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Un suelo como un mundo
Una lectura de Poesía civil de Sergio Raimondi
María Laura Romano*
El lector se habrá ido a dormir bien tranquilo:
los opuestos cierran y cada cosa ocupa su lugar,
pero es forzoso disuadirlo del leve sueño ganado
a la comodidad e invitarlo a intentar obtener
uno más denso, propio del cansancio que supone
haber trabajado en la dificultad […].

Sergio Raimondi, “Qué hay tras un boletín de campaña (b)” (2001)

No habrá poesía: la impugnación alberdiana de la literatura nacional

En este trabajo parto de una hipótesis intertextual que involucra para el análisis de un texto poético, Poesía civil (Vox, 2001) de Sergio Raimondi, un subtexto de género ensayístico: la lectura que hace el mismo Raimondi de los Escritos Económicos (EE) de Juan Bautista Alberdi. Así, sostengo que dicho poemario se lanza a la aventura de escribir desafiando la impugnación de poesía en territorio argentino que, según lee el poeta en su ensayo “Poesía y división internacional del trabajo” (PyDIT), realiza uno de los grandes pensadores de nuestro siglo XIX. Presentada de esta manera, quizás sorprenda la contundente conclusión alberdiana que Poesía civil retoma; por eso, para comprender de qué trataba tal refutación, repondré brevemente los argumentos alberdianos.
En primer lugar, hay que tener en cuenta una premisa básica del pensamiento liberal al que Alberdi adscribía (1), que sostenía que la contribución primordial de la Argentina a la economía del mundo era la producción agropecuaria. A esto hay que agregar que, dada esa misma raigambre liberal, por la que Alberdi veía en Europa la plenitud de la civilización occidental, a sus ojos tal contribución permitía al país gozar de las divisas necesarias para importar productos de los países civilizados, divisas que tenían, por tanto, un “plus” civilizatorio. Alberdi concluye, entonces, que el comercio internacional les da a estas tierras su civilización, la cual “les introduce como un producto de la Europa civilizada” (EE, p. 169). (2) Acá aparecen los límites de la localía geopolítica de la que el pensamiento alberdiano parece tener una conciencia tan fría y exacta: dado que tanto los objetos fabriles como la poesía son productos civilizados, ambos comparten en nuestro suelo, carente de civilización, la cualidad de importados y, en consecuencia, los dos están sujetos a las mismas vicisitudes de la balanza de pagos. Entonces, si esta se tornaba deficitaria, como a menudo sucedía, debido a una baja de exportaciones y una suba de importaciones y el oro emigraba del país para pagar tal desequilibrio, la consecuencia inmediata era la falta de divisas para seguir importando. Lo que sorprende de esta perspectiva de Alberdi no es la explicación que hace del funcionamiento de la balanza comercial, sino que su análisis considere que la gravedad de semejante desarreglo comercial radicaba en que con él lo que estaba en juego era nada menos que nuestro devenir civilizado.
En función de esta incidencia que Alberdi otorgaba al comercio internacional en el proceso civilizatorio del país y de la evaluación general que realizaba de nuestra situación económica (nuestro lugar en el mercado mundial como productor de materias primas, los reiterados desequilibrios en la balanza de pagos, la falta de capitales nacionales, el dispendio calamitoso de los importados), Raimondi extrae del pensamiento alberdiano la siguiente determinación para la poesía y el arte hispanoamericano:

En esa fantasía liberal extrema, con un país donde los soldados mitristas y los maestros sarmientinos se dedicaran de una vez a roturar la tierra y rodear el ganado, alguien consideró que antes de sopesar la posibilidad de pensar en un proyecto de siglos que permitiera pasar de la fase agropecuaria a la fabril y por ende artística y literaria en un desarrollo suficiente como para obtener desde acá un modelo propio de Universalidad exportable, era más pragmático dedicarse a considerar cómo se podía pagarla (PyDIT) (3).

En el presente trabajo analizaré cómo la escritura poética de Poesía civil se sostiene contrariando esta tesis alberdiana que refuta radicalmente todo proyecto de arte y de literatura nacional. Pero si puede decirse que Raimondi escribe a contrapelo de las conclusiones de Alberdi, no es sólo porque impugne su tesis- de hecho habría que ver bien en qué medida lo hace-, sino porque mide dicha tesis en toda su consistencia e inconsistencia, en su veracidad y limitación y, sobre todo, porque su texto Poesía civil encuentra en el argumento conclusivo del escritor de Bases un principio fundacional de la propia poética. De ahí, el camino de lectura de los EE alberdianos que el poeta propone al final de su ensayo:

[…] en la supuesta anulación de todo tipo de proyecto literario nacional no habría que considerar solamente la conciencia radical de una posición dependiente […] habría que detectar una posibilidad de pensar en las circunstancias (económicas, sociales, políticas, culturales, etc.) como valores definitivos para considerar lo que sea la poesía (PyDIT, el subrayado es mío).

