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La ciudad crispada (1)
Guillermo Korn*
“Jamás podremos explicar o justificar la ciudad. La ciudad está ahí. Es nuestro espacio y no tenemos otro.”
Georges Perec, Especies de espacio

Algunas novelas escriben la ciudad. Esos relatos anticipan –quizás más que la teoría– un territorio que no puede pensarse al modo que los urbanistas proponían, otrora, como armónico. En la ciudad actual la coexistencia, lejos de ser armónica se corroe, se crispa, chirría. Una rápida recorrida de lecturas permite corroborar que el territorio urbano es –como propone Zygmunt Bauman– el campo de batalla de una guerra continua por el espacio, más que un ámbito de producción de la común ciudadanía.

El campo viene

“preferían vivir en ranchos levantados en las azoteas de las casas de la ciudad en lugar de construírselos en la Periferia”
Sergio Chejfec, El aire, 1993

En 1992, Sergio Chejfec publicaba la tercera de sus novelas: El aire. Un marido abandonado por su esposa se va dejando estar en un estado de tedio y lentitud, semejante a su desplazamiento por una Buenos Aires que le resulta ajena.
El deterioro de las casas, el aire que se espesa son algunas marcas de una ciudad con límites que se disuelven. La exaltación de la vida rural y el llamado de la naturaleza, que sobre el 1900, el dramaturgo Nicolás Granada condensaba en un título (¡Al campo! ) aquí se modifica. La vuelta del campo, no es escape, sino regurgito, sublevación del subsuelo de la patria que avanza sobre aquellas napas que han modificado su constitución.
Para los mismos años que la ciudad se expande en altura con grandes torres, El aire da cuenta de un crecimiento similar pero corrosivo: ranchos que se levantan en las terrazas. Ese pasaje modifica el modo de percepción: “su carácter de falla social para empezar a ser vista como incapacidad individual…” Las soluciones no apelan a la trama social, sino a emprendimientos particulares como el armado de huertas en los balcones.
La novela anuncia una situación que se efectivizaría años después a partir de la proliferación de monedas y bonos provinciales, y luego, con las redes de trueque que valorizaban los intercambios en créditos. En El aire hay un tipo de moneda paralela. El precepto VIDRIO ES DINERO reemplaza al anterior, el mezquino “tiempo es dinero”. Las mercancías se intercambian por un pago con botellas. La clásica división entre tres ramas de la economía se ve reducida a una que no entra en ninguna de ellas. Las “tribus flotantes” de las que habla el narrador, pululan por calles donde cada uno se hace propietario de lo que antes se desechaba: las botellas vacías.

Fronteras

“Y con el crepúsculo salía una población extraña, provista de sus propias leyes. Venía de suburbios lejanos, de las villas, de lugares que Ferdie no terminaba de imaginarse del todo y que quizás eran el desierto inimaginable. Eran los cirujas, los cartoneros, que se movilizaban con carritos de madera que arrastraban ellos mismos, siempre con mujeres y niños. Su momento era la caída de la noche, entre la hora en que la gente sacaba la basura y el paso de los camiones que se la llevaban. Abrían todas las bolsas en busca de lo que les servía, las examinaban con mirada precisa en el fin ceniciento de la luz y en las sombras subsiguientes. Y aunque debía de ser una vista precisa y penetrante, era oscura, y Ferdie nunca había visto sus ojos. [,…]
Aunque pacífica, la invasión tenía un regusto amenazante, porque esos seres traían consigo una clase de necesidad que estaba ausente en las idas y venidas de la gente de Flores. Era como si vinieran a plantear una cuestión de vida o muerte: si no hacemos esto, perecemos.”
César Aira, La guerra de los gimnasios, 1993

