Lugares que no
Ana Claudia Díaz *


de Esteban Feune de Colombi
(Huesos de Jibia, 2010)


“¿Existirá alguna palabra que mitigue el dolor que me provoca cruzarme por la calle con un pelirrojo moribundo?”, dice Esteban Feune de Colombi casi al principio de su libro, e insiste: “¿Existirá alguna palabra?”. Desde ahí nace mi lectura, desde su búsqueda, desde la curiosidad que se agrieta en el crepúsculo desértico de la repetición.
Lugares que no es un espacio migratorio, un lugar que se desliza, que rueda levemente hasta quebrar los límites y las fronteras, arremolinándonos la memoria.

El libro está dividido en varios capítulos, el nombre de cada uno de ellos es un sitio más que pertenece a los lugares que no.

Vladivostok es el primer lugar que se nos presenta alojándonos en una manera singular del tiempo: “Da lo mismo si fue hace mucho tiempo o si fue ayer”, desde ahí se parte. Ese paralelismo nos lleva a la ambigüedad en su máximo exponente, el autor nos envuelve en la ironía, en el onomatopéyico sonido de la risa y pregunta: “¿Todavía queda la risa?”, describe ese espacio y en un real concreto nos devela que la agonía es peor que el dolor, porque es lenta y venenosa, porque se padece. Él, nos sumerge en un mundo crudo pero real y construye eso en palabras duras, seguidas. Instala a la muerte, a la palabra enfermo, la elección ante la no-elección, pero nos deja las instrucciones para transitar ese imaginario, para movernos entre los márgenes del tiempo y sus infinitos andariveles. Aparece el libro como símbolo, el libro verdadero y ahí la voz del poeta. En una narración de esa realidad simultánea el autor se desnuda, dialoga y pregunta: “¿Por qué te moriste en Vladivostok, mamá?”, esa pregunta queda resonando una y otra vez, dejándonos la duda de la verosimilitud.
El texto se convierte en un grito, en un aullido: “Estoy solo en Vladivostok. ¡Mamá! Grito y no me oís”, la desesperación puebla las palabras, el diálogo gira y se posa en el dolor, y en distintos ejes finísimos e inmensos se manifiesta.
Hay una búsqueda concreta pero también una no-aceptación, una obstinación. La voz muta, de pronto es un nosotros o un ellos y así sucesivamente. ¿Donde está la solución del enigma? El autor le habla directamente al lector, le índica y sentencia: “No es éste un libro laico”, no hay retorno, entonces el grito, la normalidad, el escape, la exploración. “No te preguntes más preguntas”, no tienen valor tus lágrimas de diamantes, dice.
Colombi despliega los lugares de la escritura, de la poesía y sus diferentes formas, construcciones o estados, hace un recorrido social-histórico que a la vez es solo individual. Una connotación del tiempo, un ir y venir constante, una pregunta que nos abre un universo. La metáfora en su plenitud hace que la lógica aquí no valga.
Lugares que no es una constelación de textos, una invitación para dejar registro de ese tránsito, un ofrecimiento a trotar los mundos, caminarlos, dar giros en ellos, vagabundear, mudarnos. Una travesía, un viaje, una imagen pura entre las letras.

En un pasaje de aquella metamorfosis llegamos a la Ciudad de México dónde el tiempo se vuelve un almanaque, se vuelve infancia junto a las cosas olvidadas. Aparece un “yo” fugitivo que se desenvuelve: “Trajinar esquirlas de mi yo prófugo”, y vemos un niño que nunca se fue, la magia y las esquirlas que no son más que lo que se desprende de aquellas lágrimas de diamantes. Una voz zorzal, de ave, que va rodando, danzando en un patio, y una tragedia, clara.
La repetición y los ecos, que son el reflejo de una misma voz en distintos momentos o lugares. Hay un acá que afirma este lugar de niño y un “ella”, una madre que responde en este ahora y espera la llegada. Un juego que se presta a sumergirnos en ese parto partido del partir y sus pequeños fragmentos, que no son más que voces, lugares o puntitos dentro del mundo-niño. Quien narra dice: “Al yo partido le traen sus veces”.

En Wisconsin la prosa cambia de ritmo, tiene un sonar propio, otro decir. Hay una duda: “No sé si estoy listo”, y también una proyección concisa: “Cuando viva allá”, se desencadenan una lista de deseos, de lo que se quiere. Reconfigurar el pasado, ahí se puede. Colombi enfatiza sobre las amígdalas y el cambio adolescente, la perfección es una posibilidad y la voz acompaña eso.
El texto está ocupado con sensaciones y referencias de lugares que se fusionan entre sí, la poesía surge. Luego, el espacio se convierte en una prueba de que lo agradable en segundos se puede degenerar, y se alza la pregunta cierta sobre “¿a qué tipo de derrota nos enfrentamos?”, el concepto del no fragmento: la unidad. Pero digo: ¿un lugar no es un fragmento del mundo acaso?. La comparación continua nos trasciende y aparecen otros símbolos o señas: las raíces, la historia, el linaje, los gestos. Preguntas retóricas que exigen respuestas ante la incertidumbre.
El autor va pasando por distintos lugares, se ve ahí, se siente, pero siempre está acarreando aquello de lo prófugo en las esquirlas, el extrañar, la presencia de la nostalgia. Hay un desdormir, un desdoblar la apuesta, un espejo de posibles realidades. El tiempo flota, se vuelve absurdo y no sabemos si el futuro deseado es o puede llegar a ser un presente inmediato, una urgencia.
Wisconsin es la búsqueda de la vida que se puede tener o que se puede oír. Colombi dice que todo proviene de nosotros y es ahí donde perdemos el control: “El desatino pasa por ser lo que somos con desidia”, y parte de alguna u otra forma de esos sitios donde está, sigue el camino, busca en otro lado.

