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Causas, azares y consecuencias.
sobre el Martín Fierro, la soja y las retenciones
Mariano Juárez*

Cuando éramos chicos, las maestras (aquellas cariñosas y maternales, que imponían respeto) se esforzaron en enseñarnos cómo este país se había creado y desarrollado desde el campo. Cómo las vacas, los granos, el ferrocarril y los barcos hicieron nuestra historia y nuestra grandeza; nos contaron de la campaña al desierto y del triunfo sobre el dictador Rosas (que se empeñaba en sostener una sociedad que ya había muerto); nos leían fragmentos del Martín Fierro, porque daban cuenta de lo mejor de la memoria nacional. Lo que no decían o, aun peor, no sabían; es que cuando uno lee completo ese libro, se entera que ese “campo” del que habla Hernández, poco tiene que ver con la sociedad rural, los trenes o los barcos. Que en ese libro, esas figuras aparecen como enemigos, como una especie de sombra que se mece y esparce sobre los pobres, que roba tierras, que esclaviza, que se apropia de los campos sin preguntar a nadie, que mata pueblos originarios no por una guerra, no por una idea, no por un país, sino porque había favores que pagar y riquezas que acumular en favor de algunas y privilegiadas familias.
Martín Fierro aparece en ese libro como la resistencia, como el que se niega a cambiar, como el que decide que lo comunitario no es tan malo, que el tren va en línea recta y no deja desmontar para construir nuevos pueblos, el que piensa que el alambre no traía progreso sino exclusión. A lo largo de todo el libro vemos cómo ese sistema que se estaba gestando, con los Roca y los Mitre a la cabeza, intenta destruirlo y, con él, su estilo de vida.
A lo largo de los años, el Martín Fierro se convirtió en la obra cumbre de la literatura argentina, mal que les pese a Borges y a las clases dominantes. Sin embargo, los sectores de la oligarquía lograron resignificarlo, adaptarlo a sus intereses, mostrarlo como la prueba de que este país se construyó desde el campo, que no es otra cosa que la reserva moral de esta gran nación. El Martín Fierro no sólo no debía combatirse, sino que debía fomentarse su lectura, aunque en forma fragmentada, no por su extensión, sino porque así se le podía hacer decir lo que ellos querían.
Los sectores de poder que José Hernández combatió con la espada, la pluma y la palabra (porque no fue sólo un literato) han permanecido a lo largo de estos años, combatieron con fervor y fraudes a los radicales (en la época en que estos era un partido que representaba los intereses populares), fueron los protagonistas estelares y exclusivos de la primer década infame, conformaron la unión democrática, fueron parte de la fusiladora, de la dictadura del ‘76, y se asociaron al menemato mientras el entonces presidente remataba los campos de los pequeños productores que hoy dicen defender.

