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Que el campo no tape el bosque
Eduardo Grüner*

La situación, pese a las apariencias de una “tregua” momentánea, se vuelve cada vez más compleja. Hay que seguir machacando sobre lo que persiste, y al mismo tiempo tratar de incorporar las “novedades”. Empecemos por lo más general. A esta altura no hay más discusión: el tema no son las retenciones. Precisamente porque el gobierno dice que eso no tiene vuelta atrás -si bien ha optado por enviarlo al Congreso, donde puede encontrar algún riesgo, pero produciendo algunas modificaciones que tienden a subsanar “errores de procedimiento” previos-, el “campo” (por lo menos algunos de sus “punteros”) dice de todas las maneras posibles que no tolerará nada menos que una vuelta a “fojas cero”. Si el pase de la cuestión al parlamento –constitucionalmente innecesario, pero presentado como muestra de buena voluntad- deja las cosas como están hoy, ya se ha adelantado que será tomado como mera obediencia debida al gobierno, y por lo tanto inválido en cuanto a su legitimidad “de ejercicio”. El gobierno, es de suponer, apuesta a que el Congreso produzca algunas modificaciones que apacigüen los ánimos, pero no tantas (y ciertamente no la lisa y llana anulación) que no le permitan salvar la poca “cara” que le queda. Es probable que igual esto no sea suficiente. Su crisis, incluso interna, es muy fuerte. En las condiciones actuales, no alcanzará para detener la ofensiva. Ya se habla bastante seriamente de “reemplazo”, incluida la “solución interna” por el lado, cuándo no, del “duhaldismo” y afines.
Está claro. Se trata de una puja de poder. Pero eso es la actuación del tema, no el tema. El tema, el de fondo, no es “lo que hay”, sino lo que falta: la distribución de la riqueza. Eso ya está totalmente sobre la mesa. Pero lo está, sobre todo, en el futuro más o menos inmediato, y eso es lo que está peleando, anticipadamente, la (no tan) “nueva derecha”: el futuro, el de la renta y el del poder. Y lo está peleando no principalmente contra el gobierno –que aparece, por ahora, como un pre-texto más o menos “molesto”, un socio poco confiable con alguna pretensión de autonomía-, sino contra la sociedad. Fundamentalmente –y por eso hay, aunque en un sentido sui generis y hasta perverso, “lucha de clases”- contra los sectores populares más victimizados, más indefensos y explotados. Es fundamental y urgente oponerse a esto con todas las fuerzas, al mismo tiempo que interpelar sin concesiones al gobierno por todas sus “fallas”. Pero, vamos por partes.

El modelo de los “modelos”

No hay, en efecto, dos “modelos”. Hay, con buena voluntad –y en este caso, todavía es necesario mantener un poco de esa buena voluntad-, dos estilos de administrar el modelo heredado por -y ligeramente reformulado desde- la crisis del 2001, y cuyas condiciones políticas estuvieron dadas por la sangrienta dictadura de 1976 / 83, de la cual los actores hegemónicos de la derecha “campestre” fueron no sólo cómplices, sino instigadores. No es cuestión de despreciar los “estilos”: a veces expresan sensibilidades distintas, con distintas “maleabilidades” que en ciertas coyunturas pueden afectar los “contenidos”. En este sentido es verdad -sería necio negarlo- que es el propio gobierno el que (sea por voluntad propia, sea obligado por las circunstancias) ha extraído de la galera el significante re-distribución, que hacía décadas que no se escuchaba pronunciar desde el Estado. Pero, sea o no sincera la “sensibilidad”, aquí hablamos de política, y no de sensibilidades. Retomemos pues la variable “dura”: no hay dos modelos. La voluntad expresada por el gobierno de producir una re-distribución de la riqueza es, aunque tardía, bienvenida. Hay que defenderla, sin reticencias. Pero esa voluntad no se ha traducido aún en hechos, ni ahora ni antes. No hubo ese proyecto de un país socialmente más justo que ahora algunos sectores “campestres”, hipócritamente, fingen reclamar sólo para asegurarse de que sus ganancias sean todavía más extraordinarias.
Es imprescindible tener esto último absolutamente claro: durante los casi cuatro meses de conflicto los “campestres” no dejaron de producir ni de exportar; por el contrario, aumentaron sus exportaciones y sus ganancias. Aquí no hubo ningún lock-out (no digamos ya un “paro”): no hubo “fábricas” cerradas ni paréntesis productivo. Lo que hubo fue un gigantesco boicot a la cadena de distribución de alimentos populares, con el consiguiente desabastecimiento y encarecimiento de las mercancías: el movimiento “reivindicativo” del –falso- “campo” se hizo sobre los bolsillos y las espaldas de las capas más sufridas e indefensas de la sociedad. La denominación “campo” es asimismo hipócritamente falsa. No solamente porque –en una típica operación fetichista de pars pro toto- en ella no están incluidos los trabajadores rurales super-explotados, los en serio pequeños campesinos en estado de colapso económico por la hiper-concentración de la tierra (y que, como lo han dicho hasta el cansancio, no se sienten en absoluto representados por ninguna de las “cuatro entidades”), ni las comunidades indígenas hambreadas hasta el genocidio: también porque aún descontando todos esos “descartables”, lo que queda no es por sí mismo el “campo”. Es una parte del “campo” cuyos intereses destructivos de la tierra arrasada por la hiper-rentabilidad de la soja transgénica (que no se usa para alimentar a los hambrientos del mundo, sino para forraje y bio-combustible) están inextricablemente unidos a las grandes multinacionales del “agrobusiness” (Monsanto, Cargill, Dreyfus, Bunge y Cía.). En todo caso, pues, es el (muy parcial) “campo” más (o mejor, junto con ) la más tecnológicamente avanzada industria “global” vinculada a la producción agraria capitalista y la especulación mundial del capital financiero.
Por esta razón, también, es una completa mentira que lo que se juega en el conflicto es la secular contradicción Capital / Interior. En el mundo de la completa mundialización de lo que Meszarós llamaría el sociometabolismo del Capital, no se puede pensar –al menos no decisivamente- en términos territoriales dicotómicos. El “Interior” tiene, desde luego, sus propios problemas, derivados de la conformación histórica del país, cuya lógica territorial fue diseñada por ese mismo liberalismo portuario que ahora la derecha “campestre” y sus socios agro-industriales pretenden reimplantar a cualquier precio. Pero, y justamente por eso, la derecha “campestre” tiene intereses objetivamente enfrentados a los del verdadero “Interior”. La derecha campestre tiene sus propias “capitales”, que por supuesto incluyen a Buenos Aires, pero sobre todo a Nueva York, Londres, Hong Kong o Tokio.
