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Las vaquitas son ajenas
Sol Echevarría

Las cacerolas formaban una batucada y yo miraba la pava que tardaba siglos en hervir. Se adhería a la huelga como una cosa más, ahí, inútil, clamando por un significado que no le podía dar. Todo el ruido para que después coman en ese recipiente deforme que no se puede quedar derecho en ninguna parte. Verlo oscilar entre su sostén y el aire, convertido en juego de mesa, como el Rompehielos o el siniestro tablero de Operaciones en el que un hombre realmente enfermo y lleno de huesos y partes humanas enciende su nariz para advertir del peligro. ¿Cuántas eran? ¿Dos, tres, miles? Expresaban su ira a través del sonido, que se expandía como olas en el aire. Oírlos era como ver el mar. Una fuerza ajena, superpoderosa, pero poco consciente de sí misma.

El cielo se oscurecía. Podría seguir por siempre e imaginé que se turnarían para cacerolear. El tintineo se volvería parte de la ciudad, como el ruido de las llantas que los autos imprimen sobre el pavimento. Entonces sí, algún día, pararía. Todos se volverían locos por el silencio. Como cuando en el campo, por motivos misteriosos que escapan a la razón, las chicharras y los grillos deciden callar. Ahí uno se puede dar cuenta que el silencio no es la ausencia de sonido, sino un zumbido agudo y prolongado. Por eso la necesidad de chocarse con las cosas, de cortar esa queja de ultratumba que emite el mundo ante la falta. Llenar el vacío, crujir, hacer interferencia a cualquier precio.

De chica me encantaba ir al campo. Mis papás habían comprado un terrenito en Zárate, donde vivían mis abuelos. Para mí, viajar era mirar los edificios volverse diminutos a la distancia hasta convertirse en un terreno liso y verde. Viajar era quedarme dormida mirando cómo al costado del camino las vacas pastaban o se quedaban sin hacer nada. Viajar era aburrido. Lo bueno venía después: jugar al aire libre, embarrarme, salir sola con mis amigas, agarrar bichos con la mano y comer asado. Todas esas cosas que no podía hacer en la ciudad. El campo significaba mi libertad, mientras en la ciudad estaba la escuela y el miedo a la gente mala (“no aceptes cuando te conviden golosinas”, “no hables con extraños”). Por eso me llamó la atención cuando me hicieron leer el Martín Fierro, después “El Matadero” y me hablaron del gaucho malo de Sarmiento. Para mí el gaucho era mi abuelo de joven viviendo en Corrientes (“gaucho judío”, dijo mamá), era también ese chico en alpargatas al que se le caían los mocos, ese hombre sanguinario al que mi hermana vio degollar un corderito y dejar que los perros chuparan la sangre en un balde. El campo para mí era, en resumen, algo tangible hecho de anécdotas e historias de vida propias. El campo era mi infancia. Después, con el tiempo, se volvió un concepto.

Leí mucho sobre el campo. La literatura fundacional argentina tenía ahí sus raíces, me enseñaron en la Facultad. Como escribió Lugones, el gaucho había muerto. Y así fue, pero tuvo una larga agonía. Echeverría lo fulminó cuando logró incrustar su mirada estrábica en el cuerpo grotesco de Matasiete. Sarmiento construyó una cuidad de papel sólo para exorcizarlo, para sacarle la “y” a su subtítulo. Estrada lo llamó hijo resentido. Borges quiso resucitarlo en la figura del orillero. Así la literatura urbana fue construyendo su fantasma alrededor de la podredumbre del cadáver de la gauchesca y la apodó “mito de origen”. El campo se volvió un cementerio, que se fue ampliando cuando la ciudad letrada tiró allí nuevos cuerpos, manteniendo la muerte siempre en la zona border, en las afueras o en los basurales. Allí fue arrojado el niño proletario y fue la fiesta del monstruo y fue la operación masacre. Páginas y más páginas ficcionalizaron la violencia, la tensión y el miedo a esa intemperie despiadada.

