakatao,
nada de lo que te dije
es necesario.
Pero aquí hay algo por lo que es peligroso callar.
Algo como una madre extendiendo sus piernas
y el aullido de un bebé
que trae en su boca
un mundo terrible.

Y aunque hasta ahora no parece, es verdad lo que decía de que hay, acá, un evangelio; uno que nos insta a creer en la “posibilidad de arremeter cualquier/ partida terminada”, a “tener fe en ese comodín meditando/ en su soledad de monasterio/ el momento oportuno para aparecer/ y desquiciarlo todo”. Pero, no; la “buena nueva” que aquí se anuncia no es sólo profética: otros harán la revolución, recogerán los restos, lo inconcluso que olvidamos “a un costado de las cosas” y vengarán así lo no acontecido en el primer o el último de los días del mundo. La “buena nueva” es, sobre todo, poética. La voz que se escucha en estos versos ha venido a ser otra; a ceder su lugar al nacimiento de otra voz, a esperar, en la infinitud del deseo y la intemperie, que se haga presente el timbre inhumano capaz de trastocarlo todo.

Voz imposible, impotente para contener lo irreversible; voz cantante, rumiante que ensaya un habla deseante (“cuando hablo, espero que hable todo el mundo en mí”) aún sabiendo que ninguna muerte cabe en una voz, que “cuando las palabras/ sostienen un cadáver, la voz ya no es humana”. Y es entonces que un concierto de voces monstruosas que sólo se afirman en la caída como única verdad (en el silencio y el olvido de las palabras que acontece en esta tierra a la que hemos sido confiados y en la que, sin embargo, hasta el invierno deserta de su cita con nosotros), toma el lugar de la voz que, convengamos, nunca fue humana. Lo que zumba de este modo es una voz impropia, múltiple. Y sí, porque “en las cofradías de los profetas sólo se declina/ una primera persona del plural subrayada/ esa mantita cobijante del Nosotros”, los mismos y los otros.

Y si el nombre es “el pedazo de/ tergopol al que nos vamos a aferrar” cuando el agua de la alcantarilla suba y nos tape todo el cuerpo este libro, que no tiene “la menor intención de salvarnos”, nos invita, en cambio, a sumergirnos a fondo. A bebernos todo el cauce de esta (nuestra) historia contaminada de un fondo blanco, a llenarnos hasta no ser más que agua servida para los otros. Y cuando eso pase, yo también quiero que Pucky – la gata - me haga un último favor:

salí al patio y bebeme de a poco con tu lengüita áspera
y no pensés en nada, en absolutamente nada
sólo sé una gata gorda bajo un torrencial tomando agua
de las baldosas, como quien bebe de una pila bautismal.

Bueno. Eso. ¿Y del autor? No sé, ¿pero no es un poco cínico escribir así, querer “ponerse a destruir el mundo/ pero del modo más suave posible; como una forma perversa/ de destrucción, como asesinar a un bebé con caricias”?.
Autora
Franca Maccioni, nació en 1986. Estudia Letras en la UNC.
franmaccioni@hotmail.com