Ohlsdorf aparece como lo insoportable. Alguien escribe preguntas raras, una lista de enumeraciones. Está el ahogo, la necesidad de un espacio gigante, y siempre un saber del narrador que se oculta y des oculta, pero que de a ratos se deja ver, se muestra. Entonces la desolación o la orientación por descarte, los puntos cardinales y sus diversas culturas. Encontramos cierta mirada, una sutileza que indica un pensamiento social que está aparentemente establecido, códigos o estilos de determinados sitios donde vivir. Lo que se descascara, quita capas, cortezas y despeja.
“Las palabras que no, como los lugares”, de eso se trata, “acá estoy” cita, mientras haya palabras, y en esa frase de esperanza se alude a lo eterno. Pero queda latente una pregunta: ¿Qué rol ocupa la escritura en cada sitio?.
Lugares que no empieza en un extremo oscuro y baja en degrade cambiando la escena.

San Pablo, una isla de pensamientos y juegos, de lo inesperado. Las múltiples facetas de como se nos presenta el cotidiano, su música y lo universal. Las líneas de fuga se arman y se desarman, y entonces una revelación, clara: “la inquietante búsqueda de la eternidad, cuando sobran las claves, demasiadas calles, cuando sobras, ahí, ahí obra el ejercito de dedos al galope… deseo de cicatrización en el contracielo”. Otra vez él se va, huye, en este caso excluido por una mirada, por un “algo” que siempre logra expulsarlo.

Y llega no ha lugar, que es lo que se tiene por excelencia, una narración que se transforma con los lugares y comulga. Pequeñas historias en verso donde el autor usa distintos personajes u objetos para conseguir lo que se quiere y los aborda desde otro lado, mas político y directo, casi desértico. Describe una situación individual y la fusiona a través de hilos que tejen la trama, pero nos dice que se necesita de los ojos de los demás para poder desnudarse, y ahí es donde me pregunto: ¿si el desnuda al resto en cada lugar del mundo que describe?
Es un inventario de cosas, nombres, de situaciones que no tienen lugar, y vuelvo a preguntarme: ¿Qué espacio ocupa lo marginado, lo minucioso, lo distinto?, ¿O es acaso, que está en todas las partes y no necesita de aquella certeza física?.
Las fotografías y los focos aparecen reiteradas veces en las páginas de este libro, y el personaje nos cuenta que una noche se puso a rotularlas, a crearles un mundo narrativo alrededor. Entonces, podemos decir que es ahí donde se reconoce que el texto se construye desde un imaginario conocido.

Al final del libro hay un capítulo que se llama Apenas versos, que es un pasaje en el tiempo, un entremedio. Son como pequeños haikus dentro de un lenguaje mucho más poético en cuanto al sonido o al valor de la palabra, las expresiones. Una seguidilla de pequeños poemas que se vuelven inmensos y lo abarcan todo. Colombi hace malabares con las palabras y elige en que sitio ubicarlas.
Son textos sensoriales, bellos, con un trasfondo sencillo, se dice desde otra voz nueva que clama y calma. Las primeras palabras anuncian el devenir en mayúscula, majestuosas, y de pronto hay un declararse, firme, sutil, sin velos, un después del fantasma, un otro “yo”, la certeza después de los viajes por los no lugares. Ahí, se sabe decir que el encierro está en el cuerpo, que es el último ancla, el autor se mueve en un adentro interior, en el no-afuera, deja estelas, vigilias de aquel ahora que se torna diferente. El silencio, la despedida y el temblor refinado florecen en los distintos niveles del texto.
Los poemas se vuelven una danza de palabras circulares, casi cósmicas. El nacimiento nuevo, la resurrección. De pronto, lo que no se deja ver desde ese punto, lo que se cree, el correrse de foco, pero: “SIEMPRE es mejor/que vuelvas”, el vos presente. El reconocimiento, el vuelo, la agonía osada, finalmente cesa la búsqueda y el que escapa es otro. Se desmoronan las cosas que ya no tienen lugar y se alza aquello que se recupera, el despertar, el compartir y lo que cabe en la voz y en el vos.
Me pregunto hacia dónde va el autor y descubro que elije un amanecer cicatrizando que aún queda, lo infinito, la posibilidad constante. De pronto, lo claro en “AHORA que descubro/una forma/de esperarte sentado”, y la impresión de cada ciudad, la escritura que lo acompaña todo como un río y sus desembocaduras. Entrelaza; “ESCRIBO para ser/un modo”, entonces el grito se desglosa y entra en la plenitud.
Hay fondos que rotan con la cadencia de una colección de espejos que se reflejan entre sí, estos pequeños poemas resuelven: “EN cada ciudad/la impresión entrenada/de lo que ácido”, esas texturas de cada sitio.

Lugares que no de Esteban Feune de Colombi es una sombra febril desordenada que llega a la calma, un gesto indefenso de descanso que no cesa hasta el final, un esplendor que se cierne y se sucede solo ahí.
Una distancia que se abrevia para acaecer como nómades-pasajeros bajo los rayos jadeantes del atardecer.
Autora
Ana Claudia Díaz, (Santa Teresita, 1983). Estudió letras en la UNMDP, actualmente asiste al taller de Romina Freschi y colabora con el taller de poesía de APOA en el Hospital B. Moyano. Ha publicado la plaqueta de poesía plegable Vuelto Vudú (2009) y Limbo (2010) por Pájarosló editora y Al antojo de las anémonas por Color Pastel (2011), poemas suyos también salieron en ramona, lakuma-pusaki y otros medios. Vive en Buenos Aires.
www.anaclaudiadiaz.blogspot.com