Una nueva poesía civil: la reconstrucción del vínculo literatura- sociedad

La reconfiguración crítica de la poesía que pone en marcha Sergio Raimondi a partir de la tesis alberdiana tiene su punto de comienzo en un elemento paratextual privilegiado del texto, es decir, en el sintagma “poesía civil” que funciona como sugestivo título del poemario. El mismo es rico desde un punto de vista intertextual, en la medida en que en él se inscribe la tradición literaria decimonónica pre- moderna, previa a la especialización de los discursos que se ejecutará en la América hispana de la mano del proyecto modernizador. ¿Qué era en el siglo XIX, en el contexto de las naciones emergentes hispanoamericanas, la literatura civil? Un discurso al servicio del Estado (al servicio del todavía “virtual” Estado- Nación y sobredeterminante del mismo), comprometido con la modernización, que encontraba, según el crítico Julio Ramos, en su misma materia escrituraria, “un modelo de racionalidad y un depósito de formas” (2003: p. 50), los cuales permitían ordenar los vastos y diversos territorios de la repúblicas nacientes en función del mercado, del trabajo, del sentido, es decir, en función de un principio racionalizador unificante. Los intelectuales decimonónicos, con una eminente conciencia de la tarea pública, ejercieron esta tarea de racionalización del espacio heterogéneo americano en textos que hoy podríamos considerar literarios, como el Facundo de Sarmiento (pensemos en la clasificación de la barbarie que realiza este texto a partir, por ejemplo, de los cuatro tipos ideales de gauchos), pero también participando con protagonismo en la vida pública y en el desarrollo de la estructura jurídica del Estado. Entre los miembros de la joven generación, quien puso paradigmáticamente su letra al servicio del desarrollo institucional del país fue, justamente, Juan B. Alberdi, cuya obra Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina (1852) (4), constituyó la piedra de toque en las deliberaciones que culminarían en la Constitución de 1853. Pero en EE, texto que analiza Raimondi, nos encontramos a un Alberdi desengañado de su propio aporte, puesto que luego de la separación de Buenos Aires de la Confederación en septiembre de 1852, una reforma de la Constitución nacional en 1860 devolvió a la Ciudad de Buenos Aires, que anteriormente era nombrada por aquella capital de la Nación Argentina, su integridad y autonomía provincial (5). Esto significó la puesta en manos de la provincia de Buenos Aires del puerto situado en la ciudad homónima y la pérdida para la Nación de la autoridad inmediata sobre sus más grandes intereses económicos. (6) Así, a los ojos de Alberdi, el gobierno nacional- y la estructura jurídica federal en la que se amparaba- pasó a tener una existencia “nominal”, puesto que el poder real, derivado del económico, volvió a concentrarse en las manos porteñas que tenían jurisdicción sobre el puerto.
Este desencanto para con la letra que manifiesta Alberdi es importante para nuestra lectura, ya que da cuenta de otro vacío que registra la escritura alberdiana, a saber, la fisura entre la “palabra- ley”- con todas sus pretensiones de orden y generalidad- y el hecho real. Así, escribe en EE:

Todos esos hechos existen en el día (se refiere a la absorción del movimiento aduanero de la nación por el puerto de Buenos Aires y a todas sus consecuencias). Nótese bien, yo digo “hechos”, yo hablo de hechos, no de palabras. Yo sé que de palabra todos eso hechos están abolidos” (p. 156) .

Al igual que en la declaración de Alberdi de la superfluidad de la poesía en territorio argentino, en este vacío que deja el desfasaje entre ley y realidad, Poesía civil va encontrar un lugar para una poética propia, uno de cuyos aspectos originales se nutrirá de la reescritura de la tradición civil de las letras. Tal reformulación poética encuentra en el pensamiento del escritor de Bases su puntapié inicial porque si en la tradición civil la letra y la ley mantenían una relación de identidad absoluta y constituían, consecuentemente, un óptimo dispositivo disciplinador de las “bárbaras” realidades americanas, el registro que hace Alberdi de la fisura entre escritura/ ley y realidad señala, justamente, la aporía de dicha concepción de las letras y, más aún, del proyecto modernizador al que la escritura civil servía y el que sobredeterminaba. Por lo tanto, siguiendo las huellas de Alberdi, el poemario de Raimondi considera la civilidad de las letras como su principio rector, pero en el estado en que Alberdi lo señala, es decir, contrahecho, visto desde sus propias contradicciones. Y así, partiendo de sus grietas, intenta reescribir la cualidad civil de la poesía o, en otras palabras, el vínculo entre la poesía y la sociedad. Entonces, si los escritores decimonónicos- y tal es el caso de Sarmiento- pensaban que “la escritura, en su operación generalizadora y homogeneizadora, era un modelo fundamental del proyecto racionalizador” (Ramos, 2003: pp. 34) (7), la representación “civil” (ciudadana) que hace el poemario de Raimondi, en vez de hacer funcionar la materia escrituraria como dispositivo disciplinante y generalizador, construye la especificidad de su territorio poético a partir de particularizaciones. Para Poesía civil, por tanto, representar es escapar de las generalidades, pero no porque estas no existan- si no léase un poema como “Craker 2 o Monimenta Ministri”- sino porque toda generalización también tiene puntos de fallas que señalan su aporía. La voluntad estética de positivizar las inconsistencias de la tradición civil de las letras o, mejor, la decisión de ver en ellas una posible estancia- la grieta abierta- para la propia poesía constituye la operación fundamental que realiza Poesía civil en el intento de construir una forma poética original.

La Gran Bahía Blanca: el puerto y el mar, los ferrocarriles y la industria petroquímica en la configuración ciudadana.