El gobierno –éste, y por lo tanto el anterior- le hizo el caldo gordo a esa hipocresía al no poder ni querer plantear claramente una alternativa. Lo único que tuvo, en el mejor de los casos, fue un proyecto de acumulación tímidamente pro-industrialista (“neo-desarrollista”, lo llaman algunos) que no tocó ninguna de las estructuras básicas heredadas de la “revolución” neoconservadora que arrasó al país en las décadas anteriores: ni la especulación financiera, ni el regresivo sistema fiscal, ni la desnacionalización energética y minera, ni las grandes multinacionales agroindustriales, ni los oligopolios de comercialización, ni las licencias leoninas de los medios de comunicación, ni por supuesto la nueva “patria sojera”, a cuyo aumento y concentración ayudó. Al contrario: montó sobre todo eso su “modelo” de acumulación. Actuó –otra vez: en el mejor de los casos, ingenuamente- bajo la interesada hipótesis neoliberal del “derrame”: primero se acumula, después se reparte. Falso de toda falsedad. La lógica es exactamente la inversa: primero hay que tener el “modelo”, el proyecto de distribución, y luego se orienta la producción según las líneas de ese proyecto. No es lo mismo producir para pagar la deuda externa o para beneficiar a los pools de siembra o los agrobusinessmen, que producir para beneficiar a los sectores populares y al mercado interno. El gobierno, en buen peronismo, y sin tener por ello necesidad de convertirse en Chávez o en Morales si eso no le gustaba del todo, podía haber hecho todo eso: tenía, a partir del 2003, el dinero y la “base de masas” –por lo menos bajo la forma de los votos, y de una “opinión pública” mayoritariamente favorable- más que suficiente. No lo hizo, y perdió en apreciable medida su base de legitimación. Eso es lo que importa, y no las imbecilidades pequeño-burguesas sobre los vestidos de Cristina o el “autoritarismo” de Néstor, o siquiera el “clientelismo” (que todos los gobiernos han practicado de una u otra manera).
Lo que ha debilitado al gobierno, hasta el punto de ponerlo contra las cuerdas, es esa pérdida, que podía haber evitado con sólo un pequeño esfuerzo de voluntad política, y sin excesiva resistencia por parte de la derecha económica, que por un lado estaba volviendo a hacer negocios brillantes, y por el otro hubiera temido una movilización de masas consistente en defensa de un gobierno “repartidor” (con o sin corruptelas: ya se sabe cómo es eso). Era la situación ideal para un gobierno “burgués”. La desperdició (o mejor, no pudo hacer otra cosa, dados sus compromisos), y le dejó las masas a la derecha. No son las mismas masas, por supuesto. Pero es la primera vez que un gobierno autoproclamado “nacional y popular” no tiene base de masas propia, y en cambio sí la tiene –sea o no “espontánea”- la derecha “campestre”. Y no sólo eso le ha dejado a la derecha: como decíamos, le ha dejado a la derecha –y también a una cierta izquierda paralítica de ideas- los argumentos cínicos de la “redistribución” o la… ¡reforma agraria! Mientras tanto, el gobierno tiene que crear “masas artificiales” para llenar la Plaza. Está bien que se llene: hay que defender lo que todavía sea defendible ante lo peor. Pero aunque logre hacerse eso todos los días, cada vez será efímera si el gobierno no logra recomponer una base de masas propia y auténtica (sin eso, la recuperación de la política, por la que tanto se brega, es apenas más gestión burocrática de “lo que hay”, y encima con corrupción e ineficiencia). Y eso sólo lo lograría cumpliendo a fondo sus promesas de una redistribución a fondo, y no simplemente enunciándolas.

De los sentidos de la oportunidad

Llegados a esta situación, ¿dónde estamos? Con la derecha campestre a la ofensiva, y con una “crisis orgánica” de dimensiones dramáticas. No decimos una crisis “terminal”, pero sí en estado de agravamiento. ¿De dónde proviene? Mil veces, en las últimas semanas, se ha hecho la pregunta: ¿Por qué ahora? ¿Por qué a Cristina, y no antes a Néstor? Salvo que se crea en la pavada de un estructural machismo argentino (y no decimos que no lo haya, sino que en política la psicología tiene patas cortas), la respuesta parece sencilla: era la mejor oportunidad. La sociedad –toda la sociedad, aunque por las razones anteriores fue la derecha la que supo sacar provecho- sentía oscuramente que con el traspaso de gobierno (que, como sabemos, era solamente un trámite, pero no por ello menos simbólico) se había cumplido la etapa de acumulación, y la expectativa era que ahora viniera la de reparto. Más allá de las mentiras del Indec –otra torpeza absolutamente innecesaria- había una notoria recuperación macroeconómica, y había una cierta recuperación de la ocupación y del salario, aunque asomaba la amenacita de la inflación, desde ya elevada a catástrofe apocalíptica por la derecha. Y, aún con algunas inconsistencias y tropiezos, parecía establecida una política de derechos humanos más firme, y se había “saneado”, con todo el debido respeto a la “legalidad burguesa”, la impresentable Corte Suprema. Estos solos datos, comparado con lo que había sido la etapa inmediatamente anterior (recuérdense los saqueos, el “corralito”, el default, los muertos del 19/20 de diciembre, Kostecki y Santillán, y un largo etcétera), eran legitimación “burguesa” suficiente como para avanzar un poco más. Como diría Alejandro Horowicz, en el 2003 se había encontrado un tranvía que nos sacara del pozo; para salir del pozo, cualquier tranvía, fuera donde fuera, venía bien. Ahora había que decidir cuál era la estación terminal. Era la hora del reparto, y de darle a ese reparto una lógica social. La propia presidenta lo insinuó, con su retórica eficaz, diciendo que no llegaba como garante de las ganancias de los empresarios. Y ahí quedó todo, hasta la medida aislada, tomada fuera de un contexto redistribucionista más totalizador y planificado, de las retenciones.
Desde ya que no es seguro que si ese contexto y aquélla base de masas hubieran existido, la derecha campestre se hubiera tenido que callar la boca, pero al menos sus alaridos histéricos le hubieran salido más caros, porque su reclamo –de una avidez y mezquindad absolutamente indefendibles por el más común de los sentidos- hubiera quedado inmediatamente deslegitimado.
En las condiciones reinantes, el gobierno quedó tan aislado como la medida. La reacción descomunalmente desproporcionada de muchos sectores que estaban entre los más beneficiados por la ausencia de un proyecto alternativo del gobierno (y también por la presencia de un aliento al modelo actual, bajo la ilusión de un crecimiento ininterrumpido) tomó a este completamente por sorpresa. Quedó como estupefacto ante la súbita conciencia de que había estado girando en falso, confiando por un lado en vaya a saber qué ética empresarial de sus socios “burgueses” –cuando nada menos que los peronistas deberían haber sido más “pillos” al respecto-, y por otro en la legitimidad formal brindada por el 46 % de los votos “populares”, cuando debió haberse apoyado en los cuerpos reales que estaban detrás de esas papeletas. Ni siquiera para producir un giro de 180 grados: sencillamente para consolidar un capitalismo “racional” , como fue siempre su única ambición.
