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Una disputa por la hegemonía simbólica de “la patria”
Algunos antecedentes para leer el conflicto con “el campo”.
María Rosa Lojo*

El conflicto de intereses que tiene en vilo al país desde hace meses se expresa también como conflicto semiológico. Es, entre otras cosas, una disputa por la hegemonía simbólica de lo “nacional”, cimentada en procedimientos de larga data, que podemos rastrear a través de la literatura y de otros lenguajes.
Si desde los medios se habla con naturalidad de “el campo” como un solo bloque, opuesto in toto, a otro presunto bloque llamado ahora “gobierno”, esto sucede sobre la estructura de viejas antinomias, reiteradas y resignificadas en la Historia argentina y en la construcción de nuestro imaginario.
El “campo” es uno de los términos recurrentes en la serie dicotómica fundante desde la que se ha manejado (y todavía se maneja) la comprensión de lo “nacional”: Civilización/barbarie, campo/ciudad, interior/Buenos Aires, provincianos/porteños (y unitarios/federales, gorilas/peronistas, patriotas/vendepatrias, criollos/extranjeros, nacionalistas/cosmopolitas….) conforman díadas que se articulan de manera diferente, y cuyos términos se cargan de valores positivos o negativos, según las épocas históricas y los intereses en juego.
Una de las articulaciones fudamentales, que los argentinos tienen incorporada o internalizada como en “versión subliminal” y que triunfa hoy en el panorama de los medios, es la que identifica “campo” y “patria”, la que hace depositario al campo de los rasgos centrales de la identidad argentina, y de los valores éticos más acendrados. En el “campo” se viviría genuinamente, se conservaría la memoria, se cultivaría la tradición, se respetaría un orden de solidaridad, integridad y trabajo. La palabra “gaucho” en su acepción más elogiosa, y la acción propia de ese “gaucho” (la “gauchada”), definirían un perfil humano de honestidad y bonhomía. Un hombre laborioso y sufrido, que trabaja “realmente”, con las manos, en el entorno natural, no detrás de los escritorios burocráticos ni en los despachos de los financistas y especuladores; tal es el capital simbólico explotado por los ruralistas. La apelación al “gaucho” sentencioso y popular, y al lenguaje gauchesco, fueron comunes en los “pps” de todo tipo que circularon en la web a favor del “campo”. Las ropas rurales (bombachas, faja, boina, pañuelo al cuello, a veces con algún touch de moda cardón), el mate y las empanadas, esgrimidos como elementos de identificación elogiosa y elogiable, no faltaron en las carpas levantadas en la Plaza del Congreso.

El oscuro comienzo: campo, barbarie, desierto.
Pero no siempre, desde luego, las cosas fueron percibidas así. El “campo” (o la “campaña”), no está precisamente asociado, para la óptica de la llamada Generación del ’37 (Sarmiento, Echeverría, Alberdi, Juan María Gutiérrez, José Mármol), a los valores que deben defender los ciudadanos de una nueva república. A menudo sucede que, desde esta mirada, el hombre de la campaña, el montonero, el gaucho no es tan siquiera un ciudadano, esto es, un representante de la humanidad en su sentido pleno; siempre queda un poco más acá o más allá de ella, ya sea contemplado como mero “bárbaro”, o como prodigioso “titán” (Facundo) que se crea su propia ley. En su Facundo. Civilización y barbarie (1845), Sarmiento gesta la matriz simbólica literaria que asocia a la ciudad con el “centro”: el único lugar donde lo humano puede hallar su desarrollo completo, ordenado y protegido por la forma cabal de la existencia humana que es la de la civitas: la “civilización”, en fin. En un sentido general, la campaña se vincula al peligro, a la dispersión, la disolución, el vacío. Al igual que en las culturas arcaicas, lo periférico, lo situado fuera del centro, en la exterioridad, es el lugar de lo inhumano y de lo ominoso. Pero no se trata aquí, claro, de categorías absolutas, religiosas: esa desolación tiene, para Sarmiento, agentes humanos: son los caudillos y sus tropas desaforadas: los “bárbaros” de la montonera, quienes han disuelto la sociedad argentina reduciéndola al despojo y la carencia. Nuestras campañas son así vistas como un ámbito degradado y devastado por la "legislación de la montonera", barrido por las "patas de los caballos", donde "toda clase de gobierno se hace imposible, la municipalidad no existe, la policía no puede ejercerse, i la justicia civil no tiene medios de alcanzar a los delincuentes." (36) Esta presentación general tiene, empero, matices, como los tiene todo el pensamiento sarmientino, que ha sido simplificado tantas veces por los eslóganes de la lucha política. (1) Pero son los eslóganes los que sobreviven con mayor facilidad, no los matices, y la imagen del hombre rural en el siglo XIX le debe mucho más a la negatividad estampada en el cliché.