La particularización a través de la cual el poemario pone en funcionamiento su principio de inteligibilidad representacional radica, en primer lugar, en la representación de un territorio local fácilmente reconocible, del cual Sergio Raimondi es oriundo, a saber, la Gran Bahía Blanca conformada por la ciudad homónima y la localidad cercana de Ingeniero White. Así, la referencia espacial privilegiada- metapoetizada en el cangrejo, personaje repetido en el texto y que, como podríamos afirmar del poeta, “rara vez se aleja del medio local” (p. 74) (8) - conforma un lugar poético que no es ni nacional ni universal y sobre el cual revierte, casi como en eco, la impugnación de Alberdi de la poesía argentina y las propias palabras de Raimondi en su texto PyDIT sobre tal impugnación. Se trata, entonces, como ya lo anunciaba el poeta bahiense en el ensayo mencionado, no de renunciar a los quehaceres poéticos en estas tierras sureñas, sino “de pensar en las circunstancias (económicas, sociales, políticas, culturales, etc.) como valores definitivos para pensar lo que sea la poesía (PyDIT)”. (9) Ahora bien, en esta operatoria de particularización coexisten dos movimientos simultáneos de los que quiero dar cuenta en mi lectura: uno está constituido por la posibilidad de vislumbrar una generalidad a partir de las singularidades representadas, y el otro conforma una vuelta, acaso definitiva, a la particularización en tanto tal.
Respecto al movimiento de generalización, podemos afirmar que los núcleos referenciales a través de las cuales el poeta escribe la localidad que sitúa como su lugar privilegiado de enunciación constituyen marcas indicadoras de la pertenencia de lo local a un orbe tanto nacional como mundial. De hecho, si existe la Gran Bahía Blanca, si tal tejido urbano pudo inscribirse en el desierto pampeano, fue gracias al proyecto liberal de modernización que llevaron adelante hombres como Alberdi, sus pares generacionales y, luego, los hombres del ‘80. Podríamos decir, entonces, sin exagerar los argumentos, que el famoso modelo agro-exportador en tanto particular manera de incorporar al país al mercado mundial, sumado al fomento de la inmigración europea y a la importación de capitales extranjeros para construir la infraestructura necesaria al funcionamiento del modelo económico dan como corolario la aparición de ciudades como Bahía Blanca e Ingeniero White. La civilidad de la escritura de Poesía civil radica, justamente, en la representación de tales tejidos urbanos tomando como unidades mínimas de representación aquellas inscripciones locales que son definitorias de la particular idiosincrasia de la ciudad y, a la vez, que poseen una gran densidad en cuanto a sus implicancias nacionales y mundiales.
En mi lectura propongo distinguir tres unidades mínimas de la representación civil raimondiana, las cuales funcionan, justamente, como condición de posibilidad de su poesía: una es el puerto y más allá de él, el cangrejal, la ría, el estuario y el mar; la otra está constituida por los ferrocarriles y la tercera por la industria petroquímica. Sostengo que es en la articulación de estas tres unidades básicas representacionales que Poesía civil logra construir su representación de la ciudad de Bahía Blanca- Ingeniero White. A su vez, estas tres unidades que están presentes en uno u otro de los poemas del texto, además de señalar la ubicación de la localidad particular en la economía mundial- de ahí la vocación geopolítica del poemario-, contienen en sí elementos disruptores de la homogeneización que la pertenencia al orden económico del mundo determina. El funcionamiento de estas unidades mínimas de representación será analizado a partir de uno o dos poemas que tengan a cada uno de estos componentes como eje referencial paradigmático.

1) El puerto y más allá el mar: el mar, y si extendemos la referencia fuera de este poemario, podríamos decir el agua, tanto marina como fluvial, constituye históricamente, junto con la tierra, la principal fuente de riqueza de la Argentina, pero como anota el poema “La draga”, esta determinación económica del país no surgió de la nada, sino “de acuerdo a prerrogativas largamente históricas/ confundidas con un destino de rigor frente al cual/ nada es dado modificar” (p. 104). Para entender la importancia de la tierra y el agua en nuestra historia, basta con recordar las largas luchas civiles por la libre navegación de los ríos interiores del Litoral, las guerras por el acceso al Río de la Plata y al puerto de Buenos Aires, conflicto este cuya resolución se consideró fundamental a la hora de organizar constitucionalmente a la república (Puiggrós, 1973: p. 139). Es que si de acceso a puertos y mares se trataba, lo que estaba en juego era nada menos que la incorporación de las diferentes provincias que constituían el territorio nacional al mercado mundial y el goce de los beneficios que el expansivo modelo de agro- exportación traía consigo.
Este internacionalismo mercantil al que disparan los referentes marinos está presente en poemas ya citados como “La draga”, en el cual, dentro de un campo referencial portuario, se enfatiza la alta competitividad internacional del Puerto de Ingeniero White en función de sus cuarenta y cinco pies de profundidad y de unas cuantas otras cuestiones:

La desregulación de servicios de remolque y practicaje,
la supresión de leyes y organismos de control estatales,
el despido de personal y la eliminación de convenios
de trabajo han contribuido también a llevar al puerto
a un nivel de competitividad internacional pensado
según simples criterios tendientes a que el dinero,
con la cantidad menor de trabas, tarifas y riesgos,
fluya y retorne, con creces, al mismo lugar de partida
[…].
(p. 105)