Montada en esa estupefacción –a la que el gobierno fue llevado, en primer lugar, por sus propias “opciones estratégicas”- la derecha campestre, como se dice, “vino por más”. Ya no le alcanzó con la demanda de retrotraer todo al 10 de marzo y eliminar las retenciones. Empezó, muy seriamente, a discutir el poder. Ya no se trataba de unos puntitos más o menos en la disputa retentiva, sino de la disputa por quién manda en esta “sociedad de responsabilidad (muy) limitada”. Transformando aquel mezquino reclamo sectorial (que no consistía siquiera en que no le sacaran algo, sino en que no le estorbaran ganar mucho más) pergenió una estrategia de “doble poder”, actuando como un Estado dentro del Estado: cortando rutas como si fuera una aduana interna, desabasteciendo a la población, encareciendo más aún la canasta familiar, cuestionando la legitimidad misma de las instituciones, apoderándose de los símbolos nacionales, y estableciendo de hecho el estado de sitio en el país, con infinita mayor prepotencia corporativa, “privatizada”, que la que le atribuían al gobierno legalmente electo (porque sostener, en un país con una historia reciente como la nuestra, y desde una acción de sabotaje nacional llevada a cabo por empresarios privados , que el gobierno es “autoritario” porque detuvo con guantes de seda a De Angelis durante cuatro horas, es una canallada de un cinismo incalificable; sobre todo cuando al mismo tiempo se calla que este gobierno sí reprimió conflictos obreros y populares, con la anuencia o al menos el silencio cómplice de los mismos que ahora lo tildan de autoritario).
O sea: los agentes de la derecha campestre desnudaron, con la mayor transparencia que se haya visto en mucho tiempo, quién tiene el verdadero poder en una sociedad capitalista “periférica” como la Argentina. Lograron, muy hábilmente, concitar una cierta base de masas, rurales y urbanas. Masas complejísimamente heterogéneas: en el río revuelto, la derecha campestre pescó de todo: desde auténticos pequeños chacareros que –ya sabemos que ese fue otro craso error- no fueron diferenciados por el gobierno como relativamente más “perjudicados” por las retenciones, hasta señoras gordas de Recoleta, atragantadas de gorilismo visceral (y el “gorilismo” no es solamente antiperonismo político: es odio de clase arcaico y ancestral; eso puede encontrarse también en mucha derecha muy peronista); desde señorones de sobretodo cruzado de pelo de camello que añoran el glorioso marzo del 76, hasta kiosqueros de clase menos que media-media de barrios como Floresta o Caballito (a los que convendría no idealizar demasiado: son lugares donde se esclaviza a los bolivianos a la vista de cualquiera). Todos tenían una parte de motivos –materiales o simbólicos-. Solo la verdadera derecha, el verdadero poder económico, tenía el todo: un proyecto, consistente en el regreso a épocas más “transparentes”, en las que ellos gobernaban a través del estado, y no negociando con él, aunque fuera dentro de la encomandita. En aquellos altri tempi habían logrado seducir a esas multitudes módicas y heteróclitas con el fetichismo perverso del brillo de los sables y el colorido de las charreteras. Pero los tiempos cambian: ahora somos postmodernos, políticamente correctos y “espontáneos”. Esta vez los sedujeron con la retórica anti-política del ex – “que se vayan todos”, con las asambleas, los piquetes blanqueados, las cacerolas ideológicamente ambiguas, la naturalización del supuesto desinterés de los “autoconvocados” (como si en política eso fuera un valor), el mito bucólico del país gaucho, la reedición cínicamente falseada de la oposición federales / unitarios, las apelaciones a la “democracia” contra el “autoritarismo”. Y, claro, con la consigna históricamente más amada y movilizadora para la clase media (aunque en este caso fuera mentira): no me toquen el bolsillo; porque, además de la sempiterna tilinguería de cierta clase media identificada con sus amos históricos, funcionó esto: “Hoy vienen por las rentas de los estancieros, mañana por las mías”. No importaba mucho que, en rigor, nadie hubiera venido por la renta de nadie, sino la fuerza performativa de aquella implícita consigna. O sea: el reflejo del terror del corralito, más una especie de brechtismo derechoso, mezcla explosiva. Todo eso, desde ya –otro signo de los tiempos- colorida y ensordecedoramente vomitado sin cansancio desde las cajas bobas del living.
Es una extraordinaria ironía: el gobierno que era gobierno porque era el que mejor había sabido re-procesar la crisis del 2001 para reiniciar el ciclo “burgués”, se veía arrebatado por los más burgueses de los mismos símbolos que lo habían llevado a la calle Balcarce. Los K, caídos como “paracaidistas” del Sur oscuro e ignoto (en el 2003 había que estar muy informado de toda la política nacional para haber escuchado el apellido Kirschner) resultaron, de toda la “clase política” argentina, los únicos que podían ocupar el lugar vacío en el imaginario que se vayan todos .
La así llamada “oposición” –que, con escasísimas y minoritarias excepciones no tiene nada a qué oponerse, porque no tiene ideas propias que vayan más allá de la fácil crítica de los detalles- se prendió como, valga la expresión, ternerito a la teta de la vaca. Y hasta una parte de la izquierda “rebolú” se metió (tal vez a propósito, uno ya desconfía de todo) en esa trampa, como moscas que se tiran a la leche. Y ahí se ahogaron. Esto ya es del orden no de la ironía sino del sarcasmo: ellos, que tanto abogaron por el “retorno de la política”, cerraron filas con el poder económico más concentrado y en contra de la política. Los que también en altri tempi hacían “entrismo en el peronismo” -equivocadamente o no, pero con harta mayor justificación- ahora lo hacen en la Sociedad Rural: ya que la presidenta ha vuelto a poner de moda la frase de Marx, ¿si la tragedia se repite como farsa, la farsa se repite como qué?
Todo esto, en efecto, ¿para qué? Como decíamos, para empezar a discutir la renta y el poder futuro. Si se percibía que había llegado el momento del reparto, y si también se olía –la derecha argentina ha tenido siempre buen olfato- que el gobierno estaba socialmente debilitado en su “legitimidad de origen”, había que aprovechar la oportunidad de empezar a discutir la lógica sectorial del reparto, antes de que lo hiciera toda la sociedad, incluidos los peligrosos “sectores populares”, las clases incómodas. No hay que olvidar que esta discusión ya había en cierto modo empezado (no fue el “campo”, sino los camioneros y algún otro gremio los primeros en poner en algún aprieto a la flamante presidenta), si bien por los canales burocráticos y “superestructurales” de las paritarias. Había que apretar el acelerador de los tractores y las 4 x 4, y la promulgación de trámite torpísimo de las retenciones dio la luz verde. No es, probablemente, que haya habido ninguna especial conspiración –más allá de que la derecha, de alguna forma más o menos semiinconsciente, está siempre conspirando-. Pero una vez encontrado el pretexto, la bolita de nieve modestamente económica (tampoco estamos hablando de tanta plata) de las retenciones empezó su imparable cuesta abajo hasta transformarse en el alud político que casi –y todavía podría suceder- nos aplasta a todos.

¿Destitución “globalizada”?

