¿Aquello fue una linda primavera?
Revisitar las asambleas barriales y las fábricas recuperadas diez años después del “cacerolazo”
Silvia Hernández *


Política y subjetividad. Asambleas barriales y fábricas recuperadas, de Fernández, A. M. y col.
(3° Ed. Biblos, Buenos Aires, 2011)

Política y subjetividad. Asambleas barriales y fábricas recuperadas, un libro que compila artículos acerca de dos de los procesos autogestivos más visibles que tuvieron lugar en la Argentina “post-2001”, alcanza este año su tercera reedición. Escritos entre 2002 y 2005, sus capítulos invitan a ser leídos como testimonios de un período que aún reclama ser comprendido.

En diciembre de este año se cumple una década de los urbi et orbi famosos “cacerolazos”, aquellas manifestaciones donde, olla en mano, una gran cantidad de la población de Argentina salió a la calle a reclamarle a los políticos “que se vayan todos”. Diez años después, mucho de lo que aconteció por entonces queda aún por ser comprendido desde las Ciencias Sociales, y buena parte de lo que se ha dicho puede ser releído con la ventaja que aporta de la distancia y a la luz de los acontecimientos posteriores. Indudablemente, la propia dinámica social ha cristalizado determinadas lecturas de los hechos, en virtud de las cuales, por ejemplo, el cacerolazo quedó en la memoria colectiva igualado al 19 y 20 de diciembre, en detrimento de otros procesos que ocurrían en simultáneo y hasta en solidaridad, como los saqueos o la ya por entonces consolidada tradición piquetera. Algo similar ocurre cuando hoy las protestas del 2001 parecen haber salido de la nada, olvidando las intensas luchas gremiales y sociales en los años que las precedieron. El lugar de las disciplinas interesadas por lo social es el de desandar estas construcciones, no con pretensiones de acceder a los hechos en sí mismos, sino para dilucidar cómo estas lecturas han tenido lugar, y proponer, llegado el caso, otras formas posibles de comprensión desde una perspectiva más amplia.

Al interior del discurso académico, las elaboraciones que procuraron acercarse a fenómenos tan complejos merecen ser revisitadas y rediscutidas. Un ejemplo es el conjunto de artículos volcado en Política y subjetividad. Asambleas barriales y fábricas recuperadas, a cargo de Ana María Fernández y su equipo de investigación, correspondiente a la Cátedra I de “Teoría y Técnica de Grupos” de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. El volumen, que este año llega a su tercera edición, da cuenta de un verdadero work-in-progress que no esconde las marcas de haber sido escrito al calor de las “revueltas”: cada uno de sus capítulos lleva como subtítulo su fecha de redacción, dato imprescindible para abordar la lectura y para valorar las tesis propuestas. Sorprende el momento de inicio de las indagaciones: el primer artículo es de febrero de 2002, a menos de dos meses del “cacerolazo”. Los trabajos llegan hasta fines de 2005, y el libro incluye una entrevista realizada al equipo de investigadores por el colectivo Situaciones en 2006.

Política y subjetividad permite traer a la escena otros procesos que también se fueron opacando con el paso del tiempo. En general, tenemos presente que el efecto inmediato del 19 y 20 de diciembre de 2001 fue la renuncia del por entonces presidente, Fernando de la Rúa, y el inicio de un período de inestabilidad institucional –“cinco presidentes en una semana”- que tocó su fin en 2003 con el triunfo electoral de Néstor Kirchner. Sin embargo, Fernández y su equipo nos recuerdan que no es esto lo único remarcable, sino que las movilizaciones masivas impulsaron el desarrollo y el potenciamiento de una serie de procesos colectivos y autogestivos que implicaron una trabazón específica entre nuevas formas de hacer política y transformaciones subjetivas. En particular, y como el título del libro lo indica, se focalizaron sobre dos: las asambleas barriales y las fábricas recuperadas por sus trabajadores (especialmente Brukman), a los cuales corresponden sendas partes del libro.