Así, queda dicha la pertenencia mundial de la localidad de White, que a instancias de este poema aparece reducida a los flujos internacionales y millonarios de dinero bajo una enunciación que se torna geopolítica. Sin embargo, en el mismo poema y, más específicamente en su sintaxis, hay un elemento que escapa a la generalidad, si no de la ley del mercado, sí de las leyes sintácticas de la lengua. Se trata, justamente, de una figura retórica, un anacoluto, es decir, del componente poético por excelencia dentro de un poema de registro casi periodístico, que está plagado además de palabras de dominios tradicionalmente extra- artísticos ( del comercio exterior y de la ingeniería hidráulica sobre todo):

[…] Así como a fines del siglo
diecinueve, más del setenta por ciento de las divisas
que ingresan al país a causa de lo que el país exporta
se deben a productos agropecuarios, porcentaje igual
al correspondiente a manufacturas en los países
más industrializados, centros de consumo y poder
tal como Estados Unidos y Canadá, Europa, China
o Japón, ubicados todos lamentablemente en torno
al paralelo cuarenta o cincuenta del hemisferio norte,
lo que hace del traslado del cereal asunto primario
si se tiene en cuenta que en la cotización en destino
el flete marítimo constituye elemento determinante.
(p. 104, el subrayado es mío)

Esta anomalía, que priva de uno de sus dos miembros lógicos a la estructura correlativa empezada por “así como”, termina por volver inconsistentes varios versos del poema y deja a medio terminar la crítica hacia el modelo agro- exportador con la que empezaba el texto, puesto que la voz poética parece de repente estar preocupado en cómo hacer más competitivo al modelo. ¿Pero efectivamente dicha crítica queda trunca? En esta instancia podemos hacer jugar la concepción civil de la escritura que este poemario retoma: si en dicha tradición escribir era poner en funcionamiento un reservorio de formas que permitía someter los objetos representados a la ley de la lengua e, isomórficamente, a la ley de la civilización- recordemos la identidad absoluta entre letra y ley-, en el quiebre de la forma sintáctica, ¿no podría leerse algún eco del desfasaje entre letra/ley y realidad que planteaba la escritura disidente de Alberdi? Y esto ¿no podría continuar la crítica al modelo liberal, pero desde un nivel más específicamente poético, esto es, el nivel de la retórica? En este poema, entonces, la falla de la generalización a la que la escritura obliga se enraíza en un desorden sintáctico ejecutado por un anacoluto, el cual da cuenta del sustrato específicamente poético del texto y de la inevitable labilidad de todo principio homogeneizador, llámese mercado, civilización, lengua o sentido. En este caso, lo que estaría en exceso respecto de la letra no sería el hecho real, como ocurría en la crítica alberdiana, sino que la lengua aparece, en su función poética, librada al exceso de sí misma, sometida a la propia cantidad formal de la poesía.
Otro poema paradigmático en relación al influjo particularista de Poesía civil es “Qué es el mar”. En este texto, en el que podemos leer ecos paródicos de versos tales como “la mer, la mer, toujours recommencée” de Valéry, lo que prima es la visión utilitarista del océano. (10) Pero, justamente, dado que la materialidad del mismo aparece tan exprimida en función de la ganancia capitalista, la forma de representación elegida no puede ser si no eminentemente desordenada y revuelta:

El barrido de una red de arrastre a lo largo del lecho,
mallas de apertura máxima, en el tanque setecientos mil
litros de gas-oil, en la bodega bolsas de papa y cebolla,
jornada de treinta y cinco horas, sueño de cuatro, café,
acuerdos pactados en oficinas de Bruselas, crecimiento
del calamar illex en relación a la temperatura del agua
y las firmas de aprobación de la Corte Suprema, circuito
de canales de acero inoxidable por donde el pescado cae,
abadejo, hubbsi, transferencias de permiso amparadas
por la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca; ahí:
atraviesa el fresquero la línea imaginaria del paralelo, va
tras una mancha en la pantalla del equipo de detección,
ignorante el cardumen de la noción de millas o charteo,
de las estadísticas irreales del INIDEP o el desfasaje
entre jornal y costo de vida desde el año mil novecientos
noventa y dos, filet de merluza de cola, SOMU y pez rata,
cartas de crédito adulteradas, lámparas y asiático pabellón,
irrupción de brotes de aftosa en rodeos británicos, hoki,
retorno a lo más hondo de toneladas de pota muerta
ante la aparición de langostino (valor cinco veces mayor),
infraestructura de almacenamiento y frío, caladero, eso.

Así, ¿este torrente verborrágico de palabras no podría decir, a nivel sintáctico, el flujo incontenible del agua del mar? En esta instancia, la forma intenta salvar su impotencia respecto de la heterogeneidad del referente, pero en un sentido inverso al alberdiano: ya no se trata de ajustar letra y hecho bajo la vara de la ley civilizadora, sino de sumergirse en una deriva particularista que da rienda suelta a todos los accidentes del ingente objeto representado. La actuación a nivel formal constituye, entonces, algo así como la rebelión de la materia, cuya “exasperación” (11) está en continuidad con la “exasperada” utilización que de la misma hace la economía del capital. De esta manera, la sintaxis del poema lo que deja relucir es un material renuente a ser domeñado por ningún principio organizador discursivo que dice a la letra la resistencia muda del océano a ser reducido por la retícula del mercado capitalista. De hecho, la palabra final del poema, es decir, el pronombre demostrativo que cierra la enumeración constituye la zona de mayor renuncia al reduccionismo, puesto que si “eso” señala todo lo que antes se predicó del mar, cerrando la definición, lo hace sin hacer intervenir ningún concepto categorizador, ni siquiera el de beneficio capitalista que es el que prima en el poema. Se trata, nada menos, de la inversión de una idea iluminista escrita en el Facundo: “La inteligencia vence a la materia, el arte al número”, escribió Sarmiento (Ramos, 2003: p. 32). En el final de este poema, “eso” parece querer decir todo lo contrario: representa la palabra vacía de concepto que, arrastrada por la ingente materia oceánica, calla toda clasificación.