Todo esto, decíamos, fue la oportunidad local. Si uno abre un poco más el mapa, el contexto se complejiza. Todos hemos aprendido que no hay que ser “conspirativos” (aunque sin olvidar la sabiduría popular del que las hay, las hay). Sin embargo, conviene no perder de vista, sólo “por si las moscas”, algunas coincidencias acaecidas en los últimos meses (ya que la pregunta era: ¿por qué ahora? ) en el mapa más grande. Se podría demostrar que –de manera más desordenada, quizá menos planificada, más “oportunista”, por así decir- la “operación destituyente” de la que hablaba la Carta Abierta / 1 parecería estar dándose a nivel latinoamericano (1). No hace falta siquiera hablar de la crisis alimentaria mundial, que tantos “patriotas campestres” citaron lamentándose de la “pérdida de oportunidades” para las exportaciones, en una muestra más de solidaridad y sensibilidad social. Tampoco hace falta especular demasiado con la especulación global –orientada por el capital financiero antes que por el productivo- sobre el precio de la soja, los biocombustibles y demás galimatías “globalizados”. Quedémonos con el mapa de Latinoamérica. Incluso de América del Sur. Últimos meses: tuvimos –y quizá todavía tenemos- el riesgo de una guerra tripartita entre Colombia, Venezuela y Ecuador; tuvimos –y seguimos teniendo, incrementándose día a día- la feroz ofensiva secesionista de la derecha boliviana, con acciones que algo debieran evocarle a los argentinos (cortes de ruta por encargo de los hacendados de las zonas más ricas, “Estado paralelo”, racismo exacerbado, etcétera); ya soplan, no digamos todavía vientos, pero alguna brisa de fronda en el renovado Paraguay; Colombia y Perú –las dos más directas avanzadas del Imperio en el Cono- endurecen progresivamente su restauracionismo conservador proimperial: en Perú, se acaba de saber, se está por instalar una base norteamericana. Todo ello en el contexto, ahora sí, más “global” del estancamiento imperial en Irak –y la consiguiente mayor atención a un “patio trasero” no excesivamente peligroso, pero díscolo o bien “desordenado” en distintas proporciones- y de un año electoral en el que no es seguro que vaya a ganar el de todos modos no muy confiable Barack Obama. Las brujas no existen, pero …
Otra vez: no es necesariamente una operación concertada. No hay pruebas de que la embajada imperial en Buenos Aires esté financiando una Unión Democrática. Tampoco, aunque así fuera, se entendería a primera y bruta vista por qué el imperio querría desestabilizar, o siquiera estorbar seriamente, a Cristina: no se trata precisamente de Fidel, ni siquiera de Chávez, Morales o Correa; no tenemos, aunque fuera, un explosivo “problema indígena” (no porque no exista, sino porque ni el gobierno ni el “campo” le han dado el más mínimo lugar al arrasamiento pro-sojista de las tierras aborígenes –del cual ambos, en sus respectivas proporciones, son fautores o cómplices-, como no se lo han dado a las más hundidas víctimas rurales como la peonada en negro o los pequeños campesinos tragados por el tsunami de los grandes pools o las agroquímicas). Incluso, en cierto modo, se puede decir que Cristina, en las relaciones con el imperio, representó un pequeño “giro a la derecha” (tampoco hacía falta girar tanto) respecto de Néstor.
El problema es que el imperio impera sobre territorios de enorme complejidad económica y política, que se le han complicado más aún en los últimos años, con la emergencia de algunos gobiernos “nacionalistas burgueses” que articulan verborragias de frontal hostilidad con negocios que suponen tironeos a veces tensos con el imperio para estar a por lo menos alguna altura de la verborragia (y bajo esta caracterización muy gruesa no pretendemos implicar que no se hayan acometido tareas auténticamente “nacional-burguesas” defendibles en términos relativos, especialmente en los casos de Bolivia y Venezuela). A ello hay que sumar la emergencia aluvional de los países asiáticos, y en particular de China, como mercados ávidos de materia prima agrícola que implican una “competencia compradora” extremadamente molesta para un imperio con igual necesidad de esas materias primas (y de bio-combustible). Y ello en su propio contexto –que conviene no olvidar- de una fortísima crisis económica y de endeudamiento, con ya serios síntomas recesivos, explicitados a partir de la explosión de la “burbuja inmobiliaria”.
Sumido en esta complejidad riesgosa, el imperio necesariamente debe “simplificar” lo más posible, definiendo como al menos potencial “adversario” a todo aquel gobierno que no automatice la obediencia debida a los diktats del Norte. Que, por ejemplo, se obceque en la pertenencia al –alicaído, pero todavía en respirador artificial- Mercosur, y le de la espalda al –en principio abortado, pero todavía haciendo fuerza para salir- ALCA. Algo tan módico como eso puede molestar incluso por parte del único país de la región –el nuestro- que mantiene privatizadas todas sus fuentes energéticas. No se trata, necesariamente –al menos en la Argentina: Venezuela y Bolivia son otra historia-, de “voltear” a nadie: simplemente de alinearlo. Si eso, para colmo, se puede hacer sin excesiva planificación, aprovechando la “volada” de los errores gubernamentales, con todas las fraseologías de la democracia “autoconvocada”, con rudos gauchos de rostro curtido en la primera línea, con alegres caceroleadas urbanas de carnaval paquete, con la población aterrada por el desabastecimiento sin saber a quién echarle la culpa, con el gobierno paralizado no sólo por ineficiencia o indecisión (que también la hay) sino por la difícil legitimación de romper sus complicidades previas, entonces, señores, la mesa está servida, con postre y todo. Y para colmo, en las últimas semanas se ha producido otro (y van…) pavoroso “giro a la derecha” europeo, culminando en las inicuas nuevas leyes anti-inmigratorias, y produciendo nuevas tensiones con los gobiernos latinoamericanos, y no sólo los más “progresistas” (hasta el mismísimo Alan García se ha visto forzado a sumarse a las protestas de Morales, Chávez, Lula, la propia Cristina). En efecto, para estos operativos “espontáneos” no hacen falta conspiraciones a la vieja usanza “florentina”. Como bien dice Norberto Sessano, la propia lógica del capitalismo se ha vuelto “naturalmente conspirativa”: es una conspiración a la luz del día, plenamente cínica antes que “ideológica” en sentido clásico. Puede funcionar y “naturalizarse” sin demasiados ocultamientos, e incluso contando con la presunta “transparencia” de la informática o los mass media globalizados.