Una revuelta no necesita psicólogos, nos dicen, ni dispositivos grupales diseñados por especialistas. Entonces, ¿qué hacer? Recorramos el camino de estos investigadores que se propusieron “escribir al mismo tiempo que indagar”, en un escenario que ofrecía, según su propia visión, un desafío ético, teórico y clínico para quienes se encuadran, como ellos, dentro del campo de la psicología. Impulsados por el rechazo de ciertas lecturas que se estaban haciendo en aquel momento de los sucesos –“es un reclamo clasemediero”; “es imposible que se vayan todos”; “al final no hicieron la revolución”; “se disolvieron en seguida”- se pusieron como objetivo sumergirse en la especificidad de estas experiencias colectivas a fin de reflexionar acerca de su radicalidad política.

Como punto de partida, se preguntaron acerca de cuál era la novedad de la singularidad que se estaba gestando en asambleas y fábricas “sin patrón”. Y se dieron como respuesta que hubo allí una serie de “invenciones” de diversa índole (políticas, productivas, legales, y, principalmente, subjetivas), cuyo elemento en común radica en desarrollarse de acuerdo a una “lógica de la multiplicidad”, por oposición a la lógica de la institución. En otras palabras, se trata de “espacios que resisten a la homogeneización”, que rechazan las jerarquías, la delegación y la representación política que caracteriza, a criterio de los investigadores, a las instituciones tradicionales de la política, como los partidos y los sindicatos. La “invención barrial” supone por el contrario un hacerse cargo de la gestión de lo común, privilegiando la horizontalidad, la autonomía y la participación directa.

Asambleas y fábricas configuraron nuevos espacios social-comunitarios, capaces de cuestionar las distinciones instituidas que separan lo público de lo privado y que asocian lo público con lo estatal. Si bien no es posible arriesgarse a hablar de la emergencia de un nuevo sujeto social, los investigadores proponen que estos “experienciarios” se posicionaron a contramano de las lógicas capitalistas, y habilitaron –aunque sin garantizar- la posibilidad de una producción de autonomía. Sostienen –tal vez sin las suficientes mediaciones conceptuales- que los dispositivos asamblearios funcionan en la inmanencia, en la superficie, desplegándose de manera rizomática. Una de las hipótesis que atraviesa los artículos es que, contrariamente a lo que podría pensarse, los colectivos que tuvieron más larga vida son aquellos que lograron sostener las tensiones internas sin pretender disolverlas. Sin embargo, estas afirmaciones por momentos se presentan teñidas de ilusiones que los investigadores parecen compartir con los protagonistas: la celebración de la capacidad de los emprendimientos autogestivos de “resistir al aparateo” opaca en cierta medida la claridad con la que afirman los riesgos de cualquier idealización.

Al mismo tiempo, estas “apuestas colectivas al borde del abismo” pusieron de relieve –para quien quisiera verlo- la estrecha imbricación que existe entre subjetividad y política, en contraste con las posiciones que, dentro de las ciencias humanas, colocan lo individual y lo social en dos campos separados y difícilmente articulables. Uno de los conceptos centrales que sustentan el volumen es el de “producción de subjetividad”, a partir del cual lo subjetivo es pensado como un devenir permanente entre modos sociales de subjetivación y un resto no sujetado, capaz de albergar transformaciones y de imaginar lo aún no existente. La subjetividad se diferencia entonces de las maneras en que la Modernidad ha pensado al sujeto: monádico, centrado en su percepción-conciencia, precediendo a su vínculo con el otro. La apuesta consiste en pensar, a partir del legado de autores como Castoriadis, Deleuze, Foucault y Negri, un concepto de subjetividad que vaya más allá de lo mental y que englobe acciones, prácticas e intensidades corporales, sin reducir lo subjetivo a lo individual. En este punto, se pone de relieve la dimensión política de la subjetividad: la política no es un espacio deliberativo racional, sino que incluye intensidades que van más allá del sentido y la representación, que exceden al lenguaje.