2) Los ferrocarriles: el tendido de las vías férreas fue capital para el funcionamiento del modelo agro- exportador, puesto que los trenes disminuyeron drásticamente el costo de transporte del producto exportable entre el campo y los puertos (Gerchunoff – Llach, 2000: p. 27). Además, la expansión de los ferrocarriles posibilitó incorporar al circuito de la economía nacional e internacional zonas de la llanura pampeana relativamente alejadas, a la vez que permitía la llegada a esas regiones de las manufacturas inglesas (Gerchunoff – Llach, 2000: pp. 28- 29), es decir, de los productos importados de los que, según Alberdi, dependía nuestro proceso civilizatorio. Las vías del ferrocarril devinieron así en el trazado ordenador por excelencia del territorio nacional y, casi como metáfora perfecta de la escritura civil, constituían un reservorio de formas privilegiado, puesto que el mismo permitía llenar el “desierto” argentino, imprimiendo sobre él el “sentido” del progreso liberal. La homogeneización del suelo que el ferrocarril lograba acabadamente se traducía en la fundación de nuevas ciudades que, como Bahía Blanca e Ingeniero White, constituían enclaves civilizados en la pampa, nacidos bajo el influjo poderoso de un mercado cada vez más expansivo.
En consonancia con esto, un poema como “Artículo 11 del contrato celebrado el 16 de marzo de 1896 entre el Estado Nacional y la empresa inglesa del Ferrocarril Sud, de acuerdo a la ley n° 3344” incorpora la letra de la ley en sus versos finales y le otorga así al desarrollo de la urbe un origen económico y jurídico:

[…] Y por eso en el artículo once
de aquel famoso contrato para el tendido de rieles
a Neuquén se autoriza la “construcción de muelles
y demás instalaciones que fuesen necesarias en el Puerto
de Bahía Blanca para la carga, descarga y acomodo
de todo lo que constituye el tráfico del Ferrocarril”.
(p. 95)

Sin embargo, el poema que sigue a este incorpora una voz que viola el lugar de esa ley escrita. Se trata de “Carlos Guillermo Alt, de la sección Mecánica del F. C. Sud, acerca de la estiba en el muelle, cuenta esto:”, cuya sintaxis oral puede leerse, desde la perspectiva de la tradición liberal, como ausencia de “escritura”:

[…]
¿viste?, como la gente cortaba con la, a cuchillo,
las bolsas, las cortaba, entonces la polvareda, con
máscaras de, cómo se llama, esponjas, bueno,
trabajaban ahí todos tapados, no se les veía nada
más que los ojos, no podían respirar, casi no se podía
respirar y el cuchillo, sí, una herramienta que llevaban
porque tenían que cortar las bolsas y todo eso.
(p. 96)

Otra vez el quiebre de la sintaxis, esta vez por el influjo del discurso oral, hace a la crítica de la tradición, pero no para abandonar la civilidad de la escritura, sino para proponer en la operación particularizadora un dispositivo de formalización del espacio ciudadano que no funcione supeditado a categorías totalizadoras. Si en el poema anterior se escribía la ley, la misma para todos los sujetos (por lo menos en teoría), en este poema, que copia el tipo de registro fónico que realiza para su archivo el Museo del Puerto de Ingeniero White (12), la voz no se escinde de quien la enuncia y el poema aparece doblemente rubricado, por el poeta y por un nombre propio, que particulariza aún más el punto de vista. Pero, como escribió el mismo Raimondi en un texto sobre su trabajo en el Museo,

[…] tampoco el nombre propio garantiza una unidad, porque pretender hallar o construir un relato que totalice una vida es directamente favorecer la eliminación del valor de la diferencia y de la contradicción como parte del carácter extensivo de cualquier historia. No hay totalidad posible acá (allá) en el cangrejal: el terreno se abisma en grietas y perforaciones (2003, el subrayado es mío).

Así como para el caso de los relatos a los que refiere Raimondi el hábitat de los cangrejos se convierte, por su fisicalidad misma, en una imagen- guía que sabotea todo intento de totalización, otro tanto ocurre con Poesía civil. Lugar inhóspito, “superficie ahuecada toda, carcomida por pozos” (p. 90), el cangrejal está en el lugar de la vocación localista del poemario. Se trata de una instancia de enunciación privilegiada que reenvía al elemento líquido arriba analizado y que anuda el decir de la voz poética al lugar más inestable de Bahía Blanca, por el cual, como dice el poema, “no es del todo conveniente avanzar demasiado” (p. 90). El cangrejal, definido por el poeta como “(…) el arraigo/ imposible de cualquier especie vegetal con afán/ colonizador (p. 74)” se constituye, por su propia esterilidad y porosidad, en la contra- imagen del suelo fértil de la región pampeana argentina y en el lugar de un tendido de rieles imposible que está en exceso respecto de la homogeneización del territorio que los ferrocarriles operaban en suelo argentino.
Pero, además, el cangrejal deviene en este poemario marca meta- poética: en esta superficie agujereada la escritura raimondiana encuentra “su” localidad, ya no desde un punto de vista referencial, sino desde su propia materia de escritura. Es que el hábitat de los cangrejos no sólo metaforiza el espacio desde donde el poeta escribe, sino también el lugar que su escritura constituye- su hinc et nunc, “su” localidad-, es decir, “las grietas y perforaciones” de las zonas “críticas” de su sintaxis poética.