“Nuevas” derechas / Viejas “izquierdas”

Esta “nueva derecha”, ¿es tan nueva? En verdad, se podría decir –un poco provocativamente, lo admitimos- que elementos de “nueva derecha” los hay más bien en el gobierno: entendiendo por “derecha”, en el sentido amplio, una política de mantenimiento de las “estructuras elementales” del statu quo, tal como las enunciábamos al principio de este texto, y combinándolas con la retoricidad nacional-popular, cierta incompleta atención a los “derechos humanos” –que apenas alcanza, cuando eso, a los responsables militares más directos-, un comparativo no-empeoramiento del salario y la ocupación –aunque gracias a la “intervención” del Indec poco puede saberse, y mucho sospecharse, sobre los verdaderos niveles de pobreza-. Algo que podría tildarse de parcialmente “novedoso”, ya que no es el neo-conservadurismo salvaje menemista, pero tampoco –hubiera sido imposible- nada semejante al peronismo “clásico” ni, digamos, a chavismo o evismo alguno. Tampoco pudo ser, digamos, Zapatero, porque la “transversalidad” (lo potencialmente más parecido a una entente socialdemócrata vernácula) no funcionó, y Néstor K tuvo que replegarse nuevamente sobre el PJ –algo que puede salirle caro, como veremos, pero que en esta lógica política era lo único que podía hacer-. Que es un cierto tipo de “derecha” ya lo hemos argumentado. Podríamos agregar que en la actual situación lo sigue demostrando, en tanto no está dispuesto a dar ningún tipo de batalla ideológico-política de fondo (no digamos ya contra el imperio, al cual sigue tributando no sólo económicamente pago de la deuda mediante, sino políticamente con el vergonzoso mantenimiento de las tropas en Haití, sino) contra la “otra” derecha, tomando decididamente el toro por las astas con alguna medida que –lo hemos dicho- todavía podría encarar: una serie de reformas económicas como las enumeradas más arriba, por ejemplo, más la recreación de un “IAPI” o una institución semejante de control de la comercialización de bienes exportables, que simultáneamente garantizara tanto la realización de una ganancia razonable de los productores rurales (especialmente los pequeños y medianos), así como el adecuado abastecimiento del mercado interno a precios accesibles para el bolsillo popular. Todo esto no lo eximiría de la obligación a mediano plazo –para ser un auténtico gobierno “nacional-popular”, aunque siempre “burgués”- de otras medidas adicionales y un poco más “avanzadas”, como la reedición de algo semejante al Estatuto del Peón del primer peronismo que “blanqueara” la incalificable superexplotación del verdadero “proletariado rural”; una acción político-económica igualmente decidida y orientada a detener el crecimiento exponencial de una “patria sojera” que está arruinando la tierra, destrozando la ecología y liquidando al campesinado mediano y pequeño, y la reorientación de la producción rural hacia una lógica más diversificada y menos concentrada; una batalla comunicacional activa, sincera y transparente (el gobierno le ha dejado absolutamente esto a los medios más concentrados: ha permitido que, como diría León Rozitchner, se produjera un secuestro del Verbo público inédito aún para la historia comunicacional argentina). Etcétera, etcétera.
Todo esto se podría hacer. Por supuesto, no sería para nada una política aceptada por todos. Pero queremos suponer que a esta altura el gobierno debería haber aprendido una lección básica: no va a poder, de ninguna manera, gobernar para todos. Su “bonapartismo” o, si se prefiere ese lenguaje, su “cesarismo” (en caso de emerger: aún no ha llegado ni a eso), tendrá que estar dispuesto a una decisión de asumir el conflicto y de, con este programa bien en alto, aplicar –con todo respeto por las instancias “democráticas”, pero también con toda la firmeza que debería darle el ser un gobierno legítimamente elegido –su autoridad. Porque, contra lo que han logrado muy insidiosamente “instalar” sus adversarios coyunturales, este gobierno no es “decisionista” (más bien es desesperantemente indeciso) ni ha aplicado suficientemente su legítima autoridad estatal (más bien ha actuado reactivamente y sólo en sus discursos, perdiendo de manera completa su iniciativa política).
Para hacer todo esto, por supuesto, y para hacerlo en condiciones que la actual correlación de fuerzas no se lo permite, tendrá que recomponer su base social, creando una “masa crítica”, como suele decirse, dispuesta a sostenerlo activamente, y re-politizando en serio a la sociedad en torno al debate público no sobre el gobierno o el “campo”, sino sobre un auténtico modelo alternativo de auténtica redistribución social que rompa con el de la “derecha campestre” y sus aliados locales y “globales” (para empezar por lo más sencillo: ¿cómo es que el gobierno no ha utilizado aún un recurso constitucionalmente consagrado como el del referéndum popular, para dirimir la cuestión “técnica” de las retenciones?: se ganara o se perdiera, al menos implicaría una discusión amplia y generalizada en la que indefectiblemente la cuestión protagonista sería para qué sirven las retenciones, y por lo tanto el modelo de acumulación / reparto de la riqueza). Paradójicamente, en cierto sentido esto ha empezado a ocurrir: por un lado, aunque el gobierno no ha cumplido sus enunciados redistribucionistas, ha hablado de redistribución, sacando el tema a la luz pública; y por otro lado, la “derecha campestre” se ha visto obligada, cínicamente, a hacerse cargo del tema, como soporte de su construcción legitimadora. Para el gobierno, ahora, es imprescindible retomar la iniciativa redistribucionista para recuperar su propia legitimidad, pero con soportes materiales como los que enunciábamos recién. Si hiciera todo eso –e insistimos en que sin necesidad de patear ningún tablero “burgués”- el gobierno al menos podría obtener una mayor credibilidad para su discurso “nacional-popular”. No sería, sin duda, todavía, el gobierno que muchos quisiéramos. Pero habría en él algo que defender contra “lo peor”.
Hay que ser realistas: no es muy probable que lo haga. Aún suponiendo que tuviera la voluntad, está casi completamente atado por la pesada hipoteca de sus compromisos previos, incluidos, y principalmente, con sus actuales oponentes. ¿Podría apoyarse en la “industria”? No. En primer lugar, como hemos visto, “campo” e “industria” –contra lo que esos respectivos conjuntos, y también el gobierno, quisieran hacer creer- hace mucho que no son dos sectores mutuamente excluyentes y en puja decisiva, aunque fuera “inter-burguesa”, por un “modelo” incompatible entre ellos. En segundo lugar, que en este conflicto el gobierno no haya tenido también a la industria en contra, demuestra a las claras no solamente las pingües ganancias que ella está haciendo con este modelo, sino la íntima trabazón de intereses de la industria con el gobierno. Pero para hacer todo lo de más arriba, el gobierno tendría que afectar los intereses industriales (y por supuesto, y más aún, los financieros) a un punto en que correría el riesgo de perder esos amigos interesados. Podría asumir ese riesgo sólo si hubiera recompuesto su base social activa: algo realmente muy difícil de hacer con los actuales sindicatos, el actual PJ, etcétera. El gobierno se ha metido, a todas luces, en una trampa de la que no se ve la salida.
En cuanto a la derecha “campestre”, hoy por hoy, está mucho mejor armada. Incluso, digamos, socialmente. Mientras el gobierno ha perdido buena parte de su base de legitimación, la derecha campestre –como vimos más arriba- ha ganado una cierta legitimación en sectores de la sociedad que nunca hubiera soñado. No se trata solamente de la FAA: esto no es, finalmente, tan insólito, no sólo porque hay algunos antecedentes históricamente dudosos de su comportamiento, sino porque (por “pequeños y medianos” que sean, se trata a fin de cuentas de propietarios ) también ella está embretada entre el no me toquen el bolsillo y la necesidad de anticiparse a conquistar un lugar en la pelea por la renta futura , ya que los intereses inmediatos de la mayoría de sus representados son inseparables del boom sojero. Se trata de que ha logrado –también lo adelantamos- conquistarse la simpatía de otros sectores sociales (fundamentalmente jirones importantes de una “clase media”, una petite-burgeoisie, y no sólo la más “acomodada”) que no necesaria y estructuralmente le son ideológicamente afines, si bien por la particular conformación clasista de la Argentina siempre han demostrado un alto grado de disponibilidad para las aventuras de la derecha. Pero, ¿basta esto para hablar –al menos sin mayores calificaciones- de una nueva derecha?