Para otro texto canonizado —la Amalia (1851), de José Mármol— la ciudad -Buenos Aires- dominada por Rosas, es el escenario de una “operación barbarizadora” donde las jerarquías se han invertido y corrompido y las tensiones crecientes amenazan con diluir toda distinción -todo límite interno entre clases sociales y categorías culturales- bajo la isocromía igualadora de la sangre. Fuera de la ciudad, en la periferia, hay dos ámbitos: la naturaleza cultivada, doméstica, afín a la morada humana cuyo paradigma estético ideal es la quinta de la bella Amalia, y la intemperie exterior donde habita el gaucho. Aquí se marca otra frontera riesgosa: desde el territorio despoblado de las pampas, el gaucho, que pertenece a este ámbito y no debe salir de él, se perfila como "la tempestad" que está rodeando siempre las orillas de las ciudades y que en cualquier momento puede asimilarse a las huestes del poder dictatorial (Rosas), quebrar los límites, unir lo "naturalmente" separado, invadir, contaminar. Sin embargo, en la figura del héroe conspirador, Daniel Bello, doble/adversario del anti-héroe Rosas, se combinan la violencia y la astucia del gaucho con el don del cálculo frío que también Rosas posee, y con las máscaras externas de la educación urbana y la civilización.
En El Matadero (circa 1838), de Esteban Echeverría, se contraponen dos mundos unidos por la audacia de un transgresor: el joven del partido unitario, representante de la civilidad a la europea, que se interna en la zona periférica del Matadero donde seres humanos y animales ejercen unos sobre otros una violencia obscena e indiferenciada. Este "simulacro" (sic en el original) de la Argentina rosista, es un "mundo al revés", carnavalesco y grotesco, marcado por la deformidad, la caricatura, la parodia, que invierte las categorías dominantes en el orden civilizado, aunque sin el valor positivo, liberador y fecundante adjudicable a lo carnavalesco medieval (2). El torbellino de la "mezcla" rompe límites en todos los órdenes, mixtura lo humano y lo animal, lo "culto" y lo popular obsceno, la "civilización" y la "barbarie", el grandilocuente lenguaje de la tragedia que utiliza el unitario, y el brutal coloquialismo de los asistentes al Matadero, espectadores y actores, victimarios y víctimas en un juego que transfiere rasgos del toro enfurecido a la figura atildada del joven que elige morir de cólera antes de ser vejado. La violencia en sus diversas manifestaciones define invariablemente el cruce de las fronteras, la transgresión de los límites (lo periférico y lo bárbaro que corroen el centro urbano, pero también el héroe “civilizado” que se interna en lo periférico y se impregna con rasgos de la barbarie) en estas obras fundacionales de la generación de los proscriptos. En todos los casos, del lado opuesto de la engañosa línea divisoria está el otro o lo Otro, sombra que se agranda y se expande en la medida en que en ese espejo se ha proyectado también la imagen negada de la propia verdad, de lo real inexcusable.

Hacia otras visiones: el campo recuperado para la “patria”.
Muy distinto es el itinerario que se dibuja en Una excursión a los indios ranqueles (1870), de Lucio Victorio Mansilla. Uno de sus mayores logros es el de haber traspuesto, en una medida insólita para su contexto epocal, una frontera difícilmente transitable: la de los prejuicios, los tópoi, las convenciones retóricas que presentan al aborigen como una criatura colindante con la bestialidad, marcada por todos los disvalores. (3) Indios y gauchos son vistos aquí, ante todo, como seres humanos, más acá del anatema político, del denuesto o de la idealización simplista. El “salvaje”, el que vive del otro lado, en las profundidades secretas de la Tierra Adentro, es, en la nueva mirada de Mansilla, el prójimo: un sujeto de cultura, capaz de ritos y cortesías, con un sistema de numeración, un protocolo diplomático, una lengua, una vida familiar y una organización social superior en algunos aspectos a la cultura blanca que se presenta capaz en cambio, de la violencia más inaudita bajo la proclama civilizatoria. El viaje a la “Tierra Adentro”, o al llamado Desierto, que al principio se muestra como una "excursión" a lo periférico por excelencia, lo extremo y lo exótico, termina revelándose como retorno al “centro” natural: al cuerpo, al juego y a la infancia, experiencia de recuperación del placer, de lo cercano y de lo propio, en los antiguos terrores del espacio ignoto, de lo desconocido y lo lejano. También, anunciando al Martín Fierro, es un reconocimiento de las cualidades del otro “bárbaro”, el “paisano gaucho” (desfilan en el libro muchas historias conmovedoras de gauchos refugiados en las tolderías por razones políticas, o por crímenes desgraciados) al que la política sarmientina deseaba reemplazar en tanto fuerza activa de población y trabajo, por la inmigración europea.
Una nueva topología de la barbarie, contrapuesta a la vulgarización de las dicotomías sarmientinas, coloca ahora al espacio abierto bajo el cielo del lado de la libertad, la pureza y la valorización estética, mientras que la ciudad se asocia con el egoísmo, la suciedad y el desgaste inútil de la vida. Esta imagen tendrá buena trayectoria en la narrativa argentina posterior, que suele ver a la campaña bajo un prisma de purificación, renovación y renacimiento, oponiéndola a la ciudad corrupta. Tal inversión de valores aparece ya muy claramente en Sin rumbo (1885), de Eugenio Cambacérès, donde el campo se articula como el refugio en lo originario argentino, frente a la penetración invasora de otros “bárbaros periféricos”: los inmigrantes. (4)
Pero antes que Lucio V. y antes que Martín Fierro, la imagen resignificada del habitante de la campaña, emerge con fuerza en una novela escasamente conocida: Pablo, ou la vie dans les Pampas (5), por razones de género (sexual), ya que su autora es una mujer: Eduarda Mansilla, la brillante hermana de Lucio V., y también por razones de lengua: escrita en francés, cuando Eduarda vivía en Francia, sólo tuvo en su momento la traducción de su hermano en el diario La Tribuna, pero no se publicó en la Argentina en forma de libro.