3) La industria petroquímica: la presencia del puerto promovió la radicación de industrias en la zona, conformando en la Gran Bahía Blanca uno de los polos petroquímicos más importantes de la Argentina. A los núcleos referenciales analizados se suma, entonces, un mundo industrial a través del cual la crítica al liberalismo que realiza el poemario adquiere cierta ascendencia marxista. En esta instancia, se trata de salirse del trabajo racionalizado y productivo capitalista mediante reverberaciones de la producción artesanal (13), cuya presencia en los poemas aparece siempre mediada por la escritura. Así, por ejemplo, en “Paisaje de Induclor con uno o dos operarios” ante el borramiento del rostro de los operarios por el uso del máscaras, el poeta anota que sus “zapatos difieren” (p. 23) o en “Firma de electrodos en los caños del gasoducto”, a la pérdida de sí que sufre el trabajador en función de la separación respecto del producto de su labor, se le opone el ejercicio del estilo de la propia letra:

Pero ahora es otro el tema, porque cada uno
se los que hace en sus ojos saltar los chispazos
exhibe su propia letra: alguna abandona
en la juntura el diseño suave de unas olas,
otros puntos separados entre sí por zonas
regulares de lisura, otro pinta estrías.
Esos detalles que testimonian el estilo
serán hundidos luego tres metros bajo tierra.
(p. 27).

Y también la pérdida de la propiedad sobre las herramientas de trabajo aparece paradójicamente contradicha en “Extraños ruidos en la tolva”, cuando la empresa Solvay- Indupa pone apellido y número de legajo a los guantes de sus operarios con el fin de obligarlos a usar el mismo par durante una semana. Si en esta extraña “restitución” la letra aparece asociada a la racionalización del trabajo en función de la ganancia capitalista, los obreros del poema rápidamente encuentran una contrapartida:

[…] ahora los guantes poseen apellido y número de legajo
pero no la herramienta que el operario como al descuido
desliza en la bolsa de soda en perlas y que el vigilante
deberá dar por perdida con la consiguiente multa para él.
Días más tarde, al realizarse la descarga de los vagones
en el muelle, el responsable de los silos de almacenamiento
oirá primero el golpe seco del hierro y luego el estallido
de los metales con que ha sido construida la hermosa tolva.
(p. 30).

En este caso la resistencia opera negando la escritura, es decir, refutándola en el sometimiento que ejerce a la ley del capital. Entonces, así como la sintaxis paratáctica de “Qué es el mar” se negaba a cerrarse y a categorizar según la utilización que de los recursos naturales hacía el capitalismo, en el caso de “Extraños ruidos en la tolva” se trata de escapar del registro escrito para hacer estallar, casi como en un gesto romántico, la maquinaria productiva.