El debate por las retenciones es un debate que despertó a un sector que venía adormecido por la plata dulce; que llega apoyada en la exportación a costas de un dólar alto. Sin embargo, la posibilidad de que el Estado incida en la economía muestra los límites de la “libertad” que consagra la constitución, o por lo menos esta constitución, la de 1853 con las reformas del ‘94, porque la del ‘49 se encargaron de abolirla. Sin embargo, esta disputa por las retenciones es una falsa disputa, porque una disputa habla de sectores enfrentados, opuestos, y el “campo” (si concediéramos como posible semejante abstracción teórico-política) y el gobierno no son sectores opuestos, unos y otros se entremezclan en las redes del bloque dominante. El secretario de Agricultura representa esos intereses, varios de los ministros son sostenidos por esos sectores.
¿Qué se supone que las izquierdas y el campo popular hagan ante un conflicto del bloque dominante? Seguramente no es el rol de nadie que haga política de manera responsable, mantenerse al margen en un debate que adquiere escala nacional y que se da entre los sectores más reaccionarios de nuestro país (quedará para un debate mucho más amplio el rol jugado por la Federación Agraria) y un pseudo progresismo mentiroso e inacabado, aun cuando los dos formen parte del bloque dominante.
Las izquierdas cayeron atrapadas por sus propias incapacidades políticas, no supieron o no pudieron superar sus eternas limitaciones en lo que a lectura política se refiere, como a lo largo de toda su historia, pudo mucho más su gorilismo y sus posiciones antigobierno, que la posibilidad cierta de convertirse de una vez por todas en un actor serio de la política nacional.
En cuanto al campo popular, nuevamente aparece como el gran derrotado de este conflicto, el problema del campo popular aparece radicalmente opuesto al de las izquierdas, el campo popular se destaca por una amplia capacidad de lectura política de los escenarios posibles, de lo que adolece históricamente este sector de la política nacional (del cual, orgullosamente formo parte) es de una incapacidad profunda de encausar sus fuerzas en un sentido claro que le permita actuar sobre la coyuntura y aglutinar a los diferentes sectores que lo componen detrás de un proyecto claro que surja de su capacidad de análisis de los diferentes momentos. Mayormente el campo popular no cayó en la trampa de la lectura dicotómica, pero no pudo evitar ser arrastrado por ésta al no poder construir una tercera posición viable. Nuevamente nuestro espacio político sale profundamente debilitado de un conflicto nacional, y con la tarea de reconstruir un movimiento popular que cada vez aparece más fragmentado y, encima, con sus referentes aglutinantes claramente desgatados, al tiempo que nos perdemos en debates internos en torno a quién o cuál es el traidor, obturando la posibilidad de analizar la enorme cantidad de compañeros que siguen trabajando para organizarse detrás de una única bandera.
Muchas son las críticas que nuestros sectores sufren por no haberse posicionado claramente a favor del gobierno popular, no obstante, nuestras definiciones son claras respecto de eso: éste no es un Gobierno popular, es un gobierno de tinte progresista limitado por la estructura del PJ (hoy compuesto mayoritariamente por sectores de la derecha). ¿Esto agota el debate? De ninguna manera, el debate es mucho más profundo que eso, el debate es en torno al derecho del estado a intervenir en la economía. Ahí es donde está la verdadera discusión. Y ahí es donde todo el campo popular debió haber hecho hincapié, ¿se trataba de defender a este gobierno? De ninguna manera, se trataba de defender un derecho del estado, para contribuir a una sociedad más justa, aun cuando todos sepamos que ese no es el objetivo de este gobierno, se trataba de apoyar una medida clara y específica. Luego del debate en diputados, quedó claro quiénes jugaban en cada lado (por si alguien dudaba), aun con los beneficios a los pequeños productores (motor del reclamo original) que los dejaba mejor parados que antes de las medidas, permanecieron en su postura, demostrando que lo que se estaba pugnando era una visión de la economía y de la política. Ahí es donde nuestro espacio debió posicionarse claramente, no a favor de un gobierno que no distribuye la riqueza, que no genera empleo real ni va contra los intereses de los sectores concentrados del poder económico; sino a favor de un Estado capaz de intervenir en la economía, disponiendo medidas que tiendan a la protección de los intereses de nuestro pueblo.
No podemos ni debemos permitir que este conflicto nos haga perder los objetivos verdaderos; ni los que no acompañaron las medidas son traidores, ni los que las acompañaron son vendidos. De lo que se trata es de entender que los sectores populares han sufrido una nueva derrota, no porque no se haya aprobado el paquete de medidas, sino porque se instaló la idea de que el Estado no puede intervenir en la renta extraordinaria, porque no hemos logrado instalar la discusión en torno a los pooles de siembra ni los peligros del monocultivo, y porque seguimos estando a años luz de un objetivo primordial para empezar a pensar un país realmente federal: empezar a discutir la propiedad de la tierra. Esos son los verdaderos motivos de la derrota que implica el voto de Cobos en el senado.
Finalmente, en respuesta a los que hablan de las responsabilidades que pesan sobre aquellos que no apoyamos abiertamente al Gobierno, dos ítems simplemente, el primero es que el Gobierno de CFK fue traicionado por sus propios aliados: los medios, el PJ, el radicalismo, etc. En segundo lugar, la derrota sufrida por este Gobierno está directamente relacionado con su propia construcción, sofocando los movimientos que vienen de abajo y apoyándose en las estructuras tradicionales de poder, sofocando a la CTA y dándole aire a los Gordos de la CGT, apartando a Libres del sur y reorganizando el PJ, y tantos otros ejemplos que no viene al caso enumerar. No es responsabilidad nuestra salir a ponerle militancia de base a un espacio que se construye desde arriba y de forma vertical, cualquier intento por responsabilizar al campo popular por esta derrota no es más que caer en la trampa de la pirotecnia verbal a la que nos tiene acostumbrados el Kirchnerismo. No olvidemos que no fuimos nosotros los que cometimos la irresponsabilidad de hablar de golpe, de vociferar que atrás de esto estaba la mano de obra desocupada (¿la misma que arremete en el I.N.D.E.C?) ni quienes nos negamos a debatir de una forma plural y abierta, buscando el apoyo de sectores que pudieron haberlo apoyado, porque prefirió usar la billetera del Estado para comprar radicales institucionalistas que poco saben o tienen que ver con los intereses del pueblo.
Evitemos ser como cuando chicos, no dejemos que hagan decir al Martín Fierro sólo lo que les conviene…

*Autor
Mariano Juárez es estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Sociales de la UBA y militante de la agrupación El MATE.