Como lo harán más tarde su hermano en Una excursión... (1870) y José Hernández en Martín Fierro (1872), como ha hecho ella misma ya en El médico de San Luis (1860), Eduarda Mansilla aboga a favor del gaucho, semisalvaje aunque no feroz, con tendencia a la pereza, pero de gran coraje y sentido del orgullo y la independencia, dotado especialmente para la música. Para este habitante de la campaña, la autoridad –enfatiza el texto- no representa la justicia ni la civilización, sino la arbitrariedad más brutal (Pablo, 19). El joven Pablo, héroe de la novela, gaucho (6) -aunque unitario, como su padre- resulta ser su víctima ejemplar. A pesar de tener una “papeleta” otorgada por el comandante Vidal que lo exime del servicio de frontera en tanto es el único sostén de su madre viuda, el jefe de la partida unitaria que lo detiene hace pedazos la exención y lo obliga a unirse a la tropa. Pablo descree finalmente tanto de federales como de unitarios: unos y otros –dice- utilizan al gaucho para su provecho y, bajo la proclama de patria y libertad lo despojan de ambas (P, 110-111). El joven se convertirá en desertor, y será injustamente fusilado junto con su amigo el “Gaucho Malo”.
Tampoco la ciudad se evalúa en la novela como el lugar ideal para la vida humana y la práctica de las virtudes. Si por un lado es la sede del progreso, de los refinamientos, de la cultura (P, 190), por otro lado resulta para la desdichada Micaela, madre de Pablo, sin dinero y sin amigos o protectores, un desierto mucho peor que el de la Pampa (P, 233): desde la dureza del pavimento (tan distinto de la tierra “dulce y móvil” –P, 232- de la llanura) hasta la dureza y la violencia del mundo humano, indiferente a su sufrimiento (7), mientras que entre los paisanos de su pago, federales o unitarios, ha encontrado una fraternidad “desconocida para los ricos” (P, 146). Incluso el joven guardia que se preocupa por su caso, y publica un artículo sobre él, lo hace porque conviene a sus intereses políticos, y luego olvida el problema, como ha olvidado el nombre y las señas particulares de la viuda, que aparece mencionada en calidad de ejemplo anónimo.
Hacia el final del siglo XIX la problemática de lo rural periférico se complica y se ensancha. Por una parte, la Campaña del Desierto (1880) llevada a cabo por Roca ha dado el golpe de gracia a la cuestión aborigen. Los indígenas sobrevivientes dejan de ser la amenazante nación clandestina de la frontera para convertirse en personal de servicio o minoría étnica arrinconada en reservaciones. También llega el ocaso del gaucho antiguo, cuya última gran encarnación es el Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez, gran mito finisecular, bandido romántico, heredero pulido y estilizado de Facundo, que funciona como límite entre tiempos y mundos, entre dos siglos y dos etapas de la vida nacional, entre "dos culturas y dos justicias", como señala Ludmer (8): la oral, la ley tácita del honor y la venganza, y la justicia escrita moderna.
¿Qué ocurre después? La Argentina del Centenario, por boca de Lugones, llevará a cabo la inscripción del gaucho en el mapa fundador de la nacionalidad argentina y en él exaltará sobre todo el elemento hispánico, rechazando o minimizando la sangre aborigen transmitida por vía materna. Si antes, desde la óptica sarmientina, el gaucho había sido considerado como factor disolvente de la civilización, ahora se lo elogia como paladín civilizador, único capaz de contener "la barbarie indígena" (9). La presencia del gaucho en el canon de los próceres corre paralela con su desaparición efectiva de las pampas que se modifican sustancialmente. Ya no existe el gaucho como guerrero de la montonera o soldado de los fortines, ni tampoco como mano de obra privilegiada en el faenado de la carne. Apunta Hebe Clementi (10) que, una vez concluida la lucha con el indio, el gaucho, desplazado por los trabajadores inmigrantes o los grandes terratenientes, se eclipsa como protagonista de la expansión.
Dos cuestiones quedan planteadas a partir de aquí. Una, la emergencia de este nuevo elemento, el inmigrante, que modificará radicalmente la población y las costumbres argentinas, hasta el punto de ser evaluado como una amenaza sobre la que se dibujan los rasgos del nuevo "bárbaro" periférico. Así se aprecia en la literatura xenófoba de la época, de la cual es paradigma la novela En la sangre (1887), de Eugenio Cambacérès. Otro aspecto es la creciente percepción del país sureño como una zona incompleta, horizonte indeterminado en marcha hacia una plenitud futura, forma del sueño que rondará luego la poética de Ricardo Molinari, los Poemas Australes de Leopoldo Marechal, la búsqueda de Martín del Castillo en Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato, la curiosidad y la desdicha del viajero en La rosa en el viento, de Sara Gallardo. Después del llamado “primer nacionalismo” del Centenario, la vanguardia de los años veinte (la brillante generación de Borges, Leopoldo Marechal, Oliverio Girondo, Ricardo Molinari, entre otros), retoma la cuestión nunca cerrada de las relaciones entre “civilización” y “barbarie”, “centros” y “periferias”, “nacionalismo” y “cosmopolitismo”. Lugones instrumenta su operación revindicadora sobreimprimiendo el paradigma helénico a lo marginal gauchesco, reconociéndolo como cultura e integrándolo en la tradición occidental. Visión que se conecta con el optimismo eufórico del Centenario (y la Oda lugoniana a “los ganados y las mieses”), para el cual “una nueva y gloriosa nación” inesperadamente rica se proyecta como reserva cultural de Occidente y granero del mundo (11). Por otra parte, ya no en el ámbito intelectual y académico al que se dirige Lugones, sino en el de la imaginación popular, los héroes gauchescos: Fierro, Santos Vega, Moreira y otros “nobles bandidos” afines, sobreviven en la literatura de cordel, discurso marginal y poco prestigioso, pero que cumple una importante función aglutinadora y representativa, tanto para el campesinado autóctono que se afinca en la ciudad, como para los hijos de inmigrantes en busca de símbolos de argentinidad que los integrasen mejor en la vida nacional. (12)
Un cruce revolucionario de “civilización” y “barbarie”, de ”criollismo” y “cosmopolitismo” (13), una instalación de la “periferia” (el campo, la orilla, el arrabal, la tradición oral y rural) en el “centro” (la ciudad, la escritura, la tradición letrada), es el que propone y logra esta vanguardia nucleada en torno a la revista Martín Fierro (14).