Coda: “un suelo como un mundo” vs. el cangrejal

Como sostuve anteriormente, la apuesta por una escritura civil encuentra en este poemario tres unidades mínimas de representación- el puerto, los ferrocarriles y la industria petroquímica- a través de las cuales se logra la formalización del espacio ciudadano. Estos tres núcleos referenciales, que funcionan a la manera de una retícula ordenadora de la representación poética, constituyen un sustrato permanente que atraviesa la mayoría de los poemas del libro. Pero en el análisis de estas unidades mínimas de representación no interesa sólo la consistencia temática que por su influjo adquiere el libro, sino, sobre todo, el principio de una poética que ve en esos grandes referentes de formalización urbana los elementos privilegiados para una poesía atenta a las circunstancias locales desde las que se escribe. Así, Poesía civil sobreimprime su escritura poética y “civil” sobre las huellas de otra, aquella que realizó la ingeniería civil sobre el territorio urbano de la Gran Bahía Blanca y en la cual el poemario parece encontrar su preciada circunstancia.
Sin embargo, en este texto el poeta también señala un lugar que podríamos llamar “de no- escritura ciudadana” en la medida en que está por fuera de la construcción civil, excediendo el proyecto modernizador del que nació la Gran Bahía Blanca: me refiero al cangrejal, lo que antes identificamos como el espacio de enunciación privilegiado de la voz poética. Este lugar, renuente a la totalización por sus “grietas y perforaciones”(Raimondi, 2003), escapa debido a su propia materialidad impura- no es ni tierra ni agua, es barro- de la retícula organizadora de la representación civil que realiza el poemario y que se asienta, como sostuve más arriba, en las tres unidades mínimas de representación ya analizadas. Porque ¿a qué formación pertenece el cangrejal: a la tierra, al mar o al cielo gaseoso del que hace uso la industria petroquímica?
Siguiendo la pista de esta contradicción, si pensamos en el suelo argentino, ese suelo visto históricamente exuberante en su productividad, si nos detenemos en esa tierra dura, consistente, fértil, si concebimos, junto al poeta, a ese “suelo como un mundo” (p. 108) y conjeturamos que tal vez haya triunfado sobre otros mundos posibles, el cangrejal representado en Poesía civil como infértil, inestable y barroso se nos aparece como la justa contra- medida de la “nobleza” de la tierra argentina así concebida. En ese juego contrastante de imágenes en el que a la totalización del suelo se le opone el cangrejal se cifra la crítica a la tradición de pensamiento liberal que realiza Raimondi. Y esto porque el hábitat del cangrejo no es refractario a una escritura pensada intransitivamente, sino a la inscripción liberal o, mejor, como dice el poema “La sordera absoluta”, a la “consigna de que todo objeto,/ piedra, madera, piel, tierra, hueso, es superficie/ de impresión para las ideas que han de triunfar,/ liberalismo como monstruosa aparato parlante/ que se armó a conciencia, ¿qué va a responder/ lo que no existe?, sin los órganos de audición. (p. 118)”.
Para una lectura que, como exige este texto, esté atenta a las circunstancias en las que se produce, en la crítica a la visión liberal del suelo radica la contemporaneidad del poemario, su “sitio y situación” en la conflictiva coyuntura actual en la que resurgen, casi a la manera de las formaciones reactivas, ciertas totalizaciones, como a aquella que ve en el “campo” no una formación socio- económica de gran complejidad histórica, sino la concretización, sin mediación ninguna, del “ser nacional”. Y nótese bien que en sus representaciones urbanas el texto plantea una relación de interioridad absoluta entre la ciudad y el campo en la medida en que el tejido urbano Bahía Blanca- Ingeniero White surge en el siglo XIX como consecuencia de las crecientes necesidades del expansivo modelo agro- exportador que tenía a las fértiles tierras de la región pampeana como su centro productivo. Entonces, con ciertos ecos de la escritura disidente alberdiana, habría que afirmar que la racionalización del espacio nacional y la consecuente fundación de ciudades nunca se hicieron a expensas de los intereses agro- exportadores. Y esta aclaración vale también “circunstancialmente”, como crítica a otras tantas totalizaciones que, siguiendo las huellas sarmientinas, continúan inteligiendo la realidad nacional a partir de la clásica oposición liberal campo- ciudad/ civilización- barbarie.
En el nivel de lectura de Poesía civil que propuse, se trataría, entonces, de quebrar un mundo de ascendencia liberal, de historizarlo o, en palabras más metafóricas, de agrietar su suelo para mimetizarlo con la superficie agujereada del hábitat del cangrejo. De esta manera, reconociendo la imposible impresión sobre el barro de la ría de la superficie homogeneizadora de la infraestructura civil, el poemario no libra ese territorio a la “barbarización”, sino que imprime sobre las construcciones urbanas que el mismo representa la estancia ahuecada del hábitat del cangrejo. Dada esta lectura, a lo largo de mi trabajo propuse analizar cómo las totalizaciones del espacio urbano que se hacen en el poemario a partir de sus tres unidades referenciales (puerto, ferrocarril, fábrica petroquímica) son desestasbilizadas en el propio texto a través de la puesta en marcha de una poética que hace pie crítico en la particularización. Una poética que, sobre el filo de una escritura liberalmente concebida como operación generalizadora, se detiene en ciertos elementos particularizantes que atraviesan sus grandes referentes como lo son las voces orales, los nombres propios, la materia ingente e inabarcable del océano, los estilos de letra o los zapatos que difieren. En tal detención lo que surge no es la negación de la fuerza homogeneizante de ciertos factores- llámense civilización, mercado o intereses agropecuarios-, sino el énfasis puesto sobre “el valor de la diferencia y la contradicción como parte del carácter extensivo de cualquier historia” (Raimondi, 2003).