En esa larga cita se anticipa, como excepción, lo que años después sería una constante: la presencia de los desplazados en el paisaje urbano. Lo que en Chejfec aparecía como anticipatorio, en Aira es testimonio. Otros esperaron a que un presidente huyera en helicóptero para percibir la crisis. En este breve pasaje aparecen varios elementos: por un lado la frontera: entre quienes se mueven a la luz del día y quienes necesitan hacerlo a oscuras, casi a hurtadillas en el amparo de la nocturnidad. En el mismo plano, la luz, el juego de las miradas: vista precisa y penetrante pero oscura y desconocida para el vecino de Flores. Lo oscuro y desconocido ligado a la noche trae otro elemento lacerante: el peligro, la amenaza, la invasión pacífica de los desiguales. Sus prácticas radicalizan las opciones: esto o la nada; la vida o la muerte. El circuito de lo ilegal, el cirujeo, la competencia con los horarios de la recolección “normal” de residuos, el rebusque entre los desperdicios los coloca en la frontera de lo humano. Como el límite que implica la avenida Bonorino, en el barrio de Flores, con La villa (2001). Frontera Bonorino: zona de intersección entre los vecinos de Flores y los cartoneros de la villa. Más allá de la avenida se abre un sitio desconocido, bajo el cambiante lucerío de las casillas, como límite que no debe franquearse. La ciudad se fragmenta en zonas que más que transitarse, suponen un régimen de entradas y salidas. Como ha dicho Denis Merklen, la villa se convierte en pasaje moral y cerrado: se “entra” y se “sale”.
Fragmentación también porque nuevos atrincheramientos se buscan ante las “amenazas”.

Repliegues
I. Cerrar las puertas (el shopping)

“No me pregunten a que huele un shopping. Sabe a pollo frito, a perfume Kenzo de 100 dólares y a desodorante de ambientes. Todo mezclado. Dicen que los shopping center son los museos de la vida contemporánea. Mi amiga conoció a su nuevo novio en el shopping, y allí mismo, unas semanas antes, una tarde en que la lluvia se estrellaba contra la cúpula de vidrio que se alza allá en lo alto, presencié un acontecimiento por demás extraño. Recuerdo bien esa tarde de lluvia. Buenos Aires era el lugar más inhóspito que imaginen. No había lugar más acogedor en el mundo que el shopping. Y lo mismo que yo, había pensado un millón de personas, imagínense”.
Laura Ramos, Buenos Aires me mata, 1993

“En Buenos Aires casi todos los shoppings existían a partir de edificios previos: mercados, silos, lujosos caserones del Barrio Norte. Era evidente, en cambio, que éste había surgido a partir de la nada.”
Elvio Gandolfo, Boomerang, 1993

En la crónica aparece una imagen que, bajo un dejo irónico, consagra la modernización de un nuevo ámbito urbano que aglutina la elección por un espacio acogedor, cerrado, que permite olvidar las contrariedades y lo complejo del afuera. Lugar de encuentro entonces, y también, de ligue. A sus puertas, la ciudad inhóspita.
Los shoppings innovan en las concepciones urbanas, pero también se asientan respetando las heterogeneidades y jerarquías previas. En el uso del espacio, en el plano material y en el geográfico: si se traza una línea con la ubicación de los distintos shoppings puede observarse que la mayoría está demarcada de la Avenida Rivadavia hacia el norte de la ciudad. En Buenos Aires se buscó reciclar construcciones ya existentes y no dinamizar otras zonas, como en los casos europeos. Esos “simulacros de ciudad” (como los llaman Graciela Silvestri y Adrián Gorelik) llegados tardíamente a estas tierras, se instalaron como revitalizadores de centros urbanos desmejorados. El geógrafo David Harvey explicaba que en Europa esos espacios se habían reorganizado siempre de un mismo modo: “el capital inmobiliario se apodera de un área de la ciudad que está muy venida abajo, espacios que han pertenecido tradicionalmente a la clase obrera –sus lugares de vivienda, de trabajo, fábricas, depósitos industriales– son remodelados completamente de acuerdo con el mundo burgués de hoy. Construyen una serie de grandes shoppings centers y ese espacio es transformado así en un nuevo centro de la ciudad.” (2)
El shopping como espacio artificial de puro tránsito, donde las cosas funcionan y se compra o desea lo que no puede comprarse. Aísla del contexto, amontona para evitar cruces peligrosos y somete los cuerpos al roce para evitar roces con los que quedan fuera del recinto. .

II. En las afueras (el country)

“Años atrás se habían instalado cámaras que giraban trescientos sesenta grados, pero fueron desactivadas y reemplazadas porque invadían la intimidad de algunos socios cuyas casas se encontraban cerca de los límites.”
Claudia Piñeiro, Las viudas de los jueves, 2005