Los materiales y estereotipos del pasado, las figuras de la tradición rural argentina, son revisados y recreados con nuevas técnicas verbales, y desde una óptica que cree en la posibilidad de instaurar una tensión metafísica universal y una creación estética singular a partir de ambientes y personajes periféricos y vernáculos (el llamado “criollismo urbano de vanguardia” del que Borges es poeta fundador y conspicuo) o que apunta a la reconstrucción de la patria como tierra inaugural e infinita promesa (esto especialmente en la poética marechaliana, que funde la utopía estética con la religiosa). Marechal da luego una interesante vuelta de tuerca sobre el criollismo en su novela retrospectiva Adán Buenosayres (1948) cuyos personajes son los protagonistas de la vanguardia argentina, y donde las figuras elegíacas del pasado nacional (gauchos e indios) y del malevaje suburbano exaltado por los criollistas ortodoxos (como el Borges de entonces) son objeto de una parodia crítica que los abandona en pos de “un mundo en cambio y en tensión permanente, volcado hacia la futuridad” (15) y refigurado en la desnudez de la pampa austral, ámbito del Origen personal (la infancia) y transpersonal (la cosmogonía, la saga comunitaria, la mitopoiésis argentina).
A partir de esta década de creativa efervescencia podríamos distinguir diversas direcciones en el trabajo literario sobre lo rural, que no es -como matriz simbólica- marginal o fronterizo, sino más bien central en cuanto a su productividad estética. Por un lado, se sigue ahondando en la imagen del Sur, y en el paradigma pampeano que triunfa en el imaginario colectivo, arrogándose una representatividad nacional. Narraciones clave de este siglo: Don Segundo Sombra, de Güiraldes, Los caranchos de la Florida o El Inglés de los Güesos, de Benito Lynch, y muchos textos de Borges y Bioy Casares, se conciben en este ámbito, desde este espectro, aunque, desde luego, no implican necesariamente una visión idealizada de la vida rural. Hay mucha distancia entre la novela de iniciación de Güiraldes, con su “maestro de sabiduría” gauchesco, y el campo trágico de Benito Lynch con sus amos oscuros (Los caranchos de la Florida) o sus amantes encerrados en la soledad y la ignorancia, y entregados a pasiones imposibles (El inglés de los güesos, Romance de un gaucho).
El cuento “El Sur”, de Borges, es tal vez una de las encarnaciones más intensas e impecables de esta simbólica de la llanura que parece definir cierta esencia de lo argentino. No en vano dice Borges también en otro relato: "El muerto": "lo mismo que los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros, (también el hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura que resuena bajo los cascos" (OC, 546) (16) En el Sur periférico ya insinuado en la ciudad que "empieza del otro lado de Rivadavia" y da entrada a "otro mundo más antiguo y más firme" está el origen y la clave profunda del destino que todo hombre debe encontrar para asumir su verdadero rostro. El cruce del límite es así un tránsito iniciático que transporta al viajero hacia el encuentro crucial con esa "perfecta forma que supo Dios desde el principio", imagen desconocida de sí mismo, en la que se revela por fin, la “verdad” simbólica de una vida, pero en la que también se encuentra la muerte…
Si ensayistas muy influyentes como Ezequiel Martínez Estrada (Radiografía de la Pampa, 1933) hablaron de la fatalidad de las “fuerzas telúricas”, y de la “barbarie” que retorna, indefectible, para derribar la falsa civilización de las ciudades, otros vincularon la presunta “barbarie” con sepultadas (pero vivas, latentes) culturas aborígenes, desde Bernardo Canal Feijóo a Rodolfo Kusch, y algún contemporáneo de Martínez Estrada, como Eduardo Mallea, en un ensayo de enorme repercusión: Historia de una pasión argentina (1937) conectó su “Argentina invisible” con todos aquellos comprometidos en el diálogo creativo con la tierra, donde el sujeto argentino encontraría su identidad y su raíz, su desnuda naturaleza, reivindicada por el autor con respecto al disfraz prepotente y palabrero con el que la Argentina pública y lujosa esconde su vacío. Para la visión malleana, el descendiente del conquistador, afincado en la tierra, purga sus antiguos crímenes en una nueva gesta: la de la lucha para hacerla fecunda, para arrancarle su fruto. Esta emprendimiento, ajeno a la comodidad burguesa, forma a los hombres en una suerte de escuela de rigor. La tierra, dominada durante el día, se levanta al anochecer para enseñar otras maneras de integración y de sabiduría, tan alta, “que la luna misma parece estar rasguñada por la mano de la llanura” (p. 108) (17). Si en la novela Todo verdor perecerá, la lucha épica con y desde la tierra se halla destinada a un trágico fracaso, los personajes aparecen de todas maneras como nobles perdedores: al menos, han vivido su vida auténticamente, enfrentados a los elementos y al silencio de Dios y en todo caso, han elegido romperse, quebrarse, pero no aflojar (18).