El trabajo de este equipo de investigadores radicado en la Facultad de Psicología se posiciona críticamente en relación con lo que llaman “la cultura psi”, en tanto tiende a psicologizar lo social y, en consecuencia, a despolitizarlo. Asimismo, proclaman la necesidad de “pensar de otro modo lo ya sabido”, en contra de las dogmatizaciones que han encerrado a los fundadores de las disciplinas en una única lectura válida. La atención prestada a los cuerpos y a su dimensión deseante significa, para los investigadores, tomar distancia del cuerpo hablado del psicoanálisis. Los cuerpos contemporáneos son una “presencia abrupta de otros modos de devenir cuerpo” que jaquean los saberes compartimentados y conducen al desafío de “des-disciplinar disciplinas”. En el caso de las fábricas recuperadas, los cuerpos dóciles del disciplinamiento fabril -cuerpos de clase- fueron descompuestos a partir de los acontecimientos y de la invención subjetiva que éstos implicaron. Los autores sostienen, con un tinte un poco romántico, que los nuevos cuerpos, cuerpos en guardia, quebraron la anestesia corporal de la alienación que les imponía la división del trabajo al descubrir que era posible producir de manera colectiva, con alegría y sin patrones.

Decía entonces que por momentos los investigadores comparten con los protagonistas la simpatía por el “que se vayan todos”: anclan en la resistencia a toda burocratización una de las principales fortalezas de los dispositivos colectivos. En este punto, las aguas se mezclan: el nivel de los conceptos y el de las categorías nativas no se encuentran claramente diferenciados. Un abordaje conceptual que sostiene que las identidades no son esencias debe asumir esa premisa para toda identidad, y no sólo para aquellas sobre las cuales se focaliza. Así, resulta problemático por un lado sostener que los “juguetes rabiosos” de asambleas y fábricas desnaturalizan lo instituido, y por el otro caracterizar a las instituciones del Estado como puras “máquinas de impedir”, o a cualquier institución –partidos, sindicatos- como orientada por el único objetivo de ejercer poder a través de formas de subjetivación normativo-disciplinares, dando lugar a subjetividades como la del militante, quien aparece como una suerte de fanático que tacha de ignorantes a quienes no comparten su credo. Es en este punto donde el libro muestra a mi criterio sus mayores limitaciones, y la rica caracterización de asambleas y fábricas recuperadas queda atrapada en una simplificación del conjunto de relaciones con otras instituciones, relaciones que sin duda van mucho más allá de simples intentos de cooptación, “aparateo” y amedrentamiento.


La reedición de Política y Subjetividad, diez años después de los sucesos de 2001, invita entonces al encuentro con un “monumento”, en el sentido que Foucault asigna al término. Se trata de una ocasión más que interesante para volver a pensar en dos niveles. Por un lado, en el de la producción de conocimiento acerca de lo social: la distancia temporal nos permite hoy reconsiderar y releer a quienes nos han precedido, a quienes se lanzaron al campo de trabajo y desarrollaron un trabajo crítico, con la lucidez de cuestionarse a sí mismos como parte de la propia investigación. En este sentido, el trabajo del equipo coordinado por Ana María Fernández puede juzgarse como un excelente ejemplo de intervención y trabajo reflexivo en equipo. Además, en este mismo nivel, las baterías conceptuales empleadas se ofrecen para ser rediscutidas, dejadas de lado o eventualmente reasumidas. En este punto acuerdo plenamente con los autores cuando afirman que la tarea de resistir la burocratización de la práctica científica constituye una labor incesante.

El segundo nivel donde volver a pensar es el de las propias asambleas o fábricas, procesos originales que tuvieron existencia histórica y en algunos casos perduran en su devenir. Comparto con los investigadores la certeza de que de poco sirve juzgarlos a partir de su capacidad de perdurar en el tiempo, o de mantenerse apegados incondicionalmente a una serie de ideales. Más interesante es pensar hoy cuáles son las huellas que han trazado en la Argentina contemporánea, dónde están las sendas que inauguraron, en qué medida sus invenciones han transformado no sólo las formas de hacer política sino también, a esta altura estará claro, las subjetividades.
Autora
Silvia Hernández es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (FSOC-UBA). Es becaria de CONICET y maestranda en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad (FFyL-UBA). Es docente en Teorías y Prácticas de la Comunicación III (Ciencias de la Comunicación, FSOC-UBA).