Algunos elementos (no por supuesto la caracterización general) de esta “nueva derecha” pueden rastrearse hasta muy atrás. Por ejemplo, hasta los diversos fascismos de la década del 30, con sus componentes retóricamente “populistas” que –abstraídos de las fuerzas sociales reales, planeando por encima de ellas “bonapartísticamente”- llegaban a veces a cuestionar duramente a la “plutocracia” capitalista (cosa que, claro, la derecha campestre no podría hacer, porque en buena medida forma parte de ella); o con su astutísimo uso de los medios de comunicación de masas, y su poder de convocatoria de demostraciones de masa de todas las clases sociales. Hay que recordar que aquellos movimientos, además, también tuvieron sus alas “izquierdas”, “plebeyas” o “jacobinas” (las SA y los “nacional-bolcheviques” en el nazismo, el mismísimo Mussolini, al menos al principio, saliendo del ala izquierda del PSI). Otros elementos son más recientes, pero de todos modos pueden retrotraerse hasta la “revolución conservadora” de fines de los 70 (con sus apelaciones anti-políticas a la “muerte de la ideología” y similares, generalmente provenientes de ex intelectuales de izquierda como Daniel Bell o James Burnham; bien, también nosotros, salvando las distancias, tenemos a nuestros Kovadloffs o Sebrelis), y por supuesto al “populismo” neo-conservador ya desde Thatcher y Reagan hasta Berlusconi y Aznar, sin olvidar a nuestro inefable Menem. La propia “nueva” socialdemocracia europea, en muchas de sus expresiones, por encima de su política económica (que desde luego siguió siendo neo-conservadora), articuló en su discurso político liberal (con acento en la “i”) muchos de los significantes “políticamente correctos” que se escuchan en nuestra “nueva derecha”, es cierto que –aunque no es un demérito puramente nacional- a menudo combinados con los más elementales tics racistas, “gorilas” y de odio clasista (si bien hay que reconocer que esto estuvo sobre todo a cargo de los media). No es, entonces, que la base social de la derecha campestre, tomada individualmente uno por uno, sea necesaria y conscientemente de “derecha”. Pero el modo en que actúa sus intereses concretos e inmediatos es estratégicamente orientado por la gran burguesía “campestre”. ¿Qué otra cosa es lo que Gramsci, célebremente, llamaba hegemonía? Desde ya, es muy posible que este bloque de fracciones de clase sea relativamente pasajero. Si la tendencia ascendente del boom sojero se invirtiera en el mediano plazo como emergente de la nueva crisis que ya se perfila, y / o si –pasando al plano más estrictamente político- se conformara algo así como un partido del campo que expresara más nítidamente los intereses de los sectores más concentrados, posiblemente otro gallo cantaría (para seguir con las metáforas rurales). Pero todavía no estamos en eso.
Nada excesivamente nuevo bajo el sol, pues –salvo, por supuesto, y no es poca cosa, que hoy no hay un partido militar oficiando de “vanguardia” de la reacción-. Por otra parte, sin embargo, es verdad que con estos elementos ya “probados”, a la derecha campestre se le armó (porque es difícil que haya sido planificado demasiado conscientemente) un cóctel comparativamente “novedoso”. Ya dijimos que esto tuvo que ver, entre otras cosas, con un “mal humor social” difusamente fastidiado con las inconsistencias gubernamentales entre el discurso y los hechos, y con ciertas expectativas de un “reparto” de la torta, respecto de las cuales la realidad estaba –y sigue estando- muy por detrás. Agreguemos el también ya mencionado secuestro de los nuevos métodos de “lucha popular” emergidos durante los 90 y culminados en el 2001 / 2002 (asambleas, “cortes”, “escraches”, cacerolazos, “autoconvocatorias” y via dicendo). La forma cómo se armó la novedad, además, adquirió un carácter post-modernísimo : si bien dirigido en lo inmediato por “las cuatro entidades del campo”, por la base el movimiento circuló de manera “rizomática” o “microfísica”, apuntalada tecnológicamente por el adecuado uso del mail, los celulares y los SMS para las convocatorias “espontáneas” de la “multitud”; un fenómeno para las envidias de Deleuze, Toni Negri o Paolo Virno, lástima que el resultado político-ideológico fue el contrario del que ellos esperarían.
La frutilla de la mal repartida torta fue la intervención en algunas partes decisiva (¡por primera vez desde los 70!) de cierta izquierda “rebolú”, francamente reblandecida, en el mejor de los casos, por la abstracta fascinación de las “masas” en la ruta o por la babeante ilusión de dirigir el proceso hacia vaya saber dónde, quebrando no sólo la hegemonía de los grandes hacendados, sino el “comando a distancia” de la gran burguesía del agrobusiness : de ellos no se puede siquiera ya decir que son “idiotas útiles”, puesto que a esta altura ya están plenamente fusionados –aunque sin perder su lugar idiota- con los “vivos” de siempre. No es –seamos justos- toda la izquierda. Otros, menos directamente dañinos, optaron (¡llamándola ellos mismos, con quizá involuntario sarcasmo, “tercera posición!”) por el Ni los unos ni los otros, sino todo lo contrario: o sea, pateemos para adelante hasta que el río esté mucho más embarrado, y veamos por qué lado nos colamos. De los partidos de izquierda más conocidos, solamente el PTS y el PL –aunque sin posibilidad alguna de incidir realmente- intentaron un ambiguo posicionamiento, más decididamente en contra de la derecha campestre, con correctas críticas de clase al gobierno que no apostaron a un putsch irresponsable, pero sin poder sustraerse del todo a la trampa dicotómica tendida tanto por el “campo” como por el gobierno –aunque por supuesto no con las palabras que vamos a usar aquí-: la de que todo esto es un solamente un conflicto “inter-burgués” entre el gobierno y un sector empresarial, y no una poderosa ofensiva de clase de algunos de los sectores más concentrados de la gran burguesía contra la sociedad en su conjunto, con el objetivo de afirmar y profundizar , en el futuro más o menos mediato, el “modelo” dominante y vigente. Esto último, hay que insistir, tampoco es tan sorprendente. El gobierno –sea por ineficiencia, por torpeza política, por sus “contradicciones secundarias” internas, por una débil vocación “autonomista”, y posiblemente por una mezcla indigesta de todo eso- no resultó ser un buen administrador de los negocios de los cuales él mismo era socio. Si hubiera sido así, el “temita” de los porcentajes de las retenciones se podría haber negociado de otro modo, y la sangre no hubiera llegado a este río revuelto en el que ya se ha hecho verosímil la pregunta por un posible “recambio”.

Y ahora ¿qué?