¿Luchadores heroicos u oligarquía terrateniente? Los “herederos”.
Hemos visto hasta aquí cómo después de una inicial negatividad atribuida a la imagen del campo y de sus habitantes, la literatura (desde el poema, la narrativa, el ensayo) propone otras perspectivas. Desde su antigua miseria de marginal desposeído y delincuente, Martín Fierro, vía Lugones, se eleva a la categoría de héroe nacional civilizador. Sus sucesores literarios –el más conspicuo de todos, Juan Moreira— habían trabajado también, a su manera, para consolidar una imagen del gaucho paladín, víctima de la injusticia contra la que pelea con obstinación, y sin duda, altamente representativo de las que se suponen las mejores virtudes argentinas: el coraje, la lealtad (al menos a quienes se juzga como pares, porque Moreira no tiene empacho en traicionar a los indios), la generosidad, el orgullo, la voluntad de autonomía.
No obstante, en el campo, o vinculados a él por los halagos de la posesión, no sólo hay gauchos pobres o empobrecidos. También hay dueños, amos, terratenientes. Algunos de ellos, hombres duros, se quedan en la pampa, y llevan más o menos la misma vida que sus empleados, sin grandes comodidades, pero con el gozo del mando que algunos, como don Pancho, el viejo “carancho” de la estancia La Florida, ejercen despiadadamente.
Muchos de estos dueños conforman lo que se dio en llamar “la oligarquía terrateniente” (noción revitalizada, a manera de epíteto insultante, en estos días) y que no es sólo un concepto económico. Es más, a veces, lo económico termina diluido imaginariamente por otros factores. Juan Manuel de Rosas fue, antes que político, un exitoso estanciero y administrador de estancias. Jamás abjuró de su condición de gran propietario; sin embargo, fue visto por las clases populares como su caudillo. En lo cultural, en las costumbres, las creencias, los gustos, los valores, la imagen de Rosas representaba a estos estratos sociales, favoreciéndolos en algunos aspectos, sin dejar por esto de favorecer también los buenos negocios de otros terratenientes, como sus parientes, los Anchorena. Rosas, respetado y temido como patrón, fue también amado como caudillo popular, y esto se debió, en buena parte, a que encarnaba en su persona y en su discurso, como nadie, las excelencias del “mejor gaucho”.
Pero en la Argentina post-Caseros, y sobre todo, en la que sigue a la Conquista del Desierto, se afianzará una clase terrateniente con otros hábitos: educación en idiomas extranjeros, impartida por preceptores e institutrices, viajes a Europa, vida urbana, gustos sofisticados. Empezará a crecer una imagen literaria contrapuesta a la del luchador heroico: la del “heredero”. El heredero no es un creador laborioso del espacio rural productivo, sino un mero consumidor (siempre lejano) de lo que le ha sido dado. Sus leguas de campo están condenadas a evaporarse en una vida dispendiosa, que transcurre en las ciudades, sobre todo las del extranjero (con su centro irradiante en París), completamente desvinculada de la fuente de riqueza: la tierra. Esta figura se reitera por igual en escritores de dispar extracción social y orientación ideológica. Herederos improductivos son los miembros de la decadente familia Ricarte, en la saga novelesca de Eduardo Mallea, son los frustrados viajeros de Mujica Láinez, que viven del recuerdo de pasados esplendores, los Pradere de Beatriz Guido, dispuestos a cualquier corruptela con tal de conservar el casco de la estancia Bagatelle, no por vocación agropecuaria, sino porque se aferran a la marca de clase que les otorga esa refinada propiedad en medio de la pampa, cuyo mismo nombre alude en forma directa a lo brillante y a lo superfluo, al derroche, a la espuma en la copa de la vida. En la novela Megafón o la guerra (1970), de Leopoldo Marechal, el “heredero” es representado por don Martín Igarzábal, el “Gran Oligarca”, dueño en los papeles de aquellos campos verdaderamente conquistables –según el narrador- sólo por la visión/apropiación poética. Megafón y sus compañeros, en su simbólica “batalla terrestre” actúan como “invasores” incruentos de la antigua casa donde don Martín y sus bienes son exhibidos como reliquias, explicados y comentados, por Casiano III, valet-secretario-cocinero, tan viejo como el oligarca mismo y también de linaje ilustre –aunque del otro bando- ya que desciende del cacique Namuncurá. Ambos, el amo y el esclavo, el vencedor y el vencido, hermanos-enemigos, dobles simétricos, son traidores a su ascendencia, a los imperativos transmitidos por sus antepasados. Ambos han perdido su “honor”. Don Martín, descendiente de militares de la lndependencia y guerreros de las campañas al desierto, en vez de consolidar un patriciado posible fundado en el mérito, ha preferido ser un “oligarca” (19), es decir el miembro de una clase dirigente que explota al país para su exclusivo beneficio y cuyos valores pasan por el hedonismo, la ostentación, la riqueza, y la imitación servil y superficial de las aristocracias europeas. Casiano, por su parte (aunque más disculpable desde la derrota), se ha “civilizado” simiescamente, habla con los términos franceses de moda en la Belle Époque y actúa como un guía de museo, detallando el abolengo artístico del mobiliario y la decoración. La conducta del indio es objeto de una censura implícita a través del choque constante entre las acusaciones y los análisis histórico-políticos de Megafón y los suyos, y las frases frívolas, aprendidas de memoria, con las que aquel sigue describiendo, aunque nadie se lo pregunta, los objetos de la mansión. Así como don Martín y la clase a la que pertenece han “vendido” el país, Casiano –aunque mucho más inofensivo- en un acto venal que es también una sutil venganza, “vende” a don Martín, aceptando sobornos para permitir el ingreso de los visitantes.