Pero el campo estaba otra vez en la ciudad en forma de melodía, de tintineo improvisado. Otra vez las cacerolas salían de la cocina, del espacio privado para molestar el oído público y quejarse contra el Estado, retumbando como lo reprimido que retorna. El campo estaba también en los supermercados, a través de una ausencia cada vez más notable, y de una cada vez más sensible inflación. El campo estaba en esas remeras verdes que una compañera de trabajo sugirió que nos pongamos para “apoyar a los campesinos” (¿?). Estaba en la tele y en todos los medios. Por último, el campo invadió la ciudad en forma de humo gris, denso, que hacía llorar los ojos y que me tuvo una semana con tos. El campo estaba aquí y ahora, salía de las bibliotecas, de la idea abstracta encapsulada para volverse nuevamente tangible y, también, anecdótico.

A veces creo que suena estúpido decirlo así, pero lo cierto es que uno siente los cambios sociales, económicos y políticos en la medida que se incrustan en la experiencia. A menos que uno sea un político, un teórico o simplemente un avispado en el seguimiento de los sucesos. Yo no lo soy y, lamentablemente, soy mayoría. Eso no quiere decir que piense que mi culo sea el centro del universo, pero sí que los problemas toman más importancia para mí cuando me siento culeada por alguna política de turno. Pero si el contexto nos marca a todos, no es un proceso unilateral sino que provoca un efecto de reflujo. Sin embargo, siempre está el riesgo de la naturalidad que se genera cuando las cosas no fluyen y los cambios se vuelven acontecimientos asumidos de forma pasiva. Después de la bronca ante algunas imposiciones, dictadas siempre de arriba hacia abajo, me descubrí pensando que todo estaba bien, porque me había acostumbrado: ya casi ni tengo ganas de fumar en un bar, de comprarme una cerveza en un kiosco después de las once, ni de ir a tomarla al parque Rivadavia o a algún sucucho clandestino. Hasta que de repente hablo con mi hermano y me doy cuenta de que él no entiende mis anécdotas porque en su país se le recortaron todas las libertades de la manera más absurda posible y la ciudad se le volvió fascista en algún punto. Y eso que no fue él quien gozó de la mentira del uno a uno y está invicto de caer como un idiota ante las fantasías de la importación tecnológica, como caímos nosotros. Me avergüenza imaginar sus reproches ante esta actualidad recibida como un legado, como una antorcha apenas encendida. ¿Cómo dejamos que todo eso pasara? El futuro, palabra solemne si las hay, empieza ahora, todo el tiempo. Nosotros heredamos una historia nefasta, así como alguien heredará la nuestra. Es necesario preguntarnos qué historia estamos haciendo o, en el peor de los casos, qué historia estamos dejando que nos hagan.

Aproveché que la pava no hervía para ir a prender la radio, para ver si entendía un poco lo que estaba pasando. Debo admitir que ignoraba bastantes cosas, y mi situación no es muy distinta ahora. Por mucho tiempo el campo había desaparecido de mi mente. Hacía años que no iba a Zárate ni miraba las vacas por el camino. La última vez que se me apareció cara a cara, en todo su esplendor, fue en San Antonio de Areco, cuando fui a una fiesta “popular” a sacar fotos. Ahí vi la doma de un potrillo, chicos bailando en la plaza con trajes típicos, desfiles de camadas de caballos montados por hombres enfundados en accesorios de plata. Todo era muy lindo, y saqué fotos increíbles en blanco y negro, que parecían mostrar un tiempo anacrónico lleno de encanto.