Todo lo anterior, si se lee apresuradamente, parecería colocarnos del lado, llamémoslo in-diferente, del “ni los unos ni los otros…”, etcétera. No es así. En primer lugar, eso sería seguir en la trampa dicotómica –para estar en contra, o aunque sea para negar, los “dos lados”, hay que empezar por aceptar que esa dicotomía es el problema-. Si nuestro diagnóstico es al menos parcialmente acertado, hay un tercer lado, que es, para hablar rápido, el “pueblo”. Que hasta ahora, y en buena medida como vimos por culpa del gobierno, no ha jugado otro rol que el de rehén desmovilizado. No hay muchas probabilidades, hoy, de que los conflictos “populares”, algunos de importancia pero estrictamente localizados, más o menos dirigidos por la izquierda, “peguen el salto” cualitativo hacia un cuestionamiento político simultáneo de la derecha “campestre” y del gobierno. Se requeriría un programa de transición, una base de masas, una dirección política que hoy no existen. ¿Hay que intentar crear todo eso, al calor de la crisis? Seguramente. Pero eso llevará tiempo. Y en todo caso, no parece que la mejor política conducente a eso sea la del “Ni…ni”. Es verdad que –como producto del descontento generalizado- el “pueblo”, y mucho menos la clase obrera, no se “autoconvocó” en defensa del gobierno, ni tampoco mucho menos salió contra la derecha campestre con una política autónoma. Constatar esto con un mínimo de realismo no es pensamiento “conformista”: es estricto análisis concreto de la situación concreta. Y en la actual correlación de fuerzas, jugar a un putsch que derribe al gobierno bajo la apuesta incierta de “cuanto peor, mejor”, es de una irresponsabilidad criminal. Hay ya una larga historia (no sólo) argentina que demuestra que el triunfo de “lo peor” no consigue despertar otra cosa que desaliento y derrotismo en los sectores populares; y al revés, que un aunque fuere relativo mejoramiento de las condiciones sociales, combinado con una situación de crisis, puede empujar acciones colectivas más audaces y consistentes (el ejemplo clásico es el del Cordobazo de 1969, llevado adelante por la clase obrera mejor paga de toda Latinoamérica). Un triunfo de la derecha significaría un retroceso enorme para una sociedad que ya está, a raíz de este conflicto, considerablemente derechizada, y en el mejor de los casos pidiendo que el conflicto termine como sea para regresar a la “normalidad”.
Por otra parte –espero que esto quede meridianamente claro- se equivocan de medio a medio quienes quieren congelar la partida entre “lo peor” y “lo que hay”. Si se acuerda mínimamente con todo lo anterior, la conclusión es nítida: oponerse con todas las fuerzas posibles a lo peor no es sostener –mucho menos incondicionalmente- lo que hay. Es, en todo caso, preguntarse que le conviene más (o, mejor, que le des-conviene menos) a esa potencial política autónoma de la clase obrera y el pueblo. Si gana la derecha campestre, repetimos, el efecto será desastroso: para empezar por lo más inmediato, como ya lo dijimos en otros lugares, habrá quedado totalmente deslegitimado el rol del Estado (del Estado, no sólo de este o aquel gobierno) para intervenir en la economía con fines redistributivos. No se trata de una defensa abstracta de las “instituciones”: las instituciones pueden cambiarse, transformarse, “revolucionarse”; pero las nuevas relaciones de fuerza (y, antes aún: las nuevas fuerzas ) que pudieran llevar a cabo esta empresa no van a aparecer de la noche a la mañana: aún contando con que existe una clase obrera y unos “sectores populares” descontentos también con el gobierno, reagruparlos, organizarlos y darles un programa creíble para que se transformen en una fuerza autónoma –que, entre otras cosas, debería en buena medida “des-kirschnerizarse”, lo cual está probado que no es una perspectiva sencilla- será una tarea compleja y larga, que hay que comenzar , pero no dar por hecha antes de tiempo. Algunos análisis de izquierda apuntalan el Ni los unos ni los otros con el argumento de que el debilitamiento del “Estado burgués” sólo puede ser beneficiosa para una política “obrera y popular”. Puede ser. Pero eso, para ser realmente “beneficioso”, requeriría lo que solía llamarse una situación revolucionaria, y no una francamente reaccionaria, como la que tenemos hoy. Y aún cuando existiera esa situación, no se podrían aplicar a rajatablas recetas generales que pasaran por alto la coyuntura específica. Para tomar ejemplos “prestigiosos”, el propio Trotsky, en su magnífica Historia de la Revolución Rusa, relata cómo nada menos que en las “jornadas de julio” –es decir, a escasos tres meses de la revolución de Octubre- Lenin y los bolcheviques se desesperaban intentando detener a los obreros y soldados bolcheviques (no “peronistas”) que se “salían de la vaina” para iniciar la definitiva toma del poder. ¿Estamos, en la Argentina, analógicamente hablando, a menos de tres meses de Octubre? No nos parece.
Eso, decíamos, para empezar. Para seguir, el triunfo político (porque en términos económicos, ya ganó) de la derecha campestre habilitaría un retorno también de lo peor de las políticas neo-conservadoras –que no es que se hayan ido realmente nunca, pero al menos habían quedado considerablemente inhabilitadas en el plano del discurso político explícito -. Finalmente, habría mostrado que la derecha económica puede voltear –o “destituir”- gobiernos electos sin necesidad de antipáticos golpes militares, y encima apelando a fraseologías democratistas y “políticamente correctas” sostenidas por los más concentrados formadores de la “opinión pública” y con todos los “nuevos métodos” que hemos descrito; con lo cual, para colmo, harían aparecer una presunta debacle del gobierno K como algo equivalente al helicóptero delarruano. Y, pensándolo bien, no sería solamente la derecha económica: tal como están las condiciones hoy, un “recambio civil” probablemente vendría por el lado de la derecha política interna al propio peronismo (“duhaldismo”, “delasotismo”, “sciolismo”, “rodríguez-saísmo”, restos del menemismo, etcétera, a los que ya parece venir agregándose un “solaísmo”, y en cuyas filas casi sin dudas revistarían las más fuertes burocracias sindicales, siempre listas para subirse al proverbial tranvía que las lleve; y de hecho esto hoy ya empezó , con la división de la CGT en todavía -¿por cuánto tiempo?- leales “moyanistas” y opositores “barrionuevistas”), con un acuerdo aunque sea efímero con todo el resto de la derecha política, empezando por el vice Cobos, la inefable Carrió y el macrismo. Sería pues el gobierno aún más directo de las corporaciones económicas (no sólo campestres) y de lo más descompuesto de la partidocracia corrupta. No se ve bien qué contexto ventajoso representaría esto para una política autónoma y auténticamente popular. ¿O acaso tal política se pudo construir bajo el menemismo?