A veces, se dan inesperadas “conversiones”. Tal es el caso del protagonista de La Habitada (1947), una breve novela de Carmen Gándara, donde un joven que vive en los Estados Unidos dedicado a su profesión liberal, recibe como legado la estancia familiar junto con una carta de su abuela. Si al principio está decidido a vender el establecimiento venido a menos y sacar de él un mero provecho económico, la carta (que evoca sus propios recuerdos de infancia) le muestra en “el campo” una forma de cultura y de vida, impregnada de valores, memoria y apego. Tanto es así que decide dejar su trabajo en el extranjero y dedicarse a la explotación rural, en las buenas y en las malas. Vuelve a los orígenes y se reconcilia con un linaje de propietarios para quienes la propiedad no es un mero bien canjeable sino el único espacio simbólico donde resulta posible una existencia plena.

La disputa actual.
En el combate “campo”/gobierno iniciado hace casi cuatro meses han vuelto a circular, de uno y otro lado, todas estas imágenes positivas y negativas esgrimidas como argumentos o más allá de éstos (acaso por aquello de que “una imagen vale más que mil palabras…”).
“Campo” y gobierno pretenden atribuirse la defensa de los intereses nacionales: el gobierno, por haber sido votado, y por provenir de un partido ampliamente popular, como el justicialismo. El “campo” porque de una manera u otra, se considera depositario de la mejor “argentinidad” y generador de la principal fuente de riqueza del país. Ambos se embanderan, permanentemente, de celeste y blanco.
El campo ha elegido autorrepresentarse bajo la imagen laboriosa del luchador heroico (ésta llegó a corporizarse, incluso, en un niño real, de carne y hueso, que subido a un tractorcito, era la encarnación simpática del “Pequeño Productor” en la Plaza del Congreso). Los dos principales oradores: Alfredo De Ángeli y Fernando Buzzi, muy lejos, por su ascendencia inmigratoria, del patriciado tradicional, utilizan un lenguaje directo y coloquial, sin temor a cometer errores sintácticos o a usar términos equivocados. De Ángeli, un hombre maduro y un tanto excedido de peso, se ha convertido en una suerte de caudillo a quien se le hacen regalos de fuerte connotación simbólica: “De Angeli cuenta con asombro que le gritan "ídolo", que los productores le prometen que van a "dejar el cuero en la ruta", que lo besan las señoras grandes, que lo abrazan los hombres, que le regalan ponchos y cuchillos, cruces, libros, cartas, medallas, placas, camisas y boinas. Como si fuera una mezcla de estrella de rock con profeta religioso, con una doble dosis de caudillo provincial. Como si fuera un gaucho de leyenda. (20)
Aunque ni su physique du rol ni su propia biografía lo corroboren, De Ángeli tiene tras de sí a Juan Moreira y a Martín Fierro, “gauchos de leyenda” si los hay, insubordinados ante una autoridad injusta. También usufructúa en su favor una dicotomía de larga historia: la de interior/gobierno central (porteño). Los ruralistas esgrimen la imagen de un Estado nacional que recauda la renta generada en las provincias pero no para coparticiparla. El fantasma de un país unitario camuflado de federal resurge también, asociado a sus reivindicaciones.
Por su parte, el gobierno retoma la imagen de la “oligarquía terrateniente” y se apoya, explícitamente o no, en la figura del “heredero”, aggiornando la imagen. Hoy será el rentista ocioso que alquila sus hectáreas a los pooles sojeros, mientras pasea en cuatro por cuatro cero kilómetro y vive cómodamente en pisos comprados en la ciudad.
A este ícono se le agrega una verdadera constelación imagológica de la historia política argentina: la que provee el “gorilismo”, y que se focaliza en el “odio racial” (y de clase) contra el “cabecita negra”, según lo enfatiza Luis D’Elía en sus denuncias públicas contra los manifestantes urbanos de cacerola en ristre. El hecho de que sectores acomodados o de clase media en la ciudad apoyen la ira rural, y que alguna señora haya aparecido en las fotos golpeando su cacerola (tal vez de teflón, como reza la letra de Copani), junto a su empleada doméstica en uniforme de trabajo, resulta un buen pie para apoyar estas acusaciones del líder piquetero. Del otro lado se arroja también más leña al fuego, resucitando algunos de los peores clichés de la discrimación “gorila”, como en la irónica referencia del ruralista Llambías al “zoológico” frente al Monumento a los Españoles donde el sector rural planeaba concentrar su manifestación, y que, claro está, alude a la calificación del peronismo como “aluvión zoológico” a partir de la expresión acuñada en 1947 por el diputado radical Ernesto Sanmartino.
