Mujeres
Walter Lezcano *


sobre A la caza de la mujer, de James Ellroy
(Mondadori, 2011)


No hay nada más careta que una autobiografía. Sobre todo porque no hay escrito que no sea, en esencia, de carácter netamente biográfico. Los avatares por los que atraviesa la redacción, eso de los que hablaba Arlt en su célebre prólogo a Los Lanzallamas, y, mal que les pese a los Formalistas, las contingencias de la vida del escritor (si almuerza, por ejemplo, comida de perro porque no tiene otra cosa, como fue el caso de Philip K. Dick), se van filtrando en la historia, de manera consciente o no; da igual, ahí, en el texto, está todo.

Por eso, la autobiografía como género es una tautología. Y además un terreno propicio para la más esplendorosa de las ficciones. Desde esta perspectiva es posible “disfrutar” esta clase de libros. En donde el escritor nuevamente emprende la tarea de decirnos algo relevante sobre su mundo que, al final, termina siendo el nuestro.

James Elrroy tuvo una vida, en término puramente orientales, interesante. Y dentro de los cánones norteamericanos, una vida bastante “normal”. Es decir, la ecuación sería la siguiente: traumas infantiles+ trabajos desafortunados + desplazamientos geográficos + salvajismo literario. Muy Bukowski, por citar un caso similar. Pero todo lo anterior se derrumba, se vuelve insustancial y absolutamente irrelevante cuando uno se mete en sus libros. Ahí el “curriculum” importa nada. Porque Elrroy escribe como un condenado a muerte. Con la misma furia, certeza y convicción de que el mañana es un sueño. Así que desecha los ornamentos para dedicarse simplemente a contar. Imaginate esto: un tipo en la selva que se hace camino a puro machetazo. Así escribe James Ellroy.

A caza de la mujer tiene su antecedente directo en Mis rincones oscuros, su otro libro auobiográfico, y, si se me permite, el mejor hasta ahora de Ellroy. Es una continuación natural. Esto se observa con claridad en el título de la versión original: The Hilliker curse. Además de aportar el contenido místico que hipnotiza la lectura. Sin embargo, los piolas de Mondadori, que seguramente son los mismos que traducen los títulos de las películas en Argentina, eligieron darle al libro una entidad mas sugestiva, pícara, y, todo hay que decirlo, un toque misógino. A la caza de la mujer es una mala interpretación del contenido del libro. Porque el hombre que habita el texto, que también se llama James Ellroy, no anda cazando, no tiene esa actitud, sino que busca. Es una diferencia un tanto gruesa como para dejarla pasar.

Ellroy no se anda con vueltas, te mete en la historia sin pedirte permiso, sin mediaciones de prólogos, sin miedo. Y la historia es que luego de que su mamá muriera brutalmente asesinada, porque él lo pidió, recayó sobre sus hombros, su cabeza, su alma, una maldición que no sería vencida hasta que encuentre una mujer que la reemplace. El fantasma, el recuerdo, el ideal de su madre, entonces, lo persigue a lo largo de su vida en donde él intenta hallar una mujer para amar. Tal vez suene cursi, no lo es en absoluto. Uno va pasando las páginas y va notando la visión descarnada, violenta, obsesiva que destila Ellroy del amor. Y siendo él uno de los autores que mejor supo heredar la tradición del policial negro, uno no podría esperar otra cosa más que un libro desesperado sobre el amor.

Las mujeres se van sucediendo en la vida de Ellroy, y con ellas el tiempo. Desde finales de los cincuenta, con la pobreza en el cuerpo, esa otra condena, se pone a practicar el acoso en ausencia de mujeres: se mete en sus casas y merodea, les revisa la ropa. Luego, ya con trabajo y algo de plata, puede encararlas y comienzas las primeras conquistas. Con su éxito como escritor tiene la posibilidad de elegir doncellas en sus lecturas. Pero su elección es más una predestinación que un cabeceo en un boliche. Actúa por convicción, obedeciendo a una mística que excede lo terrenal.

Ellroy nunca se distrae. Las décadas pasan en el almanaque y no registra nada más que su necesidad de estar con una mujer, la obsesión que lo marca y, por momento, la vive como una condena. Muy suelta por ahí, gotea opiniones de odio hasta cualquier “moda”, llámese punk, hipismo, televisión, lo que sea, el tipo tiene claro su objetivo. En cambio, muestra alguna simpatía, al final del libro, hacia Facebook. Se entiende, le permite saber en qué anda y contactarse con su última mujer.

Manual de ayuda a desesperado, A la caza de la mujer se convierte en la forma que tiene Ellroy de acercarnos a dos de los misterios más complejos que tenemos como especies: trascender la herencia familiar y encontrar el amor, si es que eso realmente es posible.
Autor
Walter Lezcano nació en Corrientes en 1979. Es editor y encuadernador de Mancha de Aceite , la primera editorial independiente de San Francisco Solano, publicó Partes de guerra y Jada Fire. Es profesor de literatura en el Sur del conurbano bonaerense. Está por sacar su primera novela: Los mantenidos, por Editorial Funesiana.