Notas
(1) Por supuesto, cuando hablamos de pensamiento liberal no podemos imaginar al mismo como un bloque homogéneo. De hecho la concepción materialista del progreso que sustentó el último Alberdi estaba en las antípodas del enfoque más moral e institucional que ostentaban sus pares liberales, entre los que destacaba Sarmiento. Así lo consigna Katra en su libro sobre la generación del ‘37: “Alberdi, en un tono cada vez más ácido, fustigaba a los líderes sudamericanos miopes que seguían apoyando la educación de sus élites y ponían el acento en los ‘derecho políticos’ y las ‘ciencias morales’ por encima de las consideraciones más pragmáticas (2000: p. 144).”
(2) Todas las citas de EE que aparecen en el cuerpo del texto son acompañadas por el número de página de la edición con la que trabajé. Los datos bibliográficos completos son consignados en la bibliografía final. En cuanto a la fecha de la primera publicación de estos escritos alberdianos, aparecieron póstumamente en 1895.
(3) Según la lectura que hace Raimondi en PyDIT, Alberdi no niega la universalidad propia del arte y de la poesía románticamente concebida, pero considera que sólo las naciones que cuentan con un excedente de capital, es decir, aquellos países materialmente desarrollados pueden sostener un arte universal. Pero en este punto se abre una paradoja del pensamiento alberdiano: ¿se puede pensar en una universalidad geopolíticamente repartida, es decir, limitada a ciertas circunstancias materiales? Como veremos más adelante, la concepción raimondiana salva a la poesía de este impasse.
(4) La primera publicación de esta obra alberdiana data de 1852 y su impacto fue inmediato. El mismo Urquiza, presidente provisional luego de la caída de Rosas, encargó una nueva edición a cargo del gobierno en donde Alberdi pudo incluir un proyecto de Constitución nacional (Katra, 2000: pp. 191- 192).
(5) Al respecto Alberdi afirma que para vencer definitivamente el régimen rosista “no bastaba declarar a Buenos Aires capital de derecho. Era preciso poseerla de hecho, y es lo que Buenos Aires resistió y frustó con sólo quedar separada de la nación, como lo hizo por su revolución del 11 de septiembre de 1852, hasta que, después de largas luchas, consintió en reincorporarse, a condición de no ser capital de la nación” (p. 206).
(6) Alberdi lo expresa claramente en EE cuando afirma que “la actual crisis del Plata tiene por una de sus causas principales la integridad y la autonomía provincial de Buenos Aires” (p. 165).
(7) En realidad, Ramos sostiene que en Sarmiento la civilización no es tan plena de sentido ni la barbarie carece absolutamente de él. Según el crítico, el autor del Facundo, “enfatiza la ignorancia del “saber” urbano (Buenos Aires) ante la realidad local, ‘bárbara’. Insiste en que es por causa de esa ignorancia, por esa falta de representación entre los dos mundos, que la ‘barbarie’, excluida por la ‘cultura’, invadía las ciudades, anulando el grado de modernidad que las mismas habían logrado (2003: p. 25)”. Así, de acuerdo a la concepción sarmientina, para representar al bárbaro, hay que oír su voz, pero en esa instancia se dibuja una contradicción, puesto que en la cercanía a la que la escucha predispone, la forma misma de la escritura adquiere modulaciones propias del objeto representado, es decir, se barbariza. De ahí que Ramos sostenga que el Facundo registraba en “la heterogeneidad de su forma”, que el mismo Sarmiento calificó de “informe” y “mal disciplinada”, las aporías que confrontó el proyecto modernizador en América (2003: pp. 19- 34).
(8) Todas las citas de Poesía civil que aparecen en el cuerpo del texto son acompañadas por el número de página de la edición con la que trabajé. Los datos bibliográficos completos son consignados en la bibliografía final.
(9) Sobre este tema véanse específicamente los siguientes poemas de Poesía civil: “Causas de la superioridad del arte griego y de su preponderancia sobre el de otros pueblos: influencia del clima y del ambiente” y “Shklovski en diálogo con los productores de papa”.
(10) Para una lectura de “Qué es el mar” en clave utilitarista véase Iglesias y Selci, 2007.
(11) En este punto hago referencia a la lectura de Poesía civil que realizó Hernán Pas en su texto titulado, justamente, “Una materialidad de la exasperación”. En el mismo el autor sostiene que Raimondi “ensaya una crítica materialista que se detiene en las relaciones de la letra (de la escritura) con el espacio público y con el poder” Y más adelante agrega: “En el gesto ritual- mítico- que divide la esfera estética de lo material (…) hay una necesidad histórica y, por lo tanto, la posibilidad de una lectura política” (2007).
(12) Para obtener información sobre el Museo del Puerto de Ingeniero White en el que Sergio Raimondi trabaja véase http://www.fundacionypf.org.ar/museos/subsidiados/inf_white.html.
(13) Véase Pas (2007) quien sostiene que “el libro de Raimondi esboza una poética materialista de lo artesanal como modo alternativo de articular efectividad política y representación estética”.
Bibliografía
Raimondi, Sergio, Poesía civil, Bahía Blanca: Vox, 2001.
---, “Poesía y división internacional del trabajo” en Planta n° 1, noviembre de 2007 (http://plantarevista.com.ar/anteriores/nr1/raimondi.html).
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Gerchunoff, Pablo y Llach, Lucas, El ciclo de la ilusión y el desencanto. Un siglo de políticas económicas argentinas, Buenos Aires: Ariel, 2000.
---. “Ved en Trono a la Noble Igualdad. Crecimiento, equidad y política económica en la Argentina, 1880- 2003” en http://cdi.mecon.gov.ar/biblio/docelec/mm2370.pdf, diciembre de 2003.
Iglesias, Claudio y Selci, Damián, “Merceología y campo trascendental: uso social y método” en Planta n° 1, noviembre de 2007 (http://plantarevista.com.ar/anteriores/nr1/merceologia.html).
Katra, William, La generación de 1837. Los hombres que hicieron el país, Buenos Aires: Emecé, 2000.
Pas, Hernán, “Una materialidad de la exasperación. Acerca de Poesía civil de Sergio Raimondi” en Orbis Tertius, n° 13, 2007. Hay una versión virtual en http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2567824.
Porrúa, Ana, “Ciudadanos y extranjeros: sobre Poesía civil de Sergio Raimondi y Guantambú de Mario Arteca” en Punto de Vista n° 75, 2003, pp. 25- 28.
Puiggrós, Rodolfo. Historia económica del Río de la Plata. Buenos Aires, A. Peña Lillo, 1973.
Ramos, Julio, Desencuentros de la modernidad. Literatura y política en el siglo XIX, México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 2003.
*Autor
María Laura Romano nació un laborioso 1º de mayo de 1981 en la ciudad de Lomas de Zamora. Al poco tiempo emigró a Capital, donde pasó un corto período de su infancia. Ya devuelta al Gran Buenos Aires, cursó sus estudios secundarios en un colegio de Quilmes, donde reside hasta hoy. Egresó en 2006 de la carrera de Letras de la UBA. Formó parte del equipo redactor de la recientemente desaparecida Zona Churrinche. Actualmente da clases de español a extranjeros, corrige textos, da talleres de escritura y continúa estudiando.