Un pps. reenviado por Ramona Web este último 13 de julio, da una vuelta de tuerca sobre el cliché del oligarca, Se trata de un video subido a YouTube, y titulado “Hasta la Victoria Oh Campo”, cuya foto de cubierta muestra (ver abajo) manifestantes que portan estandartes rojos con el rostro clásico de la Victoria Ocampo anciana y sus anteojos de marco blanco, pero vestida de montonera guevarista. La fundadora de Sur es desde luego una de las figuras fuertemente asociadas al “gorilismo” antiperonista y prototipo de la “rica heredera”. Más allá del destino de mecenazgo que Ocampo otorgó a la fortuna heredada (invertida sobre todo, en bienes inmobiliarios urbanos, no en la explotación agropecuaria), su imagen ha quedado anclada a este cliché, que se vuelve ahora, con revulsiva fuerza paródica, contra los sectores de la izquierda que apoyan los reclamos del sector rural.



En el video aparece un chacarero (Jacoby) que se autocaracteriza como “gringo bueno” y avanza montado en un kárting de plástico. Ataviado con boina y chal de vicuña, tiene el entrecejo unido que distingue al estereotipo galaico en los chistes y caricaturas, y habla como un personaje de Luis Landriscina, pidiendo “cuatro por cuatro para todos”.
Así se cruzan las municiones del combate simbólico, aunque la realidad reconozca otras aristas. Por un lado, la figura del oligarca terrateniente no se corresponde con la situación efectiva de aquellos chacareros que no son propietarios, sino arrendatarios, y que deben pagar tanto el alquiler de los campos como la tasa de retenciones marcada por el Ejecutivo. Quién podría desconocer, por otra parte, las diferencias, no sólo en cuanto a potencial económico, sino en cuanto a origen de clase, preferencias políticas, perfil cultural, que separan a un De Ángeli o un Buzzi, de un Miguens o un Biolcati.
Por el otro, resulta difícil encuadrar a los miembros de las cuatro entidades bajo la figura del luchador heroico, y sólo la fuerza de atracción de mitos muy consolidados en el imaginario nacional puede acercarlos (como de hecho lo hace) a personajes (Moreira o Martín Fierro) nacidos en un contexto socio-histórico totalmente distinto. Cabe decir, no obstante, que –como en las épocas del gaucho perseguido por la autoridad inicua-- los reclamos del sector se basan a menudo en la amenaza de la desaparición. Es un lugar común en los discursos de De Ángeli o Buzzi, sostener que los pequeños y medianos productores rurales no sobrevivirán al aumento de las retenciones.
Las luchas simbólicas son, con todo, inmunes a lo fáctico inmediato y tanto el gobierno como ese “campo” (que no es uno, sino bastante vario) se hallan empeñados en arrogarse la propiedad de la “patria” y dirimen la pelea en el espacio público. ¿Ganará o se sentirá ganador el que convoque más gente embanderada de celeste y blanco en la Plaza de Mayo y sus aledaños, en las rutas nacionales, al pie de los monumentos? Así parecen creerlo ambos rivales, trenzados en un pugilato que en cada nuevo enfrentamiento redobla la apuesta por las dos partes.
Por fin, y como siempre, la voz de los verdaderamente pequeños es la menos representada, la que menos se escucha. Por fuera de las cuatro entidades quedan las economías campesinas de mera supervivencia: los que tienen entre una y diez hectáreas en las zonas menos favorecidas y terminan entregándolas ante la llegada de la soja y de los pooles para iniciar un éxodo hacia los cinturones de pobreza de las grandes ciudades. Queda la protesta de los pueblos indígenas que siguen reclamando por los derechos de tierras comunitarias. A ellos sí que no hay donde ponerlos, porque desde hace mucho hemos expulsado a nuestros aborígenes como raíz fundante en la construcción del imaginario nacional y el único cliché que les cabe parece ser, para muchos, el del malón.
No puedo sino cerrar esta “retrospectiva simbólica” con las melancólicas reflexiones que un colega y amigo español, saturado, como yo, de nuestras intolerancias ibéricas y argentinas, me envió por mail en estos días:
“Me recuerdan al chiste de Quino de dos trogloditas que empiezan a discutir y a los que van sumándose más a un lado y otro, siempre diciendo que ellos son la voz del pueblo. En la penúltima viñeta todos sacan el garrote y dicen "¡Ja! ¡Ahora veremos quién ser más pueblo!". Y, por fin, en la última, aparecen unas ruinas y unos turistas que preguntan al guía "¿aquí que hubo?", y el guía responde: "Un pueblo".

Notas
(1) Cfr. Maristella Svampa. Civilización o barbarie. De Sarmiento al revisionismo peronista. Buenos Aires: El cielo por asalto, 1994 y María Rosa Lojo. La ‘barbarie’ en la narrativa argentina (siglo XIX). Buenos Aires: Corregidor, 1994.
(2) Cfr. especialmente, Mijaíl Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. Barcelona: Seix Barral, 1974.
(3) Hugo E. Biagini, Cómo fue la generación del 80. Buenos Aires: Plus Ultra, 1980, 52.
(4) Cfr. Claude Cymerman, “Significación de la ciudad y el campo en la obra literaria de Eugenio Cambacérès”, Diez estudios cambacerianos, acompañados de una biobibliografía, Rouen: Université de Rouen (Nº 187), 1993.
(5) Pablo, ou la vie dans les Pampas. París: Casa Lachaud, 1869.