Entonces: la opción no es estar en contra del “campo” y por lo tanto a favor de un gobierno que aún muchos de sus sostenedores “progres”, aunque no se atrevan a decirlo en voz alta, ya estiman prácticamente indefendible. Es estar decididamente en contra del “campo” para evitar una putrefacción aún mayor que la actual, que desalentaría a las fuerzas populares. Y, si en ese proceso fuera posible, bajo la lógica de aquel programa de transición, se trata de empujar hacia una apertura de la discusión en serio de un plan de redistribución social, sostenida por las masas movilizadas. No estamos diciendo nada que, en situaciones desde luego muy distintas pero en las que pueden encontrarse algunas analogías, no se haya probado antes en la historia. Salvando todas las distancias y a mero título de ejemplificación: ¿no cerraron filas los bolcheviques (y el entonces todavía menchevique Trotsky) ante la intentona putschista de Kornilov contra el muy burgués Kerenski? Y más cerca nuestro: ¿qué hizo en su momento buena parte de la izquierda revolucionaria argentina ante la intentona de Lacabanne contra el fusilador de Trelew Lanusse? ¿Y ante la intentona carapintada contra Alfonsín? Si se nos permite un poquitín de política-ficción: ¿qué hubiéramos hecho en el caso de una intentona contra el mismísimo Menem? ¿Fueron, todos esos, casos de pensamiento “conformista”? ¿De simple defensa de “lo que hay” contra “lo peor”? ¿O fueron políticas rigurosas destinadas a mejorar, o por lo menos a evitar que empeoraran, las condiciones para avanzar en la lucha por una radicalización del proceso popular? En ninguno de esos casos la oposición contra “lo peor” se hizo a favor de Kerenski, Lanusse, Alfonsín. ¿Por qué resulta tan difícil pensarlo ahora?
Desde ya: en esos casos se trataba de golpes militares, y aquí todavía no han salido a relucir las armas. Pero sí podría suceder, aquí, que el descontento y la desorientación populares, en el contexto de un agravamiento de la crisis, fueran astutamente aprovechados –como ya lo hizo en parte- por una derecha que, hoy por hoy, lleva todas las de ganar, y que encima cuenta del mismo lado con una porción de la “izquierda” capaz, todavía, de arrastrar algún sector popular. La política –es una regla de oro- tiene horror al vacío. La que, en nombre ya sea del “Ni / ni” como del “Lo peor / lo que hay”, no hagamos nosotros, la va a hacer la derecha.
Es eso lo que hay que salir a pelear, antes de que sea demasiado tarde. No va a ser fácil. No cabe abrigar grandes esperanzas inmediatas, mucho menos idealizaciones, en unas “masas” en las que, con las excepciones de siempre, por ahora el sentimiento dominante es el desconcierto, cuando no una especie de hartazgo que, en el mejor de los casos, tiende a conducirlas a la indiferencia. Pero podría ser mucho peor que mera indiferencia. “Peor”, en este caso, sería si la izquierda –en el sentido más amplio posible, con el obvio límite de los que ya están del otro lado- que no se ha pasado ya al lado del “campo” no se da una estrategia inteligente e imaginativa de acumulación de fuerzas; y a nuestro modesto juicio esa estrategia pasa necesariamente, hoy, por mantener una estricta distancia crítica del gobierno pero oponiéndose con toda su fuerza al “campo”, tratando de demostrarle a las “masas” que el gobierno no va a resolver sus problemas, pero el “campo” los va a complicar aún más, la des-acumulación de fuerzas que eso implicaría –pues no se trataría sólo de no-acumulación : salvo que creamos en una bondad abstracta e idílica del “pueblo”, el hartazgo sólo podría beneficiar a la derecha.
Para terminar con lo que quizá sea lo menos importante: en esta pelea desigual, desde luego los “intelectuales” tienen un rol que cumplir. Las armas de la crítica adquieren su plena importancia justamente en las épocas de crisis, en las que el lenguaje y las ideas, los conceptos y los propios significantes aparentemente más triviales quedan sometidos, también ellos, al debate público y a lo que alguna vez denominamos la lucha por el sentido. El lenguaje –como hubiera dicho Bajtín- puede, en momentos así, ser un escenario privilegiado del conflicto ideológico-político y de la propia lucha de clases. Pero es un escenario que tiene su propia relativa autonomía y especificidad. Sus límites son más elásticos, y a veces más borrosos, que los de la confrontación estrictamente política, aunque por supuesto ambas cosas se superpongan en muchas zonas. Que, por primera vez en mucho tiempo, hayan surgido distintos agrupamientos –y también posicionamientos más o menos “individuales”- de “intelectuales” que confronten sus interpretaciones de la crisis es altamente positivo y estimulante. Que esa confrontación sea por momentos ríspida o incluso acuda a la interpelación de los otros con palabras fuertes, no es nada para rasgarse las vestiduras. Al contrario: es una bienvenida bocanada de aire fresco saliendo a la calle después de tantos años de enclaustramiento en ociosas e inconducentes contiendas mínimas de capilla universitaria y afines. Pero no servirá para nada si liquidamos aquella rica especificidad y rigor crítico simplificándonos la vida con las desgastadas reservas de etiquetas que ni siquiera sirven para descalificar realmente el discurso del otro. Apenas para congelarlo en su tozudez, cuando de lo que se trata, justamente porque hay, como no puede no haber, diferencias, es de ensanchar lo más posible el “escenario”, para ver claramente quién es quién. Y tampoco servirá para nada si los intelectuales, por muchos que sean, se quedan, como suele decirse, cocinándose en su propia salsa, en reuniones más o menos multitudinarias en las que, en general, sus discursos se dirigen a los ya convencidos de antemano. Dentro del justificado entusiasmo que ha producido la emergencia de un debate político-intelectual como hace mucho tiempo no se veía en la Argentina, hay que saber también tomar nota de sus límites. Que son básicamente dos: por un lado, el propio “campo intelectual” está (no decimos dividid, lo cual es perfectamente esperable cuando hay diversas posiciones, sino) fragmentado: no se ha establecido un debate cruzado -con toda la conflictividad conceptual que ello sin duda implicaría- entre los distintos grupos (los “K pero no tanto”, los “más o menos K”, los “decididamente anti-K”, etcétera); y por otro lado –lo sugeríamos recién- no se ha sabido o podido, aún, ampliar el espacio, físico y simbólico, de esos debates, para llevarlo, con las especificidades que cada uno de esos círculos de ampliación merezca, a las universidades, los lugares de trabajo, los movimientos sociales (de trabajadores, obreros rurales, campesinos, comunidades indígenas, agrupaciones sindicales, partidos de izquierda, etcétera). Esta es una tarea pendiente, pero también urgente, si se quiere acompañar con una consecuente (e imprescindible) reflexión crítica aquel proceso de nueva “acumulación de fuerzas” del que hablábamos más arriba.

Notas
(1) El término “destituyente”, que muchos han criticado hasta la ironía burlona, tiene sin embargo sus connotaciones interesantes: no se refiere (al menos no necesariamente) a un “golpe” o un brusco cambio de régimen, sino a una operación de erosión de la autoridad estatal, hasta el punto de volverla irrelevante como idea misma, más allá del gobierno de turno. Algo de eso ya había ocurrido en el 2001 / 2002, y por lo visto sigue ocurriendo, sólo que con muy distinta impronta ideológica.
*Autor
Eduardo Grüner es sociólogo, ensayista y crítico cultural. Profesor Titular de Antropología y Sociología del Arte (F.F.y L / UBA) y Teoría Política y Social (F Cs.Ss./ UBA), así como de la Maestría de Comunicación y Cultura de Teoría del Diseño Comunicacional (UBA). Fue Vicedecano de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) y Coordinador General del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe. Publicó varios libros, entre ellos, Un Género Culpable , Las Formas de la Espada, El Sitio de la Mirada. Secretos de la Imagen y Silencios del Arte, El Fin de las Pequeñas Historias.