Después la ciudad fue el centro nuevamente de mi cotidianidad y, aparentemente, también de la política. El agite del corralito, los cartoneros en la calle, el devenir presidencial y la crisis, colmaron la escena. Fue la historia urbana irrumpiendo en mi propia historia personal porque, a pesar de creerme a veces afuera de ella, no hay ningún recoveco de mi biografía que pueda contarse al margen de todo lo que pasó y pasa. Ni siquiera en los más mundanos episodios de egoísmo, en los que me agarraba la cabeza porque el paro docente me hacía perder un final súper importante sin el cual no me iba a poder recibir. O cuando salí a festejar año nuevo después de Cromagnón. O cuando me desviaba varias cuadras porque el colectivo no pasaba por su parada de siempre por culpa de los piquetes. Entonces puteaba. Y no era la única. “Cortar la calle, esa no es la forma de manifestarse. Es un atentado a la sociedad ¿Qué pasa si estás con tu abuelo enfermo en el auto y no te dejan pasar para ir al hospital?”, escuché decir a gente que después aplaudió con ambas manos el paro agropecuario mientras un hilito de baba se le escurría por su boca repleta de gula. Gente que no tiene tierras, ni intereses agrarios ni nada que justifique que apoye más un corte de ruta gestionado por terratenientes que uno llevado a cabo por encapuchados quemando llantas.

Como una espectadora contemplé desde la pantalla las escenas de camiones gigantes, inmóviles como aquellos molinos quijotescos, varados en la ruta. Cuando vi eso, junto con la imagen de toneladas de alimentos que se tiraban al costado como desperdicios, pensé que era un chiste. Un mal chiste o, mejor dicho, un chiste oído tantas veces que termina por cansar. Nuestro país siempre tuvo toneladas de alimentos que nunca llegaron a donde tenían que llegar. Me acuerdo de la cobertura mediática después de las inundaciones en Santa Fe: chicos desnutridos como esos que uno ve en producciones bellísimas y requete artísticas del National Geografic y se le pianta un lagrimón porque piensa que es bello, exótico y terriblemente cruel (todo al mismo tiempo). Pero eso pasaba acá, en el gran abastecimiento mundial de materias primas. Los medios y varias agrupaciones políticas que vi desfilar por las aulas de Puán proponían organizar una gran colecta y mandarla. No parecía hablarse de redistribución, mucho menos se mencionaban las retenciones, o al menos yo no escuché que los medios se indignaran tanto por eso como después lo hicieron con el inicio del paro agropecuario.

Obviamente el tema se puede plantear a nivel internacional, ya que el hecho de que se muera gente en África o acá es igualmente terrible. Pero en una mirada más micro, es todavía más incomprensible el hambre en un país que exporta alimento y que satisface el hambre de millones de chanchos. Este problema paradojal es evidentemente un problema nacional, que hay que resolver mirando un poco más para adentro del territorio y no tanto para afuera. Porque los países “primermundistas” son vuelo de carancho sobre un animal enfermo, parafraseando a Estrada en su Radiografía de la Pampa. Argentina es sin duda un país enfermo y la cura no está en la vacuna contra la fiebre amarilla ni en remedios para el cólera. El problema está en la base y por el momento la base de nuestro país es la tierra, el campo. Aunque ahora se reactiven otros sectores, ese es el cimiento sobre el que se erigen las demás estructuras. Ignorar eso y buscar la solución en otro lado es como pintar para cubrir las manchas de la humedad. Por más que el goteo también venga de afuera, se puede evitar con una sólida política nacional. Porque la humedad es el subdesarrollo al que nos quieren condenar los países fríos. Nosotros la dejamos avanzar demasiado. Pero la pintura se descascara y las paredes que nos separan de la villa son cada vez más endebles. Vivir remachando es vivir en una mentira, y creo que eso ya nos asqueó lo suficiente durante el menemismo. Lo cierto es que explotó el asunto, se volvió público y tangible incluso para nosotros. Los porteños lo sentimos a flor de piel, y todo salió del exotismo berreta en el que estaba sumido. Es una remierda que las cosas hayan salido así. Tener que ver comida tirada en la ruta es una remierda. Pero al menos ahora la vimos, en un primer plano, a pasitos de nuestra gran civilización y ya no podemos ignorar ese derroche que carcome estómagos en el interior y en las villas miserias que rodean la ciudad como la serpiente al huevo. En su mirada se nota el hambre cauteloso que acecha, porque todos tenemos que comer.