(6) A fuer de gaucho, Pablo rechaza la ciudad y desprecia al pueblero, ama el ejercicio físico ecuestre y desdeña la lectura y la escritura, resistiéndose a aprenderlas. Es además, un dotado payador, rasgo icónico gauchesco que desde Sarmiento y los primeros poetas hasta Lugones, pasando por los dos Mansilla y por Hernández participará en la construcción de la figura en el imaginario colectivo.
(7) Existe un fuerte paralalelismo entre las descripciones de la ciudad que figuran en Pablo... (230-234) y que la contraponen –desfavorablemente en muchos aspectos- a la naturaleza de la campaña, con las que hace Lucio Victorio Mansilla en el mismo sentido, en Una excursión a los indios ranqueles (Lojo, 1994, 154). Hay, empero, un mayor dramatismo y una compenetración profunda con el sufrimiento de la madre en Pablo...
(8) Josefina Ludmer, "Los escándalos de Juan Moreira", en Las culturas de fin de siglo en América Latina. Buenos Aires: Beatriz Viterbo, 1994, 104.
(9) Leopoldo Lugones, El payador. Buenos Aires: Huemul, 1972, 54.
(10) Hebe Clementi, "National Identity and the Frontier", en Where Cultures meet. Frontiers in Latin American History, Wilmington, Delaware: Jaguar Books in Latin America, Number 6, 1994.
(11) Cfr. sobre el tema el ameno libro de Horacio Salas, El Centenario. La Argentina en su hora más gloriosa. Buenos Aires, Planeta, 1996.
(12) Cfr. Adolfo Prieto, El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna, Buenos Aires: Sudamericana, 1988.
(13) El cosmopolitismo fue un rasgo innegable de las vanguardias latinoamericanas, quizá menos marcado en la Argentina que en otros países hermanos. En el nuestro, la posición más desenfadadamente cosmopolita la ejerció sin duda el iconoclasta Oliverio Girondo, que no sólo no abjuró de la vanguardia en la madurez, sino que produjo en esta edad sus libros de mayor ruptura y audancia como En la másmédula. (Cfr. Jorge Schwartz, Vanguardia y cosmopolitismo en la década del Veinte, Buenos Aires: Beatriz Viterbo Editora, 1993).
(14) Beatriz Sarlo ha acuñado, con éxito conceptual, la expresión “criollismo urbano de vanguardia” que define bien parte de los objetivos estéticos del movimiento y de Borges en particular. Cfr. de la autora: "Sobre la vanguardia, Borges y el criollismo", en La crítica literaria contemporánea, Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1981, y "Vanguardia y criollismo: la aventura de Martín Fierro", en Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1983, 127-171. También: Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930, Buenos Aires: Nueva Visión, 1988.
(15) Cfr. María Rosa Lojo, “El ‘sueño de los héroes’ en Adán Buenosayres: mito, estereotipo y poética”, Actas de las Jornadas Marechalianas, Buenos Aires, Universidad Católica Argentina, 1996: 29.
(16) Jorge Luis Borges, "El muerto", El Aleph, Obras Completas, Buenos Aires; Emecé: 1974.
(17) Mallea, Eduardo, Historia de una pasión argentina, Buenos Aires, Sur, 1937.
(18) María Rosa Lojo. “Visiones de la Argentina en Eduardo Mallea y Ezequiel Martínez Estrada”, Tres celebraciones para la memoria cultural en obras de: Ezequiel Martínez Estrada 1927, Eduardo Mallea 1937; Jorge Luis Borges, 194, Buenos Aires: Centro de Estudios de Literatura Comparada “María Teresa Maiorana”, Facultad de Filosofía y Letras, Pontificia Universidad Católica Argentina, 1998: 47-51.
(19) La transformación del patriciado argentino en oligarquía venal se narra asimismo en el Adán Buenosayres (pp. 503 y ss.): también aquí el linaje familiar pasa por los guerreros de la independencia, continúa en los conquistadores del desierto que luchan “con la indiada hostil de los malones” (505) y desemboca en los especuladores y abogados que se alejarán de la tierra y derrocharán el patrimonio familiar. (Las citas han sido tomadas de Adán Buenosayres, Buenos Aires, Sudamericana, 1970).
(20) Ver “Alfredo De Angeli, el chacarero que desafía a los Kirchner”, por Rodolfo González Arzac, Terra Magazine On Line (http://www.ar.terra.com/terramagazine/interna/0,,EI8868-OI2917578,00.html, consultado el 12/07/08).
*Autor
María Rosa Lojo es escritora e investigadora del CONICET, especialista en Literatura Argentina. Tiene trece libros en ficción y poesía, cuatro en ensayo, y un centenar de publicaciones en medios académicos. Figuran entre sus últimos títulos la novela Finisterre (2005), el libro de cuentos Cuerpos resplandecientes (2007) y el poemario Esperan la mañana verde (publicado en Estados Unidos en edición bilingüe de Brett Sanders, 2007). Obtuvo diversos reconocimientos literarios, entre ellos el Primer Premio de Poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires, el Municipal de Buenos Aires y el Kónex. Dicta en la Universidad del Salvador un Seminario-Taller de Doctorado. Dirige tesis y proyectos de investigación nacionales e internacionales. Su último libro publicado como investigadora es la edición crítica de la novela Lucía Miranda (1860), de Eduarda Mansilla (editorial Iberoamericana/Vervuert, 2007).