Volver Menú
Desconfianzas
María Pia López*

Dos escenas de taxi. Una: pregunto qué pronóstico hay sobre la fastidiosa lluvia. El taxista dice: “nunca los escucho, seguro que mienten. Porque si los políticos mienten también los del informe metereológico”. Otra: un taxista cordobés dice que la presidenta argentina está “loca” y padece de “bipolaridad”. No sin temor ante la ira taximetrística, afirmo que los discursos presidenciales muestran racionalidad, precisión argumentativa y cálculo preciso. El conductor reacciona con velocidad: “no sé, los discursos yo no los escucho, pero en la televisión dijeron que estaba loca”.
No voy a disfrazar la necesidad de transportarse de un lugar a otro como práctica de cientista social, pero sí tomar esas frases como indicios o síntomas, ver qué reservorio prometen, qué excavación toleran. En el primero, la falsedad de la palabra política se convertía en núcleo corrosivo de toda palabra social. Como si la mentira del político fuera tan gratuita que hiciera extensiva y necesaria la difusión de modos falsarios de la lengua. La desconfianza se dirige hacia cualquier expresión y profesión desde la que se enuncia. En el segundo, la confianza retirada a la palabra política –que directamente la decreta inaudible- es depositada por otra ventanilla: la de la televisión, gran recaudadora y productora de creencias y deseos sociales.
En el primer caso, el desencanto cunde. En el segundo, prima la impugnación respecto de los profesionales de la política. En ambos discursos, los políticos son pensados, casi, como enemigos de la sociedad. Están allí para mentir, cultivar sus intereses particulares, expropiar el trabajo ajeno, vaciar de sentido la palabra. Están allí, finalmente, para ser sacrificados, en algún momento, en nombre de la restauración de la comunidad ajada. Max Weber pensó que un modo de dominio –el Estado lo es: significa mando y obediencia- requería de un sistema de creencias en algún tipo de legitimidad. En Argentina, la corrosión de la enunciación política, su puesta bajo sospecha, mina sin cesar las bases de la legitimidad. Funciona como cinismo que impide la creencia, como viveza que sabe que la palabra puede emanciparse de los hechos y nombrar cosas antagónicas, como parodia que desmonta entramados simbólicos para mostrarlos en su tosquedad. La actual impugnación a la mediación política, tal como se da en las rutas de Gualeguaychú por productores que reclaman el fin del Estado para que no intervenga en el mercado pero tampoco en la compensación del trabajo público –“le podemos pagar nosotros a los maestros”, se escuchó a de Angeli en la incansable complicidad de las pantallas-, y más en general, como se da en los conflictos en los que se desconoce la legitimidad de un gobierno electo, no pueden ser separados del vaciamiento que producen sobre su propia práctica los profesionales de la política.
Leopoldo Lugones pensaba, a comienzos del siglo XX, que los políticos sólo merecían desconfianza: su labor era la de someter a los hombres a un dominio al tiempo que los hacían creer libres de elegir. Por eso, confiaba más en las aristocracias y oligarquías que en los modos democráticos del gobierno. Aquellas portaban una ilusión menos. En sus columnas en el diario La Nación no se privó de llamar a votar en blanco ni de combatir el “dogma de obediencia”. Convocaba a la sustracción de esos vínculos y al autogobierno. Una década después, creía que el problema de los políticos no era que restringían las libertades sino que lo hacían tan débilmente que resquebrajaban el orden social. Las fuerzas armadas prometían un orden más riguroso e impoluto. El poeta nacional, en sus veleidosas transformaciones, recorrió el arco entre las críticas libertarias y las impugnaciones autoritarias a la mediación política. Si en su caso tuvo la diacronía de una trayectoria vital, en nuestra época estas posiciones se entremezclan en la sincronía del espectáculo masivo. Y se repiten en las lenguas callejeras y se abonan en la práctica misma de la política.
Porque el problema de la política, destinación a lo público, es que siempre está privada de reconocer lo que arrastra de negociación, procedimiento oscuro, medias palabras, alianzas ingratas, o sólo puede mencionarlo si lo liga a grandes frases o ideas: la Nación, el Pueblo, la Emancipación, la Justicia, la Libertad. Un abogado apela a la Justicia y la Ley al tiempo que sus prácticas juegan en los resquicios de la ley y convierten al procedimiento en instrumento de triunfo de su cliente antes que en efectiva dilucidación de los merecimientos y castigos. Un médico administra salud y jura la defensa de la vida mientras despliega un ejercicio de tanteos, de pruebas con sustancias dañinas para el cuerpo y, muchas veces, de tratos comerciales indeclarados. Pero la separación más violenta entre lo que se hace y lo que se dice se da en el plano de la política. Y se ahondó a medida que la política se desencantaba.
También en esto el menemismo fue un salto cualitativo. Como nunca antes se ligaron los símbolos populares a la defensa de una clase propietaria al tiempo que la actuación en la vida pública se presentaba sin muchos pruritos como enriquecimiento privado. El cinismo fue la lengua de la época, festiva conciliación entre hechos y palabras o evidencia de su distancia. Las cámaras ocultas, con su delación tecnologizada, hicieron su cosecha. La siguen haciendo.
La política está bajo sospecha. Los “taxistas” y los “chacareros” creen que es un gasto innecesario, un modo del parasitismo, que se regodea en una superflua expropiación del trabajo que otros hacen para destinarlo al beneficio personal. En ciertos momentos, la crítica a la política y a sus palabras se presenta aliada, como en el cálido verano del 2002, a la pasión de la asunción directa de los asuntos públicos. En otros, a la defensa de los derechos últimos de los poseedores a definir, como bien les parezca, el uso de sus riquezas. Y si en los primeros la crítica parecía arrojada a la ampliación de los márgenes de una participación colectiva en los asuntos públicos; en los segundos más bien se opera por restricción y cierre: sólo hablan los calificados para hacerlo porque sus intereses están en juego, o sea, los que pueden enarbolar su derecho de propiedad. Este modo de la crítica al Estado, la mediación y la palabra política no revela la verdad invisibilizada de aquel, más bien muestra a contraluz una derrota que dejó las palabras y las ideas flotando y a la espera de una nueva captura.

*Autor
María Pia López es socióloga y ensayista. Co-edita El ojo mocho. Publicó los libros: Mutantes. Trazos sobre los cuerpos; Lugones: entre la aventura y la cruzada; compiló el tomo III de Literatura argentina siglo XX. Salió en Caras y caretas, nª 2223 (del mes pasado).