Tal vez era momento de revisar esa historia y exorcizar el mito de origen. Aunque, como en un vudú, hubiera que pinchar a alguien y fuera evidente que a alguien le iba a doler el gualicho. Y dolió, y se quejaron, y salieron de sus autos a putear. Hablaron de los pequeños productores, dijeron que el campo impulsaba la economía de todo el país y muchas cosas más. Aunque algunos tenían argumentos válidos, otros se olvidaron mencionar que tenían testaferros, que evadían impuestos, que con la devaluación levantaban guita con pala. Ellos no, claro, sino los pobres cultivadores a los que el gobierno supuestamente pretende meterles el dedo en el culo al frenarle las exportaciones. Pero, vamos, ese sector y el de pequeños productores les chupan un huevo. Ojo, a menudo al Gobierno también, ya que hasta ahora no hizo nada eficiente por redistribuir la concentración de las tierras o para revertir la tendencia al monocultivo o para mejorar su calidad de vida en los momentos de aparente paz.

Esta historia es muy vieja, más que Cristina, y existe desde antes que llegara el boom de la soja. Y va a seguir así, aunque se vayan todos, porque lo que parece necesitarse es algún modelo alternativo que remueva las estructuras profundas de nuestro país. Para eso tenemos que pensar, hablar y darle vueltas al asunto. Quizás así podamos dilucidar qué clase de país queremos ser y logremos saber si conviene incentivar la industria en las ciudades, para corrernos del lugar de granero del mundo y dejar de sentirnos como la manzana del gusano burgués, dado que tan mal nos va con eso. Ahora lo que se debate es la retención, pero tal vez habría que debatir unas cuantas cosas más. Aprovechar la volteada, como quien dice. Pero no, a la oleada de opiniones siguió una oleada de incomprensión. Gente que, como yo, se olvida en el día a día de que lo que pasa a nivel político se te mete entre las sabanas, en la nariz y en todos lados. Muchos hablaban por hablar, y apoyaban secciones cuyos intereses no eran los suyos. Muchos se chupaban el dedo. Pero ya es momento de ponerse serios, de bajarse de la ola para poder ver el mar antes de dejarnos chupar hacia las profundidades de esa fuerza bruta (digo chupar como una metáfora y la palabra me hiela los huesos). Para no repetir la historia cíclica del olvido, hasta que todo sea demasiado tarde y el orden de las cosas se nos naturalice cuando pase el agite. No porque ahora en el campo esté la barbarie, ni el gaucho, ni mucho menos. Sino porque ahí están también los dueños de la tierra, como narró Viñas años atrás. Allá se mueven varios hilos políticos que manejan gran parte de nuestro espectáculo socioeconómico.

Escuché las cacerolas y la radio no dijo nada y nadie me pudo explicar nada. El miedo quiso envolverme como un bicho bolita, hacerme mirar de nuevo para adentro e intentar refugiarme en mi universo privado. Y pensé que cuando cayera la noche, cuando se tropezara como un animal torpe encima de este hormiguero, ahí sí iba a querer estar en otro lado y que nadie me dijera que hacía mal en tener miedo. Era lo que me enseñaron, lo aprendí acostada sobre la cama tratando de entender las historias que contaban mis viejos de su adolescencia. Después uno no se olvida, lo lleva adentro y lo deja salir de vez en cuando, como cuando se enfrenta cara a cara a la violencia en una noche cualquiera, cuando sólo te importa llegar a tu casa para tomar una cerveza y mirar la tele. Entonces la Historia se cifra nuevamente en la historia, al tomar la forma de ese cuerpo tirado en un gesto aeróbico que sólo pudo reproducir esa nena japonesa que vi en el circo. Doblarse en tantas partes. Sentir el miedo y el silencio, todo junto, del cuerpo torturado por la inercia y la ley de gravedad. Entonces el sonido tintineante se tiñó en campanas de velorio y ya no importaba si eran cacerolas o el paro agropecuario o la clase alta que bostezaba. Lo único que existía para mí era la incógnita y esa pava que no hervía.