Sobre los countries se sabe más por los diarios que por la propia experiencia. Sea por los suplementos de los sábados dedicados a esos sitios y donde se despliegan generosos mapas de sus localizaciones; sea por su reverso trágico, en las páginas de policiales. La recurrente aparición de nombres como el de María Martha o Norita relativiza las generalidades del título de Maristella Svampa sobre la vida en los barrios privados: Los que ganaron.
Otra vía es la publicitada novela de Claudia Piñeiro. De ella dice Marina Kogan que tiene “una escritura explicativa por demás, con argumentos que oscilan entre el sentido común y los lugares comunes, podemos decir que Las viudas de los jueves es una novela para lectores de diario” o mejor aún, “es un test de lectura y de seguimiento de las noticias permanente”. (3)
La máxima expresión de esos singulares espacios es el complejo Nordelta, promocionado como la “primera ciudadpueblo de la Argentina que le ofrece un verdadero cambio en su calidad de vida. Un espacio ideal para disfrutar del río, el verde, el aire puro.” La publicidad de su página web distingue las ventajas que presenta en tanto nueva ciudad: vivienda, salud, educación, shoppings, centro de oficinas, deportes, recreación y cuáles en tanto pueblo: la tranquilidad y seguridad.
Unas décadas atrás, un barrio privado de… era un conglomerado que carecía de todos esas ventajas, ahora la privación alude a ser propietario de esas mismas virtudes, pero de manera exclusiva.

Al límite

“Todos querían quemarla, declararla inútil, yerma, se dice, evacuada por la fauna y hacer negocios. Mover guita. Toneladas de guita. Poner bancos, restaurantes, casinos clandestinos, hoteles, quilombos, emprendimientos así. Esta ciudad no puede imaginar otra cosa.”

“Cruzar los cordones de seguridad de la policía es como pasar de un sistema a otro con la idea de que ninguno de los dos te arregla las cuentas pendientes. En Puerto Apache la guardia está reforzada. Hay más hombres, más palos, más piedras, más pasamontañas, más bronca, más fuego, más humo. No muy lejos, un poco más allá, gris de hollín y medio desmantelado por el viento, se lee todavía el cartel que pusimos a principio de año: Somos un problema del siglo XXI.
Juan Martini, Puerto Apache, 2002

En Puerto Apache, la Rata, protagonista y narrador, se ubica con una doble pertenencia territorial, por un lado vive en las tierras tomadas frente al dique 4 de Puerto Madero y desde allí transita la ciudad. Puerto Apache es movimiento constante: se rota de bando en el negocio de la droga, se está con una u otra mujer, los que manejan la zona son cuestionados, y la traición es amenaza permanente. Ese lugar –que condensa en su nombre alusiones a zonas reconocibles y fuertemente contrastantes: Puerto Madero y Fuerte Apache– encierra peligros, por las disputas internas, los intentos por retomar ese espacio y darle otro destino a la zona. La única solución es irse. Cruzar el puente. “Entrar en la ciudad” y ver qué acontece del otro lado. Transitar las fronteras internas que atraviesan la ciudad.

Pero no todas pueden pasarse a voluntad. El futuro ya llegó, pero siempre puede ser peor.
El geógrafo alemán Michael Janoschka da una cifra estremecedora, “cuatrocientos cincuenta barrios privados y nueve megaemprendimientos –para varios miles de habitantes cada uno– son el producto de una década neoliberal sin antecedentes, ocupando un espacio equivalente al doble de la Capital Federal”. (4)
Otro pronóstico es que en 30 años estará configurada una megaciudad que una la ciudad de Rosario, el área metropolitana de Buenos Aires y La Plata.
Megalópolis, escribe Olivier Mongin. Y ya no ciudades, porque las nuevas tramas urbanas no ciudadanizan ni son espacio de una experiencia pública. Lo común ya no porta su inscripción territorial.

Notas
(1) Este artículo fue publicado anteriormente en la revista El río sin orillas Nº 1, octubre 2007. La coyuntura argentina se ha modificado en pocos meses y la dicotomía campo-ciudad, presente desde siempre en la literatura, parece extremarse bajo la forma de inéditas alianzas y nuevas formas de politización.
(2) En “La cultura de la fragmentación”, entrevista de Analía Effron, en Crisis Nº 68, marzo de 1989.
(3) En “Narraciones post 2001: avatares del realismo inverosímil”, en la revista virtual El interpretador Nº 29, de diciembre de 2006.
(4) “El modelo de ciudad latinoamericana. Privatización y fragmentación del espacio urbano de Buenos Aires: el caso Nordelta”, en Buenos Aires a la deriva, Max Welch Guerra (editor), Biblos, Bs. As, 2005.
*Autor
Guillermo Korn. Docente y sociólogo (UBA). Es miembro del grupo editor de El Ojo Mocho. Ha publicado artículos en distintas publicaciones culturales. Libros: Sabato o la moral de los argentinos (junto a María Pia López) y El peronismo clásico. Descamisados, gorilas y contreras -compilador-, (Paradiso, 2007).